R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE
María ¿virgen antes, durante y después del parto?
Las objeciones de muchos protestantes, y en particular de los miembros de sectas, respecto de María Santísima son numerosas, pero tal vez puedan reducirse a algunas principales: de dónde sacan los católicos que fue siempre virgen, cómo decimos que no tuvo más hijos si en la Biblia se habla de los hermanos de Jesús (objeción equivalente a la anterior), objeciones a su veneración, problemas con la “mediación” mariana, etc. Vamos a encarar en este punto lo relacionado con la virginidad perpetua de María.
He aquí algunas objeciones que he recibido al respecto:
¿Dónde dice la Biblia que María fue virgen perpetuamente?
Mateo (1,18-25) dice que después que el ángel le dice a José que no tema en recibir a María como esposa, él “hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús”. ¿Qué significa ese “hasta”? ¿Acaso quiere decir que después tuvo relaciones con ella?
La Biblia dice que Jesús tuvo hermanos y hermanas, ¿cómo es posible entonces que digan que nunca hubo unión carnal entre José y María?
Estoy de acuerdo de que María era virgen, que era la privilegiada de entre todas las mujeres, pero después de haber nacido Jesús, como toda mujer también se realizó como una familia normal teniendo más hijos e hijas con José. Lee por favor Libro de Mateo cap. 12 versículo 46 al 50 en el cual indica lo siguiente: sus discípulos le dicen que su madre y sus hermanos llaman a Jesús para hablarle, y Jesús les dice extendiendo su mano hacia los discípulos “Todo aquél que hace la voluntad de mi Padre ése es mi madre y mis hermanos”. Por otro lado, en el capítulo 13, versículos 54 al 58, menciona los nombres de los hijos nacidos de José y María. ¿Qué opina de esto?
En algún lugar del evangelio he escuchado que dice que Jesús fue el “primogénito” de María; si fue primogénito quiere decir que tuvo otros hermanos menores, por tanto, María tuvo otros hijos, hermanos de Jesús.
Tenemos pues, una consulta general referida al fundamento bíblico de la virginidad de María y dos objeciones al respecto: la expresión de Mateo “hasta que”, y luego el giro más usado por muchas sectas contra esta verdad católica: “los hermanos de Jesús”. Veamos cada uno de estos puntos.
Fundamentos de la virginidad perpetua de María
Ya hemos dicho varias veces que la Biblia no es la única fuente de la Revelación, sino la Biblia y la Tradición de la Iglesia. No es necesario que una verdad esté en la Biblia de modo explícito para que deba ser creída como revelada, puesto que de hecho, los mismos protestantes creen verdades que no están en la Biblia, por ejemplo, ellos creen que todo debe estar en la Biblia y que sólo se debe creer a la Biblia, pero ¡eso no está en la Biblia!
Sin embargo, como muchas otras cosas que estamos tratando en este libro, la virginidad de María está en la Biblia, en el sentido de que tiene fundamento bíblico. El magisterio de la Iglesia y la tradición bimilenaria de la Iglesia, ha considerado constantemente la virginidad de María una verdad de fe, acogiendo y profundizando el testimonio de los evangelios de Lucas, Mateo y Marcos y, probablemente, también Juan. Por tanto, si no encontramos allí la expresión como tal, encontramos la base a partir de la cual, quienes tienen autoridad sobre la fe (los apóstoles y sus sucesores), pueden deducir esta verdad.
Aclaremos, ante todo, qué entiende la Iglesia por virginidad perpetua de María. Entendemos por este privilegio de María una prerrogativa permanente, que abarca todas las etapas de su vida, y en particular el momento sagrado en que fue hecha Madre de Dios. Significa: 1º que concibió virginalmente al Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, hipostáticamente unido a una naturaleza humana; 2º que le dio a luz virginalmente; 3º que permaneció virgen a lo largo de toda su vida terrena, y por consiguiente, ahora reina gloriosa como Virgen de las vírgenes. La Iglesia expresa esto con una fórmula muy hermosa, según la cual dice que María fue virgen ante partum, in partu et post partum.
Para la tradición católica, este privilegio de la virginidad perpetua de Nuestra Señora está íntimamente relacionado con su sublime prerrogativa de Madre de Dios: ella ha sido inspirada por Dios para ser virgen y permanecer tal, por la extraordinaria dignidad y misión que debía desempeñar al ser elegida para Madre de Dios. Ahora bien, si es cierto que esta verdad ha sido profesada desde los primeros tiempos, hay que decir que no es simplemente una piadosa creencia, sino una verdad revelada, solemnemente definida como dogma por el magisterio auténtico de la Iglesia y firmemente fundada en la Sagrada Escritura.
En cuanto a la virginidad anterior al parto, si vamos a los testimonios de la historia cristiana, podemos remontarnos a algunos como el de Ignacio de Antioquía (muerto mártir en el 110, contemporáneo de San Juan evangelista), quien escribía a los cristianos de Esmirna que Jesús es “hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen”1; casi en la misma época, Arístides apologeta decía que el Hijo de Dios “engendrado de una virgen santa sin germen ni corrupción, tomó carne”2; y encontramos testimonios análogos en San Justino, Orígenes, etc.3. De ahí que aparezca testimoniada en todas las versiones del símbolo apostólico (o sea, los credos más antiguos), tanto en sus formas romanas como griegas, que testimonian “nació de María virgen por obra del Espíritu Santo”4. La creencia firme de Occidente en la virginidad corporal de María, se resume en la expresión “Virgen María” y se recoge en esta forma ya en el siglo II, en la forma romana del credo, como vemos, por ejemplo, en Hipólito: “Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María virgen por obra del Espíritu Santo”5.
En cuanto a la virginidad posterior al parto, a pesar de que fue negada por Tertuliano (quien terminó hereje montanista), es afirmada ya por Orígenes (muerto en el 253), Clemente Alejandrino (muerto antes del 215). Algunos la negaron, como Helvidio en Roma y Bonoso en Cerdeña, lo cual produjo una reacción universal mostrando que se consideraba la virginidad de María después del parto como verdad de fe. Así, por ejemplo, Aldama hace una lista de Santos Padres que reaccionaron enérgicamente contra esta herejía (Epifanio, Jerónimo, Ambrosio)6.
Los testimonios de la tradición pueden multiplicarse, tanto referidos a la virginidad anterior como posterior al parto. Por ejemplo, Ireneo de Lyón (muerto en torno al 200, autor que hace de entronque con los apóstoles, pues es, como él mismo testimonia, discípulo de San Policarpo de Esmirna, quien a su vez lo fue de Juan Evangelista), tiene una frase hermosa para referirse al parto virginal: Purus pure puram aperiens vulvam: el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro [de su madre]7. Y él mismo compara el nacimiento de Cristo de María con la formación de Adán del suelo virgen y sin surcos8. San León dice que es la limpieza de Cristo la que mantuvo intacta la integridad de María9. Y San Zenón de Verona (muerto en 372) lo proclama: “¡Oh misterio maravilloso! María concibió siendo una virgen incorrupta; después de la concepción dio a luz como virgen, y así permaneció siempre después del parto”10. San Jerónimo resume la fe de la Iglesia escribiendo contra Joviniano: “Cristo es virgen, y la madre del virgen es virgen también para siempre; es virgen y madre. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró en el interior; en el sepulcro que fue María, nuevo, tallado en la más dura roca, donde no se había depositado a nadie ni antes ni después... Ella es la puerta oriental de la que habla Ezequiel, siempre cerrada y llena de luz, que, cerrada, hace salir de sí al Santo de los santos; por la cual el Sol de justicia entra y sale. Que ellos me digan cómo entró Jesús (en el cenáculo) estando las puertas cerradas... y yo les diré cómo María es, al mismo tiempo, virgen y madre: virgen después del parto y madre antes del matrimonio”11.
Los ejemplos de los autores cristianos de los primeros siglos podrían multiplicarse y quienquiera conocerlos, tanto respecto de la virginidad de María anterior al parto como posterior o durante el mismo, puede leer los libros especializados, que no faltan12. Estamos hablando pues, de una doctrina firme y serenamente sostenida, predicada, divulgada, defendida y creída, por los cristianos desde los primeros tiempos.
En cuanto al fundamento bíblico de esta doctrina, lo encontramos en los mismos textos bíblicos. Empezando, aunque no sea el argumento más importante, por la misma profecía de Isaías referida a la concepción del Mesías: el Señor mismo va a daros una señal. He aquí que una doncella/virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7,14). La misma versión protestante de Reina-Valera, traduce la expresión como “la virgen”; la versión de la Biblia griega de los Setenta “he parthénos” (la virgen; ésta es la versión que es usada por los evangelistas), y la también protestante King James Version “the virgin”. Ya San Ireneo en torno al año 200, defendía el valor profético de este texto referido a la virginidad de María, argumentando que Isaías señala claramente que ocurrirá “algo inesperado” con respecto a la generación de Cristo; está aludiendo claramente a una señal. Pero “¿dónde está lo inesperado o qué señal se os daría en el hecho de que una mujer joven concibiera un hijo por obra de un varón? Esto es lo que ocurre normalmente a todas las madres. Lo cierto es que, con el poder de Dios, se iba a empezar una salvación excepcional para los hombres y, por tanto, se consumó también de una manera excepcional un nacimiento de una virgen. La señal fue dada por Dios; el efecto no fue humano”13.
Pero los textos determinantes son los de los mismos evangelios.
San Lucas dice (1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel dejándola se fue.
El análisis exegético serio de este pasaje, ha sido realizado con pericia por muchos exegetas. Un excelente resumen –y discusión de sus términos más importantes– lo ha hecho el erudito jesuita Ignace de la Potterie, en su trabajo “La anunciación del ángel a María en la narración de San Lucas”14. En cuanto a lo que nos interesa destacar a nosotros, señalemos que San Lucas testimonia aquí:
(a) la virginidad de María antes de la anunciación (a una virgen...);
(b) la concepción virginal (la virtud del Altísimo te cubrirá);
(c) la intención de virginidad futura de María: pues no conozco varón... La expresión no se refiere al pasado, pues hubiera usado el aoristo griego (no he conocido varón);
Usa el presente absoluto (no conozco), lo cual no puede ser comprendido sin una referencia a una intención (y probablemente a un voto) de virginidad perpetua, pues resultaría absurdo por ser una joven “ya desposada” (o sea, habiéndose ya realizado el primer rito de las nupcias según la costumbre judía), y por tanto (en caso de no tener ninguna intención de virginidad futura), siendo obvio el modo en que puede llegar a concebir no sólo un hijo sino muchos. Por eso escribía Lebretón: “En este versículo la tradición católica ha reconocido el propósito firme de María de permanecer virgen, y esta interpretación es necesaria, porque, si hubiera tenido intención de consumar su matrimonio con José, no hubiera nunca hecho esta pregunta”15. Y el insigne exegeta J.M. Lagrange: “María quiso decir que, siendo virgen, como el ángel ya sabía, deseaba ella permanecer siéndolo, o, como traducen los teólogos su pregunta, que ella había hecho un voto de virginidad y pensaba guardarlo”16. La estructura del texto (cf. Lc 1,26-38; 2,19.51), no admite ninguna interpretación reductiva. Su coherencia no permite sostener válidamente mutilaciones de los términos o de las expresiones que afirman la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.
Lo mismo puede deducirse del texto de San Mateo (1,18-25): La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo... El Ángel del Señor se apareció [a José] en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros.” Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús. San Mateo: (a) se presenta como testigo de la virginidad de María antes del nacimiento de Cristo; (b) su cita de Is 7,14, implica, por lo menos, el parto virginal; (c) si bien no dice nada sobre la virginidad de María posterior al parto, tampoco dice nada que lo niegue o lo ponga en duda (analizaremos enseguida la objeción que ponen algunos de la expresión “hasta que” mostrando que no tiene el sentido que quieren darle algunos protestantes).
El evangelio de san Marcos no habla de la concepción y del nacimiento de Jesús; sin embargo, es digno de notar que san Marcos nunca menciona a José como esposo de María. La gente de Nazaret llama a Jesús el hijo de María o, en otro contexto, muchas veces el Hijo de Dios (Mc 3,11; 5,7; cf. 1,1.11; 9,7; 14,61-62; 15,39). Estos datos están en armonía con la fe en el misterio de su generación virginal.
Esta verdad, según un reciente redescubrimiento exegético, estaría contenida explícitamente en el versículo 13 del Prólogo del evangelio de san Juan (Jn 1,13), que algunas voces antiguas autorizadas (por ejemplo, Ireneo y Tertuliano) no presentan en la forma plural usual, sino en la singular: Él, que no nació de sangre, ni de deseo de carne, no de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Esta traducción en singular, convertiría el Prólogo del evangelio de san Juan en uno de los mayores testimonios de la generación virginal de Jesús, insertada en el contexto del misterio de la Encarnación.
Se entiende por todo lo dicho, que el tercer concilio de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el año 649, definiera: “Si alguno no reconoce, siguiendo a los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y sin cooperación viril, concibió del Espíritu Santo al Verbo de Dios, que antes de todos los tiempos fue engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su integridad, le dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto, sea anatema”17.
La expresión “hasta que”
Respecto de esta expresión empleada por San Mateo 1,25 (no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito) explica Severiano del Páramo, jesuita: “El texto griego... 'heos hou', y su traducción (latina) 'donec', dieron ocasión a los antiguos herejes Joviniano, Elvidio y otros, y la dan hoy día a muchos autores no católicos, para negar la virginidad de María después del parto. Se ha probado hasta la saciedad, que semejante partícula en la Escritura sólo dice referencia al pasado, sin que incluya afirmación o negación alguna sobre el porvenir”. Por esta razón, este exegeta traduce el versículo 25 según su verdadero sentido: “sin que tuviera con ella trato conyugal, dio a luz...”18.
Añade Manuel de Tuya: “Es de sobra conocido el hebraísmo 'hasta que' ('ad-ki), traducido materialmente en este pasaje: 'hasta que'. Con esta forma, sólo se significa la relación que se establece en un momento determinado, pero prescindiéndose de lo que después de él suceda. Es el modo ordinario de decir en hebreo. Así Micol, mujer de David, 'no tuvo más hijos ('ad-ki) hasta el día de su muerte' (2 Sam 6,23)”19.
Por tanto, si bien esta expresión puede indicar un momento a partir del cual la situación cambie (por ejemplo, que después de comenzar a vivir juntos, un matrimonio tenga trato carnal), no puede esto deducirse de este término, sino que debe ser indicado por medio de otra expresión, pues esta dicción sirve para indicar tanto un momento a partir del cual la situación cambia, como uno a partir del cual la situación no cambia.
Volviendo al ejemplo dado por Tuya, si la traducción del giro semita traducido literalmente al griego y al latín (y luego a nuestras lenguas modernas) fuera el que le damos hoy en día, deberíamos decir, con lógica consecuencia, que Micol, mujer de David, tuvo más hijos después de morir.
La misma expresión “hasta que” es usada en otros lugares de la Escritura, sin que admita el sentido de que, una vez llegado o pasado el momento, la situación posterior cambie; por ejemplo, Gn 3,19 (versión de los Setenta): comerás el pan con el sudor de tu frente “hasta que” vuelvas al polvo de la tierra... (indica el término final, pero ningún cambio posterior; no es que después Adán cambie en cuanto a su vida terrena, sino que luego ya no tendrá vida en este mundo). Lo mismo el Salmo 110,1: Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que (heos ‘an) yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies (¿significará esto que una vez que Dios haya puesto a todos los enemigos a los pies del Mesías –es éste un Salmo mesiánico por excelencia– ya éste no seguirá sentándose a la derecha de Dios?). Lo mismo vale para Mt 22,44, donde se citan estas mismas palabras del Salmo, aplicándoselas Jesús a sí mismo (Díceles [Jesús]: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?); y lo mismo Mc 12,36; Lc 20,43; Hech 2,34-35. San Pablo en 1Co 15,25, usa el mismo Salmo cambiando el término “sentarse a la derecha” por “reinar”: Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies; el último enemigo en ser destruido será la Muerte; no se usa allí “heos” sino el sinónimo “ajri”, que también se traduce por “hasta que”, y nuevamente vemos que no tiene sentido exclusivo, o sea, que después del momento indicado la situación cambie, sino que sigue igualmente; ¿o tal vez se piense que Cristo dejará de reinar cuando haya vencido a todos sus enemigos? Lo mismo se diga de Hb 1,13.
Los hermanos de Jesús; Jesús, el primogénito
Ésta es la otra objeción que suelen poner a menudo los miembros de las sectas contra la virginidad perpetua de María. Y es un tema muy interesante, porque el sostenerlo como objeción contra la virginidad de María nos da la pauta del desconocimiento bíblico de muchos de ellos (sin mala voluntad, en algunos casos), pues podría solucionarse recurriendo a cualquier Diccionario bíblico relativamente discreto20.
El Nuevo Testamento habla muchas veces de los hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mt 12,46s.; 13,55s.; Mc 3,31ss; 6,3; Lc 8,19s.; Jn 2,12; Hech 1,14; 1Co 9,5; etc.). Conocemos los nombres de algunos: Jacobo (Santiago) (Gal 1,19), José, Judas y Simón (Mt 13,55). Algunos herejes antiguos como Elvidio y Celso (y protestantes modernos que los repiten sin conocerlos) entienden esta expresión como referida a otros hijos de María Santísima.
En realidad, sólo se trata de “primos” o “parientes” en general. El hebreo y el arameo, lengua de los judíos en Palestina en tiempo de Jesús y de los apóstoles, no tienen términos distintos para indicar primo, nieto, cuñado, y expresan esos grados de consaguinidad o afinidad con los términos hermano, hermana, si no quieren recurrir al empleo de largas circunlocuciones, como “hijo del hermano del padre”, etc. Lot y Jacob son, respectivamente, sobrinos de Abraham (Gn 11,27; 14,12), de Labán, y, no obstante, son llamados hermanos suyos (Gn 13,8; 29,15). En 1Cro 23,21 y siguientes, los hijos de un tal Quis son llamados “hermanos de las hijas de Eleazar”, si bien no son más que primos, pues Quis y Eleazar son hermanos. Sería inútil alegar otros ejemplos.
Como los evangelios fueron escritos en el griego común que se hablaba en Palestina, con los provincialismos propios de la región, tanto en el significado de los vocablos como en la construcción del período, deben interpretarse teniendo en cuenta esa característica (cf. Lc 1,37: el griego rêma traduce el hebreo dabar, y se entiende: pues no hay 20 Así, por ejemplo, yo seguiré en esto las exposiciones de Francesco Spadafora, Diccionario Bíblico, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1968, voz “Hermanos de Jesús”, pp. 264-265; Serafín de Ausejo, Diccionario de la Biblia, Herder, Barcelona 1970, voz “Hermanos de Jesús”, col. 829-831; X. León Dufour, Vocabulario de la Biblia, Herder, Barcelona 1976, pp. 381-384, etc.
nada imposible para Dios y no –lo que sería una traducción literal– pues no es imposible para Dios ninguna palabra). No debemos pues extrañarnos, de que en los evangelios y en el resto del Nuevo Testamento se traduzca con la palabra adelfós, hermano, el hebreo ‘ah, hermano en sentido propio y también para significar “primo” o cualquier otro grado de consaguinidad o de simple afinidad. La frase aramea “hermanos de Jesús”, hecha, por decirlo así, tradicional, fue conservada tal cual en el griego, aun cuando en realidad sólo se trate de primos.
Esto se puede corroborar con el análisis exegético de los textos. Así, por lo menos de dos de los “hermanos de Jesús”, o sea de Jacobo y de José, dan los evangelios el nombre de su madre: María, hermana (o sea cuñada) de la madre de Jesús (Mt 27,56; Mc 15,40; 16,1; cf, Jn 19,25). Por consiguiente, son indudablemente “primos” de Jesús (hijos de un hermano de san José), y sin embargo el Nuevo Testamento siempre los llama “hermanos de Jesús”. ¿Han leído estos pasajes los que ponen esta objeción a los católicos? Y si los han leído, ¿nunca se preguntaron cómo se pueden combinar con su interpretación de “hijos de María Santísima”? ¿Pensarán tal vez que pueden ser hijos de dos mujeres al mismo tiempo? Yo pienso que en muchos de estos objetores no hay mala intención, sino poco manejo de la Biblia, limitándose su instrucción al aprendizaje de textos para objetar a los católicos, y no al estudio serio de la Sagrada Escritura. De otros dos (Simón y Judas), el historiador Hegesipo (que escribió en Roma hacia el 180 cinco libros de “Memorias”), afirma que eran primos de Nuestro Señor, y pueden hallarse algunas alusiones a tal aserto en Jn 19,25; Mc 15,50.
Igualmente, en su carta, el Apóstol Judas escribe: Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo (Jud 1). Pero si Jacobo (= Santiago) y Judas eran hermanos de Jesús, siendo ellos “hermanos también” (Hch 1,13), ¿por qué Judas sólo dice siervo de Jesucristo y no añade “hermano” de Jesús como lo hace con su hermano Jacobo?
Además, nunca se dice en el Nuevo Testamento que alguno de estos “hermanos de Jesús” fuese “hijo de María” o “hijo de José”. En cambio, siempre que al lado del nombre de María Santísima hallamos el apelativo de “madre”, sigue la especificación “de Jesús”. Nunca se dice que ella fuese madre de otra persona.
Más argumentos pueden verse en los textos del Nuevo Testamento que se refieren a la sagrada Familia. No se mencionan otros hijos ni en la huída a Egipto (téngase en cuenta que ésta puede haber ocurrido hasta aproximadamente los dos años de vida de Jesús, según el cálculo hecho por el mismo Herodes por las palabras de los magos), ni cuando vuelven de Egipto, ni cuando Jesús se pierde en el Templo a los doce años. Es recién en el comienzo de la vida pública de Nuestro Señor, que empieza a hablarse de estos “hermanos y hermanas”.
Además, si los protestantes no aceptan, como los católicos, que Jesús, estando en la cruz, al pronunciar aquella frase dirigida a María (haciendo referencia a Juan): Mujer, ahí tienes a tu hijo; y a Juan (en referencia a María): He ahí a tu madre (cf. Jn 19,25-27) estaba encargando la Iglesia (y todos los hombres) a la maternidad espiritual de María, sino solamente confiando a Juan el cuidado de la madre desamparada, se encuentran con otra incongruencia muy grave: si María tenía otros hijos e hijas, éstos se ocuparían, como correspondía, de ella, sin que hiciera falta encargarla a alguien ajeno a la familia, que, por otra parte, en aquel entonces, era sólo un adolescente.
Relacionado con esta objeción, suele aparecer entre los ataques de algunas sectas, la referencia a la expresión bíblica de que Jesús es llamado “primogénito”, o “el primer hijo de María”. El hecho de que Jesús sea “primer hijo” no significa que la Virgen María tuviera más hijos después de Jesús; no quiere decir eso el Evangelio. Al decir Dio a luz a su primer hijo (Lc. 2,7), ton prôtótokon, quiere decir solamente que antes de nacer Jesús, la Virgen no había tenido otro hijo. Esto era muy importante para los judíos, porque siendo Jesús el primogénito, o sea, el primer hijo, según la Ley debía ser consagrado u ofrecido totalmente a Dios (cf. Ex 13,2.12 y Ex 34,19). Por eso Jesús, por ser el primogénito o primer hijo, ya desde su nacimiento quedaba ofrecido y consagrado totalmente al servicio de Dios.
También la tradición, tanto judía como cristiana, entiende que la muerte de los primogénitos de Egipto, tanto de hombres como de animales (cf. Ex 11,5), afectó a todos los primeros nacidos de cada mujer, tuviese ésta otros hijos o no. Todos, sin excepción.
Igualmente, el mandato de Dios de Ex 13,2 (Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos), era entendido por los judíos, sin referencia alguna a otros nacidos posteriores. Es evidente que aquí la palabra primogénito se refiere de modo absoluto al primero, sea éste único o no.
Habría que añadir que el término “primogénito”, en lenguaje bíblico, en el caso de varios hermanos, podía aplicarse a otro de los hermanos en caso de recibir de Dios una bendición especial. Por ejemplo, Efraín es llamado “primogénito” en Jeremías 31,9 siendo el segundo hijo de José (Gn 41,52); el salmo 89 dice que David (el último de ocho hijos) es llamado primogénito por Dios: Yo también le pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra (Sal 89,27-28).
Por otra parte, que en lenguaje bíblico “primero” y “único” no se oponen, lo demuestra el uso muy libre que hace Apocalipsis 22,13 cuando afirma del Mesías que es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin.
Este uso estaba extendido en el ambiente semita, puesto que en las “Antigüedades Bíblicas” de pseudo Filón (primer siglo después de Cristo), la hija de Jefté es llamada tanto primogénita como unigénita (39,11). Y un epitafio, (con fecha 28 de enero de 5 antes de Cristo), descubierto en 1922 en la necrópolis judía de Tell el Yehudieh, hace decir a la muchacha difunta (Arsinoe): “Pero la suerte, en los dolores del parto de mi hijo primogénito, me condujo al término de la vida”. Aunque esta joven madre murió en el primer parto, a su hijo se le llama igualmente primogénito.
Como puede verse, las objeciones no son tales cuando se las enfrenta al análisis bíblico, histórico y arqueológico.
El lugar de María en la obra de la Salvación
Al responder la anterior objeción, hemos tocado ya varios de los argumentos que los protestantes suelen poner en contra de María Santísima. Junto al de su perpetua virginidad, el más difícil para ellos es el “lugar” que ocupa María en la doctrina católica de la salvación, es decir, su función mediadora o intercesora. Algo de esto hemos insinuado al hablar del “culto a los santos”. Hemos ya dejado sentado que no se trata de adoración, acto que, en caso de dirigirse a una criatura distinta de Dios, está condenado por la doctrina católica como pecado gravísimo.
Esto lo han reconocido convertidos al catolicismo: “la doctrina católica que más me costó aceptar era el papel de María en la Iglesia (...) Siempre había creído que pedirle a María que intercediera por nosotros, era contrario a la enseñanza de la Biblia de que Cristo es el ‘solo mediador entre Dios y los hombres’ (cf. 1Tim 2,5)”, dice por ejemplo Tim Staples20.
He recibido varias objeciones sobre este tema que apuntan contra esta verdad; por ejemplo:
Lee el nuevo testamento, ¿dónde dice el papel de María?, ¿desde cuándo es mediadora?
En una revista católica leo que “si con razón podemos decir que Jesús es camino que nos lleva al Padre, también es el camino que nos lleva a María”. Confieso que esta afirmación me ha llenado de estupor. Uno está acostumbrado a que en el seno del catolicismo se ensalce, sin fundamento bíblico, la figura de María y de los Santos. Así, pues, uno ha oído muchas veces que es Mediadora (aunque Jesús dijo “Yo soy el Camino... nadie va al Padre si no es por Mí”), Corredentora (como si la Sangre de Cristo no fuera de valor infinito, y suficiente para redimirnos). Pero uno no había leído todavía que Cristo quedara rebajado a mediador entre nosotros y la Virgen. Tantas connotaciones idolátricas en la Iglesia Católica, hacen que uno a veces empiece a no entender nada. Entre el Papa, la Virgen, los Santos, ¿queda algún lugar para Jesús? Francamente, leyendo las Escrituras, uno llega antes a Lutero que al Vaticano.
No entiendo por qué en la Iglesia Católica, se insiste en poner a María como mediadora de los hombres y mujeres con Dios, cuando Jesús mismo nos dice que él es el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino es por él. Este mensaje es claro.
El papel mediador de María Santísima está atestiguado por su actitud en el Evangelio, particularmente en las Bodas de Caná, como se puede leer en el evangelio de San Juan (2,1-11). Allí, y nadie puede negarlo, María intercede, es decir, pide a su Hijo Jesucristo que ayude a los novios que están en una situación muy comprometida en su fiesta de bodas. Y Jesucristo, comenzando con una misteriosa frase que pareciera insinuar una especie de resistencia inicial, hace finalmente su primer milagro a pedido de María.
En pocos otros episodios del Evangelio aparece tan magnífico el papel mediador de la Virgen junto a su relación intrínseca con Jesucristo. Ella misma dice a los sirvientes de la fiesta: haced lo que él [Jesús] os dirá. Con su mediación Ella no desplaza a Jesús, sino que lleva a los hombres a Jesús. En una oportunidad, una persona me escribió unas líneas contra esta interpretación del episodio, diciendo que “En la boda de Caná, no fue intercesión, fue una preocupación de María hacia sus amigos que se estaban casando. Y no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico. Los hermanos separados, como usted les llama, están en lo cierto, pues la única base de la fe es la Biblia y allí es poco lo que se dice de María, ¿no es cierto? Sólo aparece en algunos pasajes, y los católicos (hermanos sin Cristo) le dan mucha importancia a María, y la Biblia no. Ustedes son mariólogos no cristianos; y creen más en la tradición que en la Biblia”. A esta persona habría que decirle unas cuantas cosas respecto de su doctrina, como por ejemplo, ¿en qué lugar de la Biblia (que es, según ella “la única base de la fe”) dice la Biblia que “no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico”? O simplemente, ¿dónde dice que haya una distinción entre intercesión y preocupación, o que la preocupación no sea parte de la intercesión? ¡Todo esto es doctrina no-bíblica, sin fundamento bíblico! ¿Por qué tengo que creerlo, si la Biblia no lo dice? Pero, ya hemos hablado de esto. Cito la carta para que se vea la debilidad de los argumentos. Lo que esta persona llama “preocupación” no es otra cosa que intercesión; además, en el evangelio de San Juan, éste no dice que María solamente se haya preocupado, sino que dice que habló a Jesús, pidió a Jesús y mandó a los sirvientes que actuasen según las indicaciones de su Hijo. Que un solo pasaje no baste para hacer doctrina, ¿qué fundamento teológico tiene? ¿Acaso no dice en un solo lugar de toda la Escritura: Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14)? ¿Habría que quitar el valor a todos los textos bíblicos que no tienen paralelos? Evidentemente, la persona que me escribió eso no lo cree ni ella misma. Escribe por hacer perder el tiempo a los demás.
En la Cruz, Jesús encomendó a María el cuidado de Juan, así como encomendó el cuidado de María a Juan (cf. Jn 19).
Nosotros vemos en este pasaje la “proclamación” de la maternidad espiritual de María sobre todos los hombres (no el comienzo de su maternidad espiritual sino su declaración, pues el comienzo coincide con el de su maternidad divina, ya que al comenzar a ser madre de la Cabeza del cuerpo de Cristo, como llama San Pablo a la Iglesia, empezó a ser madre de todo el cuerpo). Tal vez, muchos protestantes no acepten esta verdad, pero no podrán negar el encargo. El encargo de cuidar a Juan, de velar por él y de protegerlo... eso es lo que consideramos parte de esta intercesión. Jesús sobre la Cruz, seguía siendo Dios, y en la muerte, su divinidad no se separa ni de su cuerpo ni de su alma (sólo se separan el cuerpo y el alma entre sí). ¿Por qué este encargo? ¿Acaso no podía ya Jesús encargarse de este cuidado? La muerte ¿lo privaba de su poder? ¿Disminuyó su poder sobre los discípulos porque María comenzase a hacerse cargo de Juan (y con Juan, también de los demás apóstoles y discípulos, como vemos que dice San Lucas en los Hechos 1,14)?
El Apóstol Santiago, hablando sobre la intercesión, dice: La oración del justo tiene mucho poder (St 5,16). ¿Por qué se ha de negar este poder a la oración de María? Y si no se niega, entonces ¿por qué se niega su poder intercesor? Si no es para interceder pidiendo y obteniendo algo para sí mismo o para otros, ¿para qué tiene poder la oración? Y San Pablo, en Ef 6,18 nos manda: Orad unos por otros intercediendo por todos los santos (la traducción de Reina-Valera no altera la idea: “orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica... por todos los santos”). Si todos podemos y debemos orar unos por otros, ¿por qué María no puede orar por nosotros? Y si San Pablo manda que recemos, es porque la oración tiene eficacia; pero si nuestra oración es eficaz ante Dios, ¿no es eso “interceder”? En 2Tes 3,1, San Pablo pide a los tesalonicenses: Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; si Pablo puede esperar en la oración de los hombres, para ser librado de los perversos y para que la Palabra de Dios se propague, ¿por qué no puede hacer esto la oración de María? Y si María lo hizo durante su vida terrena en este mundo, ¿por qué no puede hacerlo ahora que está en el cielo? Hay una incoherencia en la doctrina protestante, que se debe a un prejuicio doctrinal y no a un sereno estudio de los mismos textos bíblicos.
El texto más fuerte que aducen los protestantes contra la mediación de María (y de cualquier santo), es el pasaje de 1Tim 2,5: hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también. Pero el pasaje no está bien interpretado, si se lo entiende como una exclusión de otros intercesores. San Pablo dice allí que la salvación nos viene sólo por medio de Cristo: de Dios a todos los hombres –sin excepción– la salvación viene por Cristo, por su humanidad, es decir, por su encarnación, por ser verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo, Pontífice supremo. Esto significa que no hay salvación que pueda obtenerse fuera de Cristo. Pero no quiere decir que, en la obtención de esa salvación, no haya lugar para las oraciones de los justos, las penitencias que unos hacemos por otros, y en particular las oraciones de María. María no es autora de la gracia que salva sino intercesora, para que el corazón de Dios nos mire benévolamente y se apiade de nosotros.
Una sola palabra para la interlocutora que se escandalizaba de la expresión “Jesús nos lleva a María”. Nosotros, los católicos, no entendemos esto –cuando usamos esta expresión– como una subordinación de Jesús a María; significa simplemente que Él quiere que acudamos a su Mediación (la de Jesús) por medio de María. Esto no lo inventó un católico piadoso sino el mismo Cristo. Él fue quien dijo a Juan: He ahí a tu madre; ¿no es eso llevar a los hombres (al menos a Juan) a María?
Todo cuanto hemos dicho, puede aplicarse también a la llamada corredención mariana y a los dogmas católicos que asocian a María en la obra de nuestra salvación.
Creo que puede ser ilustrativa la doctrina de uno de los santos más devotos de María, en una de las obras que más ha influido en la piedad mariana: San Luis María Grignion de Montfort y su Tratado de la verdadera devoción a María. Allí el santo, al mismo tiempo que defiende con energía la mediación (subordinada, entiéndase) de María y su rol en la obra de la salvación, dice con toda claridad, hablando de “la necesidad del culto a María”: “Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo Él es El que es (Ex 3,14). Por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para hacerlo todo. Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar (Ml 3,6; Rm 11,29; Hb 1,12)”21. Más adelante, el santo llamará a esta necesidad de María: “necesidad hipotética”, es decir, fundada no en una necesidad absoluta o de naturaleza sino en los insondables designios de Dios, que así ha querido realizar su obra. ¿Se lo objetaremos nosotros a Dios? Si nosotros mismos no somos absolutamente necesarios y sin embargo existimos y Dios quiere obrar en nosotros y por nosotros, ¿osará alguien objetarle que haya elegido a María y le haya dado el lugar que le dio?
Los católicos ¿enseñan que María no necesitó salvación?
¿Cómo es que los Católicos dicen que María nunca pecó si en Lucas dice “Bendito sea el Señor que me salva?
Esta objeción, a veces suele estar relacionada con el dogma de la inmaculada concepción de María. Algunos protestantes piensan que la Iglesia, al afirmar que María fue concebida sin pecado original, está enseñando que ella no fue salvada. Y ciertamente que no es así. Lo que enseña la teología católica, es que María fue redimida (salvada) por anticipación, por aplicación anticipada de los méritos de su futuro Hijo. En este sentido, Ella fue la primera redimida.
La Encíclica “Fulgens corona”, del Papa Pío XII, dice: “Cristo el Señor ha redimido verdaderamente a su divina Madre de una manera más perfecta al preservarla Dios de toda mancha hereditaria de pecado en previsión de los méritos de Él”22.
No es, pues, doctrina católica, el enseñar que María sea una excepción a la redención universal de Cristo.
¿Adónde dice la Biblia que María fue subida al cielo o que fue concebida sin pecado original y los demás dogmas católicos?
Ya he dicho reiteradamente, que sostenemos, los católicos, con fundamento, que las fuentes de la Revelación son dos: la Palabra de Dios escrita y oral; Biblia y Tradición. Ya lo hemos probado. Me remito a los argumentos sentados más arriba. En base a ellos, el magisterio, según las necesidades de los tiempos, (en muchos casos las diversas herejías que fueron surgiendo) y la maduración teológica, ha proclamado de modo solemne que tal o cual verdad ha sido revelada por Dios y se encuentra contenida en ciertas afirmaciones bíblicas, y han sido siempre entendidas en este sentido por la Iglesia (la tradición).
Teniendo esto en cuenta, podemos decir que el fundamento para sostener las verdades que en este punto se consideran, ha sido expuesto por los Papas en los documentos en que se han proclamado los referidos dogmas.
En cuanto a la inmunidad de pecado original (inmaculada concepción de María), existen dos puntos de apoyo en la Sagrada Escritura.
El primer texto, es el pasaje clásico de Gn 3,15, (Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: ...Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar); si se entiende el pasaje de Cristo –el linaje de la mujer contra el cual se alzará el linaje de la serpiente– entonces hay que ver en la mujer de la cual procede este linaje no sólo a Eva, sino de modo inmediato a María, madre de Jesús. Si la enemistad es total, debe excluir (así lo ha entendido la tradición) toda connivencia con el pecado, puesto que “quien comete pecado es esclavo”, como dice Jesús (cf. Jn 8,34); por tanto, no sólo el linaje de la mujer sino la misma mujer que es madre de ese linaje, debe estar exenta de todo pecado. Esto no lo puede cumplir Eva, pero sí María.
En el Nuevo Testamento, el fundamento es el pasaje de la Anunciación, en la que el ángel llama a María con la palabra griega “kejaritôménê” (Lc 1,28). Esta palabra significa, como indica C. Pozo23, que María tiene, de modo estable, la gracia que corresponde a su dignidad de Madre de Dios. La reflexión de la fe, sigue diciendo el mismo teólogo, descubrió que esa gracia es una “plenitud de gracia”. Más aun, que la única plenitud que verdaderamente corresponde a la dignidad de Madre de Dios, es aquélla que se tiene desde el primer instante de la existencia, es decir, una santidad total que abarque toda la existencia de María.
Éstos son los fundamentos; evidentemente no bastan por sí solos, ni la Iglesia pretende que así sea; está además la interpretación de toda la tradición de la Iglesia y del magisterio en particular.
Ya desde el siglo II aparecen fórmulas que indican la íntima asociación de María y Cristo, el Redentor, en la lucha contra el diablo. La idea se expresa en el paralelismo Eva-María, asociada al nuevo Adán (que ningún protestante piense que, si el paralelismo es entre Eva y María/Nueva Eva, entonces se está insinuando su pecado por cuanto Eva pecó, pues el mismo paralelismo pone en el otro término a Adán-Cristo; por tanto si Adán es figura de Cristo, pero no en cuanto a su pecado sino en cuanto a ser principio, lo mismo vale para Eva como figura de María, en cuanto madre de los vivientes “en la gracia”). Tenemos textos al respecto ya en el siglo II, de san Justino, san Ireneo, etc. En el siglo IV se cultiva más el tema de la plenitud de gracia en María, con hermosos textos de San Ambrosio, San Agustín, San Máximo de Turín (quien dice, por ejemplo, “María, habitación plenamente idónea para Cristo, no por la cualidad del cuerpo sino por la gracia original”), etc. A medida que pasan los siglos, la conciencia se va haciendo más clara al respecto. Los textos pueden verse en las obras especializadas24. Algo digno de consideración, es que hay testimonios de una fiesta consagrada a la Concepción de María a fines del siglo VII o comienzos del VIII.
Es muy importante la controversia entre los teólogos católicos sobre este tema, surgida en torno a los siglos XII-XIV, a raíz de teorías que consideran que la afirmación de la inmaculada concepción de María, implicaría que Nuestra Señora no habría sido redimida. Una inmaculada concepción que se oponga a la redención universal de Cristo no puede ser aceptada por la verdad católica; en razón de esto, algunos teólogos, pensando que ambas verdades eran incompatibles –a menos que el magisterio auténtico declarase el modo misterioso de esta compatibilidad– se inclinaron por negar esta verdad, diciendo que María habría sido concebida con pecado original, pero inmediatamente, en el primer instante, habría sido limpiada del mismo por el Espíritu Santo. Debemos recordar que, paralelamente a esta controversia, el pueblo sencillo, intuyendo el misterio, siguió profesando esta verdad, ajeno a las difíciles especulaciones teológicas. Desde el siglo XV en adelante, volvió a profesarse con serenidad esta verdad, incluso muchas universidades (como las de París, Colonia, Maguncia, etc.) impusieron el juramento de defender la inmaculada concepción antes de la colación de grados académicos. Destacable es también que el concilio cismático de Basiela (año 1439) definió como dogma de fe la doctrina de la Inmaculada Concepción. El Concilio de Trento manifiesta explícitamente, que su decreto admirable sobre el pecado original no intenta tocar el tema particular de María25. Finalmente, llega la definición dogmática por parte de Pío IX, aclarando que María es inmaculada y la primera redimida (redimida por anticipación; por aplicación anticipada de los méritos de Cristo, y que tal doctrina está revelada por Dios)26.
En cuanto a la asunción de María, es decir, la doctrina que dice que María, después de su vida terrestre fue llevada en cuerpo y alma al cielo (sin definir si pasando por la muerte –a lo que se inclinan la mayoría de los teólogos– o por un estado de dormición), encuentra sus fundamentos bíblicos también en el texto de Gn 3,15, ya citado, pues se basa en la asociación perfectísima de María a Cristo en todos sus misterios (la encarnación, donde se pide su consentimiento; el nacimiento; su acompañamiento en la vida pública; el comienzo de sus obras en las bodas de Caná; su presencia al pie de la Cruz; su presencia en Pentecostés, etc.), que invitan a considerar su asociación al misterio de la muerte de su Hijo (para muchos teólogos, como he dicho), su posterior resurrección y ascensión a los cielos y su coronación. También suele aducirse el texto de Apocalipsis 12,1 (Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza), aunque este texto se aplica también a la Iglesia y al Israel de Dios.
Pío XII, en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus” procedió de modo mixto, por medio de una argumentación que apelaba a: (a) que los Padres desde el siglo II afirman una especial unión de María, la Nueva Eva, con Cristo, el Nuevo Adán, en la lucha contra el diablo; (b) en Gn 3,15 la lucha de Cristo contra el diablo había de terminar en la victoria total sobre el demonio; (c) según san Pablo (cf. Ro 5-6; 1Co 15,21-26; 54-57), la victoria de Cristo contra el diablo fue victoria sobre el pecado y la muerte; (d) por tanto, hay que afirmar una especial participación de María –que debería ser plena, si su asociación con Cristo fue plena– que termine con su propia resurrección y triunfo sobre la muerte.
Esto está corroborado con testimonios de la tradición más antigua, tanto de los Padres como de la liturgia de la Iglesia (la fiesta de la Dormición se celebra en Jerusalén desde el siglo VI y hacia el 600 en Constantinopla), etc. Véase para todos estos testimonios, los textos indicados más arriba.
Los protestantes pueden estar en desacuerdo con estas enseñanzas, pero deberán reconocer que sus negaciones sistemáticas son más recientes en el tiempo que los testimonios de la misma tradición. Por eso, los primeros apologistas los llamaron “novadores”: los innovadores o inventores de doctrinas.
Notas
- Ignacio de Antioquía, Ad Smyrnaeos, 1,1; Ad Ephesios, 19,1.
- Arístides, Apologia, 15; PG 96,1121.
- Se pueden ver los textos en la mayoría de los buenos tratados de Mariología; por ejemplo, en C. Pozo, María en la obra de la salvación, BAC, Madrid 1974, pp. 254-255.
- Cf. todas las recensiones en DS 10-30.
- Hipólito, Traditio apostolica, n. 73.
- Ver Pozo, op. cit., pp. 255-256.
- Ireneo, Adversus haereses, 4, 55,2.
- Ibid., 3,30.
- León, Sermón 24,1; ML 54,204.
- Zenon, Tractatus, 2, 8,2; ML 11,414-415.13 Ireneo, Adversus haereses, 3, 26,2.
- Jerónimo, Epístola 49 (48), 21.CSEL 54,386.
- Por ejemplo, José de Aldama, María en la patrística de los siglos I y II, BAC, Madrid 1970, pp. 167 ss.; C. Pozo, op. cit., pp. 254 ss.; Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC, Madrid 1947, pp. 445-488; J. B. Carrol, Mariología, BAC, Madrid 1964, pp. 619 ss (a cargo, esta parte, de Phillip Donnelly), etc.
- Ireneo, Adversus haereses, 3, 26,2.
- Cf. Ignace de la Potterie, La anunciación del ángel a María en la narración de San Lucas, en: “Biblia y Hermenéutica”, Actas de las Jornadas Bíblicas, San Rafael 1998, Ed. Verbo Encarnado 1998, pp. 141-166.
- Lebreton, La vie et l’enseignement de Jésus Christ, vol. 1, Paris 1938, p. 35.
- Lagrange, L’Evangile de Jésus Christ, Paris, 1928, p. 18.
expresiones que afirman la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.
- DS 503.
- Padres de la Compañía de Jesús, La Sagrada Escritura. Texto y Comentarios, BAC, Madrid 1964, tomo I, pp. 24-25.
- Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964, tomo II, p. 31.
- 1 Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, op.cit., pp. 267.
- San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nn. 14 y 39.
- DS, 3909.
- Cf. Cándido Pozo, op. cit., p. 298.
- Pueden verse las citadas más arriba; por ejemplo, Pozo, pp. 298 ss. Este autor trae también muchas indicaciones bibliográficas.
- Cf. DS 1516.
- Cf. DS 2803.