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domingo 28 de febrero de 2010

Evangelio del domingo

Domingo 2° de Cuaresma
d.-morado

 


+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (XVII, 1:9).
En aquel tiempo: Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.". Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elías. Aún estaba él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo el Amado, en quien me complací; escuchadle." Al oírla, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Jesús se acercó, y, tocándolos, dijo: Levantaos, no temáis. Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Al bajar del monte les mandó Jesús, diciendo: No deis a conocer a nadie esa visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. 

Credo 

Santoral Católico 28 de febrero

  • Santos Román y Lupicino, Abades
  • San Hilario, Papa
  • Mártires de la Peste de Alejandría
  • San Proterio, Patriarca de Alejandría, Mártir
  • Beata Vilana de Florencia, Matrona
  • Beata Eduviges de Polonia, Matrona
  • Beata Antonia de Florencia, Viuda
  • Beata Luisa Albertoni, Viuda



SAN ROMÁN Y SAN LUPICINO
Abades

  
Haced penitencia, porque está cerca
el reino de los cielos
,
(Mateo, 3,2)
 

San Román se había retirado, con su hermano Lupicino, al monte Jura, para hacer penitencia. Fue allí tan cruelmente tentado y atormentado por el demonio, que abandonó el yermo para volver al mundo; mientras lo hacía dio en el camino con una dama venerable que lo exhortó a la perseverancia. Volvió sobre sus pasos, y permaneció en esa soledad durante el resto de su vida, atrayendo a ella a muchos santos varones. Murió hacia el año 460. Sobrevivióle su hermano unos 20 años.
 
MEDITACIÓN
SOBRE LA PENITENCIA
 
I. Haz penitencia; ¿acaso no eres un pecador? y ¿qué más necesario para un pecador que la penitencia? ¿Por qué diferirla de hoy a mañana? El reino de los cielos está cerca; acaso mueras pronto, y si no pagaste tus deudas, ¿qué harás? ¿Qué mortificaciones hiciste? Te quieres convencer de que se ha de dejar la penitencia para los que se metieron en un convento; y yo te digo que las personas de mundo la necesitan más que los religiosos, porque más caen en pecado.
 
II. Pero, ¿cómo hacer Penitencia? Has abandonado a Dios para amar a las creaturas; desásete de las creaturas para amar sólo a Dios. Castiga tu cuerpo con austeridades, pues ofendió a Dios con el pecado. No te engañes en esto, la penitencia debe afligirte; debe arrancarte, si es posible, suspiros del corazón y lágrimas de tus ojos, por no decir sangre, de tus venas.
 
III. Persevera en este áspero ejercicio hasta el fin de tu vida. Estuvo San Román a punto de perder el fruto de sus trabajos por no haber tenido coraje para atacar desde un principio, y vencer, las dificultades que encontraba en la penitencia. ¡Cuán agradables te resultarán esos esfuerzos y sufrimientos si de tiempo en tiempo consideras las espantosas austeridades de tantos insignes ermitaños, si piensas en lo que Jesucristo sufrió por ti! Busquemos hasta el fin de nuestra vida aquello que nos procurará felicidad sin fin. (San Euquerio).


La esperanza
Orad por los peregrinos.

ORACIÓN
Haced, Señor, que la intercesión de los santos Román y Lupicino, abades, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones las gracias que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

sábado 27 de febrero de 2010

Homilía: Ayuno y Tentaciones de Cristo

P. Leonardo Castellani



Ayuno y Tentaciones de Cristo


Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». Jesús le dijo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios». Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto». Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.
(Mt. 4,1-11)


Hoy hay sacerdotes que niegan las Tentaciones. Tengo el resumen de un artículo publicado con toda clase de aprobaciones en la "Revista Eclesiástica" de Lima, que me mandó mi amigo el P. jesuita Florentino Alcañiz: niega la realidad de las Tentaciones de Cristo y afirma que son una "dramatización" para expresar la eterna lucha del bien y del mal. Niega también que haya endemoniados y afirma que todos los "endemoniados" del Evangelio fueron enfermos y nada más. ¿Y cómo Cristo los dio por endemoniados, e incluso habló con los demonios? Ah, ésa es otra "dramatización", para significar la existencia del mal en el mundo. Después, como si esto fuese poco, se mete con la Santísima Madre de Jesucristo (cosa que Jesucristo no suele tolerar) y dice que la aparición del Ángel Gabriel es un cuento ridículo; y que eso es otra dramatización del "monólogo interior" de María Santísima; o sea, que la Virgen se preguntó ella misma y se respondió ella misma: -¿Quieres ser Madre de Dios? -Sí quiero, cómo no.

Entonces, según Su Sapientísima Reverencia, los milagros de Cristo podrían ser todos "dramatizaciones" -Perfectamente, cómo no -Entonces, Reverendo, ¿en qué se funda su fe? -Se funda en la razón -Hace mucho tiempo que no tienes ni pizca de fe -ni pizca de razón- diría tu Padre San Ignacio de Loyola.

Me hace acordar lo que le sucedió a un paisano mío de Reconquista, que se le paró al lado un turista en auto y dijo: -Oiga amigo ¿éste es el camino que va a Reconquista? -Síseñor. El otro puso en marcha el auto y el paisano le gritó: -Ep, párese! -¿Qué hay? -Este es el camino de Reconquista; pero si quiere llegar a Reconquista, pegue media vuelta y agarre pal otro lao, dirección contraria. Así este Profesor de Escritura, anda por la Sagrada Escritura, pero en dirección contraria: cree que anda entrando y anda saliendo.

Las Tentaciones de Cristo son reales y verdaderas. No diré que sean fáciles: son la mar de raras.

Algunos intérpretes (Durand, y también en cierto modo San Jerónimo y San Juan Crisóstomo) dicen que es natural, Cristo siendo Dios no podía ser tentado como nosotros los hombres. Pero Cristo no fue tentado como Dios, es imposible; y su natura de hombre es esencialmente la misma que la mía.

Mejor dijo el gran místico alemán del siglo XIII Maestro Eckhart: que las tentaciones de Cristo fueron las mismas que las nuestras. ¿Cómo se entiende eso?

La materia de nuestras tentaciones es diferente; en realidad es diferente en cada hombre; pero el fondo (o sea lo que llaman los tomistas "la forma", que no significa figura sino la estructura esencial de cada cosa, el "alma" como si dijéramos) ésa es la misma. El esquema general es el mismo.

En la parábola de las "Dos Banderas" que inserta San Ignacio en sus "Ejercicios Espirituales", presenta a Cristo y a Satán como dos caudillos que están reclutando gente para sus campañas bélicas: San Ignacio ve la vida cristiana como una milicia, pues él había sido milico. El Mal Caudillo se sienta en un trono de fuego y humo, en figura horrible y espantosa; y haciendo llamamiento de innumerables demonios los manda a tentar por tres escalones; primero de codicia de riquezas; después de vano honor del mundo; por último a recrecida soberbia; de donde después los precipiten en todos los vicios y pecados. "Dale al diablo un cabello y te tomará todo el pelo" -dice el español. San Juan Crisóstomo pone también estos tres escalones.

Los que hacen los ejercicios dicen -yo mismo lo he dicho alguna vez: "Eso es inexacto. Las tentaciones comunes son: 1º querer tener mucha plata; 2º exceso de lujo, boato, diversiones y comodidades; 3º pecados carnales". Eso es así, pero es un caso particular del esquema de San Ignacio y del esquema de las Tentaciones de Cristo: primero tienta el demonio con la codicia de una cosa creada (y todas las cosas creadas menos la salud pueden conseguirse con la plata), una cosa creada que no es mala en sí, pero que apegársele demasiado es malo -a veces muy malo; después tienta con una cosa ya mala, aunque no sea o no parezca un crimen; después tienta con cosas perversas. No está obligado el diablo a tentar en este orden lógico; y por eso tampoco los Evangelistas las ponen en el mismo orden: Lucas lo cambia.


Codicia de riquezas: demasiado nos previno Cristo contra ella; el mundo de hoy ha olvidado esa prevención; y por eso anda trastornado; estamos en el Reino del Dinero. Un multimillonario argentino tiene poco que ver con un multimillonario yanqui; pero aquí no hay muchos. Un millonario yanqui, que había muchos hasta llegar al poder Teodoro Roosevelt y los llamaban "los Megaterios Sagrados" no son millonarios, son billonarios (en Estados Unidos y Francia un billón son mil millones). ¿Saben Uds. cuánto viene a ser un billón? Ni lo imaginamos. Por ejemplo, si al nacer Cristo un hombre tuviera un billón de dólares y gastase mil dólares al día (cosa que ningún hombre puede), ahora, pasados casi dos mil años a 365.000 dólares al año, le quedaría dinero todavía que gastar unos 700 años -un poco más. Hagan la cuenta, es una multiplicación y una división que puede hacer un escuelerito de 6º grado.

Es una aberración que un hombre tenga un billón; no lo ha ganado, es un robo; y esa aberración gobierna hoy al mundo. Santo Tomás dice que si se permite a todos que lucren todo lo que puedan, sin límites, eso no es lícito, es aberrante. Ahora no hay muchos billonarios en E.E.U.U., porque el Estado, por medio de exorbitantes impuestos, barre con las grandes fortunas; pero el Estado a su vez se ha convertido en billonario, trillonario y cuatrillonario, y eso es para peor. No solamente la deuda pública, solamente los intereses de la deuda pública de E.E.U.U. pasan del billón. ¿Y quién va a pagar esa deuda? Nadie, no se puede pagar. ¿Y los intereses? Los paga todo el mundo, empezando por las naciones sonsas.

Un amigo me dijo que el Diablo ha puesto a los E.E.U.U. las tres tentaciones; la tentación de la riqueza, y han caído; la tentación de la fama y el poder, y han caído: robo de territorios a Méjico y España, entrada innecesaria en las dos Grandes Guerras, poder: lo han conseguido. Ahora le ha puesto la última: el gobierno del mundo entero; lo mismo que a China, Rusia y De Gaulle (Europa); a los cuatro Grandes. Veremos lo que pasa.

Esto sólo ya es un loquero; el mundo no puede andar bien; y encima están los otros dos escalones del diablo -que dependen del primero.

Salto los otros dos escalones, porque no hay tiempo. En el segundo escalón están la vanagloria, el auto-engrupimiento y la ambición. Cada día se publican en el mundo (y la gente los lee) millares de libros lascivos, obscenos, sacrílegos, crueles o absurdos. ¿De qué viene eso? De la angurria de gloria, y también de dinero, de los escritores. Y la ambición ha causado más muertes en el mundo que todas las pestes juntas; porque della proceden las guerras.

En el tercer escalón está la crecida soberbia, que fue el pecado del Diablo y también de Adán. Al llegar aquí Cristo rechazó a Satanás sin cortesía: "¡Fuera de aquí!"

Así que vean cómo el diablo tentó a Cristo según el esquema; por supuesto que lo tentó en la suposición de que Cristo podía ser el Mesías, cosa que el Maldito no sabía seguro. Primero lo tienta con una cosa buena, el pan; pero que la consiguiera por mal camino, un milagro innecesario; segundo, con el afán de hacerse famoso, pero por medio de una temeridad, la cual es en sí mismo pecado grave contra la Prudencia; tercero, con una máxima maldad -a la cual tentación sucumbirá el Anticristo: tomar al diablo como Dios.

Como dije antes, este Evangelio está erizado de dificultades: he explicado la principal. Por ejemplo: ¿agarró el Diablo a Cristo que estaba en el desierto y lo llevó volando al pináculo del Templo? "¡Qué julepe tendría el Maldito!" -dice Santa Teresa. Probablemente se apareció en figura de peregrino y le pidió lo acompañara al Templo: el texto griego dice "paralambánein" que no significa "agarrar" ni "transportar" sino "conducir consigo". ¿Y luego lo llevó volando a un monte alto desde donde se vieran "todos los Reinos del Mundo -a la montaña de Djebel Karantal, a 30 km. de Jerusalén, como dice la leyenda? También aquí dice "paralambánein". Probablemente produjo una gran visión imaginaria en torno a Cristo, donde se viese además de Jerusalén muchas suntuosas ciudades, ríos, valles y mares -todo el mundo en abreviatura.

El Diablo da bien de comer y da mal de cenar, dice el español. Al final del Padre Nuestro pedimos a Dios nos libre del Mal -o nos libre del Diablo- como traducen los ingleses ("the Evil One") y los alemanes; y los brasileros. No podemos saber qué palabra aramea dijo Cristo, pues no nos ha quedado el Evangelio arameo de San Mateo -si es que existió. En griego y en latín, la última palabra del Padre Nuestro puede traducirse "de todo mal" o "del Malo"; porque ese ablativo que hay allí: "a malo" y "Apò poneeroû" puede venir de un nominativo masculino o bien neutro.

Es lo mismo de todos modos: que nos libre del pecado o del Diablo que es el que induce y se aprovecha del pecado.

Santoral Católico 27 de febrero

  • San Leandro, Obispo y Confesor
  • San Gabriel de la Dolorosa, Confesor
  • Santos Julián, Cronión y Besas, Mártires
  • San Baldomero
  • San Juan de Gorze, Abad
  • Beata Ana Line, Mártir

SAN LEANDRO
Obispo y Confesor 
 
Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu coraz6n,
y con toda tu alma, y con toda tu mente.
(Mateo, 22, 37)


De ordinario se representa a San Leandro teniendo en la mano un corazón envuelto en llamas, símbolo de su amor por Dios. Nombrado obispo de Sevilla, comunicó a su rebaño los ardores celestiales que consumían su alma, e ilustró a los arrianos con sus sabios escritos. Sus elocuentes predicaciones convirtieron a la fe a Recaredo, que fue el primer rey católico de España. Murió en el año 596.

 
MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS 
I. Debes amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente; es decir, tus pensamientos, tus palabras, tus acciones deben ser para Él; has de pensar sólo en Él, vivir sólo por Él, desear lo sólo a Él. Si lo posees, posees todo; si lo pierdes, pierdes todo. ¿Qué has amado hasta este momento? No lo podrías pensar sin avergonzarte. ¡Oh Jesús! hazte conocer de los hombres y te amarán. Porque te conozco poco es que te amo poco. (San Agustín).
 
II. Ama a Dios más que a todas las cosas del mundo, pues Él excede infinitamente a todo lo que existe en el universo. Entra un poco en ti mismo; ¿tienes más amor por Dios que el que tienes por tus parientes, tus amigos, tus placeres, tus riquezas, tu felicidad? ¿Estás presto a perder todos esos bienes, y la vida misma antes que perder su amistad? Si note hallas en esta disposición, no amas a Dios; y aun que digas cien veces al día que lo amas de todo tu corazón, tus acciones desmentirían tus palabras. Ama al que es para ti todo la que existe de amable y de deseable. (San Bernardo).
 
III. ¿Quieres saber si amas a Dios? Mira si observas sus mandamientos. Jesucristo mismo nos dice: Aquél que conoce mis mandamientos y los observa, ése me ama. Quien obre de otro modo, injustamente se lisonjea de amar a Dios; ¡Jesucristo promete y da tan grandes recompensas a los que lo aman y obedecen, y uno ni siquiera se inquieta por ello!


El amor de Dios
Orad por la paz entre las naciones cristianas.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios todopoderoso, haced que esta augusta solemnidad del bienaventurado Leandro, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén

viernes 26 de febrero de 2010

San Juan María Vianney: Sermón sobre Amar y adorar a Dios







Descargue el audio aquí

Fuente: Radio Cristiandad

Santoral Católico 26 de febrero

  • San Néstor, Obispo y Mártir
  • San Alejandro, Patriarca de Alejandría
  • San Porfirio, Obispo de Gaza *
  • San Víctor el Ermitaño
  • Beato León de Saint-Bertin, Abad
  • Beata Isabel de Francia, Virgen


SAN NÉSTOR
Obispo
y Mártir



Si es preciso gloriarme de alguna cosa, me gloriaré
de aquéllas que son propias de mi flaqueza.
(2 Cor., 11, 30)
 

Como supiese San Néstor que se le buscaba para ser martirizado, dijo adiós a todos sus servidores y se presentó a los soldados que iban a prenderlo. Le prometieron hacerle sumo sacerdote de los ídolos, si quería renunciar a la fe. Mas prefirió el oprobio de la cruz a todos los honores de la gentilidad. Se le extendió en el potro y se le puso en una cruz; en todas partes alababa a Dios, e invitaba a los demás a que lo reconocieran y lo adoraran con él.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VERDADERA GLORIA 
 
I. Cristiano, ¿en qué haces consistir la verdadera gloria? Si tienes el espíritu del mundo, me responderás: "La verdadera gloria consiste en las riquezas, en las dignidades, en los honores, en el saber". Para adquirir esta falsa reputación, expónense los bienes, la salud, la vida, el alma. ¿Para qué te servirá esta gloria después de la muerte? ¿Qué importa a los condenados que los alaben donde ya no están, si son torturados donde están? (San Agustín).
 
II. La verdadera gloria procede de Dios; servir a un tan grande Señor, es ya ser rey. ¡Qué dicha contar con la aprobación de Dios y de la corte celestial y esto por toda una eternidad! Además, ¿qué gloria humana puede compararse con la que los san tos reciben aquí abajo durante su vida y después de su muerte, y con la que gozan en el cielo? Ambicioso, he aquí algo con que contentarte: el mundo no tiene sino un falso esplendor, Jesucristo tiene para ti honores y recompensas sólidas y eternas; búscalos, si amas la gloria. Si nos seducen las riquezas y los honores, que sean las verdaderas riquezas y los verdaderos honores. (San Euquerio).
 
III. Para adquirir esta gloria, es preciso des preciar la del mundo, es menester hacer grandes cosas, y soportar grandes sufrimientos por Jesucristo. He ahí los tres grados por donde se ha de subir a la gloria. ¿Has despreciado tú la gloria del mundo? ¿Qué cosa grande has emprendido por Jesucristo? ¿Qué has sufrido? Comienza por las cosas pequeñas: no te faltarán ocasiones, no faltes tú mismo en las ocasiones.

 
La humildad
Ruega por el acrecentamiento de esta virtud.

ORACIÓN
 
Dios todopoderoso, mirad nuestra flaqueza; ved cuán agobiados estamos bajo el peso de nuestros pe- cados, y fortificadnos por la intercesión del bienaventurado Néstor, vuestro mártir y pontífice. Os lo rogamos por J. C. N. S. Amén.

jueves 25 de febrero de 2010

Devociones: Niño Jesús de Praga





Historia

Todas las cosas tienen un poco de leyenda y también la imagen del Milagroso Niño Jesús de Praga tiene la suya y muy bella por cierto. Allá por el final de la Edad Media, entre Córdoba y Sevilla, al sur de las márgenes del Guadalquivir, hay un monasterio famoso, lleno de monjes con largas barbas y ásperas vestiduras.

Después de una incursión de los moros que pueblan la zona, queda reducido a ruinas, y solo cuatro monjes se salvaron de la catástrofe. Entre ellos está FRAY JOSÉ DE LA SANTA CASA, un lego con corazón de santo y cabeza y manos de artista, pero sobre con un amor desbordante a la Santa Infancia de Jesús. En cualquier oficio que la obediencia le mandase, se le encontraba infaliblemente entretenido, pensando y hablando con el Niño Jesús.

Un buen día Fray José está barriendo el suelo del monasterio, y de repente se le presenta un hermoso niño que le dice: -¡Qué bien barres, fray José, y que brillante dejas el suelo! ¿Serías capaz de recitar el Ave María? -Si. -Pues entonces, dila. Fray José deja a un lado la escoba, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos, comienza la salutación angélica. Al llegar a las palabras "et benedictus fructus ventris tui" (y bendito el fruto de tu vientre), el niño le interrumpe y le dice: ¡ESE SOY YO!, y enseguida desaparece. Fray José grita extasiado:-¡Vuelve Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte! Pero Jesús no vino. Y Fray José, seguía llamándolo día tras día, en la celda, en el huerto, en la cocina...en todas partes. Al fin un día sintió que la voz de Jesús le respondía: -"Volveré, pero cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas de mi una estatua de cera en todo igual a como soy".

Fray José corrió a contárselo al padre prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel. El Superior se lo concedió y Fray José se entregó con ilusión a modelar una estatua de cera del Niño que había visto. Hacía una y la deshacía, para hacer otra, pues nunca estaba conforme, y cada una que hacía le salía más bella que la anterior, y así pasaba el tiempo, esperando que regresase su Amado Jesusito. Y por fin llegó el día en el que rodeado de ángeles, se le presenta el Niño Jesús, y Fray José en éxtasis, pero con la mayor naturalidad pone los ojos en el Divino modelo y copia al Niño que se tiene delante. Cuando termina y observa que su estatua es igual al Sagrado Modelo, estalla en risas y llantos de alegría, cae de rodillas delante de ella y posando la cabeza sobre las manos juntas, muere. Y los mismos ángeles que acompañaron a su Niño Jesús, recogieron su espíritu y lo llevaron al Paraíso.

Los religiosos enterraron piadosamente el cuerpo del santo lego y con particular devoción colocaron la imagen de cera del Niño Jesús en el oratorio del monasterio. Aquella misma noche Fray José se apareció en sueños al Padre Prior, comunicándole lo siguiente: "Esta estatua, hecha indignamente por mi, no es para el monasterio. Dentro de un año vendrá Doña Isabel Manríquez de Lara, a quien se la daréis, quien a su vez se la entregará a su hija como regalo de bodas, quien la llevará a Bohemia y de la capital de aquel reino será llamado -Niño Jesús de Praga- entre los pueblos y naciones. La gracia, la paz y la misericordia descenderán a la tierra, por El escogida para habitar en ella, el pueblo de aquel reino será su pueblo, y El será su PEQUEÑO REY". Y efectivamente al año en punto, Doña Isabel Manríquez de Lara, en un viaje de recreo por la zona, topó con las ruinas del monasterio, y el prior, ya único superviviente le entregó la imagen del Niño Jesús, contándole su fascinante historia. La dama llena de alegría, retornó a su castillo de Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la leyenda deja paso a la Historia...


Historia de la Devoción


Los cristianos siempre han tenido una gran devoción al Niño Jesús. Nos hace presente el gran misterio de la Encarnación: El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros.

La particular devoción al Santo Niño de Praga comenzó a principios del siglo XVII. La Princesa Polyxenia de Lobkowitz recibió, como regalo de su madre en su matrimonio, una hermosa estatua del Divino Niño procedente de España2. La estatua era de cera, de 48 cm. El Niño Jesús está de pie, con la mano derecha levantada, en actitud de bendecir, mientras con la izquierda sostiene un globo dorado que representa la tierra. Su rostro es tierno y gracioso.

Después de la muerte de su esposo, la princesa se dedicó a las obras de caridad. Los religiosos de la orden carmelita en Praga, fueron particularmente favorecidos por la generosa asistencia de la princesa.

En el año 1628 estalló la guerra en Praga y el monasterio de los monjes fue reducido al extremo de la pobreza. En aquellos días, la Princesa Polyxenia se presentó a la puerta del monasterio con su estatua y dijo así:

"Aquí les traigo el objeto de mi mayor aprecio en este mundo. Honrad y respetad al Niño Jesús y nunca os faltará lo necesario".

La hermosa estatua fue colocada en el oratorio del convento. Su túnica y el manto habían sido arreglados por la misma princesa. Muy pronto sus palabras resultaron proféticas. Mientras los religiosos mantuvieron la devoción al Divino Infante de Praga, gozaron de la prosperidad. En 1631 el ejército de Sajonia entró en Praga y los Padres Carmelitas se trasladaron a Munich sin llevarse la estatua la que terminó arrojada a los escombros por manos de los herejes invasores.

En el año 1635 terminó la guerra y regresaron los carmelitas a su convento en la ciudad de Praga pero las condiciones de vida eran muy malas. Uno de los monjes llamado el Padre Cirilo regresó a Praga después de siete años. Encontró la situación en la ciudad en pésimas condiciones. Los ciudadanos corrían el peligro de perder hasta la fe. Fue entonces que el Padre Cirilo, quién había recibido anteriormente gran ayuda espiritual por medio de su devoción al Santo Niño de Praga, quiso restaurar la devoción. Con mucha diligencia el comenzó a buscar la estatua milagrosa. Al cabo de cierto tiempo, el Padre la encontró entre los escombros detrás del altar, donde los invasores la habían arrojado. Estaba cubierta por un manto. Extasiado de alegría, el Padre Cirilo volvió a colocar al Santo Niño en su lugar, en el Oratorio donde los carmelitas lo veneraron con gran devoción y confianza. Pronto se levantó el sitio impuesto por los enemigos y todos gozaron felizmente de la paz.

Un día, mientras que el padre Cirilo rezaba devotamente ante la estatua milagrosa, oyó una voz que le decía:

"Ten piedad de mi y yo tendré piedad de vosotros. Devolvedme mis manos y yo os daré la paz. Cuánto mas me honren, tanto mas os bendeciré."

Asombrado de oír estas palabras, el Padre Cirilo examinó la estatua minuciosamente. Removiendo el manto que cubría al Divino Niño, el Padre descubrió que ambas manitas estaban quebradas. El Superior se negó a restaurarlas alegando la extrema pobreza en que aún vivía el convento. El Padre Cirilo fue llamado a auxiliar un moribundo llamado Benito Maskoning y recibió de él 100 florines. Los llevó al Superior y tenía esperanza que se usasen para reparar la estatua. Pero este juzgó que sería mejor comprar una nueva. El mismo día que se inauguró la nueva estatua, un candelabro de la pared se desprendió y cayendo sobre la estatua, la redujo a pedazos. Al mismo tiempo, el Padre Superior cayó enfermo y no pudo terminar su período de mando.

Elegido un nuevo Superior, el P. Cirilo volvió a suplicarle que hiciera reparar la estatua pero no consiguió nada. Un día mientras oraba a la Virgen María lo llamaron a la Iglesia donde una señora le entregó una cuantiosa limosna antes de desaparecer. Lleno de gozo, el P. Cirilo fue al Superior con el dinero pero este lo utilizó para otra cosa.

Pronto vinieron nuevas calamidades y pobreza. Ante esas circunstancias todos acudieron al Niño Jesús. El Superior se humilló y prometió celebrar 10 misas ante la estatua y propagar su culto. La situación mejoró notablemente, pero no se arreglaba la estatua. Un día el Padre Cirilo, que no cesaba de interceder ante Jesús, escuchó que le decía:

"Colócame a la entrada de la sacristía, y encontrarás quien se compadezca de mí."

Se presentó un desconocido, el cual, notando que el hermoso Niño no tenía manos, se ofreció espontáneamente a repararlas. Al poco tiempo el desconocido ganó un juicio en el que recuperó una fortuna. Innumerables beneficios fueron recibidos por los devotos. Los carmelitas por eso quisieron edificarle una capilla pública, teniendo en cuenta que el sitio donde debían levantarla, había sido ya indicado por la Santísima Virgen al Padre Cirilo. Pero no había dinero y los conflictos con los calvinistas hacía peligroso levantar nuevas iglesias.

Finalmente, en el 1642, la Princesa Lobkowitz edificó un santuario que se inauguró en 1644, el día de la fiesta del Santo Nombre de Jesús. Acudían devotos de todas partes y de toda condición. En 1655, el Conde Martinitz, Gran Marqués de Bohemia, regaló una preciosa corona de oro esmaltada con perlas y diamantes. El Reverendo José de Corte se la colocó al Niño Jesús en una solemne ceremonia de coronación.

Al Divino Niño le llamaban el "Pequeño Grande" y su reputación milagrosa se esparció por todas las naciones. En innumerables colegios, parroquias, hogares, el Divino Niño entró a presidir y derramar sus bendiciones, sobre todo la gracia de la fe.

Surgieron las Letanías del Nombre de Jesús; la recitación de 5 padrenuestros, avemarías y glorias seguidas de la jaculatoria: "Sea bendito el Nombre del Señor ahora y por los siglos de los siglos" repetida 5 veces; la oración del Padre Cirilo; la recitación del Rosario del Niño Jesús; y la celebración de la fiesta de Su Santísimo Nombre, el 2º domingo después de la Epifanía.

Es significativo que Jesús quiera propagar la devoción a su infancia en un mundo en que los niños son abortados, abusados y la mayoría no recibe una educación ni ejemplo de vida cristiana. Jesús, quién dijo "dejad que los niños se acerquen a mi", fue El mismo niño y quiere que seamos humildes y puros como niños para entrar en el Su Reino. Al meditar sobre su niñez, Jesús nos bendecirá y suscitará en nosotros sus virtudes.

La devoción al Divino Niño siempre había sido practicada por los carmelitas. Santa Teresa de Jesús practicaba una devoción muy particular al Divino Niño. Igualmente lo hacía Santa Teresita, llamada la "pequeña flor de Jesús".


ORACIÓN EFICAZ AL NIÑO JESÚS


OH Niño Jesús, yo recurro a Vos, y os ruego por Vuestra Santísima Madre, me asistáis en esta necesidad (se menciona) porque creo firmemente que Vuestra Divinidad puede socorrerme. Espero con confianza obtener Vuestra Santa Gracia. Os amo con todo mi corazón y con todas las fuerzas de mi alma. Me arrepiento sinceramente de mis pecados, y os suplico, OH mi buen Jesús, me deis fuerza para triunfar de ellos.

Tomo la resolución de no ofenderos más, y me ofrezco a Vos en la disposición de sufrirlo todo antes de disgustaros. Desde ahora quiero serviros con fidelidad. Por Vuestro amor, OH Divino Niño, amaré a mis prójimos como a mi mismo. Niño lleno de poder, OH Jesús, yo os suplico de nuevo, me asistáis en esta circunstancia (se menciona).

Hacedme la gracia de poseeros eternamente con María y José, y la de adoraros con los Santos Ángeles de la Corte Celestial. Así sea.


VISITA


Divino niño Jesús de Praga, atraído por tus palabras de confianza y de tu mirada de paz, vengo a Ti para conversar de amigo a amigo. Sólo en Ti, Salvador mío, podré encontrar la paz que mi corazón ansía, y que en ninguna parte puedo encontrar. Perdona mis pecados, buen Jesús, sé que mucho te he ofendido, pero tú prometiste perdonar a quien acudiera a Ti con fe y con amor... Necesito tu gracia y tu fortaleza para seguir el camino del bien. Sé Tú el Maestro que me guíe por este mundo de tinieblas y de confusión. El ejemplo de Tu infancia sea para mí norma y recuerdo en todas mis actividades y ocupaciones, y me haga merecedor de Tu promesa: "Cuanto más me honréis, más os favoreceré". Amén.


ACTO DE CONSAGRACIÓN


Amabilísimo Niño Jesús de Praga, aclamado por todos como milagroso por los innumerables y extraordinarios favores que concedéis a cuantos os invocan. Cautiva nuestra alma de tus divinos hechizos de niño, nunca te olvidará y se acoge hoy bajo tu manto de Rey para gozar de la paz que nos tienes prometida, y allí poder recibir tu bendición, que como de Dios, la hará crecer en santidad y virtudes. Por eso nos consagramos rendidamente a tu santo servicio; seremos devotos fervientes de Praga. Hijos de tu amor, responderemos a tu predilección por nuestras almas, ofreciéndote desde ahora y para siempre cuanto somos, cuanto anhelamos; la vida de nuestros sentidos, las aspiraciones de nuestro corazón, los amores de nuestras almas que te pertenecen por derecho de filiación y deuda de conquista, al crearnos y redimirnos.

Niño Divino, Rey de Praga, Dios de la Infancia. Recibe nuestro ofrecimiento, hazlo eficaz con tu poder infinito para ser tuyos por siempre en la tierra y en el cielo. Así sea.


ORACIÓN POR UNA PERSONA ENFERMA


OH Niño Jesús, dueño de la vida y de la muerte, aunque indigno y pecador, me postro ante Ti para implorar la salud de (se nombra a la persona para quien se pide la gracia), a quien tanto amo.

La persona que te encomiendo sufre mucho, afligida por dolores, y no puede encontrar otra salida más que en tu omnipotencia, en la que pone todas sus esperanzas.

Alivia, OH médico Celeste, sus penas, líbrala de sus sufrimientos y dale perfecta salud, si esto es conforme al querer divino y al verdadero bien de su alma


ORACIÓN PARA PEDIR LA SALUD


OH querido y dulce Niño Jesús: he aquí un pobre enfermo que, movido por la más viva fe, profundamente invoca tu divina ayuda en favor de su enfermedad.

En Ti pongo toda mi confianza. Sé que tú todo lo puedes y que eres muy misericordioso, la misma misericordia infinita.

Grande pequeñito, por tu virtud divina, por el inmenso amor que tienes a los que sufren, a los afligidos, a todos los necesitados, escúchame, bendíceme, socórreme, consuélame. Amén. Tres Glorias.


PODEROSA NOVENA DE CONFIANZA INFANTIL

(Esta novena se reza cada hora por nueve horas consecutivas en el mismo día.)


OH Jesús, que habéis dicho "Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá," por la intercesión de María Vuestra Santísima Madre, yo llamo, yo busco, yo os pido que me concedáis esta gracia. (Petición.)

OH Jesús, que habéis dicho "Cualquier cosa que pidierais al Padre en Mi Nombre os la concederá", por intercesión de María, Vuestra Santísima Madre, humildemente y urgentemente suplico a Vuestro Padre en Vuestro Nombre que me concedáis esta gracia. (Petición.)

OH Jesús, que habéis dicho "Cielo y Tierra pasarán, pero mi palabra no pasará" por intercesión de María, Vuestra Santísima Madre, siento confianza que mi súplica será concedida. (Petición.)
Se reza un Padre Nuestro, una Salve, un Ave María y un Gloria.



NOVENA AL NIÑO JESÚS DE PRAGA


ACTO DE CONTRICIÓN.

Señor mío Jesucristo, yo me arrepiento sinceramente de haberos ofendido porque sois infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas, y porque aborrecéis el pecado; yo tomo la firme resolución, con la ayuda de vuestra gracia, que no dudo me concederéis, de no volver a cometer en lo sucesivo ningún pecado mortal ni aún venial consentido; de conformar todas mis acciones y deseos a vuestra voluntad santísima; de confesar todas mis culpas y de satisfacer vuestra divina justicia por medio de una saludable penitencia. Haced ¡oh Dios mío y Señor mío! que así lo haga. Amén.


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.


¡OH Verbo divino, soberano Señor y Rey de reyes! ¡OH digno descendiente de Jessé, llave misteriosa de David y cetro dominador del pueblo de Israel! ¡OH Emmanuel y legislador supremo, dulcísimo Niño Jesús de Praga, esposo de las almas, que por redimirlas y salvarlas habéis querido descender del seno de vuestro Eterno Padre a las entrañas de una Virgen purísima! A vuestros sacratísimos pies me arrojo, divino y hermosísimo Niño, y os adoro con el más profundo anonadamiento, con aquella fe con que antes lo hicieron los pastores y los magos en Belén: imprimid en mi alma las disposiciones de fe, de amor, de reconocimiento y generosidad con las cuales debo practicar esta devota Novena, consagrada a vuestra honra y gloria, y dignaos concederme, por la intercesión poderosa de la Sacratísima Virgen María, vuestra Madre, y del bondadoso Patriarca San José, vuestro padre nutricio, el que mi alma sea purificada de todos sus pecados y afirmada más y más en vuestro divino servicio; otorgadme también, Niño amabilísimo, la gracia particular que imploro de vuestro generoso Corazón. Os lo pido por esta sagrada y milagrosa imagen vuestra, en la cual tanto os complacéis según lo demuestran las innumerables gracias y continuos beneficios de todo género, que tan abundantemente derramáis por medio de ella, no sólo sobre los felices habitantes de Praga, sino sobre los fieles todos del mundo entero donde es honrada y venerada. No desoigáis, Señor, mis súplicas, antes bien atendedlas y despachadlas favorablemente. Amén.

Rezar tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias y luego exponer el favor que se solicita en esta Novena. Concluir con la oración del día de la Novena que corresponda.


DÍA PRIMERO


Divino Niño Jesús de Praga, Verbo Eterno del Padre, que para librar a nuestras almas de la esclavitud del pecado quisisteis tomar nuestra carne, padecer y satisfacer por nosotros a la divina Justicia, y haceros así nuestro ejemplar: concededme la gracia de corresponder a tan gran misericordia, y llevadme de las criaturas a Vos; libradme de la fascinación de los sentidos y haced que vea y reconozca en Vos el objeto de mi vida para merecer poseeros y gozaros en el cielo. Amén.

DÍA SEGUNDO


Dulcísimo Niño Jesús de Praga, Dios y Salvador nuestro, que quisisteis nacer en un establo y en los rigores del invierno, sujetándoos desde los primeros instantes de vuestra vida a la pobreza y a los padecimientos: desasidme de los bienes y goces de la tierra, libradme del amor a lo carnal y mundano y haced que os siga en todos los padecimientos y humillaciones de la vida, para merecer participar un día de vuestra eterna gloria. Amén.


DÍA TERCERO


Poderosísimo Niño Jesús de Praga, Hijo del Padre celestial, que vinisteis al mundo para cumplir los designios eternos de salvar al género humano y cifrasteis vuestra gloria en hacer la voluntad de Aquél que os envió: haced que pueda yo también cumplir vuestros designios acerca de mi, y que me conforme con vuestra voluntad, mirando en todo mi salvación y la de mis prójimos. Amén.

DÍA CUARTO


Misericordiosísimo Niño Jesús de Praga, Creador y Redentor mío, que habiéndoos hecho visible a los hombres y conversado con ellos, los reunisteis para formar una sociedad que sea con Vos una sola cosa, como Vos sois una cosa sola con el Padre celestial: no permitáis que me haga indigno de pertenecer a esta sociedad de que Vos sois cabeza y fundador, y de ser miembro de vuestro místico cuerpo la Santa Iglesia, nuestra buena Madre. Amén.


DÍA QUINTO


Piadosísimo Niño Jesús de Praga, divino Salvador de los hombres, que vinisteis a la tierra para la redención de todos ellos, y confiasteis a vuestra Iglesia el modo de conducirlos a la participación de la redención universal: haced, Señor, que los que no tienen la dicha de pertenecer a la Santa Iglesia acudan a esta vuestra amada Esposa para alcanzar su salvación, y que los que a ella pertenecen, pero desgraciadamente están faltos de la vida de la gracia, saquen de las fuentes de misericordia, que tenéis siempre abiertas, el inestimable beneficio de la eterna salvación. Amén.


DÍA SEXTO


Bondadosísimo Niño Jesús de Praga, resplandor del Padre y vivo retrato de su sustancia, que descendisteis del cielo a la tierra para servir a los hombres de camino, de verdad y de vida: restableced en nosotros la imagen divina, oscurecida y desfigurada por el pecado, y guiad todos nuestros pasos para que reconozcamos en Vos el único objeto de nuestra vida en la tierra y de nuestra esperanza en el cielo. Amén.


DÍA SÉPTIMO


Benignísimo Niño Jesús de Praga, Príncipe de la paz, que al momento de llegar Vos al mundo anunciaron ya los ángeles la paz a los hombres de buena voluntad: reconciliad con la Divinidad a los pecadores, dad la paz a su conciencia, luz a su entendimiento, fuego de caridad a su corazón, para que vuestro glorioso Nacimiento obre en todos los hombres los efectos que el anuncio angélico produjo en los pastores que os adoraron en el portal de Belén. Amén.


DÍA OCTAVO

Amabilísimo Niño Jesús de Praga, Esposo divino de nuestras almas, que después de haber venido para salvar a los hombres, vendréis nuevamente a juzgarlos, manifestando los esplendores de vuestra eterna generación del Padre, que ocultasteis para haceros accesible a los hombres, y haréis brillar toda vuestra gloria para confusión de los que hayan abusado de vuestra gracia: ayudadme para que siga ahora vuestras inspiraciones, Redentor mío, y pueda veros aquel día como Juez benigno y apacible. Amén.

DÍA NOVENO

Amorosísimo Niño Jesús de Praga, Hijo de Dios desde la eternidad, e Hijo de María en el tiempo, que encarnándoos en su seno purísimo recibisteis de Ella la más admirable y respetuosa acogida que pueda haceros jamás criatura alguna: concededme que yo también os acoja con la firmeza y caridad que encontrasteis en la Virgen Santísima ¡Ah Salvador mío! Así como nacisteis realmente por María a la vida corporal, naced, os lo ruego ahora, espiritualmente en mi alma y llenadla de vuestra gracia para que corresponda siempre a vuestras inspiraciones. Amén.

Santoral Católico 25 de febrero

  • San Tarasio, Obispo y confesor
  • Beato Sebastián de Aparicio, Confesor
  • S antos Victorino y Compañeros, Mártires
  • San Cesario de Nazianzo
  • San Gerlando, Obispo de Girgenti
  • Beato Constancio de Fabriano



SAN TARASIO
Obispo y Confesor


Así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno,
llevemos también la imagen del hombre celestial.
(1 Corintios 15, 49)



San Tarasio fue cónsul, secretario de Estado y, enseguida, arzobispo de Constantinopla. En este último cargo dio los más hermosos ejemplos de caridad y humildad. Con sus propias manos servía a los pobres, diciendo que quería imitar a Jesucristo, que había venido a la tierra para servir y no para ser servido. Fue el alma del Concilio segundo de Nicea que, en el año 786, anatematizó a los iconoclastas o destructores de imágenes. De inmediato hizo reponer las imágenes de los santos en toda la extensión de su patriarcado.


MEDITACIÓN
SOBRE LA IMAGEN DE DIOS


I. El hombre ha sido creado a imagen de Dios: su memoria, su inteligencia y su voluntad son imagen de un Dios en tres Personas. Debes, pues, hacer de suerte que estas tres facultades de tu alma se asemejen lo más posible a su modelo. Para esto, es preciso que la memoria continuamente se acuerde de la omnipotencia del Padre, que la inteligencia considere la sabiduría de Jesucristo, que se hizo hombre para salvar a los hombres, y que la voluntad se abrase toda con el fuego del Espíritu Santo. ¡Que Os ame, oh Dios, que sois la vida de mi alma! (San Agustín).

II. El pecado desfiguró enteramente esta imagen de Dios impresa en tu alma y la recubrió con la vergonzosa imagen del demonio, pues el pecador es semejante al demonio y no tiene rasgo alguno de semejanza con Dios. ¿A quién te asemejas tú? ¿Tus acciones no llevan impreso el sello de algún vicio?

III. Has de devolver a tu alma su antigua belleza; Jesucristo es el modelo que debes tener continuamente ante tus ojos, a fin de hacerte semejante a Él. Para esto, es preciso tener la corona de espinas en la cabeza, la hiel y el vinagre en la boca, es preciso estar cargado de oprobios, sufrir todo, emprender todo por la gloria de Dios. Cada uno es el pintor de su propia vida: la voluntad dirige al pincel, las virtudes son los colores, y el modelo es Jesucristo (San Gregorio Niceno).



La devoción a las santas imágenes.
Orad por la conversión de los protestantes.


ORACIÓN

Oh Dios todopoderoso, haced que esta solemnidad del bienaventurado Tarasio,
vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de nuestra salvación. Por J. C. N. S.

miércoles 24 de febrero de 2010

Santoral Católico 24 de febrero

  • San Matías, Apóstol
  • Santos Montano, Lucio y Compañeros, Mártires
  • San Pretextato, Obispo de Rouen, Mártir
  • San Etelberto de Kent


SAN MATÍAS
Apóstol


Cayó la suerte a Matías, con lo que fue agregado
a los once Apóstoles.
(Los Hechos de los Apóstoles, 1, 26)



San Matías fue elegido por los apóstoles después de la Ascensión del Salvador para reemplazar al pérfido Judas. Congregados, los fieles oraron al Espíritu Santo para que les diese a conocer la persona que Él había destinado para este ministerio; en seguida, echaron suertes, y cayó la suerte a Matías. El nuevo Apóstol predicó el Evangelio a los pueblos de la Judea y de la Etiopía; su celo le atrajo el odio de los judíos, que lo lapidaron y le cortaron la cabeza.

 
MEDITACIÓN
SOBRE LA VOCACIÓN 

 
I. Dios nos destina a cada uno un género de vida en el que quiere que nos salvemos. Es un gran Rey que quiere servidores de toda suerte de estados, condiciones y empleos. ¿Es Dios quien te ha hecho abrazar el estado de vida en que te encuentras alistado? ¿No es acaso la vanidad, el deseo de amontonar riquezas o de gozar de placeres? Si por desgracia es así, corrige la mala intención que has tenido, y promete a Dios buscar en adelante sólo su gloria y su voluntad. En cuanto a ti, que aun estás libre a este respecto, sigue el camino que el Señor te indique.
 
II. Pídele a Dios te haga conocer su santa voluntad a fin de escoger un género de vida en el que puedas trabajar para su gloria y tu salvación. No consultes ni la carne, ni el mundo, ni tus placeres, ni tus intereses; es a Dios a quien se debe pedir consejo. Las oraciones, las mortificaciones, las comuniones, los retiros te facilitarán esta importante elección. Observa la misma regla en tus acciones particulares de cierta importancia: pide consejo a Dios, Él te ilustrará con sus divinas luces.
 
III. Sigue las inspiraciones del Cielo, una vez que las hayas conocido bien. Si San Matías no hubiera querido someterse a su elección para el apostolado, hoy no se celebraría su fiesta. Si durante la vida menosprecias a Dios que te llama, Él se burlará de ti en la hora de tu muerte; es lo que declara en el libro de los Proverbios: Te llamé, y no has querido escucharme, me reiré de ti en tu último día, y te haré objeto de irrisión.


La obediencia a las inspiraciones de Dios
Orad por los justos perseguidos. 

 
ORACIÓN
Oh Dios, que habéis puesto a San Matías en el número de vuestros Apóstoles, haced, por su intercesión, que sin cesar experimentemos los efectos de vuestra inagotable misericordia. Por J. C. N. S. Amén.

martes 23 de febrero de 2010

Homilía: Las Privaciones de Cristo

 
 
 
por John Henry Cardenal Newman

 
 
Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo
que por vosotros se hizo pobre, siendo rico,
para que vosotros por su pobreza
 os enriquezcáis.
(II Cor. VIII:9)



A medida que pasa el tiempo y se acerca la Pascua, se nos llama no sólo a lamentar nuestros pecados, sino también a considerar con detenimiento las tribulaciones que Cristo Nuestro Señor y Salvador hubo de padecer por cuenta de ellos. ¿Por qué será, mis hermanos, que lo sentimos tan poco? ¿Por qué será que dejamos venir e irse este tiempo como si fuera cualquier otro, sin pensar más en Cristo que en otros períodos del año, o, por lo menos, no sintiéndolo más? ¿No tengo razón al decir esto? Y si es así, ¿no cabe preguntarse por qué sucede esto? Cuando oímos acerca de la amarga pasión que sufrió Jesucristo, el Hijo de Dios, por nosotros, no nos conmovemos. Ni lamentamos nuestros pecados que son su causa, ni profesamos simpatía por Él. No sufrimos con Él. Si acudimos a la parroquia, oímos su relato, y luego nos vamos de nuevo; en modo alguno afligidos; o si afligidos, sólo por un rato. Y muchos ni siquiera vienen a la iglesia; y desde luego, para ellos, este tiempo santo y solemne, es como cualquier otro. Comen, y beben, y duermen, y se levantan, y se ocupan de sus negocios y de su placer, igual que siempre. No andan cargados con pensamientos sobre Aquel que murió por ellos—por ellos, no importa quiénes sean—, por ellos “ya coman, o beban”, o hagan lo que sea. En ningún sentido de la palabra “viven”, para usar las palabras de San Pablo, “por la fe en el Hijo de Dios, que los amó y se entregó por ellos”.

¡Helás! esto no se puede negar. Y con todo, si es así, que el Hijo de Dios bajó del cielo, dejó de lado Su gloria, se sometió al punto de ser despreciado y tratado cruelmente, resultando condenado a muerte por Sus propias creaturas—por aquellos que Él había hecho, y a quiénes Él había preservado hasta ese día, y que incluso entonces los sostenía en su vida y existencia misma—¿es razonable que un acontecimiento tan notable no nos conmueva? ¿No se cae de maduro que debemos estar en una condición decididamente irreligiosa, si no sentimos un poco de gratitud, un poco de simpatía, un poco de amor, que nos estremezcamos un poco, nos reprochemos un poco, veamos un poco lo bajo que somos, sintamos un poco de arrepentimiento, un poco de deseo de enmienda, como consecuencia de lo que Él ha hecho y padecido por nosotros? O más bien, ¿acaso un Benefactor tan grande no puede exigir de nosotros una gratitud desbordante, una extrema simpatía, ferviente amor, profundo temor, amargo reproche, profundo arrepentimiento, apasionados deseos y añoranza por tener un corazón nuevo? ¿Quién podría negarlo? ¿Y por qué, mis hermanos, no es así? ¿Por qué las cosas nuestras son como son? ¡Helás! Con gran dolor del alma estoy en condiciones de anticipar que el tiempo seguirá su curso, y la semana de Pasión, el Viernes Santo y la Pascua pasarán de largo, y luego las semanas que siguen, y muchos de ustedes estarán exactamente donde estaban—ni por pienso más cerca del Cielo, en vuestras vidas y corazones, ni un milímetro más cerca de Cristo, sin impresión duradera alguna por el pensamiento de Sus mercedes y vuestros pecados y deméritos.
Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Por qué comprendemos tan poco el Evangelio de nuestra salvación? ¿Por qué nuestros ojos son tan débiles, y nuestros oídos tan duros para entender? ¿Por qué tenemos tan poca fe? ¿Tan poco del cielo en los corazones? Por esta única razón, mis hermanos, si se me permite explicarme en una sola palabra: porque meditamos tan poco. Si uno no medita, naturalmente no queda impresionado.

¿Qué es meditar sobre Cristo? Se trata sencillamente de esto, pensar habitual y constantemente sobre Él, sobre su vida y sus sufrimientos. Es tenerlo presente como Uno al que podemos contemplar, adorar y dirigirnos a Él cuando nos levantamos a la mañana, cuando nos acostamos, cuando comemos y cuando bebemos, cuando estamos en casa o en el extranjero, cuando trabajamos, o caminamos, o descansamos, cuando estamos solos, y también cuando estamos en compañía; esto es meditar. Y mediante esto, y de ningún otro modo, nuestros corazones llegarán a sentir como debieran. Tenemos corazones de piedra, corazones duros como los adoquines de nuestras calles; la historia de Cristo no nos impresiona. Y con todo, si hemos de ser salvados, tenemos que adquirir corazones tiernos, sensibles, vivos; nuestros corazones tienen que resultar rotos, deben ser roturados como la tierra, y cavados, y regados, y arados, y cultivados, hasta que se conviertan en jardines, jardines del Edén, aceptables a los ojos de nuestro Dios, jardines en los que el Dios Altísimo pueda caminar y morar; lleno, no de zarzas y espinas, sino de plantas aromáticas de dulces perfumes, con árboles y flores celestiales. El árido y yermo desierto debe hacer brotar manantiales de agua viva. Si nos hemos de salvar, antes deben cambiar nuestros corazones; en una palabra, hemos de adquirir lo que no tenemos por naturaleza: fe y amor; ¿y cómo se logrará esto, con la gracia de Dios, sino es mediante la reverente y frecuente meditación a lo largo del día?

San Pedro describe lo que quiero decir, cuando dice, hablando de Cristo, “Al que amáis sin haberlo visto: en quien, no viéndolo ahora, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo” (I Pet. I:8).

Cristo se ha ido; no se lo ve; nunca lo hemos visto, sólo leemos y oímos hablar de Él. Es un dicho antiguo, “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Ténganlo por seguro, así será, así ha de ser, en lo que concierne a nuestro bendito Salvador, a menos que nos esforcemos continuamente durante el día en pensar sobre Él, su amor, sus preceptos, sus dones y sus promesas. Hemos de hacer esfuerzos de memoria para recordar lo que leemos en los Evangelios y en los Libros Santos acerca de Él; hemos de traer a la memoria lo que hemos oído en la iglesia; hemos de rezarle a Dios para que nos permita recordarlo, para que nos bendiga cuando lo hacemos, y que nos obligue a hacerlo con un espíritu sencillo, sincero y reverente. En una palabra, hemos de meditar, pues todo esto es meditación; y aun el más iletrado de los hombres puede hacerlo, y lo hará si quiere.

Ahora bien, sobre tal meditación, o pensamientos sobre los hechos y padecimientos de Cristo, diré dos cosas; la primera, que sería por demás obvio, excepto que, si no lo dijera, parecería que lo he olvidado, siendo que lo doy por sentado. Es esto: que al principio tal meditación en modo alguno resulta agradable. Lo sé; la gente lo encontrará al principio ejercicio harto tedioso y sus mentes se deslizarán muy aliviadas hacia otros tópicos. Es verdad: pero considerad, si Cristo pensó que vuestra salvación valía el gran sacrificio de padecimientos voluntarios, ¿no deberíais pensar (cosa que les incumbe directamente) que vuestra propia salvación vale el pequeño sacrificio de aprender a meditar sobre aquellos padecimientos? ¿Se les puede pedir menos que eso, después que Él hizo la obra—sólo que creamos en ella y la aceptemos?

Y mi segunda observación es la siguiente: que aquella meditación será capaz de ablandar nuestros endurecidos corazones muy de a poco, hasta que por fin la historia de las tribulaciones y penas de Cristo llegue a conmovernos de veras. No se hará la cosa pensando sobre Cristo una o dos veces. Se trata de perseverar silenciosa y constantemente, teniendo pensamientos sobre Él ante la vista, y así poco a poco adquiriremos algo de calor, de luz, de vida y de amor. No nos daremos cuenta de que estamos siendo cambiados. Será como el brote de las hojas en primavera. Uno no las ve crecer; y por mucho que nos fijemos, no detectamos su crecimiento. Pero cada día, a medida que pasa, les ha hecho algo; y uno puede quizá decir, cada mañana, que están más adelantadas que ayer. Así es con nuestras almas; por cierto que no cada mañana, pero en ciertos períodos podemos constatar que estamos más vivos y religiosos que antes, bien que en el intervalo no tomamos conciencia de que progresábamos.

¿Y bien? A modo de ejemplo, diré unas pocas palabras sobre la voluntaria humillación de Cristo, como para sugerirles algunas ideas, que en verdad, debieran tener presente en todo tiempo, pero muy especialmente en este tiempo santísimo del año; pensamientos que en alguna pobre medida (quiera Dios) los preparará para el día en que verán a Cristo en el Cielo, y, en el entretanto, los preparará para verlo en su Fiesta Pascual. La Pascua ocurre sólo una vez al año; es corta, como cualquier otro día. ¡Oh, que podamos aprovecharnos mucho de ella, que le saquemos el máximo provecho, que la podamos disfrutar! ¡Oh, que no pase como cualquier otro día, sin dejarnos ninguna fragancia para recordarla luego!

Venid, pues, mis hermanos, en este tiempo, antes de que comparezcan aquellos solemnes días, y pasemos revista a algunas de las privaciones del Hijo de Dios hecho hombre, lo que debería ser la materia de vuestra meditación durante estas santas semanas.

Y principalmente, pareciera que Él le habla a los pobres. Vino en pobreza. En el texto de hoy, San Pablo dice: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo que por vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros por su pobreza os enriquezcáis.” Que los pobres no vayan a suponer que sus tribulaciones son de su exclusiva pertenencia, y que nunca ningún otro las padeció. El Altísimo Dios, Dios el Hijo, que había reinado con el Padre desde toda la eternidad, supremamente bendito, Él, incluso Él, se convirtió en un hombre pobre, y sufrió los rigores de los pobres. ¿Cuáles eran esos rigores? Supongo tales como los que siguen—que tienen alojamientos deficientes, mala ropa, que no comen lo suficiente, o su alimentación es mala, que disponen de pocos placeres y diversiones, que son despreciados, que dependen de otros para mantenerse, y que carecen de perspectivas para el futuro. Ahora bien, ¿cómo fue el caso con Cristo, el Hijo del Dios Viviente? ¿Dónde nació? En un establo. Supongo que no muchos sufrieron indignidad tan señalada; nacido, no en un ambiente apacible y confortable, sino en medio del bruto ganado; ¿y cuál fue su primera cuna, si así se puede llamar? Un pesebre. Así fueron los comienzos de su vida terrena; ni tampoco mejoró su condición a medida que crecía. En una oportunidad dice, “Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; mas el Hijo del hombre no tiende dónde reclinar su cabeza”. No tenía casa. Era, cuando empezó a predicar, lo que ahora llamaríamos despectivamente un vagabundo. Hay personas que se ven obligadas a dormir donde pueden; así, en buena medida, parece haber sido con nuestro bendito Señor. Oímos que Marta era hospitalaria con Él, y de otros; pero, aunque poco se nos dice sobre el particular, pareciera por lo que sí se nos dice, que vivió una vida más dura que cualquier paisano de pueblo. Durante cuarenta días estuvo en el desierto: ¿dónde piensan que durmió entonces? En cuevas de roca;  ¿y quiénes le hacían compañía? Peores compañeros que entre los que nació. Nació en una cueva; pero por lo menos, cuando nació, las bestias que lo rodeaban, el buey y el burro, eran mansos. Pero durante los cuarenta días de tentación estaba “con las bestias salvajes”. Esas cuevas en el desierto están llenas de creaturas feroces y venenosas. Allí durmió Cristo; e indudablemente, no fuera por el invisible brazo del Padre y Su propia santidad, habrían caído sobre Él.

Más todavía, el frío es otro rigor que nos afecta. También Cristo soportó esto. Permanecía noches enteras en las montañas. Se levantaba antes del alba y buscaba lugares solitarios para rezar. De noche andaba sobre el mar.

El calor es un padecimiento que no nos aflige mucho en nuestro país, pero resulta muy formidable en las regiones orientales, donde vivió nuestro Salvador. Cuando el sol está alto, los hombres permanecen en sus casas, no sea que les haga daño; con todo leemos de Él que un mediodía estaba sentado en el pozo de Jacob, cansado como estaba de su viaje.

Observen también esto, a lo que ya me he referido. Durante su ministerio andaba constantemente de viaje, y eso a pie. Una vez anduvo montado para entrar a Jerusalén, para cumplir una profecía.

Nuevamente, soportó hambre y sed. Cuando en el pozo tenía sed y le pidió a la Samaritana que le diera agua para beber. Tenía hambre cuando ayunó durante cuarenta días en el desierto. En otro tiempo, cuando se hallaba activamente dispensando obras de misericordia, Él y Sus discípulos no tenían siquiera tiempo de comer pan (Mc. VI:31). Y en verdad, andando de aquí para allá como lo hacía, pocas veces podría haber dado por descontado que ese día comería. ¿Y con qué clase de comida se alimentaba? Anduvo mucho en la vecindad de un mar interno o lago, llamado el mar de Genesaret o Tiberíades, y Él y Sus Apóstoles vivían de pan y pescado; una dieta exigua como la de los pobres hoy en día, o quizá más exigua aun. Oímos, en una ocasión famosa, de cinco panes de centeno y dos pequeños peces. Después de Su resurrección proveyó para su Apóstoles: “brasas puestas, un pescado encima, y pan” (Jn. XXI:9). Da la impresión de que era el régimen habitual.

Y a pesar de estas penurias, merece atención el hecho de que a pesar de todo Él y los Suyos tenían la costumbre de darle algo a los pobres. Ni siquiera se permitían aprovecharse al máximo de lo poco que tenían. Cuando el traidor Judas se levantó y salió para traicionarlo, y Jesús les habló, algunos de los Apóstoles creyeron que le estaba dando instrucciones para repartir limosna entre los pobres; y eso ilustra Su práctica.

Y era, como apenas si hace falta agregar, bastante dependiente de otros. A veces lo agasajaron algunos ricos. A veces, como he dicho, personas piadosas les proveían del propio sustento (Lc. VIII:3). Vivió, en sus propias santas palabras, como los cuervos, que Dios alimenta, o como los lirios del campo, que Dios viste.

¿Hará falta que agregue que disponía de pocos placeres, escasas recreaciones? No parece muy apropiado hablar de semejante cosa en el caso de Uno que vino de Dios y que tenía ideas y modos distintos a los nuestros. Con todo, hay placeres inocentes que Dios nos ha dado para compensar las penas de la vida; nuestro Señor se vio expuesto a las penas y bien podría haberse aprovechado de sus compensaciones. Pero se abstuvo. Se ha observado que nunca se refieren a Él como alegre o divertido; a menudo leemos de Él que gemía, se quejaba y lloraba. Era un “varón de dolores, familiarizado con la tribulación”.

Pasemos entonces a otros padecimientos más notables con que se cargó cuando quiso ser pobre. Incluso durante su infancia, María tuvo que huir con Él a Egipto para evitar que Herodes lo matara. Cuando regresó, no era seguro permanecer en Judea, y fue criado en Nazareth, un lugar de mala reputación, donde había estado la Santísima Virgen cuando vino a ella el ángel Gabriel. No necesito decir cómo fue despreciado y perseguido por los fariseos y sacerdotes cuando empezó a predicar, ni cómo otra vez tuvo que huir para salvar la vida que ellos estaban empeñados en tomar.

Otro gran sufrimiento que Nuestro Señor no se evitó fue el que damos en llamar luto, la suspensión del trato con familiares o amigos por razón de su fallecimiento. En verdad, esto no le resultó fácil a quién sólo le quedaba un solo pariente próximo, y tan pocos amigos; pero aun así también padeció esta aflicción por nosotros. Lázaro era su amigo, y lo perdió. Por cierto que sabía que podía resucitarlo, como que lo hizo. Y con todo lamentó amargamente su muerte, por la razón que sea, de tal modo que los judíos se dijeron, “Mirad cómo lo amaba”. Pero un despojo más grande y verdadero, en la medida en que nos animemos a hablar de eso, fue el acto original de humillación en sí mismo que constituyó el hecho de que dejó su gloria celestial para venir a este mundo. Por supuesto que para nosotros este es un misterio insondable de cabo a rabo; y sin embargo se aviene a hablar, a través de Su Apóstol, de un “vaciarse” de Su gloria; de tal manera que sería dable concebir la Encarnación y considerarla reverentemente como un despojo indecible y admirable al que quiso someterse, permaneciendo por un tiempo, como si dijéramos, desheredado, y hecho a imagen de la carne pecadora.

Pero todo estos no son sino el principio de las penas que le estaban reservadas; para verlas en su plenitud hemos de considerar Su pasión. En la angustia que entonces soportó, vemos todas sus otras penurias como concentradas y excedidas; aunque de eso diré poco ahora, cuando su “hora aún no ha llegado”.

Pero sí observaré esto; primero, que resulta admirable y terrible el desbordante miedo que lo inundó frente a las tribulaciones que le esperaban. Esto muestra cuán grandes eran; aunque todo esto parece irrelevante, como si Él hubiese decretado que tenía que pasar por todas las tribulaciones por nosotros, y, entre otras, la prueba del temor. Dice: “Ahora mi alma está turbada: ¿y qué diré? ¿Padre, presérvame de esta hora? ¡Si precisamente para eso he llegado a esta hora!” (Jn. XII:27). Y cuando esa hora llegó, este terror le dio forma al comienzo de sus padecimientos causándole la agonía y el sudor de sangre. Rezó: “Padre mío, si es posible, pase este cáliz lejos de Mí; mas no como Yo quiero, sino como Tú” (Mt. XXVI:39). Y San Lucas agrega: “Y entrando en agonía, oraba sin cesar. Y su sudor fue como gotas de sangre, que caían sobre la tierra” (Lc. XXII:44).

Por lo demás, fue traicionado hasta la muerte por uno de sus amigos. ¡Ése sí que fue un golpe duro! Ya sentía bastante soledad sin esto: pero en su última prueba, uno de los doce Apóstoles, su amigo, lo traicionó, y los demás lo dejaron y huyeron; aunque luego San Pedro y San Juan cobraron un poco de valor y lo siguieron. Mas pronto el propio San Pedro incurrió en un pecado peor, negándolo tres veces. Cuánto afecto sintió por ellos, y cómo se les acercó con un movimiento natural del corazón a medida que se acercaba su prueba, aunque lo desilusionaron, se deduce a las claras de las palabras que les dirigió en la Última Cena: “Les dijo, de todo corazón he deseado comer esta pascua con vosotros antes de sufrir” (Lc. XXII:15).

Poco después de esto, comenzaron sus padecimientos; y tanto en alma como en cuerpo este Santo y Bendito Salvador, el Hijo de Dios y Señor de la vida, fue entregado a la malicia del gran enemigo de Dios y del hombre. Job fue entregado a Satán en el Antiguo Testamento, pero dentro de ciertos límites establecidos; en primer lugar no se le permitió al Maligno ponerle la mano encima, y más tarde, aunque sí herirlo, no quitarle la vida. Pero Satán tenía poder para triunfar, o lo que él creía que era triunfar, sobre la vida de Cristo, y por eso Él confiesa a sus perseguidores, “Esta es vuestra hora, y del poder de las tinieblas”. Su cabeza fue coronada y desgarrada con espinas, y magullada a fuerza de garrotes; su rostro fue ensuciado con salivazos; sus hombros fueron doblados bajo el peso de la pesada cruz; su espalda fue desgarrada y cortada a latigazos; sus manos y sus pies taladrados con clavos; su costado, a modo de injuria, herida con una lanza; su boca reseca con sed intolerable; y su alma tan entenebrecida que exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. XXVII:46). Y así colgó de la cruz durante seis horas, su cuerpo entero una llaga viva, expuesto casi desnudo a los ojos de los hombres, “sin hacer caso de la ignominia” (Hebreos, XII:2), vituperado, objeto de befa y maldecido por todos los que lo vieron. Por cierto que no hay ningún otro a quien se le puedan aplicar las palabras del Profeta al pie de la letra: “¿Oh vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved, si hay dolor como el dolor que me hiere! Pues Yahvé me ha afligido en el día de su ardiente ira” (Lam. I:12).

¡Qué mal se comparan nuestras penas con estas! ¡Cuán poca cosa es nuestro dolor, nuestras tribulaciones, nuestras persecuciones, comparados con estas a las que Cristo voluntariamente se sometió por nosotros! Si Él, que no tenía pecado, se sometió a esto, ¿qué tiene de admirable que nosotros los pecadores tengamos que soportar, si a mano viene, una centésima parte de tales cosas? ¡Cuán bajos y miserables somos, al comprenderlas tan poco, al impresionarnos tan poco con ellas! ¡Helás! si sintiéramos como debiésemos, por supuesto que en tiempos tales como los que se aproximan, estos serían motivo de pena mucho peor que la que podría provocarnos la muerte de un amigo, o su dolorosa enfermedad. En tales tiempos seríamos incapaces de experimentar placer en este mundo; habríamos perdido la capacidad de disfrutar de las cosas de la tierra; habríamos perdido el apetito, y nos habríamos sentido enfermos del corazón, y sólo por deber comeríamos, y beberíamos y cumpliríamos con nuestro trabajo. El Santo Tiempo en el que estamos a punto de ingresar sería una semana de duelo, como cuando hay un cuerpo muerto en la casa. En verdad, no podemos sentirnos así con sólo desearlo o creer que así debiese ser. No podemos obligarnos a sentirnos así. No exhorto a este hombre o a este otro a que así se sienta, pues no está en su mano. No podemos suscitar en nosotros sentimientos parecidos; y si podemos, sería mejor que no lo intentáramos, pues sería cosa de artificio y la afectación es siempre mala. Los sentimientos profundos no son sino concomitantes naturales y necesarios de un corazón santo. Pero aunque no podemos con nuestra voluntad sentir de esta manera, y de buenas a primeras, sí podemos emprender el camino que allí conduce. Podemos crecer en gracia hasta sentir así. Y mientras tanto, podemos observar una abstinencia exterior de los placeres inocentes y pequeños consuelos de la vida que nos preparan para sentir así. Podemos meditar sobre los sufrimientos de Cristo; y mediante esta meditación, gradualmente, a medida que pasa el tiempo, seremos conducidos a sentirlos profundamente. Podemos pedirle a Dios que haga por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos, que nos haga sentir; suplicarle que nos de un espíritu de gratitud, de amor, de reverencia, de humildad, de temor de Dios, de arrepentimiento, de santidad y una fe viva.                        
        

Fuente: Et  voilà!

Santoral Católico 23 de febrero

  • San Pedro Damián, Obispo y Confesor
  • Santa Marta de Astorga, Virgen y mártir
  • San Sereno, Mártir
  • San Alejandro Akimetes
  • San Dositeo
  • Santa Milburga, Virgen y Abadesa
  • San Lázaro, Monje

 
SAN PEDRO DAMIÁN
Obispo
y Confesor


 Asegúrote de cierto que de allí no saldrás
hasta que pagues el último maravedí-
(Mat., 5, 26)


Pedro quedó huérfano desde muy joven y fue enviado a casa de uno de sus hermanos, ya casado, quien lo trató duramente y lo mandó a cuidar cerdos. Un día encontró una moneda de plata y la empleó en hacer celebrar una misa por el alma de su padre. Dios recompensó su piedad filial. Otro de sus hermanos, llamado Damián, lo recibió en su casa y lo hizo estudiar. Más tarde, Pedro se unió a los Ermitaños de la Santa Cruz, entre los cuales se distinguió por la austeridad de su vida. Esteban IX lo nombró cardenal obispo de Ostia. Después de haber ilustra do su sede con sus eminentes virtudes, volvió a la soledad de Fuente Avellana. Murió en Faenza, en 1072, volviendo de Ravena, adonde el Papa lo había enviado a restablecer el orden y la obediencia a la autoridad pontificia.

 
MEDITACIÓN
SOBRE COMO ALIVIAR
A LAS ALMAS DEL PURGATORIO 

 
I. Debes socorrer a las almas del purgatorio con tus oraciones y tus buenas obras. La caridad te obliga a ello con relación a todos los cristianos, que son hermanos tuyos. Lo exige la justicia con relación a tus amigos ya tus parientes: te dejaron sus bienes con la condición que socorrieras a su alma. Acaso esté ella en el purgatorio por amarte demasiado; en cambio no tienes compasión por ellos, te diviertes mientras ellos arden en las llamas. Ten piedad de mí, ten piedad de mí, tú por lo menos, que eres mi amigo, pues me ha tocado la mano de Dios. (Job).

II. Tú puedes aliviar a estas almas santas haciendo celebrar misas, comulgando, ganando indulgencias, ayunando, orando a Dios por ellas. Ellas no pueden sacarse a sí mismas de ese lugar de dolor; pero pueden obtenerte gracias del Cielo aun estando todavía en el purgatorio. Socórrelas e invócalas en tus necesidades, y experimentarás los efectos de su poder y de su agradecimiento. 
 
III. Si haces esta caridad a los demás, Dios permitirá que los demás rueguen por ti después de tu muerte. No te fíes, sin embargo, en esto; haz tú mismo, durante esta vida, todo el bien que puedas hacer para expiar las penas que debes por tus pecados. Las limosnas, las penitencias, las buenas obras que hagas, mucho abreviarán tu purgatorio. No cuentes con tus herederos, acaso se olvidarán de ti una vez que ya gocen de tus bienes. Evita, cuanto puedas, los pecados veniales, puesto que son castigados tan rigurosamente en la otra vida. ¡Ay! ¡cuántos cometes cada día! 

 
La devoción a las almas del purgatorio
Orad por vuestros parientes difuntos.

 
ORACIÓN
 
Oh Dios todopoderoso, dignaos concedernos la gracia de seguir los consejos y ejemplos del bienaventurado Pedro, tu confesor pontífice, a fin de que por el desprecio de las cosas terrenales obtengamos los gozos eternos. Por I. C. N. S. Amén.
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