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viernes 31 de julio de 2009

Santoral Católico 31 de julio

  • San Ignacio de Loyola, Confesor
  • San Neot, Monje
  • San Germán de Auxerre, Obispo
  • Santa Elena de Skövde


SAN IGNACIO DE LOYOLA
Confesor
Haced todo a gloria de Dios.
(1 Cor., 10, 31).



La lectura de la vida de los santos inspir6 a San Ignacio el amor a la santidad. Renunció a la gloria de las armas para alistarse bajo el estandarte de Cristo, y para trabajar por la gloria de Dios y la salvaci6n de las almas. Se retiró a la, gruta de Manresa, en la que llevó una vida muy austera. Fue allí donde compuso su admirable libro de los Ejercicios espirituales. Comenzó a estudiar la lengua latina a la edad de 33 años, y durante su permanencia en la Universidad de París, atrajo a varios compañeros con los que echó las bases de la Compañía de Jesús. Murió el año 1556.
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA
DE SAN IGNACIO
I. San Ignacio, en la soledad de Manresa, había trazado el plano del edificio espiritual que debía edificar durante toda su vida. Su libro de los Ejercicios espirituales es un resumen de lo que debe hacerse y de lo que él mismo hizo para llegar a la perfección. Comenzó por llorar sus pecados y expiarlos mediante ruda penitencia. Es el primer paso: lavar nuestros pecados con lágrimas. Así procedieron todos los santos; ¿los imitamos nosotros? Aunque no hubiésemos cometido sino un solo pecado mortal, seria suficiente para llorar hasta la muerte.
II. El segundo paso hacia la perfecci6n, dice San Ignacio, es la imitaci6n de Jesús que obra y sufre para la gloria de Dios y la salvaci6n de los hombres. San Ignacio ha seguido paso a paso a este Modelo de los predestinados: después de su conversión llev6 primero una vida escondida como Él; después se consagró por entero a la salvaci6n del prójimo, sufriendo a causa de esto injurias, calumnias y prisi6n. ¿Cómo imitamos nosotros la vida oculta de Jesús, sus trabajos y sus sufrimientos? Sigamos la divisa de San Ignacio: Todo para la mayor gloria de Dios.
III. El tercer paso hacia la perfecci6n, que tan alto elevó la santidad de San Ignacio, es la uni6n perfecta con Dios. Para llegar a ella, hay que desasirse del temor de todo lo que no sea Dios, y darse enteramente a Él. Tenemos amor para las cosas de este mundo, y no lo tenemos para Dios. ¡Todo amamos, todo buscamos, sólo Dios nada vale ante nuestros ojos! (Salviano).

El celo por la gloria de Dios
Orad por las órdenes religiosas.
ORACIÓN
Oh Dios, que, para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced, que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protecci6n, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.



jueves 30 de julio de 2009

Los reyes de Francia, ¿fueron fieles a la catolicidad?

Luis XIII




El Derecho Divino a la Deriva


Nuestra adhesión a la nación, ante todo si se refiere a empresas temporales, es una exigencia natural pero secundaria. Nuestra obligación principal y primaria es la adhesión a la fe católica. Partiendo de esta verdad, se impone un examen de conciencia católico sobre nuestro patriotismo. Examen que revela la existencia en nuestra monarquía sacral de una desviación o atentado, que ha constituido de larga data el origen, -en un avance sin prisa pero sin pausa- del laicismo destructor de la fe que caracteriza a nuestro país.

No es por un desgraciado azar que nuestro país será, con la Revolución francesa, el primer modelo absoluto de este laicismo destructor. El claro atentado contra el papado, manifestado en la aprobación efectuada por Luis XVI de la revolucionaria Constitución civil del clero, no hubiera podido expandirse libremente de no haber estado profundamente enraizado en nuestro pasado monárquico. Como señala Jaurès, la Constitución civil no sólo laicizaba al estado sino también a la Iglesia francesa en contra de Roma. Aunque Luis XVI se redimirá muriendo como admirable mártir en la defensa del clero fiel a Roma, no pudo escapar inicialmente a esta desviación.


El nacimiento del espíritu laico en la monarquía


El origen de esta desviación es remoto. Proviene de la ambigüedad en la que se ha desarrollado, a partir de un cierto momento histórico, nuestro Estado monárquico, operando así el carácter laico y nacionalista de su catolicismo. Hablando con claridad, éste carácter se origina en la infidelidad de hecho, en cuanto Estado, a su vocación católica, y todo bajo apariencia de sacralización.

Estas características fundacionales no son evidentes sino hasta la finalización del siglo XIII, ya que nuestra primera Edad Media, modelo de pureza monárquica católica en su florecimiento final con San Luis, queda indemne. Por un misterio de iniquidad, todo pierde su control con el nieto de San Luis, su heredero directo y casi inmediato, Felipe el Hermoso. La ruptura se produce más precisamente en 1298 bajo su reinado. En este año, por primera vez, la cancillería del rey ungido que desde la época carolingia había sido dirigida naturalmente por un eclesiástico, queda en poder de un combativo legista laico, Pierre Flotte. Según los especialistas Riché y Lagarde, es éste el antecedente dramático para la monarquía francesa de lo que ellos llaman “el surgimiento del espíritu laico”.

Felipe el Hermoso, rey ungido, resulta así el único -a mi entender- que en Europa osó poner su mano sobre el Papa en una tentativa cuidadosamente organizada, dirigida a desplazarlo por la fuerza y deponerlo. Hecho que ocurrió luego de haber ordenado la redacción del texto falsificado de una bula pontificia impuesta a nuestros Estados Generales y a nuestro clero en 1302. Éste fue el primer abuso, el primer atentado fundador, que llamamos “el atentado de Anagni” (1303). Ya que, en el fondo, nuestra Revolución, al desplazar y dejar morir prisionero en Valence al papa Pío VI logrará con éxito lo que Felipe el Hermoso ya había intentado contra el papa Bonifacio VIII en el siglo XIV.


Cismas y lo peor. De Carlos VII a Francisco I


La magnífica reacción de pureza monárquica católica llevada a cabo por Juana de Arco -desde fuera de la monarquía- en el siglo XV, fue rápidamente echada al olvido. El mismo Carlos VII que Juana hizo ungir impone en 1438 -sólo siete años después del martirio de la doncella- la Pragmática Sanción de Bourges que, deroga y revoca los poderes del papado, proclama la supremacía del concilio sobre el papa y permite al mismo rey asegurar la designación de los obispos. Este acto de rey ungido de intromisión laica en los asuntos de la Iglesia no será jamás aprobado por Roma. Pero anuncia el desenlace, ya que Luis XII, otro soberano ungido, es el único -a mi entender- que en la Europa del siglo XV reunió y sostuvo hasta el final, un concilio cismático para deponer a un nuevo papa legítimo, tal como Felipe el Hermoso quiso hacer en su tiempo. Concilio que Luis XII arrastra con obstinación de Pisa a Milán y de Asti a Lión a partir de 1511, renunciando a él formalmente mediante “cartas patentes” el 26 de octubre de 1513.

En el mismo sentido en diciembre de 1535, Francisco I -otro rey ungido- hizo leer ante la Liga luterana de Smalkalde su Confesión en la que aprueba con firmeza, contra el papa y la doctrina católica, lo esencial de la Reforma. A tal punto que esta Confesión se incluye en el Corpus reformatorum.

Tan poco duda Calvino que al instante dedica a Francisco I en una carta pública la edición del tratado fundamental de su herejía, la Institución de la religión cristiana. ¿Y todo esto por qué? Según el especialista de la época, Albert Renaudet, la intención laicizante comprometida de nuestro rey ungido es “de establecer un proyecto de Reforma evangélica moderada, que se impondría luego al papa, al concilio y al emperador”, haciendo así del rey de Francia el nuevo emperador reformado de toda Europa. ¿Y cómo es esto? Poniendo en acto aun con violencia las palabras. Un testigo irrecusable de la época, San Francisco de Sales escribía: “En los tiempos en que Francisco I ocupaba casi toda la Saboya (1536-1538) los Suizos de Berna infectados al mismo tiempo por la peste Luterana y Zwingliana se lanzaron sobre las regiones vecinas a la Saboya. (...) La furia impetuosa y tiránica de los berneses sobre nuestros saboyanos provocó el comienzo de la reacción armada francesa.”

“El error de vuestros antepasados perdura”


Pocos meses antes de la Confesión reformada de Francisco I -en la primavera de 1535- este rey ungido envió a un gentilhombre de su corte para advertir a los turcos que se prepararan a enfrentar la cruzada montada en su contra y de la que él había tenido información confidencial. El objetivo de esta cruzada era Túnez, sitio en que San Luis se había batido dos siglos y medio antes y que reunía ahora al papa, los reyes de Portugal, de España y a los Caballeros de Malta. En la misma época el saqueo de Roma en 1527 por las tropas desbandadas de Carlos V, había alcanzado aun al papa en cuanto soberano temporal beligerante en las guerras de Italia, pero no como en el caso del rey de Francia, al papa en cuanto jefe de la cruzada, ni aun menos en cuanto soberano pontífice eclesiástico y espiritual. No obstante la contemporaneidad de los hechos, este papa corona personalmente a Carlos V como emperador y rechaza la pretensión de divorcio del rey de Inglaterra Enrique VIII, divorcio que Francisco I en su visión pan-reformista buscará imponerle.

Más tarde, Enrique II -otro rey ungido e hijo de Francisco I- que no veía con buenos ojos el Concilio de Trento, al que había prohibido la asistencia de sus obispos, fue el único en Europa -a mi entender- que a imitación de su padre en la traición de la cruzada, llamó contra Roma a las flotas islámicas a fin de provocar su desembarco en los Estados de la Iglesia y coaccionar al papa bajo los estandartes del Profeta. Era el año 1551. Daniel Rops en su Historia de la Iglesia de Cristo tilda al hecho de “escandaloso”.

En la misma línea, Carlos IX, hijo de Enrique II, es el único -a mi entender- que en la Europa católica pretendió imponerse nuevamente a otro papa mediante la designación como embajador de Francia ante la Santa Sede, de un obispo -su creación- juzgado y rechazado por este soberano pontífice como “notorio hereje” protestante. En 1567 el papa se vio obligado a declarar persona non grata a este representante oficial del sacro Estado francés. Esta vez quien resalta el hecho es el cardenal Grente en su obra San Pío V.

El papado -en la persona del más santo de sus pontífices- no vacilará en poner de manifiesto oficialmente la permanente infidelidad de nuestros reyes consagrados. Reyes ungidos que por su forma de proceder harían enrojecer a más de un reciente republicano laicista. En 1570-71 el rey sacro Carlos IX, conforme a lo que precede, fue el único de los reyes del Mediterráneo católico que no sólo rechazó, sino también saboteó la cruzada contra el Islam (masivamente ofensivo entonces) que concluirá con la gran victoria católica de Lepanto. Triunfo que salvó a Europa mediterránea y a la misma Roma del sometimiento al Islam. Todo a pesar de la Francia de Carlos IX. Conviene citar al respecto las palabras que dirige San Pío V a este soberano si queremos hablar alguna vez lúcidamente de un renacimiento católico para Francia: “El error de vuestros antepasados no justifica el vuestro. Dios castiga a veces en los hijos las faltas de sus padres. ¡Cuánto más aplicará su justicia sobre los que pretenden perpetuar los errores de sus padres!”
Inspiración dominante del derecho romano y laicismo violento


Desde el final del siglo XIII existe en la monarquía francesa una conjunción teóricamente contradictoria pero efectivamente confluente de la unción sagrada y de la inspiración dominante en el derecho romano de un Estado pagano, laico, entendido como absolutista e imperialista. Es evidente que -como su mismo nombre lo indica- la Pragmática Sanción del rey ungido Carlos VII, librando la Iglesia de Francia de la autoridad pontificia, denota en derecho romano un acto legislativo de tipo imperial. Inspiración que no era la de nuestra primera monarquía medieval -de tono absolutamente cristiano- y que por el contrario, los Flotte, Nogaret y Dubois, consejeros activos de Felipe el Hermoso han defendido tan resuelta y subversivamente como nuestros revolucionarios de 1789. A partir de 1306 -por ejemplo- Dubois reclamaba la confiscación de los bienes de la Iglesia para la Corona, lo que Luis XVI rey ungido, permitió también inicialmente a la Revolución. De ahí en más, existen en toda Francia universidades dedicadas al derecho romano -siendo la primera la de Montpellier de la que egresaron Flotte y Nogaret- salvo en París donde al carácter eclesial de la universidad prohibió rigurosamente la enseñanza de este derecho anti-eclesial mediante el dictado del decreto pontifical Super Specula de 1219.

Es en esta impregnación del derecho romano que la Revolución francesa encontrará también su nutriente. Se debe ver bien esto: bastante antes de la Revolución el tono de laicismo -aún violento- se expresa sin reservas en la Francia monárquica y lo hace en términos parecidos a los que emplearon nuestros laicistas franceses de 1996 para protestar contra la recepción preparada al papa en la Reims de Clodoveo. El artículo “Pragmática Sanción” del famoso diccionario histórico del abad Moreri dedicado a Luis XIV, trata al concordato -firmado con Roma en 1516- de “traición a la causa pública” y de “vil condescendencia”, siendo el oprobio del negociador -el canciller du Prat- el haber recibido como “recompensa el capelo cardenalicio”. Al tratar “Prat” lo define como: un hombre “odioso para toda gente de bien”.
Lo que eran “las libertades de la iglesia galicana”


En Francia se exigía al rey -en el mismo momento de la unción- el juramento de asegurar que el poder eclesiástico (Canonicum privilegium) al igual que los poderes laicos procedería únicamente (unicuique) del soberano y sería ejercido a través de la iglesia local que éste controlaba. Los reyes de Francia renovaban así -a pesar de Roma- las pretensiones que los emperadores de la Querella de las Investiduras habían abandonado progresivamente. Sentaban de esta forma las bases de las pretensiones del josefismo austriaco del final del siglo XVIII, cuya imitación en Francia desde 1750 -bajo la influencia de Choiseul- se transformaron en una “lucha infernal” contra la Iglesia, tal como escribe el especialista Michel Claverie al estudiar la relación de los agentes generales del clero francés de 1765.

En virtud de estas “libertades de la iglesia galicana” el rey podía ignorar toda decisión de la Iglesia pontificia y conciliar -decreto o canon- posterior a la institución de su consagración que data de la época de Pipino el Breve. Estaba bien claro: sólo los cánones o decretos del corpus canonum promulgados al final de este remoto siglo VIII de Pipino el Breve, eran aceptados como obligatorios por el rey de Francia. Todos los actos pontificios o conciliares posteriores sólo tenían valor en Francia si el rey los aceptaba en su soberanía independiente -laica y absoluta- de acuerdo al derecho romano. De ahí el escándalo de un concordato que reconocía en el siglo XVI al papa como suma autoridad de la Iglesia, aun cuando ese concordato fuese aprobado por el Concilio de Letrán en 1517. De ahí el rechazo en el seno de la monarquía francesa –la única en Europa católica- de las orientaciones religiosas definidas por el Concilio de Trento a partir de 1565. De ahí también -al final de la monarquía- la Constitución civil del Clero ejerciendo su influencia laicista, en contra de Roma, sobre la misma Iglesia y con el acuerdo inicial de Luis XVI.
La revelación de Pío VI


Los errores detectados por Pío V -responsabilidad directa de la monarquía- culminarán en la Constitución civil del Clero. Pío VI reiterará la advertencia mediante una admirable diatriba. En su “consistorio secreto” del 26 de septiembre de 1790, el Papa señalará que tanto esta Constitución, como su efecto laicizante antipontifical, habían sido preparados por la misma monarquía -antes de la revolución- durante el ministerio confiado por Luis XVI a Loménie de Brienne.

Además, la política exterior dominante de la monarquía francesa desde el siglo XV, no había sino contribuido a esta desviación interna que culminó a la vez con la Constitución civil y con la Revolución anticatólica. Fundada simultáneamente sobre las alianzas protestante e islámica, esta política exterior de la monarquía que buscaba solamente favorecer una y otra vez lo que consideraba como sus propios intereses laicos particulares, no había logrado más que distanciarse del papado y desmantelar las relaciones y fidelidades al catolicismo, imponiendo en su lugar un relativismo cínico en sus intenciones y en sus actos. Espíritu que se demuestra en las dos masacres (1569 y 1638) llevadas a cabo por los protestantes germano-suecos contra los católicos del Franco Condado. Lo testimonia asimismo el hecho de haber promovido el sometimiento por la fuerza (1735) de los cristianos de Rumania y de Serbia al poder del Islam turco del que ya se habían liberado. Este último suceso fue considerado como “la obra maestra de la diplomacia francesa”.

En definitiva, esta otra pedagogía propiamente monárquica -bien concreta- no logró más que conducir los espíritus hacia la autonomía generalizada -sistemática y desdeñosa- del laicismo nacional con respecto a la religiosidad católica. Autonomía cuyo modelo proporcionaba la monarquía y cuyo sinónimo es laicismo. Un laicismo que, desde los inicios no podía ser más radical, comprometiendo a la vez la política central de la nación, su propaganda, sus finanzas y sus recursos militares. Es decir aun la sangre de sus hijos. El expansionismo político y militar de la Revolución laicista y anticatólica ya estaba preparado tanto en sus objetivos como en sus medios, expansionismo que ahora será proclamado por las masas sedientas de venganza.

¡“Dios corpóreo”, “otro Cristo”!

Jean de Terremerveille afirmó en el siglo XV que la nación francesa -por la unción sagrada- se había transformado bajo la pluma de legistas en un cuerpo místico cuya cabeza pontificia era el rey. Un rey casi “Dios sobre la tierra”, “Dios corpóreo”, “otro Cristo”, tal como lo afirma hoy Jean Barbey. Las tres flores de lis significan las tres personas de la Trinidad, manifiestan las tres virtudes teologales, encarnan las tres jerarquías de ángeles. Así lo proclamó Vivaldus de Monte Regali, confesor de Luis XII en el siglo XVI. “Los enemigos de nuestros reyes son los enemigos de Dios” escribió el libelista de Catholique d’Etat -título también significativo- cuando trabajaba para el cardenal Richelieu, bajo Luis XIII en el siglo XVII. De hecho, la monarquía francesa -por sus pretensiones de pontificado y más aun que de derecho divino, de divinidad real- se ha procurado un cristianismo a sus órdenes, un cristianismo galicano, es decir, nacionalista y fiel al estado parisino. La monarquía ha mostrado así el camino a la República: ha sido la primera en laicizar y nacionalizar para imponer su poder bajo la apariencia del interés de la nación. Esto se aleja bastante de la auténtica concepción de la monarquía que, entre otros había expresado San Luis considerando la sublimidad misma de nuestros reyes consagrados. Este soberano no se tenía por cabeza pontificia de la nación, ni tampoco por la Santísima Trinidad. No se arrogaba el favor de Dios en contra de sus enemigos, ni se consideraba como rey intrínsecamente superior a su pueblo; aun menos, no pretendía un derecho divino fuera de la Iglesia. “No soy el Rey de Francia, no soy la santa Iglesia. Sois vosotros el rey, en cuanto que sois la santa Iglesia”, declaraba el santo monarca ante sus barones. Corría entonces el año 1250.


De ningún modo el “modelo” de la monarquía cristiana


El absolutismo llamado “de derecho divino” que se manifestó luego en Francia no es de ningún modo el modelo de la monarquía cristiana. Es una desviación del gran principio de la “monarquía limitada” a la que se refería San Luis, monarquía de servicio, soberanía del derecho de los pueblos. Principio que es producto de la tradición escolástica católica de la Edad Media, notablemente con Santo Tomás de Aquino -comensal directo de San Luis-. Tradición luego relevada 1 en el siglo XVI por la escuela de Salamanca y mas tarde por la escuela jesuita. Principio que impone que los reinos no pertenecen a los reyes sino a los pueblos en sus diversas comunidades; y que promueve la existencia de un derecho natural de los pueblos a su defensa contra los abusos del poder.

“El bien común -de cada uno- de los pueblos es anterior y superior a los derechos de los reyes” escribía en 1667 el italiano Francesco de Andrea. “Los reyes están sujetos a la fuerza de las leyes” señalaba aún mas claramente el juez de la chancillería real española de Granada -Pedro González de Salcedo- en 1673. Asunto que -salvo en Francia- concernía a la vez a la Iglesia y al reino. La exposición sistemática de esta doctrina había sido solicitada por el preceptor de Felipe III -futuro primado de España- para la formación de su pupilo, al teólogo jesuita Mariana (en 1590), quien la plasma en su tratado latino De Rege. Tal fue el rechazo de París a estos principios que veinte años mas tarde, el 8 de junio de 1610, siendo rey de España Felipe III, se quema en la capital -bajo el pórtico de Notre Dame- este tratado sin duda monárquico y aprobado además por la Iglesia. Quema que se efectuó bajo pretexto de haber inspirado al asesino de Enrique IV (Ravaillac), quien sin embargo declaró ignorar su existencia. Rechazo reiterado el 26 de junio de 1614 por la condena en París de la famosa Defensio fidei escita por el otro gran jesuita español Francisco Suárez, por pedido y con agradecimiento del papa Pablo V en 1613. En este último se denunciaba la apropiación de la fe llevada a cabo por la monarquía reformada inglesa y el juramento de fidelidad religiosa que exigía a sus súbditos. La monarquía francesa se sentía igualmente juzgada.


“Ningún rey es inmediato a Dios”.

Desde su perspectiva, la monarquía francesa no se equivocaba. Esta Defensa de la fe, promovida por el papa que otorgó a Suárez -muerto cuatro años más tarde- el título de Doctor eximius ac pius, evocaba en millares de referencias bíblicas, evangélicas, patrísticas, pontificias, teológicas y hasta regias (notablemente por San Luis) la doctrina católica del poder totalmente opuesta al absolutismo divinizado.

Por ejemplo en los capítulos 2, 3 y 10 de su libro 3, donde se lee: “Ningún rey, ningún principado político es inmediato a Dios” y no debe en consecuencia arrogarse pontificado alguno. Ya que el poder de “apacentar el pueblo de Dios” ha sido transmitido por Cristo -de los entonces y siempre obsoletos reyes de Israel (referencias de la unción galicana)- al Apóstol Pedro “a quien Cristo encomendó apacentar sus ovejas” y a sus sucesores. En adelante el poder del rey o del principado -que procede de Dios como toda la Creación- sólo es conferido al soberano “por voluntad humana” en “donación” o en “contrato” por “el cuerpo político de la comunidad o ciudad humana”. El rey no puede tampoco “usurpar luego ni el propio derecho ni la libertad” de esta ciudad humana, ya sean naturales o espirituales. Así, los límites al poder civil (son) totalmente necesarios”. Aun excepcionalmente “en ciertos casos, con mucha prudencia, si el rey transforma su poder en tiranía contra las exigencias de la justicia natural (o espiritual), el pueblo puede levantarse contra él, y liberarse de su poder”. Doctrina bastante moderna, como se observa. 2
Temor reverencial ancestral hasta nuestros días


No debe creerse que todo esto es sólo “una vieja historia”. El hábito de la infidelidad galicana -luego “constitucional”- de su reverencia primordial al poder laico hasta en sus desviaciones, continúa marcando dramáticamente en la actualidad al episcopado francés. El responsable directo de este organismo -recientemente designado- no aceptaba ninguna de las encíclicas pontificias decisivas, de Humanae vitae a Evangelium vitae, sobre temas como la destrucción de la familia y de la transmisión de la fe programada por la legislación o la educación de Estado y mediática, sobre el aborto de Estado y sobre los problemas de la bioética -capitales para el futuro divino de la humanidad- sobre los que el Estado pretende erigirse en juez normativo. El episcopado restauraba así su Pragmática Sanción, sus “libertades de la iglesia galicana”, en contra de Roma.

Los sacerdotes franceses en su adhesión a Roma, deben buscar amparo en la fidelidad de otros episcopados de Europa y del mundo, sobre todo en los de Italia y de Estados Unidos -este último particularmente lúcido y eficaz al respecto-. Algunos signos me lo confirman: el conocimiento histórico y mental de la antigua desviación francesa de la que he hablado, y la ruptura decisiva con ella, son hoy en Francia las condiciones de un renacimiento católico. Esto sólo es posible distanciándose resueltamente del temor reverencial ancestral ante las pretensiones normativas del poder laico, de sus pompas y de sus obras. Y oponiéndose a ellas tanto cuanto sea necesario.
Desliz específicamente francés


Este análisis no es para nada original. Ya que aun la gran prensa, los más informados de nuestros historiadores cristianos y el más profundo de nuestros poetas y dramaturgos católicos, se han abocado a esta tarea. Este último, con una violencia que no me es posible igualar.

Y, considerándolas en detalle, las referencias históricas sobre este punto son interminables... El primero, Pierre Chaunu, en su soberana brevedad de gran crítico histórico internacional, acaba de publicar en Le Figaro del 28 de febrero de 1998 estas líneas, con toda la fuerza de la evidencia: “Se conoce la evolución específicamente Francesa de la religión de Estado (un catolicismo apenas romano a fuerza de ser galicano) hacia un laicismo laicizante que sólo acepta que se murmure en privado el nombre de Dios”.

No existe un laicismo “laicizante” en los países que fueron a la vez verdaderamente romanos y no conformaron, como nosotros, una monarquía laica divinizada. En estos países, contrariamente a lo que se advierte en Francia, y para citar sólo algunos ejemplos, la Cruz de Dios preside siempre -a título público- en el seno de los tribunales o de las escuelas; hay cooperación entre la Iglesia y el Estado en lo que se refiere a las contribuciones necesarias para la vida de la Iglesia y en la enseñanza de la religión. Esto es así en España, Italia, Suiza católica, Alemania católica, Polonia, etc. Lo mismo se da en la creación o conformación de sus propias universidades públicas sujetas a la vez al Estado y a la Iglesia. Tal es el caso de Friburgo en Suiza y de la Complutense fundada por el cardenal Cisneros en Madrid. Y si en Francia, la Alsacia-Lorena goza aun del beneficio de tal estatuto es porque en atención a su anterior pertenencia al Imperio germánico, Reichsland, después de 1918 París no osó retirar ese beneficio ante los vivos testimonios de adhesión de su población hacia este imperio.

Porque, en lo que a nosotros concierne, franceses según París -como lo destaca Pierre Chaunu- permanecemos bajo el imperio global de una evolución “laicizante” heredada de “una religión de Estado” tan abusiva como “específica”. Y porque esta tan particular realeza divinizada fue acogida desde el principio entre nosotros como modelo galicano antipontifical imponiendo ya un egoísmo nacional laico. Luego, en “caída”, en el marco de la excitación revolucionaria, aun regia, de una última ofensiva contra Roma, la monarquía ofreció la salida abierta de un laicismo estructural anticatólico. Preparado sicológicamente, desde mucho tiempo atrás por las alianzas anticatólicas de la monarquía (islámica y protestante) como por su “espíritu laico” nacido en 1298 de manera virulenta. Y más adelante por los sarcasmos de nuestras Luces reinantes que se insinuaron en la misma monarquía en su fase final.
El desenlace laicista ilustrado


Lo vimos en Luis XV a partir de 1750 llevando a cabo la “lucha infernal” contra la Iglesia; en Luis XVI al comienzo de su reinado, y en los ministros que estos dos reyes eligieron, de Choiseul a Brienne. Este último, arzobispo galicano favorito a la misma vez de Luis XVI y de sus propios amigos enciclopedistas anticristianos, ilustra de manera completa y admirable el proceso final del “desliz” que acabo de esbozar. A partir de 1766, Brienne es el relator diligente de la Real Comisión de regulares que pone obstáculos a las vocaciones y clausura gran cantidad de conventos o abadías. Lo que le granjea el mote de “anti-monje” conferido por sus amigos D’Alembert y Voltaire. Ministro principal electo por Luis XVI en mayo de 1787, prepara -durante el ejercicio de su función- la Constitución civil del clero, tal como lo revela Pío VI. Luego de tomar la decisión de convocar los Estados Generales, al final de su ministerio y por la viva insistencia de Luis XVI, es nombrado cardenal en 1788-1789, a pesar de la “repugnancia” declarada por el papa al respecto.

Luego en 1791 se coloca contra el mismo papa, a la cabeza de la Iglesia cismática y de la política laica nacida de esta Constitución civil y aun regia. Lógicamente, el 26 de marzo del mismo año dimisiona como cardenal. Al año siguiente, en 1792, sustituye su capelo rojo por el “bonete rojo” al presidir el Club de los Jacobinos anticristianos locales. Lo que muestra ya una verdadera confusión muy significativa. Pero hay más aun. En noviembre de 1793, Brienne, arzobispo, antiguo primer ministro del rey y aun su favorito, procede a abandonar voluntariamente su condición sacerdotal y a renegar del culto católico mediante una ejemplar proclama de “amigo de la Razón”... y esto, de acuerdo con una decisión “tomada en épocas bastante anteriores” -monárquicas pues- tal como lo confiesa sin temor.

Culmina así en él el desenlace laicista, ya que el eminente abandono de su estado clerical modela el nuevo reino: el de la descristianización jacobina, tan general como directa. Una descristianización que libera a todo sacerdote y deroga todo culto católico en nombre de “la Razón”. Desenlace laicizante que, aunque directo y generalizado en nuestro tiempo, no es sino un “desliz” de la monarquía y se declara en adelante absoluto como ella. Específicamente en Francia y no en otra parte. De modo más general, el rechazo exclusivamente francés manifestado por la “monarquía limitada” de la tradición católica romana sigue su senda: su absolutismo ha pasado a ser laicista, pero en adelante patrimonio exclusivo del poder republicano a la francesa.

El poeta y dramaturgo que nombré más adelante y que confirma mi tesis, es nuestro escritor católico Paul Claudel, quien como embajador de Francia y hombre de un excepcional conocimiento de la historia internacional, escribía estas líneas bajo el título desaprobador de “El mesianismo nacionalista”: “Es con malestar que leo los discursos extravagantes de ciertos escritores católicos como Léon Bloy y Charles Péguy, en la France “soldat de Dieu” y en los “Gesta Dei per Francos”. ¿Fue acaso cuando el cardenal Richelieu (en 1631) por intermedio del Padre José enviaba tres cofres de oro al agresor protestante Gustavo Adolfo, desencadenando las terribles devastaciones de la Guerra de los Treinta Años, de la que nuestra Lorena -por las devastaciones de la misma monarquía galicana- resultó víctima? ¿Fue tal vez cuando Luis XIV se beneficiaba vergonzosamente de los problemas del Imperio, en el momento en que (1683) Viena, a la cabeza de Europa, escapaba por muy poco al asalto (del Islam), gracias al favor de Sobieski (rey de Polonia)? ¡No confundamos y no seamos tan hipócritas!”
Contra lo más profundo de los corazones católicos


Hace más de cincuenta años, cuando no se hablaba aun de Europa unida ya estaba jugado nuestro destino. Una Europa que desearíamos ver pacífica, fraternal, no islámica y católica romana para muchos. Sin reservas francesas de tipo galicano como las manifestadas a menudo y muy fuertemente contra este cuádruple voto. Voto que fue también el de los franceses de antaño. Veamos a Marrot exaltando la fraternidad (por desgracia momentánea) entre el rey de Francia y el emperador Carlos Quinto. A Ronsard cantando la paz (por desgracia momentánea) entre el rey de Francia y el rey de España. A san Francisco de Sales celebrando en la persona del duque de Mercoeur, ex liguista, la lucha de Europa contra el infiel islámico a la que asiste en Hungría sólo por propia iniciativa. A Jansenio, obispo de Ypres -más que medio Francés y cuya influencia fue muy importante sobre nuestro catolicismo- denunciando las manipulaciones anticatólicas de Richelieu en su finísima sátira Mars Gallicus, y expresando allí la oposición a las alianzas protestantes de Alemania de “la inmensa mayoría de católicos cultos” de Francia -según escribe nuestro más reciente especialista de la época Marc Fumaroli-. Pero lo que estaba entonces arraigado en los corazones católicos era traicionado por las desviaciones provocadas por el egoísmo monárquico divinizado del que ya hemos hablado. ¡Tan sagrado que fue aquel egoísmo! Y tan laicizante que resultó para el devenir de Francia.
El terrible reverso del “Voto de Luis XIII”


Es inevitable una última observación. Releyendo “La France de Louis XIII et de Richelieu” Victor L. Tapié -reconocida autoridad en nuestra Universidad estatal- encuentro una precisión que atañe al centro mismo de esta ambigüedad, de este doble compromiso contradictorio de nuestra monarquía consagrada. Peor aun: una precisión que toca a la esencia de la adhesión a la fe que muchos de nosotros, como católicos fervientes, hemos sido movidos a profesarle. Me refiero al Voto de Luis XIII (11 de diciembre de 1637) que coloca a su reino bajo la protección de la Virgen, prometiendo dar a su fiesta de la Asunción todo el brillo de las procesiones solemnes a partir del año siguiente. Éste es pues el origen de las procesiones solemnes del 15 de agosto en las que muchos de nosotros hemos tomado parte con gran devoción, aun recientemente.

Porque, aunque este Voto traducía claramente el catolicismo profundo de Luis XIII, era sólo el reverso de la confusión y el remordimiento” por las alianzas protestantes (de Francia contra España) que causaron tantas desgracias a los católicos de Alemania; por las iglesias devastadas; por los claustros profanados” -tal como lo señala al mismo rey su confesor, el Padre Causin-. Será por esta guerra interminable, la más terrible de todas para los católicos de Europa -a los que su ministro Richelieu “se encarnizaba en perseguir”- por lo que el monarca “no cesaba de hacerse cada vez más impopular en el reino” recuerda Tapié. Y agrega que fue el mismo Richelieu quien sugirió la idea del Voto, mientras por otra parte en Alemania mantiene sus aliados protestantes apoyados financiera y militarmente -hasta con sueldos- resultando de su Realpolitik totalmente laica, el rechazo, persecución y prohibición en aquel reino de toda devoción y procesión a la Virgen. Resalta el mismo historiador: “los católicos de Alemania, aterrorizados por la invasión protestante, lanzaban a Roma sus gritos de angustia”. Era absolutamente necesario ganar algunos años a la espera de la victoria final de la Realpolitik teñida de egoísmo nacionalista, apaciguando las almas católicas francesas por medio de una brillante operación de distracción. Lo que se destruía o se destruiría sin cesar en Alemania sería glorificado solemnemente en Francia para aplacar la indignación de nuestros católicos. Se desconoce -escribe Tapié- si (el Voto) respondía a los consejos de Richelieu inspirados por su fe personal o por la intención de no ceder a los Españoles el privilegio de “mostrarse” como los únicos defensores de las “devociones católicas”. Tras la benignidad aparente de esta exposición de tono universitario, el término “mostrarse” utilizado, lo dice todo. Por este Voto, la ambigüedad y aún la adversa instrumentalización laica de la unción real, resultaban solemnemente renovadas en un momento crucial de nuestra historia y de la Europa católica.
El refugio providencial


Ésta es la Europa católica que -se hace necesario afirmar- es hoy de manera relevante el refugio y asidero de nuestras propias fidelidades católicas francesas; en Baviera con el seminario de la Fraternidad San Pedro y en Suiza con el seminario iniciador -próximo a Saboya, en Ecône- fundado por monseñor Marcel Lefèbvre. De acuerdo con esto, si sólo hubiera dependido de nuestra monarquía sacral, de Francisco I que abrió militarmente el camino en Suiza y en Saboya a las “pestes Luteranas y Zwinglianas”; de Luis XIII que dio amplio apoyo militar a la “invasión” hasta Munich de los protestantes en Alemania, ni Ecône ni Baviera hubieran permanecido católicos. Lo mismo para los católicos de Italia. Regiones como la cercana a Florencia y a Génova -sedes de otros seminarios tradicionalistas franceses de nuestra época- no se hubieran mantenido fieles si fuera por nuestro rey Enrique II quien reclamó con insistencia y obtuvo en parte (en 1550) los poderosos desembarcos de sus aliados -los islámicos turcos- contra estas regiones.

Si fuera por nuestra monarquía sacral, nuestras adhesiones católicas francesas no tendrían refugio ni asidero. Es lo que comprendió nuestro especialista en lo internacional, Paul Claudel, cantando en su obra maestra dramática “Le soulier de satin” la supervivencia providencial de la Europa católica no (monárquicamente) francesa.
No es posible un César Dios


Estas cosas son tristes de expresar. Pero, como son verdaderas, es mejor que las sepamos. Para formarnos un conocimiento más lúcido del entorno, de nuestros “genes” históricos. Para mejor detectar las ambigüedades e infidelidades aun de nuestro presente. Para mejor hacer frente al nuevo absolutismo, laicizante tanto a través de nuestra historia monárquica como de nuestra descatolización, sin duda la más profunda de Europa, y que hemos heredado específicamente. Absolutismo que nos impone hoy una nueva alianza no deseada, la “terrible alianza de la democracia con el relativismo ético” denunciado por Juan Pablo II en Veritatis Splendor. De ahí que más que nunca, no podemos “rendir tributo a César”. Un César que, como nuestra monarquía sacral -y muy a pesar de ella- lo ha demostrado: no puede ser César Dios.


Jean Dumont


[1].- N.T.: El término se traduce literalmente del francés “relayée” que implica la acción deportiva de “tomar la posta” de un atleta a otro.

[2].- N.E.: Conviene recordar estos conceptos de Rubén Calderón Bouchet en su obra La Ruptura del Sistema Religioso en el Siglo XVI: “Durante la Edad Media el pueblo cristiano era la Iglesia. Ambas nociones -pueblo e Iglesia- no eran separables, pero la idea de un consensus civium para afianzar las bases del poder político se laiciza en las repúblicas italianas y aparece desde ese momento como una entidad pública distinta de su condición de asamblea de fieles”.

“Mariana -y Suárez en su seguimiento- distingue ambas realidades y advierte claramente sus diferencias. Pero como los hechos no autorizan todavía una separación definitiva entre el pueblo de Dios y el pueblo a secas, se permite una identificación que el curso de la historia se encargará de demostrar que es falsa.”


Fuente: Comunión Tradicionalista

Santoral Católico 30 de julio

  • Santos Abdón y Senén, Mártires
  • Beato Manés de Guzmán, Confesor
  • Santa Julita, Viuda y Mártir
  • Beato Arcángel de Calatafimi
  • Beato Juan Soreth
  • Beato Pedro de Mogliano
  • Beato Simón de Lipnicza
  • Beato Tomás Abel


SANTOS ABDÓN y SENÉN
Mártires
Todo lo tengo por pérdida en cotejo del
sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo,
por quien he sacrificado todo.
(Filipenses, 3, 8).



Abdón y Senén, nobles persas, fueron acusados ante el emperador Decio de haber socorrido a los mártires, y de haber enterrado sus santos restos. Se los apremió a que renegaran de Cristo, se les recordó la nobleza de su cuna, pero respondieron que su ma yor título de nobleza era ser servidores de Dios. Fue ron desgarrados a latigazos, les echaron encima a dos leones y cuatro osos, pero estas bestias feroces se echaron a sus pies. Finalmente, el emperador los hizo decapitar, en Roma, hacia el año 250.
MEDITACIÓN
BUENO ES SERVIR A DIOS y NO AL MUNDO
I. Muy pocas cosas pide Dios a sus servidores, y esas cosas son honrosas, útiles y agradables. Es honroso servir a Dios, aun en el mundo, porque los servidores de Dios son respetados desde que son conocidos. Es útil servirle: Dios no tiene necesidad de nosotros, nosotros no podemos pasarnos sin Él. Este servicio es agradable, porque la práctica de la virtud es conforme con la razón, y Dios colma de consuelos celestiales 8 quienes le sirven. Experimenta la ver dad de lo que te digo: sirve a Dios fielmente, y pronto confesarás que el placer de servir a un Señor tan bondadoso excede al trabajo de guardar sus mandamientos.
II. Los adoradores del mundo, por el contrario, sufren intolerable servidumbre. ¿Acaso no es una vergüenza ser esclavo del demonio y de las propias pasiones? Los hombres voluptuosos desprecian, en el fondo de su corazón, a sus compañeros de libertinaje. La felicidad no puede reinar en un corazón des garrado por los remordimientos de la conciencia y agitado por las tempestades de las pasiones. Un poco de oro, una falsa estima, que habrá de abandonarse muy pronto, he ahí las vanas recompensas con que premia el mundo a sus secuaces; y, con todo, hay que sufrir más para contentar al mundo que para contentar a Dios. (San Agustín).
III. ¿De dónde proviene que el mundo tenga más seguidores y Jesucristo tan pocos servidores? De que se dejan las enseñanzas de Jesucristo para no pensar sino en las máximas del mundo. ¡Quiérese gozar de los bienes presentes y se desprecian los de la vida futura! Se sigue la costumbre y el empuje de las pasiones, y no la doctrina infalible de Jesucristo. Llamóse Jesucristo Verdad y no costumbre. (Tertuliano).
El amor de Dios
Orad por Persia
ORACIÓN
Oh Dios, que para elevar a la cumbre de la gloria a los bienaventurados Abd6n y Senén, enriquecisteis su corazón con la abundancia de vuestra gracia, con ceded a vuestros servidores el perd6n de sus pecados, y que la intercesión de vuestros santos mártires nos libre de toda adversidad. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles 29 de julio de 2009

Santoral Católico 29 de julio

  • Santa Marta, Virgen
  • San Félix II, Papa
  • Santos Simplicio, Faustino y Beatriz, Mártires
  • San Lupo de Troyes, Obispo
  • San Olaf de Noruega, Mártir
  • Beato Urbano II, Papa
  • San Guillermo Pinchon


SANTA MARTA
Virgen
Marta, Marta, te afanas y turbas por muchas cosas;
sin embargo una sola es necesaria.
(Lucas, 10, 4-42).


Santa Marta, hermana de Marta Magdalena, tuvo la dicha de recibir a menudo en su casa a Jesucristo. Después de la Ascensión, los judíos la dejaron, con su hermano Lázaro y Santa Magdalena, en una barca sin remos ni timón en el mar; pero Dios les hizo de piloto y los hizo arribar a Provenza. Santa Marta construyó un convento en el que varias jóvenes, movidas por su ejemplo, consagraron a Dios su virginidad.
MEDITACIÓN SOBRE LA ÚNICA
COSA NECESARIA
I. Trabajas sin descanso en hacerte rico y sabio; sin embargo, no es éste el negocio importante; puedes ganar el cielo sin ser rico, sabio o estimado de los hombres. Deja esas ocupaciones, si ellas te impiden trabajar en tu salvación; da de mano las cosas del mundo para dedicarte a la sola cosa verdaderamente necesaria. Ojalá pudieses decir como Tertuliano: Me separé de la muchedumbre, no me ocupo ya sino de una sola cosa, no tengo ya sino un solo cuidado, ¡desembarazarme de todo cuidado!
II. La salvaci6n es absolutamente necesaria para el bien de tu alma como para el de tu cuerpo. Hay que asegurar esta alma que es inmortal; hay que mortificar el cuerpo durante esta vida, para hacerle feliz durante la eternidad. Estos bienes, estos honores, estos placeres, que tú buscas con tanta avidez pasarán velozmente; pero lo que hayas hecho para tu salvaci6n durará eternamente. Examina seriamente tu conciencia a este respecto, y encontrarás motivo para humillarte y confundirte.
III. Habrás perdido todo si no trabajas seria. mente en el negocio de tu salvaci6n durante tu vida; después de la muerte ya no hay manera. No tendrás sino una vida, un cuerpo y un alma; el hombre muere solamente una vez, y para el lado en que cae el árbol, allí queda eternamente. ¿Cómo has trabajado hasta ahora en tu salvación? ¡Ah! ¡te has Ocupado de bagatelas, y has descuidado el único negocio de importancia! No hacemos caso de las cosas necesarias, no pensamos sino en Cosas vanas y superfluas. (San Juan Crisóstomo).
La caridad

Orad por el clero.
ORACIÓN
Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, a fin de que la fiesta de Santa Marta, vuestra virgen, al mismo tiempo que regocija nuestra alma la enriquezca con una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén.

martes 28 de julio de 2009

Santoral Católico 28 de julio

  • Santos Nazario y Celso, Mártires
  • San Víctor I, Papa y Mártir
  • San Inocencio I, Papa y Confesor
  • Santa Catalina Thomas y Gallard, Virgen
  • San Sansón de Dol, Obispo
  • San Bovido
  • Beato Antonio de la Chiesa, Mártir


SAN INOCENCIO
Papa y Confesor



San Inocencio estaba en Ravena cuando Alarico, rey de los godos, saqueó la ciudad de Roma. Después de la partida de los bárbaros, volvió a Roma a consolar a su afligido pueblo. La paciencia que inspiró a los cristianos en esas tristes circunstancias impresionó vivamente a los paganos y convirtió a gran número de ellos. Condenó los errores de los pelagianos y excomulgó al emperador Arcadio y a la emperatriz Eudocia, por haber desterrado a San Juan Crisóstomo. Murió en el año 417, después de 15 años de pontificado.
MEDITACIÓN SOBRE LA INOCENCIA
I. Hay que ser inocente para entrar en el cielo; nada sucio penetra en él. Si perdiste la inocencia bautismal, será menester no sólo recurrir al sacramento " de la penitencia, sino también expiar con lágrimas, oraciones y buenas obras, la pena debida por tus pe- cados mortales, aunque estén perdonados; si aquí abajo no pagas esa deuda, forzoso será que la pagues en las llamas del Purgatorio. Elige. Solamente hay dos caminos para llegar al cielo: la inocencia y la penitencia. El primer grado de la felicidad es no pecar; el segundo, reconocer las faltas. (San Cipriano).
II. Vela por la pureza de tus manos, de tu corazón, de tu lengua, es decir, de tus acciones, de tus pensamientos y de tus palabras. Tus palabras son el intérprete de tus pensamientos; serán puras si tus pensamientos son puros, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La bondad como la malicia de nuestras acciones viene de nuestra voluntad: de ella proceden la vida y la muerte. Cuida, pues, con todo esmero, la pureza de tu corazón.
III. Si injustamente se te acusa de alguna maldad, regocíjate al verte tratado como lo fue Jesucristo. Consuélate con el testimonio de tu conciencia y con el pensamiento de que Dios conoce tu inocencia. Quéjate a Jesús crucificado, como un amigo a su amigo, de la injuria que se te hace. Dile: Señor, soy inocente de la maldad que se me imputa, pero he cometido muchas otras que merecen mayor castigo. Menos sufrimos de la que en realidad merecemos. (Salviano).

La santidad
Orad por la Jerarquía
ORACIÓN
Señor, que la generosa confesión de vuestros santos Nazario, Celso, Víctor e Inocencio reanime nuestro valor y nos obtenga el socorro que reclama nuestra flaqueza. Por J. C. N. S. Amén.




lunes 27 de julio de 2009

Cardenal Pie: Sermón sobre la Intolerancia Doctrinal




“Unus Dominus, una fides, unum baptista”
"No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo"
(San Pablo a los Efesios, IV, 5)

Un sabio ha dicho que las acciones del hombre son las hijas de su pensamiento, y nosotros mismos hemos comprobado que tanto los bienes como los males de una sociedad son fruto de los principios buenos o malos que ella profesa.

La verdad en el espíritu y la virtud en el corazón son dos cosas que se corresponden casi puntualmente: cuando el espíritu se ha entregado al demonio de la mentira, el corazón — no obstante que el desorden no haya comenzado por él — está muy cerca de abandonar-se al demonio del vicio. La inteligencia y la voluntad son dos hermanas, entre las cuales la seducción es contagiosa: si ven que la primera se ha abandonado al error, corren un velo sobre la honra de la segunda.

Y porque esto es así, mis hermanos, porque no existe ningún daño, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral y aún en el orden material, es que concedemos importancia a combatir el mal en su origen, a secarlo en su fuente, esto es, en sus ideas.

Mil prejuicios se han popularizado entre nosotros: el sofisma, asombrado de sentirse atacar, invoca la prescripción; la paradoja se vanagloria de haber adquirido carta de nacio-nalidad y derechos de ciudadanía. Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmós-fera impura, no han evitado totalmente su contagio: aceptan demasiado fácilmente muchos de los errores. Fatigados de resistir en los puntos esenciales, a menudo cansados de luchar, ceden en otros puntos que les parecen menos importantes, y no advierten nunca — a veces porque no quieren percatarse — hasta dónde podrán ser llevados por su imprudente debilidad.

Entre esta confusión de ideas y de falsas opiniones nos toca a nosotros, sacerdotes de la incorruptible verdad, salir al paso y censurar con la acción y la palabra, satisfechos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desborde de la mentira, des-tronar principios erróneos que reinan orgullosamente en las inteligencias, corregir axiomas funestos admitidos ya por la convalidación del tiempo, esclarecer finalmente y purificar una sociedad que amenaza hundirse, que envejece en un caos de tinieblas y de desórdenes, don-de no será ya posible distinguir la índole y, menos aún, el remedio de sus males.

Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!" Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante.

Pero antes de entrar en materia, y para entendernos bien, distingamos las cosas, de-terminemos el sentido de las palabras y no confundamos nada.

La tolerancia puede ser o civil o teológica. La primera no es de nuestra incumbencia, y yo me permito sólo una palabra al respecto: si la ley pretende decir que ella autoriza todas las religiones porque ante sus ojos todas ellas son igualmente buenas, o aun hasta porque el poder público es incompetente para tomar partido sobre este tema, la ley es impía y atea; ella profesa, no ya la tolerancia civil tal como vamos a definirla, sino la tole-rancia dogmática, y — por una neutralidad criminal — ella justifica en los individuos la indiferencia religiosa más absoluta.

Por el contrario, si, aunque reconociendo que una sola religión es buena, ella tolera y permite el libre ejercicio de las otras, la ley en cuestión — como otros lo han observado antes que yo — puede ser sabia y necesaria, según las circunstancias. Si hay tiempos en que es necesario decir, con el famoso condestable: "Una fe, una ley“, habrá otros donde es preciso decir, como Fenelón a los hijos de Jacobo II: "Conceded a todos la tolerancia civil, aunque no aprobando todo como indiferente, sino sufriendo con paciencia lo que Dios su-fre“.

Pero dejo de lado este campo erizado de dificultades y, ateniéndome a la cuestión propiamente religiosa y teológica, expondré estos dos principios:

1. La religión que viene del cielo es verdad, y ella es intolerante con las otras doctrinas.
2. La religión que viene del cielo es caridad, y ella está llena de tolerancia hacia las per-sonas.

Roguemos a María que venga en nuestra ayuda e implore para nosotros el Espíritu de verdad y caridad: Spiritum veritatis et pacis. Ave María.

Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio

I. Es de la esencia de toda verdad no tolerar el principio contradictorio. La afirmación de una cosa excluye la negación de esa misma cosa, como la luz excluye las tinieblas. Allí donde nada es cierto, donde nada es definido, los sentimientos pueden estar divididos, las opiniones pueden variar.

Yo comprendo y pido la libertad en las cosas discutibles: In dubiis libertas. Pero cuando la verdad se presenta con los distintivos de certeza que la distinguen, por lo mismo que es verdad ella es afirmativa, es necesaria y, por consecuencia, es una e intolerante: In necessariis unitas. Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio.

La afirmación se aniquila si ella duda de sí misma, y duda de sí misma si permanece indiferente a que la negación se coloque a su lado. Para la verdad, la intolerancia es el an-helo de la conservación, el ejercicio legítimo del derecho de propiedad. Cuando se posee, es preciso defenderse, bajo pena de ser en breve totalmente despojado.

Por eso, mis hermanos, por la necesidad misma de las cosas, la intolerancia es nece-saria en todo, porque en todo hay bien y mal, verdad y falsedad, orden y desorden; en todas partes lo verdadero no soporta lo falso, el bien excluye el mal, el orden combate el desor-den. ¿Qué más intolerante, por ejemplo, que esta proposición: “dos y dos son cuatro“? Si usted viene a decirme que dos y dos son tres, o que dos y dos son cinco, le res-pondere que dos y dos son cuatro. Y si usted me dijera que no impugna mi manera de contar, pero que mantiene la suya, y que me pide ser tan indulgente con usted como usted lo es conmigo, permaneciendo yo totalmente convencido de que tengo razón y que usted está equivocado, posiblemente yo me callare, en rigor, porque después de todo me importa muy poco que haya sobre la tierra un hombre para el que dos más dos sean tres o cinco.

Sobre un cierto número de asuntos, donde la verdad fuera menos absoluta o las con-secuencias fueran menos graves, yo podría hasta cierto punto transigir con usted. Seré con-ciliador si usted me habla de literatura, de política, de arte, de ciencias amenas, porque en todas estas cosas no hay un modelo único y determinado. Ahí lo bello y lo cierto son, más o menos, convenciones; y, por lo demás la herejía, en esta materia, no incurre en otros ana-temas que los del sentido común y del buen gusto.

Pero si se trata de la verdad religiosa, enseñada o revelada por Dios mismo; si va en ello vuestro destino eterno y el de la salvación de mi alma, por consiguiente ninguna tran-sacción es posible. Me encontrareis inflexible, y debo serlo. Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista.

Mis hermanos: nada es tan exclusivo como la unidad; por lo tanto, escuchad la palabra de San Pablo: "Unus Dominus, una fides, unum baptisma". No hay en el cielo más que un solo Señor: Unus Dominus. Ese Dios, cuyo gran atributo es la unidad, no ha dado a la tierra más que un solo símbolo, una sola doctrina, una sola fe: Una fides.

Y esta fe, este símbolo, El no los ha confiado más que a una sola sociedad visible, a una sola Iglesia, todos cuyos niños son señalados con el mismo sello y regenerados por la misma gracia: Unum baptisma. De este modo la unidad divina, que reside desde toda la eternidad en los esplendores de la gloria, se manifiesta sobre la tierra por la unidad del dogma evangélico, cuyo depósito ha sido dado en custodia por Jesucristo a la unidad jerár-quica del sacerdocio: Un Dios, una fe, una Iglesia ("Unus Dominus, una fides, unum bap-tisma").

Un pastor inglés ha tenido la osadía de escribir un libro sobre la tolerancia de Jesucristo, y el filósofo de Ginebra ha dicho, hablando del Salvador de los hombres: "Yo no veo para nada que mi divino Maestro se haya andado con ambigüedades acerca del dogma“. Nada más cierto, mis hermanos: Jesucristo no se ha andado para nada con ambigüedades acerca del dogma. El ha traído a los hombres la verdad, y ha dicho: "Si alguno no fuera bautizado en el agua y en el Espíritu Santo; si alguien rehusase comer de mi carne y beber de mi sangre, no tendrá ninguna parte en mi reino“. Lo reconozco, allí no hay ninguna ambigüedad: es la intolerancia, la exclusión más indudable, la más franca. Y además, Jesu-cristo ha enviado a sus Apóstoles a predicar a todas las naciones, es decir, a violentar todas las religiones existentes para establecer la única religión cristiana por toda la tierra y susti-tuir, por la unidad del dogma católico, todas las creencias adoptadas por los diferentes pue-blos. Y previendo las revueltas y las divisiones que esta doctrina va a provocar sobre la tierra, El no se detiene y declara que no ha venido a traer la paz sino la espada, a encender la guerra no solamente entre los pueblos sino aún en el seno de una misma familia, y sepa-rar — al menos en cuanto a las convicciones — a la esposa creyente del esposo incrédulo, al yerno cristiano del suegro idólatra. Esto es así, y el filósofo tiene razón: «Jesucristo no se ha andado con ambigüedades acerca del dogma».

El mismo sofista dice en otro lugar, en su Emilio: "Yo hago como San Pablo, y coloco la caridad bien por encima de la fe. Pienso que lo esencial de la religión consiste en que, en la práctica, no solamente es preciso ser hombre de bien, humano y caritativo, sino que a todo el que es verdaderamente tal le basta con creer para ser salvado, no importa cuál religión profese".

Tenemos ciertamente, mis hermanos, un hermoso comentario de San Pablo que dice, por ejemplo, que sin la fe es imposible complacer a Dios; de San Pablo que declara que Jesucristo no está de manera alguna dividido, que en El no existe el sí y el no: solamente el sí; de San Pablo que afirma que, si por un imposible, un ángel viniera a evangelizar con otra doctrina que la doctrina apostólica, será necesario declararlo anatema. ¡San Pablo, apóstol de la tolerancia! ¡San Pablo, que marcha derribando toda ciencia orgullosa que se levanta contra Jesucristo, reduciendo todas las inteligencias a la servidumbre de Jesucristo!

Se nos habla de la tolerancia de los primeros siglos, de la tolerancia de los Apóstoles. Mis hermanos, ¡ni lo penséis! Muy por el contrario, el establecimiento de la religión cristiana ha sido por excelencia una obra de intolerancia religiosa.

En tiempos de la predicación de los Apóstoles el universo entero poseía, poco más o menos, esa tolerancia dogmática tan elogiada: como todas las religiones eran igualmente falsas e igualmente erróneas, tanto las unas como las otras, ellas no se hacían la guerra; como todos los dioses se ayudaban entre ellos — en tanto que demonios — no eran para nada exclusivistas, se toleraban; Satanás no está divido contra sí mismo. Roma, al multipli-car sus conquistas multiplicaba sus divinidades, y el estudio de su mitología se complicaba en la misma proporción que el de su geografía.

El triunfador que subía al Capitolio hacía marchar delante suyo a los dioses con-quistados, con mayor orgullo aún con el que arrastrara a su zaga a los reyes vencidos. Muy a menudo, en virtud de un senado-consulto, los ídolos de los bárbaros se confundían en lo sucesivo con el territorio de la patria, y el Olimpo nacional se agrandaba como el imperio.

El cristianismo, al momento de aparecer (anoten esto, mis hermanos, pues son es-quemas históricos de indudable valor relacionados con la cuestión presente); el cristianis-mo, en su primera aparición, no fue rechazado de plano.

El paganismo se preguntaba si, en lugar de combatir a esta religión nueva, no debía darle cabida en su seno: la Judea se había convertido en provincia romana; Roma, acostum-brada a recibir y conciliar todas las religiones, acogía inicialmente sin mucho esfuerzo al culto venido de la Judea. Un emperador colocaba a Jesucristo tanto como a Abraham entre las divinidades de su oratorio, como se vio más tarde a otro Cesar proponer rendirle home-najes solemnes.

Pero la palabra del profeta no tardaría en verificarse: la multitud de ídolos, que veían de ordinario sin celos a los dioses nuevos y foráneos venir a situarse a su lado, a la lle-gada del Dios de los cristianos repentinamente profirieron un grito de espanto y, sacudiendo su apacible polvo, se estremecieron sobre sus altares amenazados: "Ecce Dominus ascendit, et commovebuntur simulacra a facies ejus“.

Roma estuvo atenta a ese espectáculo, y pronto, cuando se advirtió que ese Dios nuevo era el irreconciliable enemigo de los otros dioses; cuando se vio que los cristianos, cuyo culto se había admitido, no querían admitir el culto de la nación; en una palabra, cuando se hubo comprobado el espíritu intolerante de la fe cristiana, fue entonces cuando comenzó la persecución.

Escuchen cómo los historiadores de la época justificaban las torturas a los cristianos: ellos no dicen nada malo de su religión, de su Dios, de sus prácticas; no fue sino más tarde que se inventaron las calumnias. Ellos les reprochan solamente el no poder soportar ninguna otra religión que la suya. "Yo no dudaba — dice Plinio el Joven — sea lo que fue-re su dogma, que no fuese necesario castigar su testarudez y su obstinación inflexible: Per-vicaciam et inflexibilem óbstinationem".

"No son en absoluto criminales — dice Tácito — pero son intolerantes, misántropos, enemigos del genero humano. Tienen dentro de ellos una fe obstinada a sus principios, y una fe exclusiva que condena las creencias de todos los otros pueblos: Apud ipsos fides obstinata, sed adversus omnes alios hostiles odium“. Los paganos decían bastante frecuentemente de los cristianos lo que Celso ha dicho de los judíos, quienes fueron con-fundidos mucho tiempo con ellos porque la doctrina cristiana había tenido su nacimiento en Judea: "Que estos hombres adhieran inalterablemente a sus leyes — decía este sofista — yo no se lo censuro; ¡yo no censuro más que a aquellos que abandonan la religión de sus padres para abrazar una diferente! Pero si los judíos o los cristianos quieren darse aires de una sabiduría más sublime que la del resto del mundo, diré que no debe creerse que ellos sean más agradables a Dios que los otros“.

De esta suerte, mis hermanos, la principal queja contra los cristianos era la rigidez demasiado rigurosa de su ley y, como se decía, el humor insociable de su teología. Si sólo se hubiera tratado de un dios más, no habría habido reclamos, pero era un Dios incompati-ble que excluía a todos los otros: he ahí el por que de la persecución.

Así, el establecimiento de la Iglesia fue una obra de intolerancia dogmática y, de la misma manera, toda la historia de la Iglesia no es más que la historia de esa intolerancia.

¿Qué son los mártires? Unos intolerantes en materia de fe, que desean más los suplicios que profesar el error.

¿Qué son los símbolos? Fórmulas de intolerancia, que reglamentan lo que se debe creer y que imponen a la razón misterios necesarios.

¿Qué es el Papado? Una institución de intolerancia doctrinal, que por la unidad je-rárquica mantiene la unidad de la fe.

¿Para qué los concilios? Para detener los desvíos del pensamiento, condenar las falsas interpretaciones del dogma, anatematizar las proposiciones contrarias a la fe.
Nosotros somos, por consiguiente, intolerantes, exclusivistas en materia de doctrina: en suma, somos decididos. Si no lo fuéramos, es que no tendríamos la verdad, puesto que la verdad es una y, en consecuencia, intolerante. Hija del cielo, al descender sobre la tierra la religión cristiana ha presentado los títulos de su origen, ha ofrecido al examen de la razón hechos incontestables y que prueban indiscutiblemente su divinidad.

Por lo tanto, si ella viene de Dios; si Jesucristo, su autor, ha podido decir: "Yo soy la verdad, Ego sum veritas“, es indispensable, por forzosa conclusión, que la Iglesia cristiana conserve íntegramente esta verdad tal como ella la ha recibido del mismo cielo; es ineludi-ble que ella rechace, que excluya todo lo que es contrario a esa verdad, todo lo que la des-truiría.

Reprochar a la Iglesia católica su intolerancia dogmática, su afirmación absoluta en materia de doctrina, es hacerle un reproche muy honroso: es reprochar a la centinela por ser demasiado fiel y demasiado vigilante; es reprochar a la esposa por ser demasiado delicada y demasiado exclusiva.

Nosotros los toleramos bien, dicen algunas veces las sectas a la Iglesia, ¿por qué, entonces, vosotros no nos toleráis? Mis hermanos, es como si las esclavas dijesen a la es-posa legítima: Nosotras os soportamos bien ¿por qué ser más exclusiva que nosotras?

Las intrusas soportando a la esposa, ¡es un gran favor, verdaderamente! Y la esposa es muy injusta por pretender para ella sola los derechos y los privilegios, de los cuales de-sean dejarle una parte, ¡al menos hasta lograr alejarla del todo!

¡Observen, pues, esta intolerancia de los católicos! — se dice a menudo a nuestro alrededor — ¡No pueden soportar ninguna otra iglesia que la suya!; ¡los protestantes los toleran bien!

Mis hermanos: vosotros estáis en la tranquila posesión de vuestra casa y de vuestra finca, y unos hombres armados se abalanzan sobre ellas, apoderándose de vuestra cama, de vuestra mesa, de vuestro dinero; en una palabra, ellos se instalan en vuestra casa, pero no os 6 expulsan: tienen la condescendencia hasta de cederles vuestra parte. ¿De qué tenéis que quejaros? ¡Sois demasiado exigente al no contentaros con la porción conveniente!

Los protestantes afirman que uno puede salvarse en nuestra Iglesia. ¿Por qué pre-tendéis vosotros que uno no pueda salvarse en la suya? Mis hermanos: trasladémonos a una de las plazas de esta ciudad; un viajero me pregunta por la ruta que conduce a la capital, y yo se la indico.

Entonces uno de mis conciudadanos se aproxima y me dice: "Yo reconozco que esa ruta conduce a París: se lo concedo. Pero usted me debe consideraciones recíprocas, y no me discutirá que esta otra ruta — la ruta de Burdeos, por ejemplo — conduce igualmente a París“.

En verdad esta ruta de París será muy intolerante y exclusivista al no querer que una ruta que le es directamente opuesta conduce a la misma meta. Ella no tiene un espíritu con-ciliador, incluso ¿no incurre en el abuso y el fanatismo?

Mis hermanos, yo podría incluso hasta admitirlo, pues las rutas más opuestas termi-narán tal vez por reencontrarse, luego de haber dado la vuelta al mundo, en tanto que se seguirá eternamente el camino del error sin llegar jamás al cielo. Entonces, no nos pregun-ten más por que, mientras los protestantes reconocen que uno puede salvarse en nuestra religión, nosotros nos rehusamos a reconocer que — generalmente hablando y excepto el caso de buena fe e ignorancia invencible — uno puede salvarse en la suya. Los espinos pueden admitir que la viña produce racimos, sin que la viña este obligada a reconocer a los espinos la misma propiedad.

Mis hermanos, a menudo estamos desconcertados de lo que escuchamos decir sobre todas estas cuestiones a personas, por lo demás, sensatas. Les falla completamente la lógica tratándose de religión. ¿Es la pasión, es el prejuicio lo que los ciega? Es lo uno y lo otro.

En el fondo, las pasiones saben bien lo que quieren cuando buscan trastornar los fundamentos de la fe, hasta colocar a la religión entre las cosas sin consistencia. No ignoran que, demoliendo el dogma, se preparan una moral fácil. Se ha dicho con perfecta exactitud: "Es más bien el decálogo que el símbolo lo que hace a los incrédulos". Si todas las religio-nes pueden ser colocadas en un mismo nivel, es que todas son válidas; y si todas son verda-deras, es que todas son falsas; y si todos los dioses se toleran, es que no hay Dios.

Y cuando se ha podido llegar hasta allí, ya no queda más moral molesta. ¡Cuántas conciencias estarían tranquilas el día que la Iglesia católica diera el beso fraternal a todas las sectas, sus rivales!

La indiferencia de las religiones es, por consiguiente, un sistema que tiene sus raíces en las pasiones del corazón humano; pero es necesario decir también que, para muchos hombres de nuestro tiempo, se debe a los prejuicios de la educación. Ciertamente, ora se trate de hombres ya avanzados en edad y que han mamado la leche de la generación prece-dente, o bien de quienes pertenecen a la nueva generación: los primeros han buscado el espíritu filosófico y religioso en el Emilio de Juan Jacobo; los otros, en la escuela ecléctica o progresista de esos semi-protestantes y semi-racionalistas que retienen hoy día el cetro de la enseñanza.

Juan Jacobo Rousseau ha sido entre nosotros el apologista y propagador de este sis-tema de tolerancia religiosa. La invención no le pertenece, aunque él audazmente superó al paganismo, que jamás llevó tan lejos la indiferencia.

Veamos, en un breve comentario, los principales puntos del catecismo ginebrino, lamentablemente popularizado: "Todas las religiones son buenas“, o dicho de otro modo, a la francesa, “todas las religiones son malas“. "Es necesario practicar la religión de su país“, es decir, de la comarca: verdadero de las cumbres para acá, falso tras las cumbres.

Por consiguiente, lo que es aún más grave, es necesario o no tener francamente ninguna religión y actuar como hipócrita en todas partes, o teniendo una religión en el fondo del corazón, convertirse en apóstata y renegado cuando las circunstancias lo requieran. La mujer debe profesar la misma religión que su marido, y los niños la misma religión que su padre; es decir, que aquello que era falso y malo antes del contrato de matrimonio debe ser verdadero y bueno después, ¡y que resultaría malo para los niños de los antropófagos apar-tarse de las excelentes prácticas de sus padres!

Pero ya los escucho decirme que el siglo de la Enciclopedia ha pasado y que una re-futación más extensa sería un anacronismo. ¡En buena hora! Cerremos el libro de la Educa-ción y abramos en su lugar los eruditos Ensayos, que son como la fuente común desde don-de la filosofía del siglo XIX se irradia por mil canales escrupulosos sobre toda la superficie de nuestro país. Esta filosofía se llama ecléctica, sincrética y — con una pequeña modifica-ción — también progresista.

Este hermoso sistema consiste en decir que no hay nada de falso; que todas las opi-niones y todas las religiones pueden ser conciliadas; que el error no es posible al hombre, salvo que se despoje de su humanidad; que el único error de los hombres consiste en creer poseer exclusivamente toda la verdad, cuando cada uno de ellos no tiene más que un esla-bón y que de la reunión de todos esos eslabones debe formarse la cadena completa de la verdad.

Así, según esta inconcebible teoría, no hay religiones falsas, si bien son todas in-completas la una sin la otra. La verdadera religión sería la religión del eclecticismo sincré-tico y progresivo, que reunirá a todas las otras, pasadas, presentes y por venir; todas las otras, es decir: la religión natural que reconoce un Dios; el ateísmo que no conoce ninguno; el panteísmo, que lo reconoce en todo y por doquier; el espiritualismo, que cree en el alma, y el materialismo, que no cree más que en la carne, la sangre y los humores; las sociedades evangélicas, que admiten una revelación, y el deísmo racionalista que la rechaza; el cristia-nismo que cree en el Mesías venido, y el judaísmo que lo espera todavía; el catolicismo que obedece al Papa, y el protestantismo que ve al Papa como anticristo. Todo esto es concilia-ble: son diferentes aspectos de la verdad, y del conjunto de estos cultos resultará un culto más amplio, más vasto, el gran culto verdaderamente católico — es decir, universal — puesto que el contendrá a todos los otros en su seno.

Mis hermanos, esta doctrina, que todos habréis calificado de absurda, no es para nada de mi creación: ella satura millares de volúmenes y de publicaciones recientes y, sin que el fondo varíe jamás, todos los días toma nuevas formas bajo la pluma y sobre los labios de los hombres en cuyas manos descansan los destinos de Francia. Pero ¿a qué punto de locura hemos llegado? Hemos llegado, mis hermanos, allí donde debe por lógica llegar quienquie-ra que no admita ese principio indiscutible que hemos señalado, a saber: que la verdad es una, y por consiguiente, intolerante, excluyente de toda doctrina que no sea la suya.

Y, para resumir en pocas palabras toda la sustancia de esta primera parte de mi ser-món, les diré: ¿Buscan la verdad sobre la tierra?, busquen a la Iglesia intolerante. Todos los errores pueden hacerse concesiones mutuas, ellos son parientes próximos porque tienen un padre común: "Vos ex patre diabolo estis“. La verdad, hija del cielo, es la única que no capitula jamás.

Y ustedes, puesto que quieren examinar esta gran cuestión, aprópiense de la sabiduría de Salomón. Si en medio de esas sociedades diferentes, entre las que la verdad es motivo de litigio así como estaba ese niño entre las dos madres, desean saber a quien adjudicar-lo, digan que les den una espada, finjan cortar, y examinen la cara que ponen los preten-dientes: habrá muchos que se resignarán, que se contentarán con la parte que les va a ser entregada.

Digan entonces: ellas no son las madres. Hay una que, por el contrario, se rehusará a toda componenda, que dirá: La verdad me pertenece y debo conservarla toda entera; no soportaré jamás que ella sea disminuida, dividida. Entonces digan: Ésta es la verdadera madre.

Sí, Santa Iglesia católica, tú tienes la verdad porque tú tienes la unidad, y porque eres intolerante a dejar deshacer esa unidad.

Éste es, mis hermanos, nuestro primer principio: La religión que desciende del cielo es verdadera, y en consecuencia es intolerante en cuanto a las doctrinas. Me queda por añadir: La religión que viene del cielo es caridad, y en consecuencia, plena de tolerancia en cuanto a las personas. Una vez más, no haré más que enunciar apenas y no intentaré su desarrollo.

Tomemos un momento de respiro.

II. Es propio de la Iglesia católica, mis hermanos, el ser firme e inquebrantable acerca de los principios y mostrarse dulce e indulgente en su aplicación. ¿Qué tiene de asombroso? ¿No es ella la esposa de Jesucristo y, como Él, no posee a la vez el coraje intrépido del león y la mansedumbre pacífica del cordero? ¿Y no representa ella sobre la tierra la suprema Sabiduría, que tiende con fuerza a su fin y que aplica todo suavemente? ¡Ah!, es también por este signo, es sobre todo por este signo, que la religión descendida del cielo debe ha-cerse reconocer: por las indulgencias de la caridad, por las inspiraciones de su amor.

Por lo tanto, mis hermanos, piensen en la Iglesia de Jesucristo y vean con que mi-ramiento infinito, con que respetuosa consideración procede con sus hijos, sea en la forma con la que presenta sus enseñanzas a su inteligencia, sea en la solicitud con que obra en su conducta y sus acciones. Pronto reconocerán que la Iglesia es una madre, que invariable-mente enseña la verdad y la virtud, que no puede aprobar jamás el error ni el mal, pero que se esmera en hacer su enseñanza amable y trata con indulgencia los yerros de la debilidad.

Acepten que les trasmita, mis hermanos, una impresión que seguramente no me es propia y personal, y que han experimentado como yo todos aquellos de mis hermanos que han tenido la oportunidad de reflexionar serenamente sobre el incomparable estudio de la ciencia sagrada.

Desde los primeros pasos que me ha sido dado hacer en el terreno de la santa teología, lo que me ha causado mayor admiración, lo que ha hablado más elocuentemente a mi alma, lo que me habría inspirado la fe si yo no hubiese tenido la felicidad de poseerla ya, es, por una parte, la tranquila majestad con la que la Iglesia católica afirma lo que es segu-ro, y por la otra la moderación y discreción con la que ella deja a las libres opiniones todo lo que no está definido.

No, no es así como los hombres enseñan las doctrinas de las cuales son los inventores, no es así como ellos expresan los pensamientos que son los frutos de su ingenio.

Cuando un hombre ha creado un sistema, lo sostiene con una tenacidad absoluta, no cede sobre ningún punto. Cuando se ha prendado de una doctrina nacida de su cerebro, busca hacerla prevalecer autoritariamente: no le objeten ni una sola de sus ideas; la que se permitan discutirle es precisamente la más segura y la más necesaria. Casi todos los libros salidos de la mano de los hombres son muestras de esa exageración y de esa tiranía.

¿Trátase de literatura, de historia, de filosofía, de ciencia? Cada uno se erige en orá-culo, no quiere ser contradicho en nada; es un alegato perpetuo, una crítica severa, mezqui-na, arrogante, categórica. La ciencia sagrada, al contrario, la santa teología católica, ofrece una característica totalmente diferente.

Como la Iglesia no ha inventado la verdad, de la que es solamente depositaria, no se encuentra nada de pasión ni de exceso en su enseñanza. Plugo al Hijo de Dios descendido sobre la tierra, en quien residía la plenitud de la verdad, develar claramente ciertos aspectos de la verdad y dejar solamente entrever los otros.

La Iglesia no lleva más lejos su ministerio y, satisfecha de haber enseñado, mantenido, reivindicado los principios indiscutibles y necesarios, deja a sus hijos discutir, conjeturar, razonar libremente sobre los puntos inciertos.

La enseñanza católica ha sido de tal manera calumniada, mis hermanos, los hombres están tan acostumbrados a juzgarla con sus prejuicios, que es posible que difícilmente crean lo que voy a decirles: no hay una sola ciencia en el mundo que sea menos despótica que la ciencia sagrada.
El depósito de la enseñanza ha sido confiado a la Iglesia. Ahora bien ¿saben ustedes lo que la Iglesia enseña? Un símbolo en doce artículos que no componen doce líneas, sím-bolo compuesto por los Apóstoles y que los dos primeros concilios generales han explicado y desarrollado con la adición de algunas palabras que llegaron a ser necesarias.

Nosotros los católicos proclamamos que la interpretación auténtica de las Sagradas Escrituras pertenece a la Iglesia. Ahora bien, ¿saben ustedes, mis hermanos, con referencia a cuántos versículos de la Biblia la Iglesia ha usado de ese derecho supremo? La Biblia encierra alrededor de treinta mil versículos y la Iglesia tal vez no ha llegado a definir el sentido de ochenta de esos versículos; el resto lo ha dejado a los comentadores y, puedo decirlo, al libre examen del lector cristiano de manera que, según la palabra de San Jerónimo, las Escrituras son un vasto campo en el cual la inteligencia puede recrearse y deleitarse y donde sólo encontrará, aquí y allá, algunas barreras alrededor de los precipicios, y tam-bién algunos sitios fortificados, donde ella podrá parapetarse y hallar un auxilio asegurado.

Los concilios son el principal portavoz de la enseñanza cristiana, por lo que desean-do el Concilio de Trento resumir en una sola y misma declaración toda la doctrina obligatoria, no le hicieron falta ni dos páginas para encerrar la más completa profesión de fe.

Y si se estudia la historia de ese Concilio se observa con admiración que era igual-mente celoso tanto por mantener los dogmas como por respetar las opiniones, y así es corno una tal expresión que la asamblea de los Padres rechazó es la que no les ha dejado reposo hasta no haberla sustituido por otra, ya que su significación gramatical parecía exceder la medida de la verdad segura y sustraer alguna cuestión a las libres controversias de los doctores.

Por último, el incomparable Bossuet, habiendo opuesto a las calumnias de los pro-testantes su celebre "Exposición de la fe católica", encontró que esta misma Iglesia, a la que se acusaba de tiranizar las inteligencias, podía compendiar sus verdades definidas y necesarias dentro de un cuerpo de doctrina mucho menos voluminoso como resultaría el de las confesiones, sínodos y declaraciones de las sectas que habían rechazado el principio de autoridad y profesaban el libre examen.

Ahora bien, lo repito, mis hermanos: en ese fenómeno extraordinario, que no se en-cuentra más que en la Iglesia católica, esa tranquila majestad en la afirmación, esa modera-ción y esa discreción en todas las cuestiones no definidas, allí está, a mi parecer, el signo adorable por el cual debo reconocer la verdad venida del cielo.

Cuando contemplo sobre la frente de la Iglesia esa serena convicción y esa benigna indulgencia, me arrojo entre sus brazos y le digo: Tú eres mi madre. Es así como una madre enseña, sin pasión, sin exageración, con una autoridad calma y una sabia mesura. Y ese carácter de la enseñanza de la Iglesia lo encontrarán entre sus doctores más eminentes, cu-yos escritos ella adopta y autoriza poco más o menos que sin restricciones.

Agustín emprende su inmortal obra "La ciudad de Dios“, que será hasta el final de los tiempos uno de los más valiosos monumentos de la Iglesia, en la que va a reivindicar las santas verdades de la fe cristiana contra las calumnias lanzadas por el paganismo. El sentía dentro de sí hervir los ardores del celo, pero si había leído en las Escrituras que Dios es la verdad, había leído también que Dios es caridad: Deus charitas est. Comprende entonces que el exceso de la verdad puede convertirse en déficit de la caridad; se pone de rodillas y dirige al cielo esta admirable plegaria: "Envíame, Señor, envía a mi corazón la dulcifica-ción, la moderación de vuestro espíritu, a fin de que llevado por el amor a la verdad no pierda yo la verdad del amor: Mitte, Domine, mitigationes in cor meum, ut charitate verita-tis non amittam veritatem charitatis".

Y, en el otro extremo de la cadena de santos doctores, oíd estas bellas palabras del bienaventurado obispo de Ginebra: "La verdad que no es caritativa deja de ser la verdad, pues en Dios, que es la fuente suprema de la verdad, la caridad es inseparable de la ver-dad“. Entonces, leed a San Agustín, leed a San Francisco de Sales: encontrarán en sus es-critos la verdad en toda su pureza y, por eso mismo, totalmente impregnada de caridad y de amor.

¡Oh, sacerdote de Cartago, ilustre apologista de los primeros tiempos! Yo admiro el nervio de vuestro lenguaje enérgico, la pujanza irresistible de vuestro sarcasmo, pero ¿cómo decirlo?: bajo la corteza de tus escritos más ortodoxos yo busco el fervor de la caridad, mas tus sílabas incisivas no tienen el acento humilde y dulce del amor.

Yo temo que defiendas la verdad como se defiende un sistema por el sistema mismo, y que un día tu orgullo herido abandone la causa que tu celo amargo había sostenido.

¡Ah, mis hermanos! ¿Por qué Tertuliano, antes de consagrar su inmenso talento al servicio del Evangelio, no ha rogado al Señor, como Agustín, que enviará a su corazón los apaciguamientos, las moderaciones de su espíritu? El amor lo habría mantenido en la doctrina, pero porque no se mantuvo en la caridad el perdió la verdad.

Y tú, ¡oh celebre apologista de estos últimos días!, tú, cuyos primeros escritos fueron saludados por los aplausos unánimes de todos los cristianos, yo te lo diré, ¡oh gran escritor!: esa lógica aparente con cuyos nudos deseas asfixiar a tu adversario, esos razonamientos ansiosos, frondosos, triunfantes con los que lo aplastabas, todo eso me sugiere al-go: tu celo se parece al odio, tratas a tu adversario como enemigo, tu palabra impetuosa no tiene el fervor de la caridad ni el acento del amor.

¡Oh, nuestro infortunado hermano en el sacerdocio! ¿Por qué era necesario que an-tes de consagrar tu gran talento a la defensa de la religión hubieras hecho al pie de tu crucifijo la plegaria de Agustín: "Mitte, Domine, mitigationes in cor meum ut charitate veritatis non amittam veritatem charítatis"? Más amor en tu corazón, y tu inteligencia no hubiera hecho una tan deplorable defección: la caridad te hubiera mantenido en la verdad.

Y si la Iglesia católica, mis hermanos, presenta a nuestros espíritus la enseñanza de la verdad con tantos miramientos y dulzura, ¡ah! es aún con mayor condescendencia y bondad que ella aplica sus principios a nuestra conducta y nuestras acciones. Incapaz de soportar jamás las malas doctrinas, la Iglesia es tolerante sin medida hacia las personas; jamás confunde el error con quien lo enseña, ni al pecado con quien lo comete. Ella condena el error, pero sigue amando al hombre; al pecado lo denigra, pero al pecador lo persigue con su ternura, ambicionando volverlo mejor, reconciliarlo con Dios, hacer entrar en su corazón la paz y la virtud.

Ella no hace acepción de personas: no hay para ella ni judío, ni griego ni bárbaro; ella no se ocupa de las opiniones de ustedes, no les pregunta si viven en una monarquía o en una república. Ustedes tienen un alma que salvar: es todo lo que ella necesita. Llámenla, ella está con ustedes, llega con las manos llenas de gracias y de perdón. Ustedes han cometido más pecados que pelos tienen en la cabeza: eso no la horroriza, borra todo en la sangre de Jesucristo.

¿Algunas de sus leyes son para ustedes demasiado pesadas?, ella accede a acomo-darlas a vuestra debilidad, su rigor cede ante vuestra enfermedad, y el oráculo de la teología, Santo Tomás, propone como norma que si ninguno puede eximir de la ley divina, por el contrario la condescendencia no debe ser demasiado difícil en las leyes de la Iglesia en razón de la suavidad que constituye el carácter de su gobierno: Propter suave regimen Ec-clesiæ.

Además, mis hermanos, en tanto que la ley civil es rígida e inflexible, la ley de la Iglesia es especialmente dúctil y benigna. ¿Qué otra autoridad sobre la tierra gobierna, ad-ministra como la Iglesia? Suave regimen Ecclesiæ.

¡Ah! ¡Que el mundo, que nos predica la tolerancia, sea entonces tan tolerante como nosotros! Nosotros no rechazamos más que los principios, y el mundo rechaza las personas. ¡Cuántas veces absolvemos, y el mundo continúa condenando! ¡Cuántas veces, en nombre de Dios, hemos echado un manto de olvido sobre el pasado, y el mundo lo recuerda siem-pre! ¿Qué digo? Las mismas bocas que nos reprochan la intolerancia nos censuran nuestra bondad demasiado crédula y en exceso simple, y nuestra inagotable paciencia hacia las per-sonas es casi tan combatida como nuestra inflexibilidad frente a las doctrinas.

Mis hermanos: no nos pidan más, entonces, la tolerancia con respecto a la doctrina. Alienten, por el contrario, nuestra solicitud por mantener la unidad del dogma, que es el único vínculo de la paz sobre la tierra. El orador romano lo ha dicho: "La unión de los espirítus es la primera condición de la unión de los corazones". Y este gran hombre hace entrar en la misma definición de la amistad la unanimidad de pensamiento, por analogía entre las cosas divinas y humanas: "Eadem de rebus divinis et humanis cure summa charitate juncta concordia“.

Nuestra sociedad, mis hermanos, es víctima de mil divisiones: de ello nos lamenta-mos todos los días. ¿De dónde proviene ese debilitamiento de los afectos, ese enfriamiento de los corazones? ¡Ah, mis hermanos! ¿Cómo podrán estar próximos los corazones allí donde los espíritus están tan alejados? Porque cada uno de nosotros se aísla en su propio pensamiento, cada uno de nosotros se encierra también en el amor de sí mismo. ¿Queremos poner fin a esas innumerables disidencias, que amenazan destruir pronto todo espíritu de familia, de ciudadanía y de patria? ¿Queremos no ser más extraños los unos para los otros, adversarios y casi enemigos? Volvamos a un símbolo, y encontraremos pronto la concordia y el amor.

Todo símbolo relativo a las cosas de aquí abajo está bien lejos de nosotros: miles de opiniones nos dividen y no hay más verdad humana desde hace mucho tiempo, y no se si se reconstituirá jamás entre nosotros. Felizmente el símbolo religioso, el dogma divino se ha mantenido siempre en su pureza en manos de la Iglesia, y de ese modo un germen precioso de salud nos ha sido conservado.

El día en que todos los franceses digan: "Yo creo en Dios, en Jesucristo y en la Iglesia", todos los corazones no tardarán en acercarse, y encontraremos la única paz verdaderamente sólida y duradera, la que el Apóstol llama la paz en la verdad.
Así sea.

Sermón predicado por el Cardenal Pie en la Catedral de Chartres,
publicado en “Obras Sacerdotales del Cardenal Pie”
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