+Continuación del Santo Evangelio según San Lucas (
VII, 4:15).
En
aquel tiempo: Reunida una gran muchedumbre de los que venían a Jesús de
cada ciudad, díjoles en parábola: Un hombre salió a sembrar su
simiente; y al esparcirla, una cayó a la orilla del camino, y fue
pisoteada y la comieron las aves del cielo. Y otra cayó sobre un
pedregal, y luego que nació, se secó por falta de humedad. Otra cayó
entre espinas que crecieron con ella la sofocaron. Otra, finalmente cayó
en buena tierra; y nació y dio fruto a ciento por uno. Dicho esto,
comenzó a gritar: Quien tenga oídos para escuchar, atienda. Sus
discípulos le preguntaron qué sentido tenía la parábola. Él les dijo: A
vosotros es dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los
demás, sólo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
He aquí, pues, la explicación de la parábola: La semilla es la palabra
de Dios. Los que están a la orilla del camino son aquéllos que la oyen;
mas luego viene el diablo y arranca la palabra de su corazón para que no
se salven creyendo. Los que están sobre piedra son lo que reciben con
gozo la palabra cuando la oyen, pero no hecha raíces; por un tiempo
creen y en el tiempo de la tentación retroceden. La semilla que cayó
entre espinas, son lo que oyen la divina palabra, pero después los
sofocan los cuidados y riquezas y deleites de esta vida, y no llegan a
dar fruto. Mas la que cae en buena tierra, son que, oyendo la palabra
con corazón bueno y óptimo, la conservan y producen fruto por la
perseverancia.
Credo
Sermón
R.P. Juan Carlos Ceriani
Salió un sembrador a sembrar… Nuestro
Señor, al proponer a sus discípulos esta parábola, consideraba que
hasta el final de los siglos, en todos los tiempos y en todos los
lugares, siempre Él será Aquel que siembra, es decir siempre viviente, siempre presente.
Sería un
error considerarlo como el gran sembrador del pasado, habiendo
finalizado su tarea. Por el contrario, sabemos que constantemente cumple
con esta labor.
En este
momento, durante esta lectura, Él desea tener un papel activo en
nosotros. ¿Qué tenemos que hacer, sino dejarlo trabajar, sembrar?
Él sigue siendo Aquel que siembra,
no sólo para nosotros, sino también para todas las almas… También para
aquellas que nos preocupan, que están en peligro…; para las que están
bien preparadas y para las que no están bien dispuestas…
Siempre, a todo momento, es el Sembrador infatigable…
Presentemos
a Jesús el inmenso campo del sembradío del mundo, con todos los
Nicodemos, los Lázaros, las Samaritanas, las María Magdalenas, los
Zaqueos…, y también los Pilatos…, y los Judas del mundo actual…; los
amigos, quienes lo ignoran, los que lo atacan…
Que el
divino Sembrador arroje sus semillas a manos llenas en los buenos y en
los malos, y que les conceda la gracia de recibirla bien…
Y después,
debemos agradecer las gracias por las semillas que sembró en nuestra
alma durante tanto tiempo: plantación que nos ha llegado a través de las
generaciones anteriores de nuestra patria y familia cristianas; que,
día a día, hora por hora, ha sembrado desde nuestro nacimiento.
Una tierra sin semillas es una tierra sin vida; del mismo modo, sin Jesús, no somos nada, y nada podemos producir de bueno.
Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; y fueron pisoteadas, vinieron las aves y se las comieron… Al escuchar esta frase del Evangelio, debemos sentir la necesidad de allegarnos a Jesús con espíritu de reparación.
Vemos esta
hermosa y semilla divina, arrojada por Jesús, y que cayó al borde del
camino, de algún modo perdida, despreciada, profanada…
¡Cuántas semillas arrojadas han sido desperdiciadas por la profanación…, a veces aniquiladas por el sacrilegio!…
Considerando
este espectáculo terrible, ¿no vemos nuestra responsabilidad,
espléndida y terrible? Jesús quiere que seamos como centinelas,
guardianes del borde del camino, a fin de que, por nuestra oración y
nuestro sacrificio, podamos recoger algunos granos aislados y ayudarlos a
entrar en el surco divino.
¿Cuidamos de este borde del camino, donde la semilla más bella corre el riesgo de ser pisoteada y robada por los pájaros?
Si esta
ansiedad divina está en nosotros, debe manifestarse por una gran ofrenda
y una inmolación interior; un celo y una sed de reparación.
Hagamos actos de reparación compensatoria por todas las semillas profanadas en el borde de los caminos…
Debemos
también preguntarnos: ¿estoy a veces tentado por el borde del camino?
¿Me he arriesgado a encontrar la muerte espiritual?
Otras
cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida
por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se
agostaron y, por no tener raíz, se secaron… Oh Jesús, he aquí otra semilla expuesta a la esterilidad.
Ya no es por causas las externas que encontró la que cayó en el camino, sino por culpa de la piedra que la recibe.
Y sin embargo, esta alma, esta piedra, recibe tus semillas con alegría… Aprecia la semilla, ella conoce el Don de Dios, ofrecido a la Samaritana…, pero le falta humedad, es decir, la vida interior, y todo se seca en ella…
La Gracia,
delicada planta divina, tiene necesidad de encontrar en nosotros
profundas disposiciones para desarrollarse. Es necesario, como mínimo,
nuestra buena voluntad; y, sobre todo, la fidelidad activa que aspira a
corresponder.
No
reflexionamos lo suficiente en lo que perdemos cuando dejamos pasar una
invitación de Dios. De omisiones en omisiones, de desprecios en
desprecios, se puede llegar a un estado grave de esterilidad…
El fervor,
poco a poco, se deseca… Nuestra alma puede convertirse en una piedra
porque la dejamos endurecer por un defecto no combatido.
Nuestra
alma puede llegar a ser una piedra, si ella le llega a faltar la humedad
fertilizante de lo sobrenatural. No tendrá más que reacciones humanas,
naturales, que la condenan a la muerte espiritual.
Oh Jesús, Sembrador divino, concédeme no perder nunca una sola de tus gracias…
Otras cayeron entre abrojos y espinas; crecieron los abrojos y las ahogaron…
Oh Jesús, escuchando esta frase de la parábola, evoco una escena del
Evangelio que siempre deja un recuerdo de tristeza en mi alma. Te veo en
el camino, listo para alejarte, cuando de repente, un hombre joven
llega corriendo, y se pone de rodillas ante Tí…
He aquí, que en esta tierra espiritual que se Te ofrece, arrojas una semilla de elección, de predilección: sólo te falta una cosa: si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres; luego, ven y ¡sígueme!…
¡Cómo entusiasma el llamado a este joven!… ¡Qué bueno es Jesús al llamar a las almas a esta intimidad con Él!…
Pero, ¿qué
pasó? El joven rico, tras escuchar la invitación, se ensombreció y
apenó. La alegría y el ofrecimiento de sus ojos se apagaron…; se levanta
y se va lentamente, lleno de aflicción… Y vemos reflejada en los ojos
de Jesús una profunda tristeza…
¿Cuáles son
los grandes bienes que mantienen a este joven alejado de Jesús? ¿Cuál
es la fortuna que prefiere al tesoro ofrecido por Nuestro Señor? ¡Él es
rico!… Por desgracia, ¡sus riquezas son abrojos y espinas!, que sofocan
la semilla arrojada en su alma.
La semilla cayó en un alma atiborrada y desordenada…, y ella no puede germinar y crecer en ese terreno.
Es
necesario tener un alma libre. Debemos impedir que nuestra alma sea
invadida por solicitudes terrenas. Hemos de desmalezar nuestro corazón e
impedir que crezcan espinas sofocantes de la buena espiga…
No queramos experimentar la misma tristeza del joven rico… Respondamos generosamente a todas las llamadas del Sagrado Corazón.
Otras cayeron en tierra buena… Esta vez cayó la semilla en un surco ampliamente abierto de tierra fértil.
Contemplemos
esta tierra excelente. ¿Por qué es así? Debido a que ha sido trabajada.
Ha sido roturada, despejada de las rocas y purificada de las espinas…
Esta tierra ha sufrido para convertirse en buena.
De igual modo, un alma, para que sea muy buena tierra, debe ser arada espiritualmente.
Conocemos
todas las imperfecciones que saturan nuestro suelo, todos los defectos
que obstaculizan la semilla, así como también el trabajo que Jesús desea
hacer en nosotros.
Somos
conscientes de que es necesario desarraigar malas hierbas y hacer
algunos esfuerzos indispensables para fecundizar nuestro campo.
Jesús ha puesto sus ojos divinos sobre nosotros desde hace mucho tiempo. Él quería hacer de nuestra alma su tierra de elección.
Para hacer esto, viene a nosotros con los instrumentos de las virtudes
para roturar, remover, abonar, enriquecer nuestra alma. Nuestra
fertilidad dependerá de nuestra docilidad y generosidad.
Y dieron su fruto por la paciencia… Nuestro Señor destaca aquí una virtud en la que tal vez no hemos prestado atención.
En el mundo, la paciencia
fácilmente es considerada como la virtud pasiva y secundaria. Santiago
nos la presenta, sin embargo, como el alma de la perfección de todas las
obras.
Esta virtud se manifiesta con trascendencia en Jesucristo, el cordero que no abre la boca para quejarse.
Preguntaron a Santo Tomás: ¿en qué reconoce usted a un Santo?, y respondió: en su paciencia.
Nuestro
gran defecto es nuestro apresuramiento natural; siempre queremos ir más
rápido que Dios y su gracia. Queremos ir demasiado rápido.
Demasiado rápido para nuestra santificación; y como ella se desarrolla lentamente, estamos tentados de abandonar todo.
Demasiado rápido para la salvación de las almas; y como se requiere tiempo para esto, pronto decimos con desaliento: “hay nada que hacer”.
Demasiado rápido para el establecimiento de una obra; y nuestra precipitación nos expone a los escollos.
No somos pacientes.
Sería bueno que reflexionásemos a menudo en la palabra de la Sagrada Escritura: Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades. (Prov. XVI, 32)
La paciencia es la base indispensable y la manifestación más segura de su valentía.
Para el
hombre religioso, su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor
como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente,
estado interno, más allá de la dicha y la desdicha; porque la vida del
hombre de fe es una lucha interna continua, como la de un animal fuera
de su elemento.
Los dos actos principales de la virtud de fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás. Soportar es más fuerte que atacar.
Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario.
En la
condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha
fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para
luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el
sacrificio.
El acto supremo de la virtud de la fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio triunfo y no derrota.
La
paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o
sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el
pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o
adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme.
La paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior.
Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso.
La
paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento.
Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y viene de los guantes de hierro de los caballeros medievales.
Y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta… Nuestro Señor nos presenta una semilla sumamente productiva.
En la parábola de los talentos, el siervo que recibe el título de bueno y fiel había producido cinco por cinco o dos por dos. Pero aquí, Jesús presenta una cosecha de hasta ciento por uno.
¿De dónde viene la fertilidad? De la bondad de la tierra, sin duda; pero ella fecundizada y divinizada sin medida
según los designios de Dios.
Jesucristo quiere enseñarnos el maravilloso desarrollo de la gracia, si es recibida por un corazón bueno y excelente.
¿Sabemos
hasta dónde podríamos llegar, si dejásemos crecer dentro de nosotros
todos los dones de Dios? Consideremos la distancia entre María Magdalena
y la solitaria de la Sainte Baume…; Saulo de Tarso y Pablo de Damasco…,
el publicano Leví y el Apóstol San Mateo… y tantos otros.
¿Qué ha
ocurrido en esas vidas? Un día, una semilla divina cayó sobre aquellas
almas. A pesar de su miseria, había un rincón de tierra buena donde la
planta espiritual pudo desarrollarse. Y nosotros admiramos este progreso
y el aumento de la gracia.
Estos
milagros de la gracia no serían una excepción, si tuviésemos un corazón
mejor dispuesto. Lamentablemente, somos tierras pobres, que no buscan
sanar de su pobreza.
Jesús no nos santificará sin nosotros; y su plan de santidad quedará pendiente, tal vez para siempre, por nuestra culpa…
Si no
queremos que sea así; si deseamos que la divina semilla dé abundante
fruto en nosotros, debemos ofrecernos completamente para que ella
produzca 30, 60 o 100 por uno, según los designios de Dios.
Si hemos comprendido, hemos de colaborar con la acción que Jesús espera de nosotros.
Ahí están todos los talentos que hemos recibido de Él:
Nuestra inteligencia:
prometamos ser fieles en cultivar y poner a su servicio esta facultad.
No podemos consentir con nuestras perezas intelectuales. Ellas son aún
más culpables en razón de la crisis actual que nos toca vivir: ¡qué
necesarios son los estudios y el conocimiento profundo de la religión y
de la historia de la Iglesia!
Nuestra voluntad:
prometamos a Jesús utilizarla mejor para trabajar para Él, para
fortalecer los actos con una generosidad constante y ajustarla a todos
sus designios.
Hagamos penitencia por todas nuestras debilidades y cobardías.
Nuestro corazón:
formulemos el firme propósito de mortificar los sentimientos mezquinos y
demasiado humanos, y de expandir nuestro corazón por la verdadera
caridad divina.
Pidamos perdón por nuestra pusilanimidad y por las deformaciones del amor en nosotros.
Pongamos al
servicio de Dios y de su causa todos nuestros talentos y fuerzas.
Trabajemos mejor en su servicio y apliquémonos a desarrollar todos los
dones recibidos.
Reparemos nuestras negligencias, nuestra pereza y nuestros talentos enterrados.
Como Santa Teresita, hagamos el firme propósito de no ser santos a medias.