Nos oponemos al error con razones y esperamos lo mismo, de quien desee comentar una entrada. El recurso al ataque personal, el infundio y el lenguaje soez, no tienen cabida aquí. Los audios, imágenes y textos contenidos en este blog son gratuitos, por tanto, amable lector, es libre de disponer de ellos. Agradecemos mencionar la fuente, y rogamos orar por el administrador, de este sitio, que es un pobre pecador.

jueves 31 de diciembre de 2009

Santoral Católico 31 de diciembre

  • San Silvestre, Papa
  • Santa Columba de Sens, Virgen y Mártir
  • Santa Melania la Joven, Viuda
  • Beato Israel 


SAN SILVESTRE
Papa 

http://www.tradicioncatolica.com/images/santoral/1231-SAN-SILVESTRE.jpg
H e combatido con valor, he concluido la carrera,
he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar
la corona de justicia que me está reservada.
(2 Timoteo, 4, 7-8).


San Silvestre I se había distinguido por su celo y su caridad durante la primera persecución. Subió a la cátedra de San Pedro en el año 314, menos de un año después del edicto de Milán, que concedía la paz a la Iglesia. Recibió de Constantino el palacio de Letrán y en él estableció su morada, así como la basílica principal de Roma. El mismo año envió delegados al Concilio de Arlés, donde fueron condenados los donatistas, y después, en el año 325, al Concilio general de Nicea, que anatematizó a Arrio. Murió San Silvestre en el año 335.


MEDITACIÓN
TRES REFLEXIONES
SOBRE EL AÑO TRANSCURRIDO 

I. ¿Podría decir con verdad como San Pablo: He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe? Hete aquí al término del año; repasa en tu espíritu todo el bien y todo el mal que has hecho durante este año, y mira si tus buenas acciones son más numerosas que las malas. ¿Cuántos días transcurrieron sin que hicieras nada para Dios? Sin embargo, este año te fue dado únicamente para servirlo, para hacer penitencia de tus pecados y merecer el cielo mediante la práctica de las buenas obras.

II. ¿Dónde están ahora los placeres y los honores de que gozaste durante este año? ¡Todo ha pasado, y no te queda sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios por bienes pasajeros y falaces! ¿No es verdad que, al contrario, experimentas una gran alegría por el bien que hiciste tratando de agradar a Dios? Ya no experimentas el esfuerzo que tus buenas obras te costaron, y tienes la esperanza de ser recompensado por ellas. Tu vida pasará como este año, tus placeres pasarán tanto como tus trabajos, y el único consuelo que te quedará será haber servido al Señor. ¿Quién me devolverá este día, este año que perdí en la vanidad? (San Euquerio).

III. Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida. (San Agustín).


El pensamiento de la muerte
Orad por vuestros bienhechores.


ORACIÓN

Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Silvestre, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles 30 de diciembre de 2009

Fulton Sheen: Cristo Eterno en los Siglos



Radio Mensaje "Cristo Eterno en los Siglos"


Get this widget | Track details | eSnips Social DNA




Fuente Radio Cristiandad



Notas Biográficas


El 3 de octubre de 1979, en Estados Unidos, en la Catedral de San Patricio, en Nueva York, el Papa Juan Pablo II se acercó a Monseñor Sheen y le dijo casi al oído: «¡Has escrito y hablado bien de Nuestro Señor Jesucristo. Eres un hijo leal de la Iglesia!». Como si fuera una verdadera señal de que su camino en la tierra estaba cerca de terminar, Sheen, que por entonces tenía más de ochenta años, murió tres meses después, el 9 de diciembre del mismo año.

Nacido en Illinois, Estados Unidos, en 1895, este humilde y queridísimo arzobispo dedicó gran parte de su vida y de su entusiasmo a difundir la doctrina católica a través de los medios de comunicación masivos. Durante mucho tiempo, tuvo un programa de televisión propio que era visto por millones de personas de todo el mundo, en el que aclaraba dudas y defendía con energía, claridad y firmeza la fe cristiana. Recibía cientos de cartas por día y dedicaba horas enteras a responderlas, con una voluntad incansable, con el convencimiento de que aquel apostolado fructificaría tarde o temprano.

Dueño de un conocimiento de la filosofía envidable, Monseñor Sheen publicó decenas de libros que abordaron distintas tematicas religiosas y filosóficas. Uno de sus libros más célebres es «Paz en el alma», una recopilación de artículos leídos en la radio y en la televisión.

Fulton Sheen, que fue consagrado obispo en Roma en 1951, reúne en todos sus escritos una notable erudición, y domina temas tan distintos como la historia, el arte, la filosofía y la geografía. Su pluma no tiene nada de improvisada. Ferviente devoto de la Virgen María, consagró a la Madre de Dios muchos de sus escritos.

Actualmente, Fulton Sheen está en proceso de canonización. Lamentablemente, sus obras no se editan demasiado durante estos años. Si bien su bibliografía tuvo un marcado auge en las décadas del 50, 60 y 70, hoy por hoy sólo se reeditan algunos de sus ensayos, que siempre vale la pena leer.


Recomendamos de Fulton Sheen:

1. Vida de Cristo: aunque es un libro costoso y difícil de conseguir, es una excelente biografía fiel al Nuevo Testamento acerca de Nuestro Señor Jesucristo. El autor demuestra gran sabiduría sobre su persona y su obra.

2. Paz en el alma: Recopilación de artículos sobre diversos temas, muy amplios y que desarrollan aspectos poco conocidos sobre la doctrina cristiana.

3. El primer amor del mundo: libro dedicado a la Virgen María, en el que estudia su figura y su sobrenatural maternidad.


por Mariano Martín Castagneto


Fuente: conoZe

Santoral Católico 30 de diciembre

  • San Sabino, Obispo y Confesor
  • Santa Anisia, Mártir
  • San Anisio, Obispo de Tesalónica
  • San Egwin, Obispo de Worcester
  • Traslación del Apóstol Santiago (En España)



SAN SABINO
Obispo y Confesor



En esto conocerán todos que sois mis discípulos,
si os amáis unos a otros.
(Juan, 13, 35).


San Sabino, obispo de Asís, invitado a adorar una estatua de Júpiter, la tomó en sus manos y la arrojó al suelo, donde se hizo pedazos. el gobernador le hizo cortar las manos y lo condenó a morir en prisión perpetua. El juez a cuya guarda fuera confiado se convirtió al ver sus milagros y, a su vez, padeció el martirio poco después de la muerte de San Sabino. 


MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO


I. Se debe hacer al prójimo todo el bien que se pueda, asistirlo en sus necesidades materiales y espirituales. ¿Has cumplido durante este año este primer deber de la caridad cristiana? ¿Cómo has trabajado en la conversión de las almas, en la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales? ¿Cuántas ocasiones has perdido de acudir en ayuda de Jesucristo en la persona de tu prójimo? No te gloríes de amar a Dios si no amas a tu prójimo. Si alguien dice que ama a Dios y, al mismo tiempo, aborrece a su hermano, es un mentiroso. (San Juan).

II. Ten cuidado de no herir a tu prójimo con tus palabras o tus actos; el que ofende a su prójimo ofende a Jesucristo, porque lo que hicieres al menor de los hombres a Jesucristo mismo se lo haces. Ten buena opinión de los demás y juzga favorablemente sus acciones. ¿Has observado estos preceptos en el curso de este año? ¿Cuántas veces has desobedecido a tus superiores y dado motivo de descontento a tus iguales y a tus inferiores? ¿No tienes enemigos? Si los tienes, reconcíliate con ellos lo antes posible. 
 
III. En una palabra, ¿has tratado a los otros como quisieras ser tratado tú mismo? Quieres ser estimado, alabado, honrado, quieres que se te perdonen tus faltas y que se hable bien de ti: ¿tienes para con los demás la caridad que exiges de ellos? Sé familiar con tus amigos, afable y equitativo para con todos. Dios permitirá que se te trate como tú hayas tratado a los demás, y Él mismo usará contigo la medida que tú hayas usado con tu prójimo. No hagas a otro la que no quisieras que se te haga a ti.

 
El amor al prójimo
Orad por vuestros enemigos. 

 
ORACIÓN
 
Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, ved cómo el peso de nuestras obras nos abruma, y fortificadnos por la gloriosa intercesión de San Sabino, vuestro mártir y pontífice. Por J. C. N. S. Amén.

martes 29 de diciembre de 2009

Monseñor Lefebvre: ¿Por qué voy a Roma?




Conferencia de Monseñor Marcel Lefebvre
del 16 de enero de 1979 a los seminaristas de Ecône.



Queridos amigos, antes de seguir con las pocas explicaciones y conversaciones que pude tener ahí, en Roma, quisiera no obstante precisar un poco el por qué de las tratativas que estoy haciendo.

Temo que entre ustedes haya algunos que no lo comprendan bien, y que incluso no lo comprendan en absoluto. Lo lamento, porque —lo digo francamente— creo que es una tendencia al cisma. Los que creen que ya no debe tenerse ningún contacto más ni con Roma, ni con los obispos, ni con todo lo que se hace en la Iglesia, tienen una tendencia cismática. Ahora bien, yo no quiero deslizarme hacia el cisma. Quiero seguir siendo “hombre de Iglesia”, y si en la Iglesia se encuentran dificultades, peligros, pruebas, dolores, eso no da motivo para decir: “Yo ahora me voy, salgo, dejo. Que hagan lo que quieran. Yo me desvinculo de este grupo. Me voy”. Es una postura cismática. ¿A qué iglesia van? ¿A dónde? ¿A lo de quién? No importa. No hay más autoridad, no hay nada, nada, nada, nada.

No porque existan enfermos en torno de nosotros, en la Iglesia, porque la autoridad esté enferma, se debe decir que esta autoridad ya no exista. A pesar de que está enferma, precisamente por eso, hay que tratar de mostrarle el remedio, e intentar hacerle algún bien. Esta fue la actitud de los que, en la Iglesia, a lo largo de la historia, resistieron a Roma, al Papa, a los obispos, a las herejías que se sucedieron en la Iglesia, que se difundieron en la Iglesia, a través de la Iglesia.

Hacer eso es muy fácil, es demasiado simple, porque entonces ya no hay más combate. Diría que ya no hay más espíritu pastoral, no hay más espíritu sacerdotal. Se flaquea, se marcha, se abandona el combate, se va, y se deja a los demás para que luchen solos. Esto es pura y simple cobardía. Es abandonar el combate, abandonar el deseo de procurar el bien de los demás; porque aun cuando los otros estén enfermos, a pesar de que sean superiores, uno tiene el deber de advertirles —es lo que dice Santo Tomás— en forma respetuosa y firme respecto a los errores de los que son culpables. Si uno dice “Yo ya no reconozco a los superiores. Se acabó. No hay más superiores, no tengo más superiores. No tengo a nadie. Me voy, me quedo solo y hago lo que quiero, etc.” Pero, ¿por qué están aquí, ustedes, seminaristas que tienen esta actitud? Es mejor que se vayan, que no se queden aquí, no vale la pena. Si ustedes quieren o prefieren no tener superiores y vivir sin superiores, así no más, como en la naturaleza…

Es muy grave, muy grave, porque ustedes me plantean un problema de conciencia, porque me pregunto si puedo ordenar a seminaristas que tienen esas disposiciones. Es absolutamente necesario luchar contra este espíritu. Es un mal espíritu. Es un espíritu que no es cristiano, que no es un espíritu sacerdotal. Hay que tener cuidado con eso. Ya lo dije, lo repetí, lo digo nuevamente, pero algunos se encierran en su mentalidad y no quieren saber nada. Por eso digo que a mí se me plantea un problema de conciencia, para saber si debo o no ordenarlos. ¡Así es! ¿Qué quieren? Porque yo ordeno sacerdotes, ordeno misioneros, ordeno gente que quiere convertir al mundo entero, ordeno gente que quiere ir a través del mundo, para tomar contacto con cualquiera, con los comunistas, con los protestantes… para hablar con ellos, convertirlos, llevarlos a la gracia, a Nuestro Señor Jesucristo.

Es evidente que a veces se tienen que cerrar las puertas. Está claro que no se debe dar la comunión a los protestantes: eso es evidente. No se debe aceptar ni ordenar gente que no tiene fe: es evidente. Pero es distinto. Es distinto administrar las cosas sagradas a los que no tienen fe. Es otra cosa, no se trata de eso. Se trata de convertir la gente, de llevarlos a Jesucristo. Precisamente, es lo contrario del ecumenismo. Exactamente: de este falso ecumenismo. Es lo contrario. Somos misioneros. No somos ecumenistas. No queremos confundir todas las nociones y hacer un compromiso entre los protestantes, los católicos, y los otros… mezclar todo. No queremos eso. No lo queremos.

Queremos profesar nuestra fe. Queremos actuar de tal manera, que la gente se prepare para recibir la gracia del bautismo o de la abjuración de sus errores. Por eso voy a Roma. Voy a Roma, creo, como Santa Juana de Arco iba hacia los que la condenaban, al tribunal que la condenaba. No pretendo tener la fortaleza de Juana de Arco, ni su virtud; pero en definitiva, pienso que el Buen Dios me ayudará a hablar ante esta gente, ante los que me interrogan, para decirles la verdad. Si no la quieren, no la quieren. Es todo. No pasa nada. No me hace cambiar.

Es increíble. Es un espíritu destructor y muy desagradable, porque mata el espíritu misionero. Entonces se dice: “Monseñor no debería ir a Roma. No debería ir a Roma porque no son nada, y por lo tanto, no hay que visitarlos”. Pero, ¿qué es esto? “No son nada. Nada”. ¡Es inimaginable! No. En todo caso, no es el espíritu de esta casa. No es el espíritu de la Fraternidad. No quiero que éste sea el espíritu de la Fraternidad. Siempre dije a los que me preguntaron “¿Piensa Ud. que puedo ir a visitar a mi obispo?” Siempre contesté: “Sí. Si Ud. convierte a su obispo, si tiene la intención de convertirlo —por supuesto, no la intención de hacerse convertir por él a sus ideas, si él es liberal—”.

— “Pero, Monseñor, ¿visitarlo?”

— “Sí. Si Usted tiene la oportunidad, vaya a visitarlo”. Si ustedes tienen la oportunidad de visitar a su obispo —no digo que haya que buscarlo y estar permanentemente en la casa del obispo…—, y si su obispo les dice: “Me gustaría hablarle, verlo, encontrarme con Ud”. [Entonces, respondan:(1)] “¡Con mucho gusto Monseñor!” [El obispo:] “¡Ud. no tendría que ir a Ecône! Ecône es cismático. Ecône es eso, y lo otro…” Entonces ustedes pueden discutir y decirle lo que es Ecône. Le pueden decir cuál es su fe, pueden hablar de la defensa de la fe católica. Pueden decir que en Ecône se hace lo que siempre se hizo. Por lo tanto, si Ecône es cismático, la Iglesia de dos mil años es cismática, y todo lo que se hizo antes está mal, y… ¡todo lo que él mismo hizo cuando era joven también está mal!

Así es. Se conversa con él. Y muchas veces, por el solo hecho de haberlos visto a ustedes, si ustedes mantuvieron una actitud respetuosa, deferente, pero a la vez firme en cuanto a los principios —una vez más, con deferencia—, aunque, aparentemente, cuando se vayan, tengan la impresión de que no ha comprendido nada, que está en contra de ustedes y que los condena totalmente: desengáñense.

Quizás piense, después, cuando reflexione: “Con todo, tengo que reconocer que este seminarista está bien formado. Además, es respetuoso, firme en sus principios”. ¡No les va a decir eso cara a cara! No. Pero tal vez lo piense después, en su interior. Entonces ustedes le pueden hacer algún bien. ¡Le pueden procurar algún bien! Por eso, no digamos: “¿Para qué visitó a ese obispo? ¡Es un hereje, un cismático, etc.!” ¿Qué quieren? ¡Hay que vivir con la gente con la que Dios nos hace vivir! El mundo de hoy es nuestro mundo. No vivimos en un mundo imaginario. Vivimos en el mundo real. Entonces, ¡hay que tener cuidado! (…) Todos los autores espirituales les hablan de este espíritu, que no es un espíritu de caridad. Un espíritu que pone la caridad donde no está.(2)





Notas

1. Ahí, Monseñor Lefebvre imagina un diálogo entre el seminarista y el obispo que fue a visitar. Lo que está entre corchetes no es de Monseñor Lefebvre (Nota del Traductor).

2. Después, para ilustrar sus afirmaciones, Monseñor Lefebvre cita los libros de Don Marmión, Don Chautard (El Alma de todo apostolado), Garrigou-Lagrange y la primera encíclica de San Pío X, “E supremi apostolatus” (Nota del Traductor).

Santoral Católico 29 de diciembre

  • Santo Tomás Becket, Obispo y Mártir
  • San Marcelo Akimetes, Abad
  • San Trófimo, Obispo de Arles
  • San Ebrulfo, Errulfo o Evroult, Abad
  • Beato Gerardo de Valenza Po, Religioso


SANTO TOMÁS BECKET
Obispo y Mártir 


El que guarda los mandamientos
mora en Dios, y Dios en él.
(1 Juan, 3, 24). 


Nacido en Londres en 1118, Santo Tomás Becket estudió en Oxford y en París. Llegó a ser canciller de Inglaterra bajo el reinado de Enrique II y después arzobispo de Cantorbery en 1162. Fue perseguido por el rey por haber defendido las inmunidades de la Iglesia y se retiró a Francia por espacio de siete años, alimentándose de legumbres, acostándose en el duro suelo y llevando siempre un cilicio. Intervino una reconciliación y Santo Tomás fue finalmente restablecido en su cargo; pero, cuatro semanas después de su vuelta a Inglaterra, fue asesinado al pie del altar, en 1170. Enrique II protestó no haber ordenado este crimen y fue descalzo a su tumba al año siguiente. 

 
MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS 

 
I. Meditemos en estos tres últimos días del año, acerca de nuestros deberes para con Dios, para con el prójimo y para con nosotros mismos. Has sido creado para amar a Dios sobre todas las cosas; éste es tu único quehacer, todo lo demás nada es. Dime, por favor, ¿qué has hecho durante este año? Examina tus acciones, tus pensamientos y tus palabras. De días pasados, de tantas horas transcurridas, s has consagrado al servicio de Dios? ¡Oh gran Dios! ¡Vos queréis hacerme dichoso eternamente, y yo rehúso serviros durante los pocos momentos que me quedan de vida! 
 
II. ¿Qué has hecho contra Dios? ¿Cuántas veces has desobedecido a sus mandamientos y rechazado sus inspiraciones? ¿Cuántas veces has abusado gracias y profanado sus sacramentos? Interroga a tu conciencia, y di con David: "Contra Vos solo, Dios mío, he pecado". He guardado las apariencias, he querido contentar a los hombres con una devoción de puro alarde, pero no he podido con ello contentar a Dios que ve hasta el fondo de mi alma. He pecado contra Vos solo y he hecho el mal en vuestra presencia. (El Salmista). 
 
III. ¡Cuántas cosas pudiste hacer por Dios y no hiciste! Y sin embargo ¿Pudo acaso Dios hacer por ti más de lo que hizo? Pongamos, pues, manos a la obra, demos al Señor el resto de nuestra vida. Bastante hemos trabajado para nuestro cuerpo y para la tierra, hagamos algo para nuestra alma y para el cielo. Hemos dado un año a nuestro cuerpo, demos algunos días a nuestra alma; vivamos un poco para Dios, después haber vivido tanto para el siglo. (San Pedro Crisólogo). 

 
El amor de Dios
Orad por el Papa. 

 
ORACIÓN
Dios, que habéis visto caer al glorioso pontífice Tomás bajo la espada de los impíos por la causa de vuestra Iglesia, haced, os lo conjuramos, que todos imploran su auxilio obtengan el efecto saludable de sus ruegos. Por J. C. N. S. Amén.

lunes 28 de diciembre de 2009

Santoral Católico 28 de diciembre

  • Los Santos Inocentes, Mártires
  • San Teodoro El Santificado, Abad
  • San Antonio de Lérins, Monje


LOS SANTOS INOCENTES
Mártires

Herodes mandó matar a todos los niños que había
en Belén y en toda su comarca, de dos años abajo.
(Mateo,2, 16)


Había Jesús nacido en Belén, y los magos vinieron de Oriente a la corte de Herodes para averiguar dónde acababa de nacer "el rey de los judíos". Turbóse Herodes, y, habiendo convocado a los príncipes de los sacerdotes, les preguntó donde debía nacer el Cristo. Llamó después a los magos en secreto y les dijo: "Id, informaos con cuidado acerca de este niño, y cuando lo hayáis encontrado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo". Pero los magos, advertidos por el Cielo, no volvieron. Se enfureció Herodes e hizo degollar a todos los niños de Belén y sus alrededores, hasta la edad de dos años. Este bautismo de sangre envió muchos ángeles al cielo.

 
MEDITACIÓN
SOBRE LA FIESTA
DE LOS SANTOS INOCENTES

 
I. Estos niños vertieron su sangre por Jesucristo antes de conocerlo. Hace ya tantos años que tú conoces a Dios y los beneficios con que te ha colmado, y ¿cómo lo has servido? Dale la flor de tu vida, conságrale a su servicio tus mejores años, como los santos inocentes. ¡Dichosos niños, no pueden aún pronunciar el nombre de Cristo, y ya merecen morir por Él! (San Eusebio).
 
II. No es hablando, sino sufriendo y muriendo, como estas primicias de los mártires, estas flores de la naciente Iglesia confesaron la fe de Jesucristo. A menudo Dios pide que tú lo confieses callándote y sufriendo. Te calumnian, te persiguen: sufre, cállate. ¡Ah! ¡cuán elocuente testimonio de tu fidelidad es esta paciencia muda! En vano dices que eres totalmente de Dios: corresponde que lo digan tus acciones; trabaja por Dios, sufre por amor suyo.
 
III. Debes ser inocente como estos niños si quieres entrar en el cielo: Si perdiste la inocencia bautismal, es preciso que laves tu alma en las amargas aguas de la penitencia. Ojos míos, derramad vuestras lágrimas para extinguir el fuego del infierno y aun del purgatorio, y para lavar mis pecados; porque nada que esté sucio entrará en el reino de los cielos. ¡Dichoso si a semejanza de estas santas almas, podemos obtener la corona del martirio! Esta edad, todavía no apta para la lucha, está ya madura para la victoria. 


La pureza
Orad por los niños de China. 

 
ORACIÓN
Oh Dios, cuyos Inocentes mártires publican hoy la gloria no con sus palabras sino con su sangre, haced morir en nosotros los vicios todos, a fin de que la santidad de nuestra vida venidera proclame la fe que confiesan nuestros labios. Por J. C. N. S. Amén.

domingo 27 de diciembre de 2009

Evangelio del domingo

Domingo en la Octava de Navidad
D.- Rojo



http://www.espanolsinfronteras.com/im%C3%A1genes/%C3%8Dndice%20de%20Biograf%C3%ADas%20-%20Esteban%20Murillo%20-%20La%20hu%C3%ADda%20a%20Egipto.jpg


+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (II, 13:18).
En aquel tiempo: El Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: "Desde Egipto llamé a mi hijo". Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías:"En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen".

Credo

Santoral Católico 27 de diciembre

  • San Juan, Apóstol y Evangelista
  • Santa Fabiola, Matrona
  • Santa Nicareta, Virgen
  • Santos Teodoro y Teófanes

SAN JUAN
Apóstol y Evangelista



Pedro vio venir detrás al discípulo
amado de Jesús,
aquél que en la Cena
se reclinara sobre su pecho.

(Juan, 21, 20)

San Juan era todavía joven cuando siguió a Jesús. Fue su discípulo predilecto a causa de su inocencia, asistió a su transfiguración, se recostó en su pecho en la última Cena, subió con Él al Huerto de los Olivos, y recibió a María como Madre, ayudó a sepultar al Salvador y acudió el primero con Magdalena a su tumba el día de su resurrección. Después de la Ascensión, fue a predicar el Evangelio al Asia Menor y se estableció en Éfeso con la Santísima Virgen. Conducido a Roma en el año 95, bajo Domiciano, y arrojado a una caldera de aceite hirviendo, salió de ella sano y salvo y fue desterrado a la isla de Patmos, donde compuso el Apocalipsis. De vuelta a Éfeso, escribió contra los gnósticos su Evangelio que, con sus tres Epístolas, es el inflamado código de la caridad. Sobrevivió a todos los otros Apóstoles.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN JUAN


I. He aquí al amigo íntimo de Jesús, aquél que descansó sobre su pecho en la última Cena, y a quien el divino Salvador hizo partícipe de sus más grandes secretos. La primera condición de una verdadera amistad es no tener secretos para el amigo. ¿Está abierto tu corazón para Jesús? ¿No tomas ninguna resolución sin haberlo consultado? En todo tiempo puedes penetrar en su corazón por la adorable llaga de su costado; ¡Y Él no puede hacerlo en el tuyo, lleno como está totalmente de las creaturas! Os amo, oh Dios mío, y deseo amaros siempre más. (San Agustín).

II. La segunda cualidad de la amistad es compartir con el amigo lo que se posee. Ahora bien, Jesús durante su vida dióse todo entero a San Juan y, al morir, le dio a su madre. "Hijo mío, dijo, he aquí a tu Madre". San Juan se había dado por entero a Jesús, había abandonado todo para seguirlo. Date del mismo modo todo entero a Jesús, si quieres ser su amigo. ¿A quién destinas tu corazón? el mundo es indigno de poseerlo. ¿Qué has dado a Jesús en retribución de su ternura? ¿Le has consagrado tu cuerpo, tu voluntad, tu inteligencia, en una palabra todo lo que eres y todo lo que posees?

III. En fin, la tercera cualidad de la amistad es la semejanza: el amor hace semejantes a los amigos, si ya no lo son. Fue también este amor el que hizo a San Juan semejante a Jesús, lo hizo también hijo espiritual de María. Jesús te amará, si te asemejas a Él. Para lograrlo, es menester, no que te recuestes visiblemente sobre el corazón de Jesús, sino que Jesús venga a tu corazón, y que no tengas tú otra voluntad que la suya. Tener los mismos gustos, y las mismas repugnancias, he ahí la verdadera amistad. (San Jerónimo).


El amor de Dios
Orad por el aumento de la caridad.


ORACIÓN

Dignaos, oh Dios de bondad, derramar sobre vuestra Iglesia los rayos de vuestra luz celestial, a fin de que iluminada con las enseñanzas de San Juan, vuestro Apóstol y Evangelista, alcance las recompensas eternas. Por J. C. N. S. Amén.

sábado 26 de diciembre de 2009

Comentario Monseñor Williamson: Temor Navideño

 





  COMENTARIOS ELEISON 129 
(26 de diciembre del 2009):


Así es que el Día de Navidad ha llegado y se ha ido una vez más, recordándonos el gozo inmenso que Nuestro Señor trajo al mundo entero a través de Su Encarnación y Nacimiento, pero especialmente a su Madre. Por fin ella lo abraza seguro en sus brazos en donde tiende a Él como cualquier madre humana, pero en donde ella también le adora como su Dios. ¡Ay, Dios mío!, cualquiera que tenga la mínima noción de la religión ¿no puede lamentarse de cómo el mundo a nuestro alrededor se aprovecha del gozo, pero en gran medida se olvida del Dios?

 

A este respecto, el gozo de la Navidad hoy en día se asemeja a la sonrisa del "Gato Rizón" de "Alicia en el País de las Maravillas", especialmente en las naciones capitalistas (pero Pío XI observaba ya en 1931 que el capitalismo se estaba extendiendo a través del mundo --- encíclica "Quadragesimo Anno", 103-104). Los lectores de esta obra literaria recordarán como la sonrisa del Gato aún podía ser vista cuando el resto del Gato ya había desaparecido. La substancia puede irse, pero los efectos permanecen, a lo menos por algún tiempo. La creencia en el Divino Niño está siendo disuelta constantemente, gracias, especialmente, al Vaticano II; sin embargo, el gozo navideño permanece. Esto es debido en parte a que Dios, en su suprema generosidad, conmemora cada año el Nacimiento de su Hijo entre los hombres con un caudal de gracias actuales a las cuales muchas almas responden siendo más gentiles de lo que usualmente son en cualquier otra temporada del año. Pero también se da este gozo por el simple hecho de que a la gente le gusta gozar, lo cual es poco fiable.

 

Porque, mientras la adoración verdadera de Dios sigue desapareciendo y con ella cualquier entendimiento de lo que la venida del Salvador significó, es decir la posibilidad de entrar a nuestra felicidad eterna. Así el gozo de la Navidad está siendo reducido al comercialismo y la parranda que todos conocemos. La sonrisa no podrá sobrevivir al Gato indefinidamente. Aún los sentimientos más gozosos no podrán sobrevivir indefinidamente sin su objeto. Si Jesucristo no es Dios, por lo menos el real y único Salvador de la humanidad, ¿por qué habríamos entonces de sentir gozo por su nacimiento? Gusto muchísimo de mis sentimientos gozosos, pero si están basados en sí mismos, tarde o temprano se colapsarán, dejando tras ellos  únicamente un sabor amargo de desilusión. Puede ser que me encanten los sentimientos de Navidad, pero si estoy reaccionando a mis emociones en lugar de lo en que éstos están basados, me estoy encaminando a uno u otro colapso de mis emociones.

 

He aquí la diferencia entre sentimentalismo y sentimientos. Nuestro Señor estaba lleno de sentimientos, cuando por ejemplo se encontró con la viuda de Naim, afligida por la muerte de su único hijo que estaba siendo llevado a la tumba (Lucas, VII, 11-15), pero no había en Él ni siquiera la mínima sentimentalidad (ni, digo yo, en el "Poema del Uomo-Dio"), porque Nuestro Señor nunca buscaba los sentimientos por sí mismos. Sus sentimientos siempre estuvieron basados directamente en un objeto real, por ejemplo la pena de la viuda, lo que en su mente forjó una imagen vívida de cómo sería la desolación de su propia Madre cuando Él mismo sería cargado a la tumba.

 

El subjetivismo es la plaga de nuestros tiempos. Según eso, un hombre rechaza la realidad objetiva para poder entonces re-estructurarla como a él le gusta subjetivamente dentro de sí mismo. El subjetivismo es el corazón y el alma del neo-modernismo que hoy en día está desolando a la Iglesia. Y el subjetivismo, al cortar la relación entre la mente y el objeto exterior, necesariamente engendra sentimentalismo en el corazón, porque saca del corazón todo objeto externo que pueda servir como base de sus sentimientos. La Navidad de los capitalistas terminará siendo disuelta por el sentimentalismo. O los hombres regresan al Dios verdadero, a Nuestro Señor Jesucristo y a la verdadera  importancia de su Nacimiento, o el colapso de algunos de nuestros sentimientos más gozosos, los de la Navidad, se ponen en riesgo al dejar lo poco que queda de la "Civilización Occidental" con un motivo más como fundamento de esta amargura que está empujándola a su suicidio.

 

Kyrie eleison.

Santoral Católico 26 de diciembre

  • Nuestra Señora del Rosario de Andacollo (Chile)
  • San Esteban, Protomártir
  • San Dionisio, Papa
  • San Zósimo, Papa
  • San Arquelao, Obispo de Kashkar
  • Beata Vicenta María de Vicuña, Virgen Fundadora



NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
DE ANDACOLLO
(Chile)


 


En medio de las últimas ramificaciones de los Andes occidentales, como un diminuto oasis entre las secas, abruptas y áridas tierras del contorno, Andacollo es un pueblecito minero cuyos orígenes se remontan a la época precolombina. Desde muy antiguo es famoso el subsuelo, rico sobre todo en oro y cobre. Todavía hoy son famosos los lavaderos de oro, principal ocupación de sus habitantes. Su nombre es de raíz incaica, como consecuencia de una invasión ocurrida en el siglo xv antes de la conquista, al exclamar uno de los principales, asombrado por la abundancia de pepitas de oro a flor de tierra. "Anta-coyo", que en lengua quichua quiere decir "reina del cobre". Tal etimología es la que presenta Oviedo en su Historia Natural de las Indias y mantienen hoy los más serios historiadores. 

La cristianización de Andacollo data de Francisco de Aguirre, capitán de Valdivia, que estuvo personalmente en las minas, adonde volvió en su vejez para terminar en una vida pacífica. 

En cuanto al origen de la veneración a María, dice la tradición que hubo una primitiva imagen, traída por los españoles de Francisco de Aguirre en 1544 cuando llegaron a este lugar para evangelizarlo, y que fue tallada por uno de los mismos expedicionarios. Tal imagen, con motivo de una invasión de los indios de Copiapó, a la que sobrevivieron tan sólo dos españoles, fue escondida en los cerros del mineral, temerosos aquéllos de verse privados de tan estimada joya. Poco después, ya en la segunda mitad del siglo XVI, fue recuperada por un indio mientras cortaba leña o cavaba mineral. La llevó a su choza para ofrecerle culto, y a causa de sus prodigios, divulgados por la comarca, se hizo cargo de ella la autoridad eclesiástica, que le erigió una capilla. 

Pero nuevamente se pierde el rastro de la primera imagen, lo que debió de dar lugar a designar a San Miguel como titular de la iglesia. Ocurría esto en tiempos del párroco Alvarez Tobar, que en 1676 encargó otra imagen a un escultor de Lima y restableció su culto con la que hoy conocemos. Mide la imagen, "tallada en madera de cedro, como una vara y media, y su rostro es pequeño, de tinte moreno y ojos que parecen despedir una dulzura melancólica." Todo el ropaje estaba tallado en la misma madera, compuesto por una túnica de color rosado y un manto adornado de estrellas, hasta que la inevitable tendencia del siglo XIX mutiló la talla del busto para cubrirla de ricos vestidos y joyas con que hoy la admiramos. 

Aquella primitiva capilla, una empalizada con techo de paja, a que hemos hecho referencia, fue sustituida, también en la época del párroco Alvarez Tobar, por otra que persistió hasta el siglo XVIII, en que, por disposición del obispo de Santiago, don Manuel Alday, se llevó a cabo la edificación de otro templo más digno, residencia actual de Nuestra Señora y de su tesoro, en el que se exhiben, por lo que se refiere a España, sendas casullas regaladas por Carlos III e Isabel II y un vestido de gala ofrecido por la infanta Isabel, hermana de Alfonso XII. 

En 1873, y por iniciativa del obispo de La Serena, de cuya ciudad dista Andacollo 57 kilómetros, fue erigida una basílica de gran dignidad arquitectónica y capaz de albergar las grandes peregrinaciones que se congregan en los actos solemnes, cuando la imagen se traslada a la basílica desde el santuario de su habitual residencia. Desde 1900 ambos constituyen una parroquia a cargo de los padres del Corazón de María, a quienes se debe una gran labor apostólica y de expansión del culto a Nuestra Señora de Andacollo, cuyo primer fruto fue la coronación canónica de la misma por León XIII en 26 de diciembre de 1901, siendo presidente de Chile el excelentísimo señor don Germán Riesco. 

Pero lo más emotivo y diferenciador del culto a Nuestra Señora del Rosario de Andacollo es la manera de manifestarse la piedad de sus devotos. Sin duda alguna, uno de los aspectos más humanos del amor de María consiste en querer verse venerada en cada pueblo o región mediante la exteriorización jubilosa de las costumbres y tradiciones arraigadas en cada lugar. Es como si la Virgen se sintiera nacida en cada aldea y prefiriera lo castizo y popular, como si esto fuera una recordación de una infancia pueblerina deseada. Dentro de las más honda fe y sentida piedad (depurada de desviaciones profanas a lo largo de los siglos por la labor formadora de los sucesivos prelados), la devoción de la Virgen en Andacollo consiste en el ofrecimiento que hacen durante los días de su festividad múltiples comparsas de danzas. 

Los primeros testimonios de los bailes de Andacollo datan de 1585. Son los llamados de indios o chinos; su indumentaria está formada por anchos calzones rojos, camisa blanca y faja de mineros, adornada después con espejuelos y lentejuelas. Tocan clarinetes de madera y tambores. Sus bailes se caracterizan por movimientos lentos, monótonos, inclinaciones y reverencias y saltos espectaculares. 

Otro género de danzantes, del que se tienen noticias desde 1752, es el llamado de los turbantes de La Serena, constituido por hombres piadosos y probos. Van de blanco, con sombrero cónico, del que salen cintas de diferentes colores. Sus bailes, por el contrario, son rápidos, violentos. Bailan nada más los llamados alféreces, provistos de espadas, mientras los demás componentes evolucionan en torno, uno a uno, dando sorprendentes volteos hasta ocupar sucesivamente el último lugar de la fila. Los instrumentos que tocan son agudos. 

El baile de danzantes, tercera especie de la que se tienen referencias desde 1798, se caracteriza por su vistosa y llamativa indumentaria, con profusión de abalorios, y tanto sus bailes como sus sones son más variados y armoniosos. 

Cada uno de estos grupos está dirigido por el llamado " cabeza de baile", designación que se mantiene por herencia, y al frente de todas las comparsas está el llamado pichinga, jefe supremo de la danza de Andacollo, cuya autoridad es respetada religiosamente. Todos los años, el 25 de diciembre, arriban al pueblecito del mineral de Andacollo las numerosas comparsas de bailes que, peregrinos de la Virgen de la Montaña, vienen a rendir homenaje. Se reúnen junto a los muchos millares de devotos procedentes de la Argentina y Bolivia, como antiguamente, cuando los caminos de Río Elqui y Humalata, Río Hurtado y La Serena, en que, después de anteriores jornadas de ascenso por la quebrada montaña, llegaban a la Cruz Verde, a más de mil metros sobre el nivel del mar, y desde donde, tras corto descenso, se alcanza el santuario. 

El amanecer del 25 coincide con la llegada a las puertas del templo para hacer ante la Virgen la presentación oficial con sus trajes de gala. Van sucediéndose las comparsas hasta situarse en un lugar determinado en el momento de aparecer la imagen a las puertas del santuario. Entonces comienzan las danzas; es un verdadero espectáculo de griterío, mezclado con los más opuestos sones de instrumentos, escobilleo de pies, inclinaciones y gigantescas cabriolas, estandartes que se alzan, batutas que bajan y suben, espadas en agitación. Es todo un complejo, confuso pero previsto desorden, cuya expresión única infunde un sentimiento de primitiva melancolía y fe, hasta desbordarse la contenida emoción. Luego, de cada comparsa se adelanta un representante, portavoz de un discurso o deprecación piadosa, que expresará ante la imagen de la Virgen. Recitan de memoria o improvisan, con la seguridad y la gracia del espíritu popular y ferviente; muestran su agradecimiento por los favores especiales recibidos, claman tristes plegarias por los cofrades desaparecidos, cuya salvación encomiendan, o hacen el ofrecimiento de nuevos miembros. Piden por las familias, la Iglesia y la patria, y los espontáneos versos de su expresión religiosa contagian la emoción de la multitud que escucha. 

Llega luego el día 26, festividad de Nuestra Señora de Andacolio. Desde la una a las seis de la tarde siguen las danzas, turnándose las diferentes comparsas dentro de un orden establecido. Comenzada seguidamente la procesión, las comparsas forman carrera de honor para escoltar a la imagen. Cincuenta danzas compuestas por más de mil quinientos hombres. Es una clamorosa profusión de color, cintas ondulando en los aires, espejuelos que reflejan su brillo. Todo el mundo, con la atención contenida, está pendiente de que aparezca la Virgen por la puerta del santuario. Y en tal momento, como movidos por una inspiración, las filas de hombres se agitan y levantan, se doblan en vaivenes multitudinarios ; se mezclan los sones de las danzas, distintos en su ritmo, pausados, agudos y roncos. Los turbantes evolucionan con parsimonia, los danzantes escobillean y bailan vertiginosamente, los chinos semejan acróbatas arrebatados. 

De este modo expresan su amor a María sus fervientes devotos chilenos. No importa el origen incaico de estas danzas, ni su lejano sentido de superstición religiosa, si luego ha ido honestamente cristianizado. Es la expresión sincera, natural y viva de un sentimiento mariano. Ella misma, la Santísima Virgen de Andacolla, ha dado muestras naturales de su aceptación y preferencia por tales manifestaciones de culto popular, aprobado por la jerarquía eclesiástica. De las danzas de otros tiempos, mezcladas con actividades verdaderamente profanas y hasta escandalosas, queda hoy un espíritu cristiano y un sentido católico, hasta el punto de que son mayoría los cofrades que celebran estos días santos con procesiones eucarísticas, comuniones y novenas. Andacollo es en tales días un lugar en donde Dios está cerca, presente, a través de las gracias de su Madre; se respira entonces el sacrificio, la hermandad y la piedad sencilla, y no la sensualidad, el desorden y la impiedad que en otros tiempos se mezclaron. Estas danzas, que en Chile no tuvieron nunca contaminaciones idolátricas —por la idiosincrasia de su indigenismo y la formación de sus colonizadores—, tienen hoy un carácter religioso de agradecimiento, de expiación y de generosidad.

Dentro de la abundancia amorosa de María, puesta de manifiesto en múltiples milagros a lo largo de estos siglos de veneración, y muy concretamente en probados milagros —los más recientes— a raíz de ser coronada, tienen especial interés las promesas y favores relacionados con el valor religioso y devoto de sus danzas; es corriente el caso de los prometedores, que estiman más valioso en ellos prometer estar toda la vida en una comparsa que realizar otros actos de piedad distintos. Recordamos el caso de un niño que, ciego a los cinco años, sanó a los ocho por promesa de su madre de consagrarle al servicio de la Virgencita de Andacollo, y, por consejo del propio párroco, la cambió por la de servir en la comparsa de su pueblo, cosa que llevó a cabo durante treinta y siete años.


JUAN MANUEL LLERENA

viernes 25 de diciembre de 2009

Santoral Católico 25 de diciembre

  • La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo
  • Santa Eugenia, Virgen y Mártir
  • Los Numerosos Mártires de Nicomedia
  • Santa Anastasia, Mártir
  • Beato Pedro El Venerable, Abad
  • Beato Japone deTodi, Penitente

LA NATIVIDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en la posada.
(Lucas, 2, 7).


Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así sin saberlo el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de. Dios ya los humildes en la persona de los pastores, que acudieron ala gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!

MEDITACIÓN SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS


I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿c6mo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).

II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.
III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios, Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil. (San Paulino).


La humildad
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

jueves 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad








Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor
Lucas II, 2:11



En estos tiempos de apostasía, en que la obscuridad se cierne sobre nosotros, la luz de Cristo brilla intensa para regocijo de nuestros corazones, en verdad alegrémonos porque un salvador nos ha nacido. Feliz navidad

Marcelino







Adeste , fideles,




Adeste fideles laeti, triumphantes,
Venite, venite in Bethlehem:
Natum videte Regem Angelorum:
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.





En grege relicto, humiles ad cunas,
vocatis pastores approperant.
Et nos ovanti gradu festinemus.
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.





Aeterni Parentis splendorem aeternum,
Velatum sub ccrne videbimus
Delum Infantem, pannis involutum.
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.





Pro nobis egenum et foeno cubamtem,
Piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis nos redamaret?
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.



Acudid, fieles, alegres, triunfantes
venid, venid a Belén

ved al nacido Rey de los ángeles

Venid adoremos

venid adoremos al Señor.



He aquí que dejado el rebaño,

los pastores llamados se acercan a la humilde cuna

y nosotros nos apresuramos con paso alegre.

Venid adoremos

venid adoremos al Señor.



El esplendor eterno del Padre Eterno

lo veremos oculto bajo la carne

Al Dios Niño envuelto en pañales.

Venid adoremos

venid adoremos al Señor.



Por nosotros pobre y acostado en la paja

démosle calor con nuestros cariñosos abrazos

A quien así nos ama ¿quién no le amará?

Venid adoremos

venid adoremos al Señor.


Santoral Católico 24 de diciembre

  • San Delfín, Obispo y Mártir
  • Santas Tarsila y Emiliana, Vírgenes
  • San Viator y San Justo, Penitentes
  • San Gregorio de Espoleto, Mártir
  • Santa Irmina, Virgen
  • Santa Adela, Viuda
  • Beata Paula Cerioli, Viuda, Fundadora


SAN DELFÍN
Obispo y Mártir

Preparad el camino del Señor ,
enderezad sus sendas.(Lucas, 3, 4).

San Delfín, obispo de Burdeos, combatió el error de los priscilianistas con celo ardiente y extraordinaria ciencia, particularmente en el sínodo de Zaragoza, que condenó a estos herejes, en el año 380, y en el de Burdeos, en el año 385. Mantuvo correspondencia con San Ambrosio y sobre todo con San Paulino de Nola, a quien tuvo el honor de conducir a la fe y de bautizar. Murió en el año 404.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS VÍSPERAS DE NAVIDAD

I. María busca en Belén una casa donde guarecerse; llama a todas las puertas y nadie la recibe. ¿Cuánto tiempo hace ya que Jesús está a las puertas de tu corazón? Llama con golpes insistentes, y tú te haces el sordo. Es preciso que me purifique hoy de mis pecados mediante una santa confesión. ¿Qué es, en efecto, lo que aleja a Jesús y lo indispone contra mí, sino mi orgullo, mi cobardía, mi apego a los bienes de la tierra y a las comodidades de la vida? Quiero, pues, arrojar de mi alma a estos enemigos de mi amable Salvador
II. Hay cristianos que reciben a Jesús, pero para tratarlo tal como deseaba hacerlo Herodes. Mañana Jesucristo descenderá hasta ti, ¡ten cuidado de recibir a este Huésped benévolo de manera digna de Él! ¿No lo alojarás en un corazón manchado por el pecado? ¿No lo echarás de allí recayendo muy pronto en las mismas faltas? Reflexiona con cuidado: Aquellos que entregan a Jesús a miembros manchados por el pecado no son menos culpables que los que lo entregaron en las manos criminales de los judíos. (San Agustín).
III. Vete a contemplar a Jesús en la Misa de medianoche; asiste a ella con devoción, humildad y fe semejantes a las de los pastores: verás en el altar al mismo Dios que ellos vieron en el pesebre. Piensa en los sentimientos de respeto, de amor y humildad que María y José tuvieron para con este adorable Niño; adóralo, humíllate ante Él, recíbelo con amor y ofrécele el presente de tu corazón.

La devoción a Jesucristo
Orad por los conciudadanos.

ORACIÓN
Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Delfín, Vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de Piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles 23 de diciembre de 2009

Doctores de la Iglesia: San Atanasio de Alejandría

 

atanasio2

 

Obispo de Alejandría; Confesor y Doctor de la Iglesia; nacido c. 296; muerto el 2 de mayo del 373. Atanasio fue el máximo adalid de la creencia Católica en el tema de la Encarnación que la Iglesia haya conocido jamás y durante su vida se ganó el título característico de "Padre de la Ortodoxia", por el cual se ha distinguido desde entonces. Mientras que la cronología de su carrera permanece aun, en su mayor parte, como un problema desesperadamente intrincado, el material más completo para un recuento de los principales logros de su vida se encuentra en la compilación de sus obras y en los registros contemporáneos de su época. Nació, al parecer, en Alejandría, muy probablemente entre los años 296 y 298. Una fecha anterior, 293, se asigna a veces como el año más seguro de su nacimiento; y está apoyada aparentemente por la autoridad del "Fragmento Copto" (publicado por el Dr. O. Von Lemm en las Mémoires de l'académie impériale des sciences de S. Péterbourg, 1888) y corroborada por la indudable madurez de juicio que se revela en los dos tratados "Contra Gentes" y "De Incarnatione", que ciertamente fueron escritos alrededor del 318, antes de que el arrianismo se hiciera sentir como movimiento. Debe recordarse, sin embargo, que en dos pasajes distintos de sus escritos (Hist. Ar., lxiv, y De Syn., xviii) Atanasio se abstiene de hablar como testigo presencial de la persecución que se desató bajo Maximiliano en el 303, pues al referirse a los acontecimientos de este período no invoca directamente sus propios recuerdos personales, sino que se apoya, más bien, en la tradición. Tal reserva sería difícilmente comprensible si, basándose en la hipótesis de la fecha temprana, el santo hubiera sido un niño de 10 años cumplidos. Además, debe haber habido algún viso de fundamento fáctico en el cargo que, en su vida posterior, lanzaron contra él sus acusadores (Índice de las Cartas Festivas) de que, en el momento de su consagración al episcopado, en el 328, no había alcanzado la edad canónica de 30 años. Estas consideraciones, por ende, si bien no son enteramente convincentes, parecieran hacer más posible que naciera no antes del 296 ni después del 298.

Es imposible hablar, mas que en conjeturas, acerca de su familia. Sobre la pretensión de que ésta era prominente y acomodada, sólo podemos observar que la tradición a ese efecto no se contradice con los escasos detalles que pueden recogerse en los escritos del santo. Estos escritos indudablemente suministran evidencias acerca de la educación que se le daba, en gran medida, sólo a los niños y jóvenes de clases altas. Comenzaba con la gramática, seguía con la retórica, y recibía sus toques finales bajo alguno de los más populares conferencistas en las escuelas de filosofía. Es posible, desde luego, que debiera su notable formación en letras al favor de su santo predecesor, si no a su cuidado personal. Pero Atanasio era una de esas raras personalidades que deriva incomparablemente más de sus propias dotes naturales de intelecto que de la aleatoriedad de la descendencia o del entorno. Su carrera casi personifica una crisis en la historia de la Cristiandad, y puede decirse de él que más dio forma a los acontecimientos en que tomó parte que fue moldeado por estos.. No obstante sería engañoso sugerir que no fue en ningún sentido notable un deudor a su época y lugar de nacimiento. La Alejandría de su mocedad era un epítome, intelectual, moral y políticamente, de ese étnicamente policromo mundo greco-romano en el que la Iglesia de los siglos cuarto y quinto estaba comenzando, por fin, con conciencia imperturbada, después de casi trescientos años de propagandismo incansable, a materializar su supremacía. Era, además, el más importante centro de comercio en todo el imperio, y su primacía como emporio de ideas era mayor que el de Roma, Constantinopla, Antioquia o Marsella.

Ya en ese entonces, en obediencia a un instinto cuyo completo significado difícilmente se puede determinar sin estudiar el desarrollo subsecuente del Catolicismo, su famosa "Escuela catequística", sin sacrificar una jota o título o esa pasión por la ortodoxia que le había sido embebida por Panteno, Clemente y Orígenes, había comenzado a tomar un carácter casi secular en la amplitud de sus intereses, y había contado con paganos influyentes entre sus serios oyentes (Eusebio Hist. Eccl., VI, xix).

Haber nacido y haberse criado en tal atmósfera de Cristianismo filosofante era, a pesar de los peligros que implicaba, la más oportuna y la más liberal de las educaciones; y hay, como hemos insinuado, abundante evidencia en las escrituras del santo que testifican la pronta respuesta que todas las mejores influencias del lugar deben haber encontrado en el corazón y la mente del muchacho en desarrollo. Atanasio parece haber sido puesto, desde pequeño, bajo la supervisión inmediata de las autoridades eclesiásticas de su ciudad natal. No tenemos forma de determinar si su larga familiaridad con el Obispo Alejandro comenzó en la niñez, pero una historia que pretende describir las circunstancias de su primera presentación a ese prelado ha sido preservada para nosotros por Rufino (Hist. Eccl., I, xiv). El obispo, dice la historia, había invitado a cierto número de hermanos prelados a encontrarse con él en un desayuno después de una gran función religiosa en el aniversario del martirio de San Pedro, un predecesor reciente en la Sede de Alejandría. Mientras Alejandro esperaba que sus invitados llegaran, estaba asomado a una ventana, mirando a un grupo de niños que jugaban a la orilla del mar, bajo la casa. No los había observado por mucho tiempo cuando descubrió que estaban imitando, a todas luces sin propósito de irrverencia, el elaborado ritual del bautismo Cristiano. (Cf. Bunsen, "Christianity and Mankind", Londres, 1854, VI, 465; Denzinger, "Ritus Orientalium" in verb.; Butler, "Ancient Coptic Churches", II, 268 et sgg.; "Bapteme chez les Coptes", "Dict. Theol. Cath.", Col. 244, 245). Mandó a llamar a los niños y traerlos a su presencia. En la investigación que siguió, se descubrió que uno de los niños, que no era otro que el futuro Primado de Alejandría, había actuado en el papel de obispo, y que, en ese papel, había bautizado de hecho a varios de sus compañeros en el curso del juego. Alejandro, que parece haber estado inexplicablemente perplejo por las respuestas que recibió a sus indagaciones, determinó que los bautismos ficticios fueran reconocidos como genuinos; y decidió que Atanasio y sus compañeros de juego recibieran instrucción que los hiciera aptos para una carrera eclesiástica. Los Bolandistas han tratado seriamente esta historia, y escritores tan difíciles de satisfacer como el Archidiácono Farrar y el finado Decano Stanley se muestran dispuestos a aceptarla como portadora, a primera vista, de "todo indicio de verdad" (Farrar, "Lives of the Fathers", I, 337; Stanley, "East. Ch.", 264). Pero, bien sea en esta forma, o en la versión modificada que se encuentra en Sócrates (I, xv), quien omite toda referencia al bautismo y dice que el juego era "una imitación del sacerdocio y la orden de las personas consagradas", la historia plantea cierto número de dificultades cronológicas y sugiere cuestiones aun más graves. Quizás una explicación plausible de su origen pueda encontrarse en la teoría de que se trataba de uno de los muchos mitos en circulación iniciados por la imaginación popular para dar cuenta del marcado sesgo hacia una carrera eclesiástica que parece haber caracterizado la temprana infancia del futuro campeón de la Fe. Sozomen habla de su "idoneidad para el sacerdocio", y llama la atención sobre la significativa circunstancia de que fue "desde sus más tiernos años prácticamente autodidacta". "No mucho después de esto", añade la misma autoridad, el Obispo Alejandro "invito a Atanasio a ser su comensal y secretario. Había sido bien educado, y era versado en gramática y retórica, y ya había dado prueba, siendo aun un joven y antes de alcanzar el episcopado, de su sabiduría y discernimiento a aquellos que convivieron con él" (Soz., II, xvii). Esa "sabiduría y discernimiento" se manifestaron en diversos ambientes. Siendo aun un levita bajo el cuidado de Alejandro, parece haber mantenido relaciones cercanas con algunos de los solitarios del desierto egipcio, y en particular con el gran San Antonio, cuya vida se dice que escribió. La evidencia de la familiaridad y la autoría de la biografía en cuestión han sido cuestionadas, principalmente por escritores no Católicos, con base en que la famosa "Vita" muestra signos de interpolación. Independientemente de lo que podamos pensar de los argumentos sobre el tema, es imposible negar que la idea monástica atrajo fuertemente al temperamento del joven clérigo, y que él mismo, en años posteriores, no sólo se sentía cómodo cuando el deber o el accidente lo llevaron a estar entre los solitarios, sino que era tan disciplinado monásticamente en sus hábitos que se hablaba de él como de un "asceta" (Apol. C. Arian., vi). En el uso que se le daba en el siglo cuarto, la palabra tendría una rotundidad de connotación no fácilmente determinable hoy en día (Ver ASCETISMO).

No sorprende que alguien que estaba llamado a ocupar un lugar tan grande en la historia de su tiempo deba haber dejado impresa la forma y rasgos de su personalidad, por así decirlo, en la imaginación de sus contemporáneos. San Gregorio Nacianceno no es el único escritor que nos lo ha descrito (Orat. Xxi, 8). Una frase despectiva del Emperador Juliano (Epist., li) sirve, sin proponérselo, para corroborar la imagen dibujada por observadores más amables. Su estatura estaba por debajo de la media, era de complexión enjuta, pero recia, e intensamente enérgico. Tenía una cabeza finamente formada, realzada con una delgada capa de cabello castaño, una boca pequeña pero delicadamente expresiva, una nariz aguileña, y ojos de brillo intenso pero bondadoso. Tenía un ingenio pronto, era rápido en intuición, fácil y afable en sus maneras, agradable en la conversación, agudo y quizás un tanto demasiado pródigo en el debate. (Además de las referencias ya citadas, vea la detallada descripción dada en las citas Menaion de Enero en la biografía Bolandista. Juliano el Apóstata, en la carta arriba aludida, se burla de lo diminuto de su persona mede aner, all anthropiokos auteles, escribe).

Además de estas cualidades, era notorio por otras dos cualidades de las que incluso sus enemigos dan testimonio involuntario. Estaba dotado de un sentido del humor que podía ser tan mordaz casi diríamos sardónico como parece haber sido espontáneo e inalterable; y su valentía era del tipo que nunca titubea, aun en la más descorazonadora hora de derrota. Hay otra nota en esta altamente dotada y polifacética personalidad a la que todo lo demás en su naturaleza auxiliaba, y que debe mantenerse siempre en mente si queremos poseer la clave de su carácter y escritos, y comprender el extraordinario significado de su carrera en la historia de la Iglesia Cristiana. No era, por instinto, ni un liberal ni un conservador en teología. De hecho, estos términos son singularmente inapropiados al aplicarse a un temperamento como el suyo. Desde el principio hasta el fin le importó enormemente una y solo una cosa: la integridad de su credo Católico. La religión que engendraba en él era obviamente considerando los rasgos mediante los cuales hemos tratado de describirlo de un tipo apasionado y arrollador. Comenzaba y terminaba en la devoción a la Divinidad de Jesucristo. Apenas entraba en sus veintes, y desde luego no era más que un diácono, cuando publicó dos tratados, en los que su mente parecía hacer sonar la nota clave de todos sus posteriores y más maduros pronunciamientos sobre el tema de la Fe Católica. "Contra Gentes" y "Oratio de Incarnatione" para darles las denominaciones latinas con las que son más comúnmente citadas fueron escritos entre los años 318 y 323. San Jerónimo (De Viris Illust.) se refiere a ellos, bajo un título común, como "Adversum Gentes Duo Libri", dejando a sus lectores inferir la impresión, que un análisis de los contenidos de ambos libros ciertamente parece justificar, de que ambos tratados son en realidad uno solo.

Como un alegato de la posición Cristiana, dirigido principalmente tanto a gentiles como a judíos, la apología del joven diácono, si bien indudablemente recuerda en métodos e ideas a Orígenes y los primeros Alejandrinos, es, sin embargo, fuertemente individual y casi pietista en el tono. Aunque trata de la Encarnación, permanece silente en la mayoría de esos problemas ulteriores en defensa de los cuales Atanasio iba a ser pronto convocado, por la fuerza de los eventos y el fervor de su propia fe, para dedicarles las mejores energías de su vida. La obra no contiene ninguna discusión explícita de la naturaleza de la Filiación de la Palabra, por ejemplo; ningún intento de delinear el carácter de la relación de Nuestro Señor con el Padre; nada, es suma, de aquellas cuestiones Cristológicas sobre las cuales iba a hablar con tan espléndida y valiente claridad en tiempos de formulaciones cambiantes y opiniones sin definir. No obstante, esas ideas deben haber estado en el aire (Soz., l, xv) pues, entre los años 318 y 320, Arrio, un nativo de Libia (Epiph., Haer., lxix) y sacerdote de la Iglesia de Alejandría, que ya había sido censurado por su participación en los problemas melecianos que brotaron durante el episcopado de San Pedro, y cuyas enseñanzas habían tenido éxito al hacer peligrosos progresos aun entre las "vírgenes consagradas" de la sede de San Marcos (Epiph., Haer., lxix; Soc., Hist. Eccl., l, vi), acusó al Obispo Alejandro de sabelianismo. Arrio, quien parece haber dado por supuesto la tolerancia caritativa del primado, fue, a la larga, depuesto (Apol. C. Ar., vi) en un sínodo constituido por más de cien obispos de Egipto y Libia (Depositio Ar., 3). El heresiarca condenado se retiró primero a Palestina y luego a Bitinia, donde, bajo la protección de Eusebio de Nicomedia y sus "Colucianistas", pudo incrementar su ya notoria influencia, mientras sus amigos se esforzaban en preparar el camino para su reinstalación forzosa como sacerdote de la Iglesia de Alejandría. Atanasio, aunque era sólo un diácono, no debe haber tenido un papel subordinado en estos eventos. El era el secretario de confianza y consejero de Alejandro, y su nombre aparece en la lista de aquellos que firmaron la carta encíclica emitida posteriormente por el primado y sus colegas para contrarrestar el creciente prestigio de la nueva enseñanza y el impulso que estaba comenzando a adquirir debido al ostentoso patrocinio que extendía al depuesto Arrio la facción de Eusebio. De hecho, es a este partido y a la influencia que fue capaz de ejercer en la corte del emperador, que parece deberse principalmente la subsecuente importancia del Arrianismo como un movimiento político, más que religioso. La herejía, por supuesto, tenía su base presuntamente filosófica, que ha sido adscrita por los autores, antiguos y modernos, a las fuentes más opuestas. San Epifanio lo caracteriza como un tipo de aristotelismo redivivo (Haer., lxvii y lxxvi); y prácticamente la misma opinión es sostenida por Sócrates (Hist. Eccl., II, xxxv), Theodoret (Haer. Fab., IV, iii) y San Basilio (Adv. Eunom., l, ix). Por otra parte, un teólogo tan ampliamente leído como Petavio (De Trin., I, viii, 2) no duda en derivarlo del Platonismo; Newman, por su parte (Arians of the Fourth Cent., 4 ed., 109), ve en él la influencia de los prejuicios judios racionalizados mediante la ayuda de ideas aristotélicas; mientras que Robertson (Sel. Writ. And Let. Of Ath. Proleg., 27) observa que la "teología común", que invariablemente se le oponía, "tomaba prestados sus principios y método filosóficos de los platónicos." Estas declaraciones aparentemente conflictivas pueden, sin duda, ajustarse fácilmente; pero la verdad es que el prestigio del arrianismo nunca descansó en sus ideas. Cualquiera que sea la escuela de la que se derivó lógicamente, la secta, en tanto secta, fue acunada y alimentada en la intriga. Salvo en algunos pocos ejemplos, que pueden explicarse sobre bases muy distintas, sus profetas se apoyaron más en la influencia curial que en la piedad, o el conocimiento de las Escrituras o la dialéctica. Esto debe tenerse siempre en mente, si no queremos movernos distraídamente a través del desconcertante laberinto de eventos que configuran la vida de Atanasio en el siguiente medio siglo. Es mérito propio suyo que no sólo viera el decurso de las cosas desde el puro principio, sino que se mantuviera confiado sobre el tema hasta el final (Apol. C. Ar., c.). Su visión y valentía se mostraron como un baluarte de la Iglesia Cristiana en el mundo casi tan eficiente como su singularmente lúcida comprensión del credo tradicional Católico. Su oportunidad llegó en el año 325, cuando el Emperador Constantino, con la esperanza de poner fin a los escandalosos debates que estaban perturbando la paz de la Iglesia, se reunió con los prelados de todo el mundo Católico reunidos en concilio en Nicéa.

El gran concilio convocado en esta coyuntura fue algo más que un evento pivote en la historia de la Cristiandad. Su repentina y, en cierto sentido, casi impremeditada adopción de un término casi filosófico y no perteneciente a las Escrituras homoousion para expresar el carácter de creencia ortodoxa en la Persona del Cristo histórico, al definirlo como idéntico en sustancia, o coesencial, con el Padre, junto con su confiado llamamiento al emperador para prestar la sanción de su autoridad a los decretos y pronunciamientos, mediante la cual esperaba salvaguardar esta más explícita profesión de la antigua Fe, tuvieron consecuencias de la más grave importancia, no sólo para el mundo de las ideas sino también para el mundo de la política. Mediante la promulgación oficial del término homoöusion, la especulación teológica recibió un nuevo pero sutil impulso que se hizo sentir mucho después de que Atanasio y sus seguidores murieran; mientras que la invocación al brazo secular inauguró un política que permaneció prácticamente sin cambio en su alcance hasta la publicación de los decretos Vaticanos de nuestro tiempo. En un sentido, y uno muy profundo y vital, tanto la definición como la política eran inevitables. Era inevitable, en el orden de las ideas religiosas, que cualquier ruptura en la continuidad lógica debía encontrarse con el cuestionamiento y la protesta. Era igual de inevitable que la protesta, para ser efectiva, debía recibir alguna aprobación de un poder que, hasta ese momento, se había abocado a regular las circunstancias más graves de la vida (cf. Harnack, Hist. Dog., III, 146, nota; tr. Buchanan). Como señaló Newman: "La Iglesia no podía encontrarse en la unidad sin entrar en alguna suerte de negociación con los poderes que fuesen; cuyos celos es deber de los Cristianos, en tanto individuos y en tanto cuerpo, si es posible, disipar" (Arians of the Fourth Cen., 4 ed., 241). Atanasio, aunque todavía no ordenado sacerdote, acompañó a Alejandro al concilio en calidad de secretario y consejero teológico. El no fue, por supuesto, el creador del famoso homoösion. El término había sido propuesto, en un sentido no obvio e ilegítimo, por Pablo de Samóstata a los padres de Antioquia, y había sido rechazado por estos por su regusto a concepciones materialistas de la Divinidad (cf. Athan., "De Syn.," xliii; Newman, "Arians of the Fourth Ce.", 4 ed., 184-196; Petav. "De Trin.," IV, v, sect. 3; Robertson, "Sel. Writ. And Let. Athan. Proleg.", 30 sqq).)

Puede incluso cuestionarse si, dejado a sus propios instintos, Atanasio habría sugerido del todo una recuperación ortodoxa del término ("De decretis", 19; "Orat. C. Ar.", ii, 32; "Ad Monachos", 2). Sus escritos, compuestos durante los cuarenta y seis críticos años de su episcopado, muestran un uso muy escaso del término; y aunque, como Newman nos recuerda (Arians of the Fourh Ce., 4 ed., 236), "el relato auténtico de las sesiones" que tuvieron lugar no existe, hay sin embargo evidencia abundante para apoyar la opinión común de que había sido inesperadamente impuesto a la atención de los obispos, Arrianos y ortodoxos, en el gran sínodo por la propuesta de Constantino de considerar el credo propuesto por Eusebio de Cesaréa, con la adición del homoösion, como salvaguarda ante posibles vaguedades. La sugerencia habría venido, con toda probabilidad, de Hosio (cf. Epist. Eusebii.", en el apéndice al "De Decretis", sect. 4; Soc., "Hist. Eccl.", I, viii; III, vii; Theod. "Hist. Eccl.", I, Athan.; "Arians of the Fourth Cent.", 6, n.42; outos ten en Nikaia pistin exetheto, dice el santo, citando a sus oponentes); pero Atanasio, de acuerdo con los líderes del partido ortodoxo, lealmente aceptó el término como expresión del sentido tradicional en el que la Iglesia había sostenido siempre que Jesucristo era el Hijo de Dios. Las notorias habilidades desplegadas en los debates Niceanos y la reputación de valentía y sinceridad que se ganó en todos los bandos, hicieron del joven clérigo un hombre marcado de ahí en adelante (St. Greg. Naz., Orat., 21). Su vida no podía transcurrir en un rincón. Cinco meses después de la clausura del concilio, moría el Primado de Alejandría; y Atanasio, tanto en reconocimiento a su talento como, parece ser, en deferencia a los deseos manifestados en su lecho de muerte por el finado prelado, fue escogido para sucederle. Su elección, a pesar de su extrema juventud y la oposición de un vestigio de las facciones Arriana y Meleciana en la Iglesia de Alejandría, fue bien recibida por todas las clases entre el laicado ("Apol. C. Arian.", vi; Soz., "Hist. Eccl.", II, xvii, xxi, xxii).

Los primeros años del gobierno del santo estuvieron ocupados por la habitual rutina episcopal de un obispo egipcio del siglo cuarto. Visitas episcopales, sínodos, correspondencia pastoral, prédicas y la ronda anual de funciones eclesiásticas consumieron el grueso de su tiempo. Los únicos eventos dignos de mención, de los cuales la antigüedad suministra cuando menos datos probables, están ligados a los exitosos esfuerzos que hizo para dotar de una jerarquía a la recién implantada iglesia de Etiopía (Abisinia) en la persona de San Frumencio (Rufinus I, ix; Soc. I, xix; Soz., II, xxiv) y la amistad que parece haber comenzado en esta época entre él y los monjes de San Pacomio. Pero las semillas del desastre que la piedad del santo había plantado sin titubear en Nicéa estaban comenzando finalmente a generar una inquietante cosecha. Ya estaban teniendo lugar en Constantinopla acontecimientos que iban a hacer de él la figura más importante de su tiempo. Eusebio de Nicomedia, que había caído en desgracia y había sido desterrado por el Emperador Constantino por su participación en las primeras controversias arrianas, había sido llamado del exilio. Tras una hábil campaña de intriga, llevada a cabo principalmente mediante el papel decisivo de las mujeres de la casa imperial, este prelado de suaves modales prevaleció sobre Constantino hasta tal punto que lo indujo a ordenar la llamada de Arrio igualmente del exilio. El mismo envió una característica carta al joven Primado de Alejandría, en la que manifestaba su favor hacia el condenado heresiarca, quien fue descrito como un hombre cuyas opiniones habían sido mal expuestas. Estos eventos deben haber sucedido alrededor de finales del año 330. Finalmente, el mismísimo emperador fue persuadido para escribir a Atanasio, urgiéndole a que todos aquellos que estuvieran dispuestos a someterse a las definiciones de Nicéa deberían ser readmitidos a la comunión eclesiástica. Atanasio se opuso resueltamente a hacer esto, alegando que no podía haber sociedad entre la Iglesia y quien negaba la divinidad de Cristo. El Obispo de Nicomedia presentó entonces varios cargos eclesiásticos y políticos contra Atanasio, los cuales, aun cuando fueron refutados sin lugar a dudas en su primera audiencia, fueron posteriormente reformulados y puestos a servir casi en cada etapa de sus subsecuentes juicios. Cuatro de estos cargos eran muy precisos, a saber: que no había alcanzado la edad canónica al momento de su consagración; que había impuesto a las provincias un impuesto al lino; que sus oficiales habían profanado, con su connivencia y autoridad, los Sagrados Misterios en el caso de un supuesto sacerdote llamado Ischyras; y, finalmente, que había ejecutado a un tal Arenius y posteriormente desmembrado el cuerpo con propósitos de magia. La naturaleza de los cargos y el método de sustentación de los mismos fueron vividamente característicos de la época. El estudiante curioso los encontrará expuestos con pintoresco detalle en la segunda parte de la "Apología", o "Defensa contra los Arrianos", del Santo, escritas mucho después de los eventos mismos, alrededor del año 350, cuando la retractación de Ursacio y Valente hizo que su publicación fuera triunfantemente oportuna. Toda esta triste historia, desde nuestra época, se lee en parte más como un ejemplo de la novela Griega tardía que como la narración de un inquisición seriamente conducida por un sínodo de prelados Cristianos con la idea de llegar a la verdad de una serie de odiosas acusaciones formuladas contra uno de sus miembros. Convocado por la orden del Emperador tras prolongadas demoras que se extendieron por un período de 30 meses (Soz., II, xxv), Atanasio consintió finalmente en enfrentar los cargos lanzados contra él apareciendo ante un sínodo de prelados en Tiro en el año 335. Cincuenta de sus sufragantes fueron con él para reivindicar su buen nombre, pero la conformación del grupo rector del sínodo hacía evidente que la justicia hacia el acusado era lo último en lo que se pensaba. Difícilmente puede extrañarnos que Atanasio debiera rehusarse a ser juzgado por tal tribunal. Por lo tanto, se marchó repentinamente de Tiro, escapando en un bote con algunos amigos fieles, que lo acompañaron hasta Bizancio, donde había tomado la determinación de presentarse al emperador.

Las circunstancias en las que el santo y el gran catecúmeno se encontraron fueron bastante dramáticas. Constantino regresaba de una cacería cuando Atanasio, repentinamente, se le atravesó en medio del camino y solicitó una audiencia. El asombrado emperador apenas podía dar crédito a sus ojos, y requirió de la confirmación de uno de los asistentes para convencerle de que el peticionario no era un impostor sino el mismísimo Obispo de Alejandría. "Concededme", dijo el prelado, "un tribunal justo, o permítaseme encontrarme con mis acusadores, cara a cara, en vuestra presencia." Su solicitud fue otorgada. Se envió una orden perentoria a los obispos que habían juzgado y, por supuesto, condenado a Atanasio en ausencia, para que se presentaran inmediatamente en la ciudad imperial. La orden les llegó mientras iban de camino a la gran fiesta de la dedicación de la nueva iglesia de Constantino en Jerusalén. Naturalmente, causó alguna consternación, pero los más influyentes miembros de la facción Eusebiana nunca carecieron de valor o ingenio. Se le tomó la palabra al santo, y los viejos cargos fueron renovados ante el mismísimo emperador. Atanasio fue condenado a ir al exilio en Treves, donde fue recibido con la máxima afabilidad por el santo Obispo Máximo y el hijo mayor del emperador, Constantino. Comenzó su viaje probablemente en el mes de Febrero del 336 y llegó a orillas del Mosela a finales del otoño del mismo año. Su exilio duró casi dos años y medio. La opinión pública en su propia diócesis permaneció leal a su persona durante todo este tiempo. No es el menos elocuente testimonio de la valía esencial de su carácter el que fuera capaz de inspirar tal fe. El tratamiento dado por Constantino a Atanasio en esta crisis de su fortuna ha sido siempre difícil de comprender. Fingiendo, por un lado, una muestra de indignación, como si creyera realmente en el cargo político lanzado contra él, se rehusó, por otro lado, a nombrar un sucesor en la Sede de Alejandría, algo que, para ser consistente, podía haberse visto obligado a hacer si hubiera tomado seriamente los procedimientos de condena llevados a cabo por los Eusebianos en Tiro.

Mientras tanto, habían tenido lugar acontecimientos de la máxima importancia. Arrio había muerto en circunstancias sorprendentemente dramáticas en Constantinopla en el 336; y le había seguido la muerte del propio Constantino, el 22 de mayo del año siguiente. Unas tres semanas después, el joven Constantino invitó al prelado exiliado a regresar a su sede, y a finales de Noviembre del mismo año Atanasio se estableció nuevamente en su ciudad episcopal. Su regreso fue motivo de gran regocijo. La gente, como él mismo nos cuenta, acudió en multitudes a verlo en persona; las iglesias se entregaron a una especie de jubileo; se ofrecieron acciones de gracias en todas partes; y el clero y los laicos consideraron el día como el más feliz de sus vidas. Pero ya se estaban fraguando problemas allí donde el santo podía razonablemente haberlos esperado. La facción Eusebiana, que de aquí en adelante causa mucha preocupación como los perturbadores de su paz, logró ganar para su bando al indeciso Emperador Constancio, a quien se le había asignado el Este en la división del imperio que siguió a la muerte de Constantino. Los viejos cargos fueron renovados con una aun más grave acusación eclesiástica a guisa de cláusula adicional. Atanasio había ignorado la decisión de un sínodo debidamente autorizado. Había regresado a su sede sin haber sido convocado por una autoridad eclesiástica (Apol. C. Ar., loc. Cit.). En el año 340, tras el fracaso de los disgustados Eusebianos para asegurarse el nombramiento de un candidato Arriano de dudosa reputación llamado Pisto, el notorio Gregorio de Capadocia fue impuesto a la fuerza en la sede de Alejandría, y Atanasio fue obligado a ocultarse. En espacio de pocas semanas se dirigió a Roma para exponer su caso ante la Iglesia. Había apelado al Papa Julio, quien adoptó su causa con una dedicación que nunca menguó hasta el día de la muerte de ese santo pontífice. El Papa convocó en Roma un sínodo de obispos. Tras un cuidadoso y detallado examen de todo el caso, se proclamó a todo el mundo cristiano la inocencia del primado.

Mientras, el partido Eusebiano se había reunido en Antioquia y había formulado una serie de decretos elaborados con el solo propósito de evitar el regreso del santo a su sede. Este pasó tres años en Roma, durante los cuales la idea de la vida cenobítica, tal y como Atanasio la había visto practicar en los desiertos de Egipto, se predicó a los clérigos del Oeste (San Jerónimo, Epístola cxxvii, 5). Dos años después del sínodo de Roma, Atanasio fue convocado a Milán por el Emperador Constante, quien le expuso el plan que Constancio había diseñado para una gran unión de las Iglesias Oriental y Occidental. Comenzó entonces una época de extraordinaria actividad para el santo. A principios del año 343 encontramos al impávido exiliado en la Galia, a donde había ido para consultar al santo Hosio, el gran campeón de la ortodoxia en Occidente. Ambos partieron juntos al Concilio de Sardica, que había sido convocado en deferencia a los deseos del Romano Pontífice. En esta gran reunión de prelados, el caso de Atanasio fue abordado una vez más, y una vez más se reafirmó su inocencia. Se prepararon dos cartas conciliares, una dirigida al clero y los fieles de Alejandría, y la otra a los obispos de Egipto y Libia, en las que se dio a conocer el deseo del Concilio. Mientras tanto, el partido Eusebiano se había ido a Filipópolis, desde donde emitieron un anatema contra Atanasio y sus seguidores. La persecución en contra del partido ortodoxo brotó con renovado vigor, y se indujo a Constancio a preparar medidas drásticas contra Atanasio y los sacerdotes que le eran fieles. Se dieron órdenes de que si el Santo intentaba entrar nuevamente en su sede, debería matársele. Atanasio, en consecuencia, se retiró de Sardica a Naisus, en Misia, donde celebró el festival de la Pascua del año 344. Después partió para Aquileia, obedeciendo una convocatoria amistosa de Constante, a quien le había correspondido Italia en la división del imperio que siguió a la muerte de Constantino. Mientras tanto, había tenido lugar un evento inesperado que hizo el retorno de Atanasio a su sede menos difícil de lo que había parecido durante meses. Gregorio de Capadocia había muerto (probablemente en forma violenta) en Junio del 345. La embajada que había sido enviada por los obispos de Sardica al Emperador Constancio, y que había sido recibida inicialmente con el más insultante de los tratamientos, recibió ahora una audiencia favorable. Constancio fue inducido a reconsiderara su decisión, debido a una amenazadora carta de su hermano Constante y a las condiciones de incertidumbre de los asuntos en la frontera con Persia, por lo que optó por ceder. Pero se requirieron tres cartas distintas para vencer la natural duda de Atanasio. Pasó rápidamente de Aquileia a Treves, de Treves a Roma y de Roma, por la ruta del norte, a Adrianópolis y Antioquia, donde se encontró con Constancio. El vacilante Emperador le concedió una cortés entrevista, y lo envió de vuelta triunfante a su sede, donde comenzó su memorable reinado de una década, que duró hasta su tercer exilio, el del 356. Estos fueron años plenos en la vida del Obispo, pero las intrigas de los bandos Eusebiano o de la Corte pronto se reiniciaron. El Papa Julio había muerto en el mes de Abril del 352, y Liberio lo había sucedido como Sumo Pontífice. Durante dos años Liberio había sido favorable a la causa de Atanasio, pero, enviado finalmente al exilio, fue inducido a firmar una fórmula ambigua de la que la gran prueba de Nicéa, el homoöusion, había sido intencionalmente omitida. En el 355 se llevó a cabo un concilio en Milán, en el que, pese a la vigorosa oposición de un puñado de prelados leales entre los obispos occidentales, se anunció al mundo una cuarta condena de Atanasio. Con sus amigos dispersos, el santo Hosio en el exilio y el Papa Liberio denunciado por asentir a las formulaciones Arrianas, Atanasio difícilmente podía esperar escapar. En la noche del 8 de febrero del 356, mientras oficiaba los servicios en la Iglesia de Santo Tomás, una banda de hombres armados irrumpieron para asegurar su arresto (Apol. De Fuga, 24). Era el comienzo de su tercer exilio.

Mediante la influencia de la facción Eusebiana en Constantinopla, se nombró entonces un obispo Arriano, Jorge de Capadocia, para gobernar la sede de Alejandría. Atanasio, tras permanecer algunos días en las cercanías de la ciudad, se retiró finalmente a los desiertos del Alto Egipto, donde permaneció por un período de seis años, viviendo la vida de los monjes y dedicándose en sus ratos de ocio a la composición del grupo de escritos de los cuales tenemos algunos restos en la "Apología a Constancio", la "Apología por su Huida", la "Carta a los Monjes" y la "Historia de los Arrianos". La leyenda, por supuesto, se ha mantenido ocupada con este período de la carrera del Santo, y podemos encontrar en la "Vida de Pacomio" una colección de relatos repletos de incidentes, y avivados por el recuento de sus "escapadas al filo de la muerte". Pero a finales del año 360 era aparente un cambio en la composición del partido anti-Niceano. Los Arrianos no presentaban ya un frente unido a sus oponentes ortodoxos. El Emperador Constancio, que había sido la causa de tantos problemas, murió el 4 de noviembre del 361, y le sucedió Juliano. La proclamación de la ascensión del nuevo príncipe fue la señal para una revuelta pagana contra la aun dominante facción Arriana en Alejandría. Jorge, el Obispo usurpador, fue arrojado en prisión y asesinado, en circunstancias de gran crueldad, el 24 de Diciembre (Hist. Aceph., VI). Un oscuro presbítero, de nombre Pisto, fue inmediatamente escogido por los Arrianos para sucederle, cuando llegaron nuevas noticias que llenaron de esperanza al partido ortodoxo. Un edicto había sido emitido por Juliano (Hist. Aceph., VII) permitiendo a los exiliados obispos de los "Galileos" regresar a sus "ciudades y provincias". Atanasio recibió un llamado de su propia grey y, en consecuencia, regresó a su capital episcopal el 22 de Febrero del 362. Con su característica energía se puso a trabajar para reestablecer las algo quebrantadas suertes del partido ortodoxo y para purgar la atmósfera teológica de incertidumbre. Para aclarar los malentendidos que habían surgido en el curso de los años previos, se hizo un intento por determinar aún más el significado de las formulaciones Niceanas. Mientras, Julián, que parece haberse puesto repentinamente celoso de la influencia que Atanasio estaba ejerciendo en Alejandría, dirigió una orden a Ecdicio, Prefecto de Egipto, ordenándole en forma perentoria la expulsión del restaurado primado, basándose en que este nunca había sido incluido en el acto imperial de clemencia. El edicto le fue comunicado al obispo por Pyticodoro Trico quien, aunque descrito en el "Chronicon Athanasium" (xxxv) como un "filósofo", parece haberse comportado con brutal insolencia. El 23 de Octubre la gente se reunió en torno al obispo proscrito para protestar contra el decreto del emperador, pero el santo les urgió a deponer su actitud, consolándoles con la promesa de que su ausencia sería de corta duración. Curiosamente, la profecía se cumplió. Juliano terminó su corta carrera el 26 de Junio del 363, y Atanasio regresó en secreto a Alejandría, donde pronto recibió un documento del nuevo emperador, Joviano, reinstalándolo una vez más en sus funciones episcopales. Su primer acto fue convocar un concilio que reafirmó los términos del Credo de Nicéa. A principios de Septiembre partió para Antioquia, llevando una carta sinodal en la que se habían materializado los pronunciamientos de este concilio. En Antioquia se entrevistó con el nuevo emperador, quien lo recibió graciosamente e incluso le solicitó preparar una exposición de la fe ortodoxa. Pero Joviano murió el siguiente Febrero, y para Octubre del 364 Atanasio estaba nuevamente en el exilio.

Este artículo no tiene nada que ver con el cambio de tornas que puso en manos de Valentiniano el control del Oriente, pero el ascenso del emperador dio un nuevo aire de vida al partido Arriano. Emitió un decreto que expulsaba a los obispos que habían sido depuestos por Constancio pero que habían sido autorizados a regresar a sus sedes por Joviano. Las noticias crearon máxima consternación en la propia ciudad de Alejandría, y el prefecto, para prevenir serios disturbios, dio garantías públicas de que el muy especial caso de Atanasio sería expuesto ante el emperador. Pero el santo parece haber adivinado lo que en secreto se preparaba contra él. Sigilosamente partió de Alejandría el 5 de Octubre, y adoptó como morada una casa de campo en las afueras de la ciudad. Es durante este período que se dice pasó cuatro meses oculto en la tumba de su padre (Soz., "Hist. Eccl.", VI, xii; Doc., "Hist. Eccl.", IV, xii). Valentiniano, quien parece haber temido sinceramente las consecuencias de un levantamiento popular, dio orden, pocas semanas después, para el regreso de Atanasio a su sede. Y comienza ahora el último período de comparativo reposo que inesperadamente terminó su agitada y extraordinaria carrera. Pasó sus restantes días, en forma característica, enfatizando nuevamente el punto de vista de la Encarnación que se había definido en Nicéa y que ha sido esencialmente la fe de la Iglesia Cristiana desde su primer pronunciamiento en la Escritura hasta sus últimas manifestaciones en labios de Pío X en nuestro tiempo.

"Permitamos que lo que fue confesado por los Padres de Nicéa prevalezca", escribió a un filósofo amigo y corresponsal en los últimos años de su vida (Epist. Lxxi, ad Max.). Que esa confesión prevaleciera finalmente en los diversos formularios Trinitarios que siguieron al de Nicéa se debió, humanamente hablando, más a su laborioso testimonio que al de cualquier otro campeón en la larga lista de maestros del Catolicismo. Por una de esas inexplicables ironías con las que nos tropezamos por todo lado en la historia humana, este hombre, que había soportado el exilio con tanta frecuencia, y que arriesgó la propia vida en defensa de lo que él creía era la primera y más esencial verdad del credo Católico, no murió violentamente u ocultándose, sino pacíficamente en su propio lecho, rodeado de su clero y llorado por los fieles de la sede a la que tan bien había servido. Su fiesta en el Calendario Romano se celebra en el aniversario de su muerte.

 

Fuente: conoZe

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...