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lunes 31 de enero de 2011

Presencia de Satanás en el Mundo Moderno XVIII



Capitulo 20
La psicologia de Satan




Descargue el audio aquí

Fuente: Radio Convicción

Santoral Católico 31 de enero

  • San Juan Bosco, Confesor
  • San Francisco Javier Bianchi, Sacerdote
  • Santa Trifenia, Mártir
  • San Metrano o Metras, Mártir
  • Santos Ciro y Juan, Mártires
  • Santa Marcela, Viuda
  • San Germiniano, Obispo
  • San Eusebio, Mártir
  • Beata Paula Gambara-Costa, Matrona 
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.


SAN JUAN BOSCO
Confesor


n. 16 de agosto de 1815, I Becchi, Italia;
† 31 de enero de 1888, Turín, Italia

Patrono de estudiantes; jóvenes; niños; adolescentes; muchachos; 
aprendices; obreros; editores.
Quien quisiere salvar su vida (obrando contra
mí), la perderá; mas quien perdiere su vida
por amor de mí, la encontrará.
(Mat. 16,25)



Nacido en 1815, San Juan Bosco, hijo de humildes campesinos, perdió a su padre a la edad de dos años y fue educado por su piadosa madre Margarita. Desde de que fue elevado al diaconado, comenzó a reunir, los domingos, a los obreros y niños abandonados de Turín. Construyó para ellos un asilo y una iglesia, dedicada a San Francisco de Sales. En 1854, sentó las bases de una nueva congregación, la de los salesianos, que hoy se llaman sacerdotes de Don Bosco; en 1872, fundó las Hijas de María Auxiliadora. Murió el 31 de enero de 1888, venerado por todo el mundo por su santidad y sus milagros.


MEDITACIÓN
SOBRE LA NECESIDAD
DE MORTIFICARNOS


I. Aquél que odia su alma en este mundo, la conserva para la vida eterna. Estas palabras de Nuestro Señor indican la necesidad que se nos impone de mortificarnos. La ciudad de Babilonia, es decir, de los réprobos, comienza por el amor a sí mismo y termina por el odio a Dios, dice San Agustín. La ciudad de Jerusalén, es decir. de los predestinados, comienza por el odio al cuerpo y termina por el amor a Dios. El amor a Dios crecerá en ti en la misma proporción que el odio a tu cuerpo. Mide con este metro: para conocer en qué medida eres perfecto, considera en qué medida te mortificas.

II. Tu mortificación debe comenzar cortando por lo vivo todos los placeres y deseos que pudieran impedirte cumplir los mandamientos de Dios. Corta todo lo que pueda impedirte cumplir con los deberes que te impone el estado de vida que hayas abrazado. En fin, hay una mortificación que no es como la anterior, obligatoria, sino sólo de consejo; consiste en abstenerse aun de los placeres permitidos. Es la que practican las almas santas; ¿las imitas?

III. La mortificación será para ti cosa fácil, si consideras que ella te impide caer en muchas faltas. Además, eres pecador: debes, pues, hacer penitencia y mortificarte para disminuir, por compensación, lo que debes a la justicia de Dios en el purgatorio. Eres cristiano: ¡concuerda acaso el vivir en el placer y adorar a un Dios crucificado? No temas los rigores de la mortificación; ella posee dulzuras escondidas que sólo pueden gustar los que la abrazan decididamente. Ves la cruz pero no conoces sus consuelos. (San Bernardo).


La imitación de Jesucristo
Orad por la educación de la juventud.


ORACIÓN

Señor, que habéis hecho de San Juan Bosco, vuestro confesor, padre y maestro de los adolescentes, y habéis querido hacer florecer en la Iglesia, por su intermedio, nuevas familias religiosas con la ayuda de la Santísima Virgen María, haced que inflamados con el mismo amor busquemos las almas y os sir vamos sólo a Vos. Por N. S. J. C. Amén

domingo 30 de enero de 2011

Evangelio del domingo

Domínica 4° después de Epifanía
d.- verde


+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (VIII, 23:27).
En aquel tiempo: Subió Jesús a una barca, y con él sus discípulos. De pronto se levantó en el mar fuerte borrasca, hasta el punto de verse la nave cubierta por las olas; mas Jesús dormía. Y, acercándose a él sus discípulos, le despertaron diciendo:¡Señor, sálvanos, que perecemos! Díjoles Jesús: ¿ Por qué sois tan tímidos y de tan poca fe? Levantóse entonces e imperó a los vientos y al mar, y siguióse gran bonanza. y los discípulos, maravillados, decían: ¿ Quién es éste a quien los vientos y el mar le obedecen?.

Credo


Sermón 

R.P. Juan Carlos Ceriani


¿Qué figuran esta barca y esta tormenta?
Esta barca es una de las más sorprendentes imágenes de la Iglesia, que transporta sobre el mar de este mundo a los discípulos de Jesús.
¡Qué de veces, desde hace veinte siglos, la Iglesia ha visto las tormentas y las tempestades amenazar su existencia!
¡Cuántas persecuciones!… A veces sangrientas y abiertas, a veces sordas e hipócritas…
¡Qué de herejías y de cismas!
Pero la Iglesia conoce el poder de Aquel en que se basa su destino, que vela cuando parece dormir, y que le hiciera esta promesa infalible: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

En los asaltos y los combates del mundo, la Iglesia se purifica, y se consolida.
Sus pruebas le obtienen más gloria y fuerza, porque permanece firme e inquebrantable en la Fe, ya que sabe que Jesús está allí, con Ella, y que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra ella; que ninguna tormenta la hará extinguirse, y que, a pesar de una travesía dura y arriesgada, llegará por fin, sana y segura, con todos los pasajeros fieles, a la orilla de la eternidad bienaventurada.

Pero, sin embargo, debiendo ser la Iglesia semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del final del mundo, una prueba suprema, que será una verdadera Pasión.
La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos, que la crucificarán en todos sus miembros. Pero no será permitido romperle los huesos… La prueba se limitará, será abreviada a causa de los elegidos…

A pesar de todas estas tristezas, la Iglesia no perderá ni el valor ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador: esos días se abreviarán debido a los elegidos, y se salvará, y los electos serán salvados.

La Iglesia tendrá medios de conservación proporcionados al tamaño del peligro.

Finalmente, la prueba se terminará por un triunfo inaudito de la Iglesia, comparable a una resurrección.

Continúo con unas explanaciones muy luminosas de los Padres Emmanuel y de Chivré:

Observemos que Nuestro Señor nos avisó sobre los males que nos amenazan. Se nos informó, nada deberá sorprendernos.
Si nos sorprendiésemos de algo, habríamos carecido o de fe, o por lo menos de atención a la Palabra de Nuestro Señor.
Nuestro Señor nos anunció los males que tendríamos que sufrir en general; y he aquí que la Virgen María nos informa sobre los males muy particulares del tiempo presente.
Nos es necesario, pues, entrar en la inteligencia de las intenciones de Dios sobre nosotros, adorar en todas las cosas su conducta, a la vez justa y compasiva.
Luego, en todas las cosas, conducirnos como cristianos decididos y fieles; después de lo cual no tendremos sino una cosa que hacer: permanecer en paz, hasta que la justicia de Dios y la injusticia de los hombres hayan pasado.

El estado al cual somos invitados, es el de la conformidad cristiana.

Este asentimiento cristiano no es la actitud guindada de los estoicos frente al dolor, sino un abandono sumiso a las intenciones de Dios…; intenciones conocidas y desconocidas…

Para entrar más seguramente en este estado, la Iglesia nos da una instrucción. Esta enseñanza se encuentra en estas palabras del Evangelio de hoy.

En este contexto, probablemente hemos escuchado decir que los días se suceden y no se parecen… Pero, a menudo las horas se parecen, aunque no se sucedan
Por eso, un determinado día, a una determinada hora, las tinieblas reinaban sobre la tierra, y hombres de tinieblas realizaban una obra lóbrega.
Y Nuestro Señor les dijo: ¡He aquí vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas!

Esta hora ha pasado ya desde hace muchos siglos, y con todo, la hora presente no deja de tener semejanzas con ella.

Entonces era la hora de traición: en la actualidad, es la hora de mentira.

Quien tuviera ojos para ver eso, vería cosas que provocan miedo.

Sin querer entrar en ningún detalle, compruebo el hecho. Es suficiente…

La hora presente es la hora cuando la fe se calla.
Escuchamos hablar a charlatanes, fraseólogos; prestamos atención, el oído más atento, para escuchar la palabra de la fe…, y no llega nada nosotros…
Cuando la palabra pertenece a la mentira, la verdad parece muda…
Las tinieblas de la hora presente nos hacen desear vivamente los esclarecimientos de la luz de lo alto…, y no aparece nada…
El sol dista mucho de nosotros, la luna es eclipsada, las estrellas se opacan, bambolean y caen del cielo… ¡Es la noche…!

La hora se volvió propicia para la tentación; las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “es demasiado duro, es demasiado largo, es demasiado doloroso, es demasiado doloroso”

Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…

Sustinere… sostener, soportar; con alegría, en la esperanza y con la sonrisa de la alegría.

El Sacramento de la Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de soportar la vida; razones de dominarla.
El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.
El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.
El fuerte no habla de sus miserias sino a Dios; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia…

Pero muy pocos comprenden eso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos.

-          Allí donde vemos de razones para detenernos, el Espíritu Santo ve razones para seguir…
-          Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…
-          Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…
-          Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…

No tengáis miedo pequeño rebaño Continuidad sosteniendo los derechos de Dios, reprimid todo temor, reprimid todo miedo; antes que vosotros, yo conocí eso de puños alzados en torno mío en el Calvario, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…
Defended la verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.
No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas.
Las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.
Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…

Teniendo en cuenta lo que me hemos contemplado hace dos semanas, en las bodas de Caná, me preguntaréis seguramente, ¿qué hace Nuestra Señora en la hora presente?

En la presente hora, Nuestra Señora relee su historia en un viejo libro. ¿En qué libro? En el libro de Job. Es en el capítulo XII, versículo 5, en estas palabras: Lampas contempta apud cogitationes divitum, parata ad tempus statutum.
Traduzco: Es una lámpara despreciada en los pensamientos de los ricos, y con todo, está allí preparada para un tiempo señalado.

Explico: Es una lámpara, nada es más necesario para las horas de la noche.
Conocemos y experimentamos ¡qué noche atravesamos ahora!… Demos gracias a Dios que nos dio esta lámpara.

Despreciada Algunos, en efecto, tienen para con Ella tan poco aprecio, que ni siquiera podrían pronunciar su nombre.

Sigo: Preparada; ustedes comprenden: Elle espera, preparada para el tiempo señalado

Este tiempo no es aquel tiempo; esta hora no es aquella hora.

Esta hora pasará, aquella hora vendrá…

Paciencia para este tiempo y para esta hora, esperanza para aquel tiempo y para aquella hora.

Entonces Jesús se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza



Santoral Católico 30 de enero

  • Santa Martina, Virgen y Mártir
  • Santa Aldegunda, Virgen
  • Santa Batilde, Viuda
  • San Barsimeo, Obispo de Edesa
  • Santa Jacinta de Mariscotti, Virgen
  • San Lesmes, Abad y Confesor
  • Beato Sebastián Valfré, Sacerdote 
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.


SANTA MARTINA
Virgen y Mártir


† martirizada hacia el año 228

Patrona de las madres en la etapa de lactancia.


Nadie puede servir a dos señores.
(Mateo 6, 24)



Santa Martina, virgen romana, quedó huérfana a una edad todavía tierna, y distribuyó entre los pobres los cuantiosos bienes que le habían dejado sus padres. Por rehusarse a sacrificar a los ídolos fue sometida a horribles torturas y, después, condenada a ser arrojada a las fieras. Respetada por éstas y habiendo, en seguida, pasado sana y salva por las llamas en las que fuera arrojada, fue, finalmente, decapitada. En el momento de su muerte, un terrible temblor sacudió la ciudad de Roma, y muchos idólatras se convirtieron a la fe cristiana.


MEDITACIÓN
ES PRECISO SER TOTALMENTE DE DIOS

I. Acaba Martina de perder a sus padres, y ya se desembaraza de sus riquezas para darse a Dios sin reserva. El medio que debemos emplear para ser totalmente del Señor, es el desapego del mundo. Si tu posición no te permite dar tus bienes a los pobres como hizo Martina, desapega tu corazón, por lo me nos, de las riquezas y de las vanidades mundanas. No se puede servir a dos señores a la vez, no se puede ser al mismo tiempo de Dios y del mundo. Elige, de estos dos partidos, el que te es más ventajoso. ¿Necesítase pensar mucho cuando se trata de darse a Vos, oh Dios mío?

II. Piensa en las recompensas que acuerda el mundo a los que le sirven. Salomón fue colmado de todos los bienes de la tierra, y, sin embargo, declara que todo es vanidad. Pregúntate a ti mismo. ¿No es verdad, acaso, que estás ya disgustado de los bienes del mundo apenas tienes su posesión; que nunca ha estado contento tu espíritu, y que siempre algo le ha faltado a tu felicidad? Mundo falaz, ¿por qué nos prometes tantas cosas que no puedes dar? (San Agustín).

III. Si quieres realmente confesar la verdad, convendrás conmigo en que nunca has sido más dichoso ni has estado más contento que después de haber cumplido algún acto de virtud. Si tan liberalmente Jesucristo te recompensa en este mundo, ¿qué no te reservará para el otro? Si los placeres que el demonio te ofrece están mezclados con tanta amargura, ¡cuáles no serán los tormentos que te prepara! Entrégate a Dios, y verás que no hay placer comparable al que se gusta en el servicio de este bondadosísimo Señor. ¿Qué placer más grande que el disgusto del mismo placer?


El amor de Dios
Orad por la conversión de los idólatras.


ORACIÓN

Oh Dios, que, entre otros milagros de vuestro poder, habéis hecho obtener la victoria del martirio a una tierna niña, haced que celebrando el nacimiento al cielo de la bienaventurada Martina, virgen y mártir, nos aprovechemos de sus ejemplos para llegar hasta Vos. Por N. S. J. C. Amén.

sábado 29 de enero de 2011

Más de la Nueva Evangelización II



En la fiesta de la Encarnación…




Una iniciativa del Consejo Pontificio de la Cultura:

La UNESCO, la Sorbona, el Instituto de Francia y Notre Dame se convierten en "Atrio de los Gentiles"



París acogerá del 24 al 25 de marzo a creyentes, ateos y agnósticos para dialogar sobre «Religión, luz y razón común».


Actualizado 27 enero 2011


 Del Patio de los Gentiles, un espacio para el diálogo con los ateos


 El Consejo Pontificio de la Cultura organiza en París, del 24 al 25 de marzo, el lanzamiento del Atrio de los Gentiles, una nueva institución vaticana permanente destinada a favorecer el intercambio y el encuentro entre creyentes y no creyentes.


Según explica el dicasterio de la Santa Sede, se están organizando varios coloquios sobre el tema "Religión, luz y razón común".


El primer debate tendrá lugar en la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, con sede en la capital francesa, el 24 de marzo en la tarde, bajo el patrocinio de esta institución.


El 25 de marzo, por la mañana, el debate se tendrá en la Universidad de la Sorbona y posteriormente, ya en la tarde, en el Instituto de Francia.


La conclusión de los tres debates se celebrará en el Colegio de los Bernardinos con una mesa redonda.


Para la noche del 25 de marzo está prevista una fiesta abierta a todos, en particular a los jóvenes, sobre el "Atrio del Desconocido", que tendrá lugar en el atrio de la catedral de Notre Dame de París.

Se trata de un encuentro de reflexión con creaciones artísticas, música, coreografía, luz y sonido... Después de los espectáculos, la catedral se abrirá, de manera totalmente excepcional, para quienes quieran participar en una vigilia de oración y de meditación compartida.

El Atrio de los Gentiles era el espacio del antiguo Templo de Jerusalén que no estaba reservado a los israelitas, al que podía acceder cualquier persona independientemente de su cultura, nación o religión.

La idea de crear un espacio de encuentro entre creyentes y no creyentes fue propuesta por Benedicto XVI el 21 de diciembre de 2009, durante un discurso pronunciado ante la Curia Romana.

"Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de "atrio de los gentiles" donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia", afirmaba el Papa.

"Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido", aclaraba.

El Atrio de los Gentiles pretende organizar encuentros en otras ciudades del mundo en torno a temas fundamentales como las cuestiones antropológicas: vida y muerte, bien y mal, amor y dolor, verdad y mentira, trascendencia e inmanencia...


Fuente: Religión en Libertad 



Vuelvo a preguntar: ¿Son estos, "abusos litúrgicos" o más bien la expresión de una nueva fe y una nueva Iglesia?

Santoral Católico 29 de enero

  • San Francisco de Sales, Obispo, Confesor y Doctor
  • San Sabiniano, Mártir
  • San Sulpicio Severo, Obispo de Bourges
  •  Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

SAN FRANCISCO DE SALES
Obispo, Confesor y Doctor 

n. 1567 en Sales, Saboya;
† 28 de diciembre de 1622 en Lyon, Francia

Patrono de escritores; autores; prensa católica; periodistas;
educadores; profesores; confesores; sordos. Protector contra la sordera.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallaréis el reposo para vuestras almas.
(Mat. 11,29)


Este santo ha sido la gloria de su siglo, el modelo de los hombres apostólicos y de los obispos, el doctor universal de la piedad y del amor de Dios. Su cuerpo en Annecy y su corazón en Lyon han obrado infinidad de milagros devolviendo la salud a los cuerpos; pero su espíritu, siempre vivo en sus libros, obra maravillas mucho más sorprendentes convirtiendo a los pecadores. Tan llena está su vida de nobles acciones, que es difícil resumirla; tan conocida de todos, por otra parte, que no es necesario referirla. Murió en Lyón en 1622.

MEDITACIÓN
SOBRE EL CORAZÓN DE SAN FRANCISCO DE SALES

 
I. El corazón de San Francisco de Sales ardía con el fuego del amor divino. Este amor le hizo emprender todo lo que juzgó apto para contribuir a la gloria de Dios y a la salvación del prójimo. Sus predicaciones, sus pláticas, sus libros, son pruebas de esta verdad. ¡Ah! si amases a Dios como él, te burlarías de las riquezas, de los placeres, de los honores, y no dejarías perder las ocasiones de incitar a los demás a amar al Señor. ¡Oh Dios que sois tan amable! ¿por qué sois tan poco amado? ¡Oh fuego que siempre ardéis, fuego que nunca os extinguís, abrasad mi corazón!

II. El corazón del Santo sólo tenía dulzura y ternura para el prójimo; después de su muerte no se le encontró hiel en el cuerpo. Consolaba a los enfermos, daba limosna a los pobres, instruía a los ignorantes, y con su afabilidad trataba de que se le allegasen los pecadores, a fin de conducirlos enseguida al redil de Jesucristo.

III. Ese corazón, en fin, que era todo amor para Dios y toda dulzura para el prójimo, trataba a su cuerpo como a enemigo; para domar sus pasiones no retrocedía ante mortificación alguna, ante sacrificio alguno. Examina la causa de tus penas, Y verás que provienen de las pasiones que no supiste domeñar. Aquél que ha vencido a sus pasiones adquirió una paz duradera.


La dulzura
Rogad por la orden de la Visitación.


ORACIÓN
Dios, que habéis querido que el bienaventurado Francisco de Sales, vuestro confesor Y pontífice, fue se todo para todos para salvar a las almas, difundid en nosotros la dulzura de vuestra caridad, y haced que, dirigidos por sus consejos y asistidos por sus méritos, lleguemos al gozo eterno. Por N. S. J. C. Amén

viernes 28 de enero de 2011

Santoral Católico 28 de enero

  • San Pedro Nolasco, Confesor
  • San Julián, Obispo de Cuenca
  • San Pedro Tomás, Patriarca de Constantinopla
  • San Paulino, Patriarca de Aquileya
  • Santos Leucio, Tirsio y Calinico, Mártires
  • San Juan de Reomé, Abad
  • San Amadeo, Obispo de Lausana
  • Beato Antonio de Amándola, Monje
  • Beata María de Pisa, Viuda
  • Beato Julián Maunoir, Jesuita
  • Bienaventurado Carlomagno, Emperador
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

SAN PEDRO NOLASCO
Confesor

n. hacia el año 1182 en Languedoc, Francia;
† 25 de diciembre de 1258


Nadie tiene amor mayor que el que da su vida
por sus amigos.
(Juan, 15, 13)



San Pedro Nolasco fue toda su vida un modelo de caridad. Consagró su fortuna entera al rescate de los cristianos que caían en manos de los infieles. La Santísima Virgen se le apareció, y le ordenó fundara una orden cuya principal finalidad sería la de ejercer la caridad para con los pobres cautivos. Emprendió el santo la obra, y a la nueva orden llamó la de la Merced. Murió el día de Navidad del año 1256.


MEDITACIÓN
SOBRE SOBRE LA VIDA DE SAN PEDRO NOLASCO


I. El primer efecto de la caridad de nuestro santo fue consagrar todos los bienes al alivio de los desventurados; por ahí debes comenzar a imitarlo. ¿Qué has hecho hasta ahora para aliviar a tu prójimo en sus necesidades? ¿Qué puedes hacer? Por lo me nos ruega a Dios por él, si no puedes hacer más. Sufre con paciencia las imperfecciones de los demás.

II. El segundo efecto de su caridad fue obligar se, con voto, a sacrificar su libertad, si era necesario, para el rescate de los cautivos. ¿Cómo comprometerías tu libertad por el prójimo, tú, que le rehúsas una moneda? Sin embargo, por ti ha pagado Jesús, y quiere que le pagues lo que le debes, en la persona del prójimo. Visita a los encarcelados, consuela a los afligidos, y cuídate de no afligir a nadie con tus palabras o tu mal humor. Esa persona a quien menosprecias, es más cara a Jesús que el mundo entero.

III. El propósito principal de este ilustre fundador fue arrancar de la perdición eterna las almas de los cristianos a quienes el tedio de una prolongada cautividad invita a renegar de la fe; así quería, al mismo tiempo, salvar el cuerpo y el alma de esos des venturados. La mejor caridad que puedes hacer a tu prójimo es contribuir a la salvación de su alma; no pierdas ocasión alguna de hacerlo, todas son preciosas.


La caridad para con el prójimo
Orad por los pobres cautivos.

ORACIÓN

Oh Dios, que enseñasteis a San Pedro Nolasco a imitar vuestra caridad, inspirándole fundara en vuestra Iglesia una nueva familia para el rescate de los cautivos, concedednos por su intercesión que, libres de la servidumbre del pecado, gocemos en el cielo de libertad perpetua. Por N. S. J. C. Amén.

jueves 27 de enero de 2011

Más de la Nueva Evangelización


De la Santa Misa ni hablar, mejor vamos a rapear...






Encuentro juvenil internacional “Por Hoy No”


Con la presencia de Mons. Ricardo Ezzati (nuevo Arzobismo de Santiago), se realizará entre el 25 y el 27 de febrero en el Santuario de San Alberto Hurtado en Santiago, a la luz del lema “¡Vamos! Anímate que estoy a la puerta y llamo”. Esta actividad, organizada por la comunidad brasileña Canción Nueva, congrega en ese país cada año a 150.000 peregrinos del continente.


Entre el 25 y el 27 de febrero se realizará en el Santuario de San Alberto Hurtado, en Santiago, el encuentro juvenil PHN (“Por Hoy No”), que contará con la presencia de el arzobispo de Santiago y presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Ricardo Ezzati.

El evento —organizado por la comunidad católica brasileña Canción Nueva y patrocinado por el Arzobispado de Santiago— invita a los jóvenes a vivir la santidad en pleno Siglo XXI y a decir diariamente no a los comportamientos desordenados y a vicios como las drogas.

Esta radical propuesta (“Por Hoy No. Por Hoy No voy a Pecar”), se realiza en este encuentro de una forma entretenida con atracciones juveniles (como muestras de hip-hop y breakdance) y a través de conciertos de música, danzas y prédicas claras, directas y alegres.






El PHN fue creado por el misionero brasileño Francisco José Dos Santos “Dunga” hace 12 años y ya se ha realizado en países como Paraguay, Argentina, Inglaterra, Alemania, Japón y Estados Unidos.


Hosana Brasil 2007



 Los paralíticos caminan 
Hosana Brasil 2007




El Santísimo sobre un arca
nótese el aspecto judaizante de la Adoración profanación del Santísmo
 Hosana Brasil 2007


 Adoração ao Santíssimo Sacramento
Monseñor Jonas
nada de qué preocuparse es un tradicionalista, usa sontana
Hosana Brasil 2007

La versión chilena comenzará el viernes 25 de febrero con una misa a las 16:00 horas en el Teatro del Santuario de San Alberto Hurtado y se extenderá hasta el domingo 27 de febrero a las 17:00 hrs.

“A los jóvenes le gustan los desafíos. Pero no sólo aquellos que los llevan al peligro o incluso a la muerte. Los jóvenes son idealistas, pero se les da pocas opciones de realización. Con el PHN buscamos proporcionar un nuevo horizonte a aquellos que desean alcanzar sus sueños”, relata Dunga.

El PHN Chile tiene el lema “¡Vamos!, anímate y conviértete. Mira que estoy a la puerta y llamo”.




Esta actividad estará abierta a toda la juventud de Chile. Habrá alojamiento para los peregrinos de regiones.

En Brasil reúne cada año a más de 150.000 peregrinos en la localidad de Cachoeira Paulista, ciudad de apenas 35.000 habitantes.


Fuente: Iglesia.cl


¿Son estos, "abusos litúrgicos" o más bien la expresión de una nueva fe y una nueva Iglesia?

Santoral Católico 27 de enero

  • San Juan Crisóstomo, Obispo, Confesor y Doctor
  • San Julián, Obispo de Le Mans
  • San Mario o Mayo, Abad
  • San Vitaliano, Papa 
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.


SAN JUAN CRISÓSTOMO
Obispo, Confesor y Doctor 

n. hacia el año 347 en Antioquía; † hacia el año 407

Patrono de oradores; predicadores; conferencistas; expositores; 
quienes sufren de epilepsia. Protector contra la epilepsia.
 
Ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien, tapéis
la boca a la ignorancia de los hombres necios.
(1 Pedro, 2,15).

He aquí el modelo del orador cristiano; escucha sus palabras, imita sus ejemplos. A nadie deja de fustigar, porque a nadie teme; sus palabras son de oro todas, de oro abrasado por el fuego del Espíritu Santo. Su elocuencia es divina, inquebrantable su paciencia, su vida toda celestial. Aconteció su muerte en el año 407.
MEDITACIÓN
SOBRE EL BUEN EJEMPLO

 
I. San Juan Crisóstomo predicaba tanto con sus ejemplos como con sus discursos. El buen ejemplo produce tres diferentes impresiones en nuestro espíritu. Nos hace amar lo que admiramos, pues la virtud tiene encantos que arrebatan nuestro corazón; en segundo lugar, nos hace falta desear llegar a ser semejantes a los que admiramos; en fin, facilita la práctica de la virtud. Cada uno de nosotros querría ser virtuoso si no existieran las dificultades que imaginamos que encontraremos en el camino de la virtud. El buen ejemplo derriba este obstáculo al mostrar que no es difícil hacer lo que tantos jóvenes y tantas personas delicadas hacen sin pena, y aun con placer. Ánimo, alma mía, nada han hecho los santos que no puedas llevar a cabo con la gracia de Dios.
II. Nada podemos hacer que sea más agradable a Dios, más útil al prójimo y a la salvación de nuestra a1ma, que predicar la virtud con nuestro ejemplo. Los justos, dice San Juan Crisóstomo, son cielos que narran la gloria de Dios y dan a conocer su poder y su bondad. Acaban la obra de la Redención, convirtiendo al prójimo mediante su vida santa. ¡Qué felicidad para ti, poder contribuir con tus buenos ejemplos a la conversión de un alma por la cual ha muerto Jesucristo, y que sin ti no hubiera aprovechado la sangre derramada por el Salvador! ¿Dejará Dios de recompensar tu celo? 
III. Realiza todas tus acciones por el doble motivo de agradar a Dios y edificar al prójimo. Suprime tus acciones, aun las indiferentes, que puedan escandalizar a tu hermano. ¡Jesucristo murió por él, y tú no te quieres privar de un pequeño placer para con tribuir a su santificación! Señor, si no puedo predicar la modestia y la humildad desde el púlpito, las predicaré mediante una vida humilde, mediante un exterior modesto y recatado. Es el medio con que cuento para imitaros, oh Señor Jesús, a Vos que du rante treinta años nos habéis enseñado con vuestro ejemplo, y que sólo durante los tres últimos años de vuestra vida predicasteis. El testimonio de la vida es más eficaz que el de la lengua: cuando la lengua calla, hablan los actos. (San Cipriano).



El respeto por la palabra de Dios
Orad por los predicadores.
 
ORACIÓN
Señor, dignaos difundir cada vez más las riquezas de vuestra gracia en vuestra Iglesia, que habéis querido ilustrar con los gloriosos méritos y doctrina de vuestro confesor San Juan Crisóstomo. Por N. S. J. C. Amén.

miércoles 26 de enero de 2011

Cine: El Prisionero




 Ficha Técnica

Título original: The Prisioner

Duración: 91 minutos

Compañía: Facet Productions

País: Reino Unido

Género: Drama

Guión: Bridget Boland

Director: Peter Glenville


Santoral Católico 26 de enero

  • San Policarpo, Obispo y Mártir
  • Santa Paula, Viuda
  • Santo Teógenes y Compañeros, Mártires
  • San Alberico, Abad
  • Santa Margarita de Hungría, Virgen
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.


SAN POLlCARPO
Obispo y Mártir


n. hacia el año 69; † martirizado hacia el año 155 en Esmirna

Protector contra los dolores de oído y los desórdenes intestinales.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque ellos serán saciados.
(San Mateo, 5, 6)



Policarpo va a Roma a consultar al Papa Aniceto, y es recibido por éste con muestras del mayor respeto. Marción lo encuentra y le pregunta si lo conoce. "Sí, responde el santo al hereje, yo te conozco como al hijo mayor de Satanás". De vuelta a Esmirna, se lo quiere forzar a que injurie a Jesucristo. "Hace ochenta y seis años que lo sirvo, responde, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo, pues, podría injuriar a mi Rey y Salvador?" Se lo pone en la hoguera, cúrvanse como un arco a su alrededor las llamas. Se le da un lanzazo, y la sangre brota de la herida en tan gran cantidad que apaga el fuego.

MEDITACIÓN
SOBRE LA JUSTICIA

I. Da a Dios lo que le debes: obediencia como a tu soberano, amor y reconocimiento como a tu padre y bienhechor. ¿De quién has recibido más y de quién esperas más? Es pues muy justo que lo ames sobre todas las cosas, y que pierdas tus riquezas, tus honores y tu vida antes que ofenderlo. ¿Cómo te conduces con Dios? Si no le tributas los deberes que la justicia te impone, un día experimentarás los terribles efectos de su cólera. ¡Ah! Señor, no entres a juicio con tu siervo (Salmo 142).

II. Debes respeto y obediencia a tus superiores como a Jesucristo; debes amar a tus iguales como a hermanos; debes tener caridad para tus inferiores, pues son miembros de Jesucristo. Interpreta para bien todos los actos de tu prójimo, y no te inquietes por lo que se piense de ti. Piensa de Agustín lo que quieras, con tal que mi conciencia nada me reproche delante de Dios. (San Agustín).

III. Hazte justicia a ti mismo, poniéndote debajo de todos los demás; condena tus faltas; cuando te acusen, rara vez toma la palabra para defenderte. Sujeta tu cuerpo a tu alma, tu alma a la razón y tu razón a Dios: he aquí el orden establecido por Dios y que debes observar. Júzgate tú mismo con tanta severidad cuanta empleas en criticar los actos de los de más, y nada tendrán los hombres que reprenderte.


La fidelidad a la gracia  
Orad por  la conversión de los herejes.


ORACIÓN

Oh Dios, que cada año nos dais un nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Policarpo, vuestro pontífice mártir, haced que celebrando su nacimiento al cielo, experimentemos los efectos de su protección. Por N. S. J. C. Amén.

martes 25 de enero de 2011

Homilía: No lo llamen más el Gran Desconocido




John Henry Cardenal Newman


“No estáis en la carne, sino en el espíritu,
si es que el espíritu habita en vosotros”
Rom. VIII:9




Dios Hijo graciosamente se ha dignado revelar al Padre a sus creaturas—desde fuera; Dios Espíritu Santo, mediante comunicaciones interiores. ¿Quién puede comparar estas obras separadas de condescendencia, siendo que ambas dispensaciones están más allá de nuestro entendimiento? Sólo podemos adorar en silencio al Amor Infinito que nos rodea por doquier. El Hijo de Dios es llamado la Palabra, como que declara su gloria a través de toda la naturaleza creada, y cada partecita de la Creación no hace sino evidenciarla. Nos la ha regalado para que leamos en ella sus obras de bondad, santidad y sabiduría. El Verbo es la Viviente y Eterna Ley de Verdad y Perfección, la Imagen de los inaccesibles Atributos de Dios que los hombres siempre vieron en la faz del mundo como por atisbos, intuyendo que era soberano, pero incapaces de decir si se hallaban frente a una Regla fundamental y un Destino auto-subsistente, o el Fruto y Espejo de la Voluntad Divina. Así ha sido Él desde el comienzo, enviado graciosamente por el Padre para reflejar su gloria sobre todas las cosas—que son distintas de Él, a la vez que misteriosamente una sola cosa con Él; y en el tiempo oportuno, nos visitó con una misericordia infinitamente más profunda cuando para nuestra redención se humilló a Sí mismo para tomar sobre Sí nuestra naturaleza caída que originalmente había creado según su propia Imagen.

La condescendencia del Espíritu Santo es tan incomprensible como la del Hijo. Desde siempre ha sido la secreta Presencia de Dios en la Creación: una fuente de vida en medio del caos, extrayendo aquello que al principio era informe y vacuo para darle forma y orden, constituyéndose en la voz de la Verdad en el corazón de todos los seres racionales y acordándolos armoniosamente con las indicaciones de la Ley de Dios, dispuestas externamente para su bien. De aquí que Él es llamado especialmente el Espíritu “dador de Vida”; siendo (por así decirlo) el Alma de la naturaleza universal, el Vigor de todo hombre y toda bestia, la Guía de la fe, el Testigo que arguye contra todo pecado, la Luz interior de los patriarcas y de los profetas, la Gracia que mora en toda alma cristiana, y el Señor y Gobernador de la Iglesia. Por tanto, alabemos en todo tiempo al Padre Todopoderoso, que es la Fuente primera de toda perfección, en y juntamente con sus pares, el Hijo y el Espíritu, cuyas graciosas dispensaciones nos han sido dadas para ver “qué amor” nos ha mostrado el Padre (I Jn. III:1).

En esta fiesta me propongo, como apropiado que es, describir, siguiendo las Escrituras con la máxima fidelidad posible, el misericordioso oficio del Espíritu Santo para con nosotros los cristianos; y quiera Dios que pueda hacerlo con la sobriedad y reverencia que el tema exige.

Desde el comienzo el Espíritu Santo ha abogado en favor del hombre. Leemos en el libro del Génesis que, cuando la maldad comenzó a prevalecer antes del diluvio, el Señor dijo, “No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre” (Gén. VI:1) de donde se infiere que hasta entonces había combatido su corrupción. Nuevamente, cuando Dios quiso tomar para Sí a un pueblo en particular, plugo al Espíritu Santo permanecer especialmente presente para ellos. Nehemías dice: “Tú les diste también tu buen Espíritu para instruirlos” (Neh. IX:20) e Isaías “Ellos se rebelaron y contristaron su santo Espíritu” (Is. LXIII:10). Más todavía, se manifestó como la fuente de varios dones, intelectuales y extraordinarios, como se ve en los profetas y en otros. Así, en el tiempo en que se construía el Tabernáculo, el Señor llenó a Besalel “de espíritu divino, de sabiduría, inteligencia y maestría en toda clase de trabajos. Para inventar diseños y labrar el oro, la plata y el bronce; para grabar piedras de engaste, para tallar la madera y ejecutar cualquier otra obra” (Ex. XXXI:3-5). En otra oportunidad, cuando Moisés se encontraba oprimido por la tribulación, Dios Todopoderoso le garantizó que “tomaría del Espíritu” que estaba sobre él para ponerlo sobre setenta de los ancianos de Israel para que compartan con él la carga, “los cuales, cuando se posó sobre ellos el Espíritu, profetizaron” (Núm. XI:17, 25). Estos textos son suficientes para recordar muchos más en los que se hace referencia a los dones del Espíritu Santo en tiempos de la Alianza judía. Fueron grandes mercedes; y con todo, grandes como fueron, no son nada comparados con la sobresaliente excelencia de la gracia con que somos honrados los cristianos; aquel gran privilegio de recibirlo en nuestros corazones, no sólo los dones del Espíritu, sino su mismísima presencia—Él mismo, que establece su morada en nosotros, no figurada, sino realmente.

Cuando Nuestro Señor comenzó su Ministerio, se comportó como si fuera un mero hombre, necesitado de gracia, y recibió la unción del Espíritu Santo por nosotros. Se convirtió en el Cristo, o el Ungido, para que se viera que el Espíritu venía de Dios para pasar de Él a nosotros. Y de allí que el celestial Don no es llamado simplemente el Espíritu Santo, o el Espíritu de Dios, sino el Espíritu del Cristo, para que entendamos claramente que Él viene a nosotros de y en lugar de Cristo. Así, San Pablo dice: “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Gál. IV:6); y Nuestro Señor sopló sobre sus Apóstoles diciendo “Recibid el Espíritu Santo” (Jn. XX:22); y en otro lugar les dice, “Si Yo me voy, os lo enviaré” (Jn. XVI:7). De conformidad con esto, este “Espíritu Santo de la promesa” (Ef. I:13) es llamado “las arras de nuestra herencia” (I Cor. I:22), “el sello y las arras de un Salvador Invisible” (I Cor. V:5), siendo al presente el signo de Aquel que está ausente—o más bien, algo más que un signo, pues las arras no son mera prenda que nos será quitada cuando se cumpla enteramente lo prometido, como lo sería un distintivo o un signo, sino una cosa que constituye en sí misma un adelanto de lo que un día se nos dará plenamente.

Esto debe ser entendido claramente; pues parecería seguirse de lo que acabo de decir que el Paráclito que ha venido en lugar de Cristo se hubiera comprometido a venir en el mismo sentido en que Cristo vino; quiero decir que ha venido, no sólo mediante sus dones, o influencia, u operaciones, como sí lo hizo cuando vino a los profetas, pues en ese caso la partida de Cristo habría sido una pérdida, no una ganancia, y la presencia del Espíritu habría sido sólo una prenda, no las arras. Pero no: Él viene a nosotros como lo hizo Cristo, mediante una visita real y personal. No digo que podríamos haber inferido esto claramente por la simple fuerza de los textos citados precedentemente; pero como de hecho eso es exactamente lo que se nos revela en otros textos de la Escritura, vemos que se puede deducir legítimamente de los citados. Es posible ver que el Salvador, una vez que vino al mundo, nunca lo dejó para sufrir que las cosas fueran como antes de su primera venida; pues Él todavía está con nosotros, no mediante meros dones, sino mediante la substitución de Sí mismo por su Espíritu, y eso, tanto en la Iglesia como en las almas de cada cristiano.
Por ejemplo, San Pablo dice en el texto: “Vosotros no estáis en la carne sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (Rom. VIII:9). Nuevamente, “Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu que habita en vosotros” (Rom. VIII:11). “¿O no sabéis acaso que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros?” (I Cor. VI:19), “Templo del Dios vivo somos nosotros, según aquello que dijo Dios: «Habitaré en ellos y andaré en medio de ellos; y Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo»” (II Cor. VI:16). El mismo Apóstol distingue claramente entre la habitación del Espíritu y sus actuales operaciones dentro nuestro, cuando dice que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. V:5); y en otro lugar, “El mismo Espíritu da testimonio, juntamente con el espíritu nuestro, de que somos hijos de Dios” (Rom. VIII:16).

Y aquí, antes de seguir, veamos qué evidencias se nos dispensan en estos textos acerca de la Divinidad del Espíritu Santo. ¿Quién puede estar simultánea y personalmente presente en cada cristiano sino Dios sólo? ¿Quién sino sólo Él, podía, no solamente gobernando invisiblemente a la Iglesia desde dentro (como San Miguel custodiaba al pueblo de Israel, o como otro ángel podría ser “el Príncipe de Persia”), sino también fijando su morada como uno y el mismo en muchos corazones distintos? Así es como cumple con las palabras de Nuestro Señor, de que era necesario que partiera; la presencia corporal de Cristo se hallaba confinada en el espacio pero ahora fue transformada mediante esta habitación espiritual multiplicada del Paráclito en nuestro interior. Esta consideración sugiere tanto la dignidad de nuestro Santificador, cuanto el infinito valor de su Oficio hacia nosotros.

Pero sigamos: el Espíritu Santo, he dicho, habita en el cuerpo y en el alma, como si fuera un templo. En verdad hay espíritus malignos que disponen de poder para poseer a ciertos pecadores; pero su habitación es mucho más perfecta; pues Él lo sabe todo y es omnipresente, conoce todos nuestros pensamientos y penetra en las razones de nuestro corazón. Por tanto nos ocupa (por así decirlo) como la luz ocupa un edificio, o como un dulce perfume satura los pliegues de alguna honorable toga; de tal modo que, en lenguaje Escriturístico, se dice que estamos en Él, como Él en nosotros. Está claro que semejante inhabitación coloca al cristiano en un estado completamente nuevo y maravilloso, mucho más allá de la posesión de meros dones, que lo exalta inconmensurablemente por encima de la escala de los seres, dándole un lugar y un oficio que no había tenido antes. En el vigoroso lenguaje de San Pedro, se convierte en “partícipe de la naturaleza divina” (II Pet. I:4), y tiene “poder”, como dice San Juan, “de llegar a ser hijo de Dios” (Jn. I:12). O para recurrir a las palabras de San Pablo, “es una creatura nueva. Lo viejo pasó: he aquí que se ha hecho nuevo” (II Cor. V:17). Su rango es cosa novedosa; su parentesco y su obligación son cosas nuevas. Es “de Dios” (I Jn. IV:4), ya “no se pertenece” (I Cor. VI:19), es un “vaso para uso honroso, santificado, útil al dueño y preparado para toda obra buena” (II Tim. II.21).

Esta admirable transformación desde la oscuridad a la luz, mediante el ingreso del Espíritu al alma, se llama Regeneración, o Nuevo Nacimiento; una bendición que antes de la primera venida de Cristo, ni siquiera los profetas o los justos poseían, pero que ahora se dispensa libremente mediante el Sacramento del Bautismo. Por naturaleza somos hijos de la ira; con corazones prostituídos por el pecado, poseídos por espíritus malignos; y por eso la muerte es nuestra herencia, como que merecemos castigo eterno. Pero por la venida del Espíritu Santo, toda culpa y suciedad son extirpados como por el fuego, arrojado el diablo, el pecado, el original, el actual, perdonados, y todo el hombre consagrado a Dios. Y esta es la razón por la que es llamado “las arras” de aquel Salvador que murió por nosotros, y que un día nos dará la plenitud de su propia presencia en el cielo. De aquí también, que es nuestro “sello hasta el día de la redención”; pues así como el alfarero moldea la arcilla, así Él imprime la imagen Divina en nosotros, los de la casa de Dios. Y su obra bien puede llamarse Regeneración; pues aunque la naturaleza original del alma no resulta destruida, sin embargo sus transgresiones del pasado son perdonadas de una vez y para siempre, y el manantial de iniquidad restañado y gradualmente secado por la omnipresente salud y pureza que ha fijado su morada en nosotros. En lugar de sus propias amargas aguas, se ha instalado en ella una fuente de salud y salvación; no sólo los meros arroyos de aquel manantial, “claro como cristal” (Apoc. XXII:1) que está delante del Trono de Dios, pero, como dice Nuestro Señor “un torrente de agua en él”, en su corazón, que “brota hasta la vida eterna” (Jn. IV:14). Así es que en otro lugar Cristo describe al corazón como emanando, no recibiendo, ríos de gracia: “De su seno manarán torrentes de Agua Viva”, agregando inmediatamente que “dijo esto del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él”  (Jn. VII:38, 39).

Así es la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, aplicando a cada uno de nosotros la preciosa limpieza de la sangre de Cristo en toda la multiplicidad de sus beneficios. Así es la gran doctrina que sostenemos como materia de fe, como que no contamos con la experiencia de verificarla en nosotros mismos. Lo siguiente es que debo hablar brevemente acerca de la manera en que este Don de gracia se manifiesta en el alma redimida; un tópico que no abordo de buena gana, y que tal vez ningún cristiano puede jamás considerar sin algún esfuerzo, sintiendo que pone en peligro, o bien la debida reverencia a su Dios, o quizá la humildad, pero que los errores de este tiempo y el presuntuoso tono de sus abogados, nos obliga a tratar, no sea que la verdad sufra por culpa de nuestro silencio.

1.- El celestial don del Espíritu fija los ojos de nuestras almas en el Autor Divino de nuestra salvación. Y aunque por naturaleza somos ciegos y carnales, el Espíritu Santo por quién hemos renacido, nos revela al Dios de las mercedes y nos insta a reconocer y adorarlo como nuestro Padre, y eso con un corazón puro. Imprime en nosotros la imagen del Padre Celestial que perdimos cuando cayó Adán y nos dispone a buscar su presencia por la fuerza del instinto de nuestra nueva naturaleza. Nos devuelve aquella porción de libertad de querer y obrar, de aquella justicia e inocencia, con que Adán fue dotado. Nos reúne con todos los seres santos como estábamos unidos a ellos antes de tener trato con la iniquidad. Restaura para nosotros aquel vínculo roto, que, procediendo desde lo Alto, nos pone en comunión con aquella santa familia de todo lo que, esté donde esté, es santo y eterno, y nos separa del mundo rebelde que para nosotros ya nada vale. Siendo, pues, los hijos de Dios, y uno con Él, nuestras almas se elevan y suplican continuamente. A esta especial característica del alma redimida, se refiere San Pablo inmediatamente después del texto “Habéis recibido la adopción de hijos. Y porque sois hijos clamáis «¡Abba, Padre!»” (Gál. IV:6). No es que se nos deja clamar así a Él, de un modo vago e incierto según se nos ocurra; sino que el mismo Cristo, que nos envió el Espíritu para morar habitualmente en nosotros, también nos dio una forma de palabras para santificar los distintos actos de nuestras mentes. Cristo dejó su sagrada Oración como particular posesión de su pueblo, y la voz del Espíritu. Si la examinamos, hallaremos en ella la sustancia de aquella doctrina, a la que San Pablo le dio un nombre en el pasaje que acabamos de citar. La comenzamos recurriendo a nuestro privilegio de llamar explícitamente al Dios Todopoderoso “Nuestro Padre”. Y luego procedemos, de acuerdo con este principio, con aquel ánimo del que espera, confía, adora, y se resigna y que es propio de los niños; más bien mirándolo a Él que no pensando en nosotros; celosos por su honor antes que preocupados por nuestra seguridad; descansando en su providencia y no mirando con temor hacia el futuro. El cristiano contempla y se alimenta de grandes cosas: su nombre, su reino, su voluntad, permaneciendo estable y sereno y “lleno en Él” (Col. II:10), como conviene a uno que cuenta con la graciosa presencia de su Espíritu dentro suyo. Y cuando pasa a pensar sobre sí mismo, reza para que se le haga posible tener hacia otros lo que Dios le ha mostrado, un espíritu de perdón y de tierno amor. Así se derrama por doquier, primero mirando hacia lo alto para hacerse del don celeste, pero, uno vez que lo atrapa, no se lo guarda, sino que derrama los “ríos de agua viva” (Jn. VII:38) hacia toda la raza humana, pensando en sí mismo lo menos posible y deseando el mal y la destrucción de nada excepción hecha de aquel principio de tentación e iniquidad que es la rebelión contra Dios. Por fin, terminando por dónde empezó, con la contemplación de su reino, poder y sempiterna gloria. Este es el verdadero “Abbá, Padre” con que el Espíritu de adopción clama en el corazón cristiano, la infalible voz de Aquel que “intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios” (Rom. VIII:27). Y si de vez en cuando, por ejemplo en medio de pruebas y tribulaciones, recibe visitas especiales y consuelos del Espíritu con “gemidos inenarrables” (Rom. VIII:26) dentro suyo, vivos anhelos de la vida por venir o resplandecientes y pasajeros atisbos de la dilección eterna de Dios y profundas conmociones de admiración y gratitud en consecuencia, se detiene con extrema reverencia ante el “el secreto del Señor” (Ps. XXIV:14), no sea que traicione (por decirlo de algún modo) su confianza jactándose de ello ante el mundo, o acaso exagerando su significado: al contrario, permanece callado reflexionando sobre los beneficios de la dilección divina que de este modo le dan aliento, tratando de establecer su significado, bien que no sabe exactamente cuál es su alcance.

2.- La inhabitación del Espíritu Santo levanta el alma, no sólo a pensar en Dios, sino en Cristo también. San Juan dice, “En verdad nuestra comunión es con el Padre y con el Hijo suyo Jesucristo” (I Jn. I:3). E incluso Nuestro Señor, “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada” (Jn. XIV:23). Ahora bien, por no hablar de otras y más altas maneras en que se cumplen estas palabras, seguramente una consiste en aquel ejercicio de fe y amor por el que pensamos en el Padre y el Hijo, que el Evangelio, y el Espíritu que lo revela, proporcionan al cristiano. El Espíritu bajó especialmente para “glorificar” a Cristo; y se aviene a ser una luz resplandeciente en la Iglesia y en cada cristiano, reflejando al Salvador del mundo en todas sus perfecciones, todos sus ministerios y todas sus obras. Mientras el Cristo todavía estaba en la tierra, bajó del cielo con el propósito de descubrir lo que aún se hallaba oculto; y proclama desde los tejados lo que se había dicho en los sótanos (Lc. XII:3), descubriendo en las glorias de su transfiguración a Quién en un tiempo no tenía ni apariencia ni belleza, ni aspecto para que nos agrade—hombre despreciado, el desecho de los hombres y varón de dolores (Is. LIII:2, 3). En primer lugar, inspiró a los Santos Evangelistas para que registraran la vida de Cristo dirigiéndolos para que supieran qué palabras y obras seleccionar y cuáles omitir; luego comentó los Evangelios (por así decirlo) descubriendo su sentido en las epístolas apostólicas. El nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, ha sido el texto que Él iluminó. Pero luego ha convertido la historia en doctrina; diciéndonos claramente, sea mediante San Juan o San Pablo, que la concepción y nacimiento de Cristo había sido la real Encarnación del Verbo Eterno—su vida, “Dios manifestado en carne” (I Tim. III:16)—su muerte y resurrección, la Redención del pecador y la justificación de todos los creyentes. Ni tampoco eso fue todo: continuó su sagrado comentario con la formación de la Iglesia, gobernando y vigilándola por encima de sus instrumentos humanos y trayendo a la luz las palabras y obras de Nuestro Salvador y las ilustraciones que de ellas hicieron los Apóstoles para, mediante el ministerio de santos y mártires, convertirlas en preceptos y consejos permanentes. Por fin, completa su graciosa obra dispensando este sistema de Verdad, tan variado y difundido, en los corazones de cada cristiano en particular que inhabita. Así, el Espíritu Santo se aviene graciosamente a edificar al hombre entero en fe y santidad: “aplastando razonamientos y toda altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios, cautivando todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (II Cor. 4, 5). Merced a la maravillosa obra de su gracia todas las cosas tienden a la perfección. Cada facultad de la mente, cada proyecto, objetivo y materia de reflexión, se ven iluminados y santificados por la permanente visión de Cristo como Señor, Salvador y Juez. Y aunque se le enseña al cristiano a no pensar de sí mismo por encima de su medida y que no se le ocurra vanagloriarse, con todo también se le enseña que la conciencia de pecado que lo acompaña no debería separarlo de Dios, sino conducirlo hasta Aquél que puede salvarlo. Razona con San Padro “¿A quién iremos?” (Jn. VI: 68) y, sin impacientarse por saber hasta qué punto puede considerar como propios cada uno de los privilegios del Evangelio en su plenitud, los contempla todos con profunda gravedad reflexionando que son posesión de la Iglesia, se une a  sus himnos triunfales en honor de Cristo y escucha anhelante su voz en la Escritura inspirada, la voz de la Esposa llamando y que es bendecida por el Amado.

3.- San Juan agrega, después de haber hablado de nuestra “comunión con el Padre y el Hijo”: “Os escribimos esto para que vuestro gozo sea cumplido” (I Jn. I:4). ¿Qué cosa es el gozo cumplido si no la paz? El gozo es inestable sólo cuando no es pleno, pero la paz es el privilegio de aquellos que están “llenos del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas que cubren el mar” (Is. XI:9). “Al alma fiel le conservarás la paz, la paz porque en Ti confía” (Is. XXVI:3). Se trata de la paz que brota de la confianza y de la inocencia y que luego desborda en amor hacia todos los que lo rodean. ¿Cuál es el efecto de un contento y disfrute meramente animal de un hombre, sino es este de que lo hace feliz con todo lo que pasa? “La alegría del corazón es un banquete sin fin” (Prov. XV:15); y esto es particularmente cierto respecto de las bendiciones de un alma alegrándose en la fe y el temor de Dios. El que está ansioso piensa en sí mismo, teme los peligros, habla a las apuradas, y nada le importan las cosas de los demás; el que vive en paz está a sus anchas, no importa cuál sea su suerte. Tal es la obra del Espíritu Santo en el corazón, sea Judío o Griego, esclavo o libre. Tal vez Él mismo, en su misteriosa naturaleza, es el Amor Eterno que se profesan el Padre y el Hijo, como lo creían los escritores antiguos; y lo que Él es en el cielo, eso mismo es, abundantemente, sobre la tierra. Vive en el corazón del cristiano, como el infalible manantial de la caridad, que es la dulzura misma de las aguas vivientes. Porque donde Él está, “hay libertad” (II Cor. III:17) de la tiranía del pecado, del temor que el hombre natural siente ante un Creador ofendido y con el que no se ha reconciliado. La duda, la tristeza, la impaciencia han sido expelidos; en su lugar reinan el Evangelio, la esperanza de llegar al cielo y la armonía de un corazón puro, el triunfo del señorío, pensamientos elevados y un ánimo contento. ¿En tal caso, cómo podría ser que no se siguiese la caridad hacia todos los hombres, toda vez que no es sino el afecto de la inocencia y de la paz? Así el Espíritu de Dios crea en nosotros la sencillez y la cordialidad que tienen los niños, y más que eso, más bien las perfecciones de sus huéspedes celestiales—lo alto y lo bajo unidos en su misteriosa obra; pues ¿qué son aquella confianza sobreentendida, aquel ardiente amor, aquella permanente pureza si no las que experimentan las almas de los pequeños y de los adorantes Serafines?

Pensamientos tales como estos nos afectarán apropiadamente si nos hacen temer y permanecer vigilantes mientras nos alegramos. Por cierto que no podría ser de otra manera; pues el alma de un cristiano, tal como he tratado de describirla, no es tanto lo que tenemos cuanto lo que deberíamos tener. En verdad, después de reflexionar sobre esto, el sólo contemplar a la muchedumbre de los hombres que han sido bautizados en el nombre de Cristo, es asunto de máxima gravedad, y no tenemos por qué obligarnos a hacerlo. No tenemos por qué hacerlo, basta con rezar por ellos y protestar y combatir todo lo que hay de malo en ellos; pues respecto de la cuestión más solemne y encumbrada de cómo es que hay personas, individuales y colectivas, que han sido separadas y erigidas como Templos de la Verdad y de la Santidad, y que sin embargo se han convertido en lo que parecen ser, y qué es ese estado en el que se encuentran a la vista de Dios, es asunto que afortunadamente se nos permite dejar de lado como que no nos incumbe. Sólo nos concierne mirarnos a nosotros mismos, teniendo presente que, así como hemos recibido el don, no vayamos a “contristar al Espíritu Santo de Dios con el que hemos sido sellados hasta el día de la redención” (Ef. IV:30), recordando que “si alguno destruyere el templo de Dios, le destruirá Dios a él” (I Cor. III:17). El recuerdo de estas palabras y de nuestras muchas negligencias nos guardará, si Dios quiere, de juzgar a los demás o de jactarnos de la multitud de nuestros privilegios. Conformémonos con considerar cómo hemos caído de la luz y gracia de nuestro propio Bautismo. Fuéramos ahora lo que ese sacramento hizo de nosotros, podríamos haber “proseguido nuestro viaje llenos de gozo” (Hechos VIII:39); mas habiendo ensuciado nuestros celestiales vestidos, de un modo u otro, en mayor o menor medida (¡sabe Dios!, y en alguna medida, nuestras conciencias también), ¡helás!, aquel espíritu de adopción en algún grado se ha apartado de nosotros, y su lugar debe ser ocupado por un sentido de culpa, de remordimiento, de tristeza y de penitencia. Debemos renovar nuestra confesión, y pedir nuestra absolución día tras día, antes de atrevernos a llamar a Dios “Nuestro Padre” o sino ofrecerle Salmos y oraciones de intercesión. Y, sean cuales fueran las penas y las aflicciones que encontremos en nuestras vidas, hemos de tomarlas como penitencias misericordiosas que un Padre le impone a sus descaminados hijos, para ser aceptadas con mansedumbre y gratitud, y destinados a recordarnos el peso de aquel castigo infinitamente más grande, que nos correspondía por naturaleza y con el que Cristo cargó por nosotros en la cruz.                     
             

Fuente: Et voilà!
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