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martes 31 de marzo de 2009

Herejía Modernista: Fundamentos Filosóficos

San Pio X


José L. Fernández Marcantoni

DEL MODERNISMO AL ATEÍSMO Y LA HEREJÍA

El modernismo fue (...) condenado por el Papa Pío X en 1907 en la encíclica Pascendi Dominici, que lo consideró "síntesis de todas las herejías", aunque sus manifestaciones habían sido ya expuestas parcialmente y condenadas por Gregorio XVI, Pío IX y León XIII. Lo que debiera haber concluido en el pensamiento católico después de tan severas reprobaciones, ha rebrotado a partir aproximadamente de los comienzos de la década de 1960, y con una virulencia que no tuvo antes, agregando nuevos y más nefastos errores.

Bases filosóficas del modernismo

Desde el principio se dio en sus representantes, que fueron apareciendo en gran número, una inclinación por la filosofía moderna, desprecio por la escolástica, la Metafísica y la demostración racional de la existencia de Dios, errores teológicos como la negación de la eternidad de las penas del infierno, etc., esto porque, en general, trabajaba sobre los supuestos del racionalismo, empirismo y fenomenismo kantiano, que hacen a la razón inapta para moverse en un plano propiamente ontológico. El celo apologético de algunos teólogos ante lo que creían un derrumbe inevitable, rechazó la apologética clásica para embarcarse por las vías del inmanentismo, que hacia finales del siglo XIX ya había emponzoñado todo el pensamiento católico. (...)

La influencia de la filosofía de la vida (vitalismo) se hizo sentir: no ya el Dios de la razón sino el logrado, como toda verdad, a través de la intuición vital, de lo que se siente, se experimenta con la voluntad, sentimiento, intuición, con la vida toda. La verdad es el resultado de una acción, de una actividad de la voluntad; en la religión primero está el acto de fe y de él surgen el dogma, el hecho del milagro (no son éstos los que mueven el acto del creyente, sino a la inversa). Este decir que en las fuerzas de la vida está la fuente de la religión, le quita todo carácter divino y sobrenatural, toda inmutabilidad a sus verdades objetivas, proceso que debe concluir perdiendo de vista a Dios, a lo esencial de la vida religiosa, concluyendo en su aniquilación. (...) Su irracionalismo [del modernismo] le hace rechazar la vía intelectual para el conocimiento de la Verdad Revelada. La razón es sólo para la ciencia y así no puede llegar por la vía apologética ni a demostrar a Dios ni su intervención en la historia (su divinidad, sus milagros). (...) La religión [para los modernistas] no es un don divino, nace de la vida en sus actos más íntimos dada su necesidad de Dios, por la conciencia de nuestra indigencia.

Ese sentimiento o impulso íntimo a creer es el que hace aparecer la idea de Dios (y decimos "idea", porque en este contexto no puede ser otra cosa); la fe versa sobre lo incognoscible y no se puede expresar por tanto en una fórmula intelectual; tal cosa sólo puede ser creída por un "intelectualismo muerto", del pasado. La fe pasa a ser no otra cosa que un sentimiento subjetivo que viene a desfigurar los hechos históricos dándoles la interpretación religiosa que exigen los tiempos; esos hechos son obra de la razón y hay que separarlos rigurosamente de la interpretación que les da la fe (obra del sentimiento vital). (...)

Crítica del modernismo

Ahora bien, la Verdad Revelada, que es un rico tesoro de verdades y actitudes que el hombre debe asumir, es lo esencial en la vida religiosa, y viene directamente de Dios. Su sujeto es el hombre, cuya naturaleza racional lo constituye en un ser hecho para la captación de la verdad, con sus solas fuerzas aunque con un límite. La Revelación viene a ayudar y sobreelevar los alcances de esa razón natural.

Luego esa Verdad no puede ser independiente y ajena, o contradecir la que el hombre puede lograr con las solas luces de su razón natural, sino que es como su continuación, su complementación y perfección, para que el hombre pueda hacer la vida que lo conduzca a su destino eterno.

Luego debe haber en la base de la Religión Verdadera una filosofía (Metafísica) verdadera, porque la religión la practica un ser racional, mas no porque se confunda religión con filosofía. Una religión sin fundamento racional se convierte en superstición.

La historia de la filosofía y la tradición religiosa, independientemente, nos confirman que la única metafísica verdadera es la tomista, sin negar el aporte de otras escuelas afines. El Papa León XIII lo dijo definitivamente en la encíclica Aeterni Patris. Esa Metafísica es tan clara, objetiva y conforme a la razón, que no sólo está al alcance de los filósofos, sino que, en sus principios fundamentales y en sus conclusiones más generales, radica en el sentido común y es conocida por cualquier entendimiento normal y sano, que no esté corrompido por sutilezas y sofismas de la especulación de cualquier índole. Si un católico no apoya su fe en los motivos de credibilidad que le da esa Metafísica, no puede coherentemente adherir a las verdades sobrenaturales que le enseña su Dogma; en todo lo humano, el orden sobrenatural continúa al orden natural, sobre elevándolo en su misma línea.

Por esto es que nos resulta inconcebible la actitud de muchos católicos, que hemos observado desde hace mucho tiempo, desde antes que estallara la crisis de hoy, que han pretendido hacer obra de apostolado sin el más mínimo argumento convincente, sin la más elemental base apologética, ni base alguna en la realidad objetiva de los hechos, de la realidad actual en que vivimos de las inclinaciones y necesidades del hombre contemporáneo, asumiendo actitudes de pura mojigatería y clericalismo como la de aquellos que haciendo profesión de fe, asistiendo a Misa y a los cultos, han defendido en la docencia y en todo lugar teorías de filósofos modernos adversos a la religión y sus verdades esenciales en el orden psicológico, moral, ontológico, social, político, cognoscitivo, etc.

Bueno será pues que estudiemos en dos grandes apartados, "Experiencia y realidad" y "El irracionalismo", las bases metafísicas y gnoseológicas de los errores modernistas.

EXPERIENCIA Y REALIDAD

Los vocablos "experiencia" y "realidad" nos instalan de lleno en el corazón del tomismo, o lo que es lo mismo, de una auténtica filosofía del ser. "Realidad" es la cosa (res), segundo de los trascendentales enumerados por la Metafísica. Cosa o realidad y ente son convertibles; realidad es el mismo ente, ni siquiera una "propiedad" deducible, sino el ente en su plenitud esencial y existencial.

La realidad es lo óntico-ontológico en su maciza consistencia "en sí", más allá y más acá del acto intelectivo, en su infinita riqueza, el ente en su pureza desafiante, en su misterio, en su llamado a la inteligibilidad. Pero es evidente que, estando el ente y la realidad en relación trascendental al entendimiento, una consideración filosófica de ello nos remite correlativa e inseparablemente a la indagación del medio o vía de acceso de la inteligencia a la realidad. Un "en sí" enclaustrado en la inconsciencia, en la no-presencia o manifestación, es noche, es no-saber y ni siquiera podría ser nombrado. Claro, lo que decimos es independiente de la cuestión de si el ser del ente se reduce a su presencia. Volveremos sobre esto. Lo que aquí nos interesa es la obvia observación de que si el filósofo se interesa por el ente en su propisima realidad debe preguntarse también por el instrumento por el que se hará presente esa realidad, si es que quiere pensar en ella.

Es así como llegamos al otro término, que para una filosofía realista y del ser, es correlativo: la "experiencia". Su significado está tan ligado al de "realidad", que, incluso, su consideración nos permitirá precisar la idea de realidad.

El acceso del entendimiento a lo real

La experiencia es la única vía de acceso a lo real. Lo real no se construye, ni se deduce, se experimenta en su inagotable multiplicidad. Y la experiencia original y originaria, punto de arranque y de resolución de todos los juicios del entendimiento, es la del ens concretum quidditatis sensibili [ser concreto de una esencia sensible], objeto proporcionado de nuestras facultades, mientras estemos situados, como es nuestra condición por naturaleza, entre los mundos sensible e inteligible. No podemos instalarnos de golpe en las entrañas de la realidad, sino a través de este humilde y reverente reconocimiento a la humana naturaleza y a la fuente primigenia de toda experiencia.

La realidad es lo dado, el polo objetivo, plenitud y fundamento de todos los fundamentos; la experiencia es el medio subjetivo humano, condición de posibilidad de toda ostensión o manifestación de la realidad. Por ella, y radicados en la experiencia original, vemos ahora que lo real es lo substante y existente, en la multiplicación indefinida de su individuación, y no el "cuasi-ente" de la representación intencional o ente ideal, que se nos diluye en las fronteras de la nada por tener un "ser prestado", subsistente meramente en lo "realmente real", entidad del "en sí", término de su referencia intencional que le da su contenido objetivo, y en la del sujeto racional que lo engendra y lo sostiene en un acto vital de su inteligencia; y vemos también que, por lo mismo, lo real implica el acto de ser en su sentido pleno, el acto terminal de la existencia (esse), y que no es ni puede ser un mero posible, ni una esencia, plena en sí misma y presente fuera de la nada por no sé qué fuerza que le exime de su relación trascendental a la existencia. No es la relación (que deba pensarse como un momento previo) de la essentia al esse que constituye a la realidad o al ente, porque el ente es anterior a la relación y la engendra en su seno en el mero hecho de su posición.

No empezaremos por la polémica. Si la experiencia radica fundamentalmente en la subjetividad (es una vía de aprehensión, una función del sujeto), es previsible esperar que se nos hable de infinidad de formas de experiencia; hay hasta una experiencia mística, que tenemos fundadas razones en admitir. Nos interesa ubicarnos en la experiencia tal como la vivimos ordinariamente, como ha sido dada al común del género humano, al que creemos pertenecer. Mi propia experiencia, y la que me ha tocado conocer en los demás, no me ha dado testimonio de otra forma de "experiencia" que la que ordinariamente entendemos como tal. Si algún filósofo ha tenido alguna que no nos es dable experimentar al común de los hombres, consideramos que, sin poner en duda, por razones estrictamente críticas, la validez de su testimonio, lamentablemente no la podemos aceptar como punto de arranque de un primer contacto con la realidad.

La filosofía no puede llegar a convertirse en algo común y al alcance de cualquiera, como una música pegadiza, es verdad, pero debe pertenecer a todo el género humano, hablar el lenguaje de su naturaleza, y estar al alcance de todo aquel que por una firme voluntad de saber, y superados los condicionantes culturales de su acceso, quiera asimilar sus verdades fundamentales, cuando menos. Lo mismo vale nuestra observación si la experiencia de que se nos habla es punto de llegada y no de partida, porque el valor de la experiencia es relativo al de la realidad a la que está ordenada, y si la investigación filosófica tuviera la virtud de conducirnos a una experiencia que la agotara con su plenitud, ésta tendría que estar en fundamental concordancia con la experiencia inicial, primer contacto con lo real. Que nuestra primera experiencia sea la del ser concreto de una esencia sensible, es algo apenas discutible, sólo rechazable por prejuicios metodológicos o cuando se quiere poner en práctica algún artificio ingenioso, pero no cuando el espíritu no ha sido contaminado por "requiebros" intelectuales, o cuando reconquistando su pureza original ha decidido sacárselos de encima.

Cuando la experiencia se separa de la realidad

De la desvirtuación de los conceptos de realidad y experiencia, perdido su sentido obvio y evidente para el sentido común, ha sobrevenido la pérdida, en la medida de esa desvirtuación, del valor de verdad de las construcciones filosóficas. Cuando la verdad del entendimiento no está ordenada a la verdad trascendental del ente real, que la mide y la sustenta, se convierte en no-verdad, se vicia por dentro y el espíritu pasa a habitar en construcciones que pueden deslumbrar cual lujosos palacios, pero que no tienen otra consistencia que la de los espejismos. La realidad "en sí" es la única verdad, pero ésta permanece intacta para el espíritu, no se le brinda ni manifiesta cuando éste, extraviado en sus propias construcciones, termina por desnaturalizar sus primordiales funciones intelectuales, la experiencia intelecto-sensitiva que está en su base.

En el pensamiento de Occidente, la pérdida de contacto de la experiencia humana fundamental con la única fuente de la realidad radical, el esse, no se operó, a pesar de lo que piensa Heidegger, con el pensamiento de los maestros Platón y Aristóteles; más bien ellos marcan un momento ascendente en la historia de la búsqueda de lo real existente y un afinamiento de la razón en la vía de su asimilación y su expresión interior en la subjetividad representativa. La desconexión se produjo notoriamente en el pensamiento de la edad moderna cuando el ente de segunda intención pasó a ocupar su lugar y pretendió convertirse en manantial de toda metafísica.

a) Descartes, Spinoza y Leibniz

En Descartes, el fenómeno del alma y el fenómeno de los cuerpos, su representación, pasaron por ser su realidad y así se construyó sobre la subjetividad, iniciándose el gran cisma entre la razón y su objeto propio. Spinoza y Leibniz le siguieron en este proceso, tomando por experiencia fundamental lo que ya eran construcciones secundarias de la razón, como la idea de substancia infinita en el primero (mero callejón sin salida de las supuestas "ideas claras" del maestro), o la multiplicidad de substancias incomunicables fundadas en un doble espejismo en el segundo, ilusión de que la razón puede trabajar independizada del ser para atraparlo por un mero cálculo de probabilidades desde su propia inmanencia, e ilusión (que hizo escuela) de que el ente de razón inventado por la conceptuación matemática puede suplir la experiencia primordial del ente inteligible. La ruptura estaba dada y la bola de nieve arrojada por la pendiente, necesariamente habría de crecer en tamaño e impulso.

b) El idealismo de Kant

Kant culmina la ruptura cuando deja asentado para siempre que "un más allá del pensamiento es impensable", lo que se convierte en dogma para un pensamiento que ha superado todos los "dogmatismos" y las "ingenuidades", al que la experiencia ha aleccionado de que debe hacerse hipercrítico y autoconsciente. Sin embargo, Kant no era consciente de que empobrecía cada vez más la experiencia fundamental, al dar el nombre de "experiencia" a la síntesis de un dato sensible amorfo y una categoría "a priori" de naturaleza ideal. La experiencia trascendental de las categorías "a priori" o de su función informante es un proceso al revés; Kant busca una fundamentación a la inversa desde que recurre a lo que es construcción lógica y abstracta en primer término. Los juicios sintéticos "a priori" son una realidad disminuida que por su misma naturaleza han perdido ya la riqueza de una vivencia intelectivo-sensitiva. La construcción científica no puede ser punto de partida, porque el pensar pensamientos nos lleva a una desrrealización cada vez mayor. Cuando el dato simple de la unidad ontológica de la cosa real, que sostiene en una taleidad toda la legalidad de los tres niveles de inteligibilidad del ente, toda posibilidad de predicación universal y necesaria, y el otro dato simple de la unidad ontológica del sujeto cognoscente, verdaderas experiencias iniciales y fundamentales de auténtica carga ontológica, son rechazados en aras de una "inversión copernicana", debe aparecer el colmo de la irrealidad, un sujeto lógico-trascendental, mero principio de unidad formal.

Mas he aquí que la filosofía no se puede conformar con ser meramente académica y elegante: está ávida de ser y de realidad, quiere volver al lejano ente del que le ha quedado sólo una caricatura. Entonces, al ver cortados todos los puentes que le comunicaban con su habitáculo natural, se repliega desesperadamente sobre sí misma y trata de hallar una intuición radical que la instale en el corazón del ser. El yo se piensa a sí mismo y comienza a verse como Yo Absoluto, pensamiento de pensamiento, a creerse Dios mismo. El remedio hallado acrecienta la enfermedad: lo real es sólo el Yo, lo Absoluto o la Idea y no hay otra experiencia que las propias modificaciones que en su seno omnicomprensivo se efectúan; lo realmente real se diluye en representaciones fantasmagóricas detrás de las cuales sólo existe un todo que ni siquiera es un ente, sino un proceso.

c) El positivismo

Por otro lado, y ante tanto dislate, el positivismo proclama: no hay ente, sólo hay una experiencia sensible vacía de carga ontológica; lo único que nos cabe hacer es legalizarla en el nivel empirométrico para poder aprovecharla en su valor pragmático y esperar de ese progreso la construcción de una humanidad perfecta. Con ello consolida una ilusión del iluminismo y afirma el terreno para la aparición de toda clase de utopías "humanistas", donde la razón, perdida ya toda su vitalidad por este largo proceso de insania, se entretendrá en construcciones imaginarias y sentimentales.

d) Husserl, la fenomenología y Heidegger

Surge la fenomenología como un intento de volver "a las cosas mismas", pero queda en las buenas intenciones. Opinamos, entre paréntesis, que si es ley de la filosofía que como el mismo hombre del cual brota no puede prescindir de su ser histórico, si es su ley, decimos, construir sobre lo ya construido, debiera hacerlo sobre la base de una revisión exhaustiva de todos los supuestos, conservando en su memoria lo que merece ser incorporado a su acervo. Husserl y su escuela quieren volver al ser y a la realidad, a lo "dado" en su más limpia objetividad. Pero comete el error, que pesa en su espíritu histórico, de mantenerse en la inmanencia, de creer que, como se lo habían enseñado, "un más allá del pensamiento es impensable"; por un artificio de prestidigitador elimina de lo dado la existencia y se queda con el puro eidos. La experiencia fenomenológica lo pone en presencia de "puros objetos", esencias y modos de ser a los que transfiere sin más el concepto de "realidad", pretendiendo que con ello enriquece la realidad, permitiendo la presencia de formas de ésta que no aparecen a la experiencia ordinaria. Pero la verdad es que el ser auténtico ha quedado más allá de la conciencia, cerrado e impenetrado, y a ésta se da sólo su aparecer, con toda la riqueza de modos que se quiera, pero sólo su "ser relativo a..." mi conciencia. Las esferas de realidad o "regiones ónticas" presentes a la intuición tras la reducción eidética, que pretenden ser lo absoluto y la realidad primordial, pueden no tener asidero en lo real, a pesar de las pretensiones de evidencia apocalíptica, porque Husserl se ha fundado para descubrirlas en la conciencia y no en el esse trascendente, y sólo el esse da entidad al ente. Sus "realidades" no hunden sus raíces en el ser, sino en el aparecer del ser.

Claro que no habría ciencia del ser ni de nada, si el ser no apareciera a la conciencia. Decir, como lo haría Heidegger después, que el Dasein es el lugar natural del ser, porque sólo en él se presenta y cobra inteligibilidad, no deja de ser una perogrullada, por más que él lo haya dicho de una manera muy personal. Pero una cosa es el ser y otra el aparecer. Para nosotros no habría ser (y menos filosofía) si el ser no apareciera a la conciencia; pero el ser no se reduce a su aparecer a la conciencia (humana), sino que es en sí mismo, independiente de que exista un hombre capaz de pensarlo; ésta es una evidencia primitiva que no necesita justificación y pertenece a las certezas espontáneas del género humano.

Que el ser necesite a su vez de un fundamento de su estructura esencial-existencial, y que de otro modo se disolvería en la nada, no lo dudamos, pero es una cuestión distinta. La experiencia de realidad de la fenomenología no permite la trascendencia del espíritu, que le dé efectivamente el contacto con su objeto propio, sino que lo mantiene en la inmanencia, en presencia siempre de un ser disminuido, desrealizado. El aparecer siempre es relativo a la conciencia, se apoya en el polo subjetivo de la relación del conocimiento, de modo que esta manera de entender debe trasladar forzosamente el carácter de verdadera realidad al sujeto, con lo que no salimos del idealismo, olvidando nuevamente la evidencia primera sabida por el sentido común, de que la conciencia no es fuente sino reflejo.

e) El existencialismo

El existencialismo, en fin, ha tenido el mérito de querer volver a una experiencia original de verdadera realidad. Pero los supuestos fenomenológicos, larvados de idealismo, se lo han impedido en la mayoría de los casos. Por otra parte y fundamentalmente, padece el mal de su herencia, de resumir todo el agotamiento de la razón en este largo proceso de la filosofía de Occidente.

La inteligencia se vuelve en el existencialismo incrédula de sí misma, escéptica, de haber andado y desandado tantos caminos equivocados, y termina creyendo que frente a la razón hay un velo, un muro infranqueable, y que las cosas no responden a sus exigencias, que la realidad es absurda e irracional, que el hombre sólo puede usar su inteligencia para tecnificar el mundo. Hay que volver a un contacto directo con las cosas, a una experiencia inicial y radical, pero la inteligencia y sus funciones están interdictas, porque ya han probado su incapacidad y han llevado a la persona humana a la crisis y al borde su autoaniquilación.

Entonces esa experiencia debe ser extrarracional, alógica y vivencial, único modo de acceder a una realidad múltiple, hecha de individualidades irrepetibles, cambiante y sin estructura esencial. Se han así agotado las instancias, el pensamiento se ha atomizado y los hombres, en perfecta anarquía, perdido todo logos, no hablan más un lenguaje común y pierden toda sustentación objetiva, debiendo buscar una sustentación sólo en sí mismos, en una permanente angustia que les guíe anticipándose siempre a un futuro incierto, refugiándose en una precaria presencia de ser que se empeñan en vivir y asumir con autenticidad, pese a saber que están arrojados desde una nada impensable, y flotando sobre una nada permanente que los anonadará definitiva e irremediablemente.

El existencialismo tomó clara conciencia de que a la realidad no se la puede deducir de un concepto. Pero nos quiso poner frente a ella por otra vía desnaturalizada: la del palpito, la emoción, el esfuerzo, el sentimiento, volviendo a las vías de una pura experiencia sin contenido inteligible y un subjetivismo en divorcio con la plenitud ontológica de lo real.

f) La fenomenología trascendental

En los últimos años de su vida, Husserl hizo una reinterpretación histórica de su concepción filosófica, la fenomenología trascendental. Considera que ella representa una autoconciencia del espíritu de la cultura europea, nacida en la Grecia de Tales de Mileto. La filosofía y las ciencias son el "cerebro" de esa cultura, y la máxima expresión de la vida del espíritu. Éste nace con una función constructiva y con una meta fijada en la autoconciencia, a través de la fenomenología trascendental, de su propia evolución hasta su autorreconocimiento como principio absoluto y fuente de toda forma de realidad.

El espíritu se dejó absorber por un naturalismo, que al poner el acento sobre la materia, lo quiso reducir a ella, haciéndolo una realidad derivada y relativa. Esto ha marcado la crisis del espíritu europeo, porque es la crisis de la filosofía, que es su cerebro. La cultura europea está enferma, y la enfermedad proviene de la de su cerebro.

La enfermedad de Occidente

Nosotros estamos de acuerdo con Husserl acerca de que existe una enfermedad de la filosofía y de la cultura, no digamos sólo europea, sino de todo Occidente; más aún, por las condiciones del mundo actual, es una enfermedad que ha infectado a toda la humanidad. Pero consideramos que el mal no está sólo en lo que denuncia Husserl, y que él mismo no escapó, sino que fue parte del proceso avanzado de la enfermedad. Consideramos también que la enfermedad no está en la filosofía meramente, por más que sea el cerebro de la cultura, sino en el todo de ésta, que como un organismo acusa globalmente el mal de una de sus partes. Es el espíritu de nuestra cultura el que está enfermo y es imposible determinar aquí el orden de precedencia de los factores que se conjugan. Sólo quisiéramos dejar abierta la pregunta, a este respecto, de hasta qué punto se ha pensado en que el hombre es primera y fundamentalmente un ser moral, y debe construir su vida humana en este plano, antes de ser culto o filósofo. Nuestra civilización, sin duda, está enferma, y de la peor de las enfermedades, porque no se trata de un mal académico, sino de algo que está en el espíritu de los pueblos y que a todos arrastra. Los males del espíritu son de una contagiosidad superior a los de los cuerpos, y todos nos vemos atrapados por un vórtice, en un derrumbamiento caótico de todo principio, de toda jerarquía, de todos los valores. Hay, sin duda, una "enfermedad de la razón", enredada en sofismas, pero hay antes una enfermedad de todo el espíritu, que hace más difícil el diagnóstico y la cura. No podemos dejar de preguntarnos aquí si la cultura no termina enredándose en las propias mallas que teje, y si no sería necesario volver en todos los órdenes a las fuentes de la vida simple, a la experiencia fundamental de ser y de realidad capaz de llenar de vigor y vitalidad todas las formas de acción humana en el mundo.

No dudamos que la filosofía juega el papel directivo, de cerebro, en la escala jerárquica de los valores culturales, y que sería de sumo interés un estudio de la forma en que su salud está relacionada al del todo de la vida humana. Pero aun sin él, salta a la vista que su función terapéutica dentro de una civilización obviamente enferma, está inmediatamente ligada a la función del magisterio supremo que le incumbe a la filosofía dentro del orden del conocimiento natural del mundo.

Su prioridad le va concedida ante todo por la prioridad natural del acto cognoscitivo, entre todas las funciones de la vida del espíritu; y en segundo término, por la jerarquía del nivel óntico en que por definición se instala, desde donde está llamada a fundar todo lo demás. La salud de una inteligencia en comunión inmediata con el ser, con la plena realidad, es una fuente viva de purificación para toda el alma, ya que la enfermedad comienza o culmina en una desconexión total con el ser, al que la voluntad consiguientemente ya no podrá aprehender como el honum, produciendo el divorcio definitivo.

El papel de la filosofía

El proceso de recuperación del hombre está intrínsecamente ligado así al de una verdadera filosofía. La multiplicidad inagotable de la realidad nos exige remitirnos constantemente a la experiencia, a una experiencia total no parcializada por ningún prejuicio especulativo ni práctico. Nuestra conciencia debe estar abierta al ser, con todos los medios que le permitan una presencia por contacto efectivo con la realidad, siempre presidida por la luz de lo inteligible, y en una actitud permanente de receptividad y acatamiento, doblegamiento a lo real. Ninguna esfera de la realidad está necesitada de una experiencia integral en mayor medida que el ámbito específico de lo humano. Y como en la totalidad del ser, la fuente de esa experiencia en el punto de partida no puede estar en una construcción científica, sino en el sentido común; hoy, en que nos sentimos tan seguros de nuestros progresos, desechamos las sencillas, claras y aleccionadoras verdades del sentido común, en aras de una experiencia pseudocientífica. Buscar una experiencia del hombre en su totalidad, no significa desgajarla de la del todo del ser, la que siempre lleva implicada, sino destacarla para atender expresamente a sus manifestaciones.

Es el hombre en su dimensión histórica el que hoy está en crisis, y los que pretenden definirlo hablan el lenguaje de la Torre de Babel, principalmente porque se han apartado de una experiencia de la realidad humana fundamental, ya por deformación apriorica de ese contacto, ya por atención parcial a todo lo complejo que ese contacto muestra.

Es falso pretender que el hombre sea historia pura que discurre en una permanente creación de formas niveladas en el mismo valor. El hombre tiene una doble dimensión como ente que es situado entre lo temporal y lo eterno: tiene una realidad ontológica, substancial y eterna, y una realidad histórica, cambiante y sujeta a su libertad. Su realidad ontológica no lo obliga a una permanencia semejante en su dimensión histórica, sino que, al contrario, lo sustenta en un proceso de tareas infinitas y cambiantes, pues su libertad y su creatividad, ligadas a la potencialidad de un espíritu finito, lo proyectan siempre hacia un futuro que no puede agotar jamás. Esto es lo que nos revela una experiencia básica del hombre, que nada nos dice, en cuanto pura experiencia inicial, de instancias escatológicas.

No implica esta afirmación ninguna idea acerca del significado del progreso en la historia. Lejos estamos de pensar que todo proceso sea un progreso, o que cada situación nueva en la historia sea un bien contemplado en la Providencia Divina para llevar al hombre hacia una meta de plenitud. Es simplemente la constatación de un hecho, ligado al de la irreversibilidad de la historia. El querer volver a un pasado, por óptimo que lo consideremos, es desconocer esta experiencia primordial de lo que el hombre es. Lo esencial para valorar una época es considerar en qué medida la libertad y creatividad humanas han respetado ese núcleo ontológico de la persona y se han subordinado en su operatividad a él. La realidad humana debe ser experimentada en su doble significado. Por desgracia, en una auténtica filosofía del ser nos hemos preocupado mucho de la dimensión ontológica del hombre, olvidando afinar nuestra experiencia en su dimensión histórica, por lo que se ha pasado a hablar un lenguaje que a nadie interesa. Es así como triunfan los "actuales", las ideologías ordinarias de la peor especie intelectual, pero que saben hincar en experiencias, aunque desarticuladas, de la condición real del hombre contemporáneo. Pascal nos hablaba del "espíritu de geometría" y del "espíritu de fineza". Éste era un refinamiento de la inteligencia para la captación de lo concreto, de la situación matizada y compleja que presenta cada hecho individual, particularmente humano. El uso de este "espíritu de fineza" nos permite consolidar y patentizar a todos los principios eternos, porque cada manifestación de la realidad cambiante es una confirmación de lo eterno, para cualquier experiencia o visión informada por la inteligencia.

Instalados en la realidad concreta de la experiencia humana, articulada a la experiencia total del ser, la filosofía perenne tiene mucho por hacer iluminando las bases de todas las ciencias del espíritu y de la cultura, en esa búsqueda angustiosa del hombre actual de su propio lugar en el cosmos. El respeto al hecho real en su concreción está en el espíritu del tomismo, que exige no sólo partir sino resolver sus juicios en la experiencia; si violencia es pretender determinar a la realidad, es descuido peligroso desatenderla en sus manifestaciones innumerables, por corrientes y ordinarias que sean. El contacto e interpretación de la cosa misma en su máxima inmediatez, agrega a su valor especulativo, el que mueve a la acción, al cumplimiento del valor pedagógico y ético que acaba y rubrica el ser de una gran filosofía, de la filosofía simpliciter, la única, la que no se ha separado nunca del ente.

EL IRRACIONALISMO

Intentar exponer todas las formas de irracionalismo, sería incursionar en el campo de toda la Historia de la Filosofía. Sus variedades y matices son, por otra parte, demasiado abundantes. Hasta las filosofías decididamente racionalistas e intelectualistas han incluido algunas concesiones a lo irracional. No es nuestro propósito hacer un catálogo de estas variedades. Queremos en este lugar y ante todo dejar claramente sentado lo que entendemos por esta postura filosófica y nuestra opinión al respecto.

¿Qué es el irracionalismo?

El irracionalismo no es una escuela filosófica. No existe un conjunto de doctrinas, principios, conclusiones que sea patrimonio común de los autores que caen bajo esta denominación. Se trata más bien de una orientación general de la especulación filosófica, que toca fundamentalmente los aspectos metafísicos y gnoseológicos de las doctrinas, las cuales encuentran más afinidad entre sí por lo que niegan o a lo que se oponen, que por lo que tienen de coincidente en la visión de la realidad. Al irracionalismo se puede llegar, bien porque se considere la razón como un carácter derivado y secundario, que echa sus raíces en elementos primitivos más fundamentales, y en detrimento de los cuales luego iría como resultado de una evolución no perfectiva; bien porque se considere que la vida del espíritu es el teatro de funciones donde no es la inteligencia la que lleve el papel más alto, sino que a la par o por encima de ella hay actividades que hacen a la más esencial vida humana y que son un campo vedado a la inteligencia; bien porque se piense, ante el aparente fracaso humano de hallar el Absoluto, que éste es un más allá de toda razón y concepto; bien porque se crea que el camino de la filosofía es algo que tiene más de común con el arte que con la ciencia; bien porque por disposición temperamental y personal se esté más de acuerdo con la intuición, con la visión genial e injustificable racionalmente, el rapto y la inspiración; bien porque se considere a la filosofía nada más que un escalón para arribar a la esfera de la mística y de la visión suprarracional, única que nos colocaría en la captación de los principios y las fuentes de toda realidad; bien porque se crea que la realidad y el desarrollo de toda vida es absurdo e injustificable; bien porque se vea al mundo como el escenario de la lucha de fuerzas obscuras y tenebrosas con las de la razón y el orden, ... o por muchas razones más, doctrinales o personales.

Es así que esta variedad de motivaciones se ha traducido en la variedad de premisas sobre las que se han asentado las múltiples formas del irracionalismo, de las que se han sacado las consecuencias más disímiles. Así el irracionalismo se ha presentado con pretensiones metafísicas y antimetafísicas, ha sido materialista y espiritualista, teísta y ateo, realista e idealista, monista y pluralista, subjetivista y objetivista, pesimista y optimista, personalista y antipersonalista, evolucionista y no evolucionista.

En la Historia de la Filosofía lo vemos aparecer como una repulsa a la desmedida pretensión del racionalismo de hacer el mundo transparente a las ideas claras y distintas; también como reacción frente a la imagen mecanicista de las cosas, que disolvía la vida humana en el juego de causas mecánicas. Surge, en fin, como una protesta en favor de la vida, de la persona humana, de lo que hay de misterioso e imprevisible en el destino humano.

Esto le ha valido sus méritos en este movimiento de retorno sobre los grandes problemas metafísicos y morales que caracteriza a lo más granado de la especulación filosófica contemporánea. Pero hablamos en términos generales, no es algo que se pueda decir de muchas posiciones irracionalistas, sobre todo de aquellas que han seguido prendidas de la imagen positivista, de una concepción materialista y determinista del ser humano; lo decimos del irracionalismo que ha ayudado a destruir el monismo idealista (panlogismo) y el monismo materialista que han signado el siglo XIX, en aras de defender el individuo, el impulso, la vida afectiva, la libertad, el valor moral de la persona, su jerarquía ontológica. El irracionalismo, en sus formas definidas de tal, como nos interesa acá es siempre una negación de la razón. Negación de la razón en la realidad problemática, o negación de la razón en el método para hallar aquélla. Casi siempre es una actitud metódica como consecuencia de una concepción metafísica.

Ser metafísicamente irracionalista significa que se sostiene que en las cosas hay contenidos que se regulan por principios o leyes que no son un logos, sino que expresan otra cosa imposible de definir o expresar adecuadamente por conceptos; o también, que no hay una adecuación, una correspondencia perfecta entre la razón y la realidad. De allí, la actitud metódica: el filósofo debe apelar entonces a formas de conocimiento que no sean el concepto, el discurso, la abstracción, el análisis racional. Las formas de conocer que suplen a la razón han sido tantas cuantas pueden caber en la imaginación de los pensadores. Se ha apelado así a la intuición metafísica como iluminación interna del yo como esfuerzo, a la intuición por coincidencia con el yo como impulso, autoconciencia de la vida en su propia fuente, la captación emotiva por una intencionalidad puramente afectiva del mundo de esencias valiosas o cualidades puras ajenas al reino del ser, el sentimiento puro, intuición existencial volitiva por vía de la resistencia al esfuerzo, fe ciega e irracional fundada en la angustia, captación simpática y comprensiva, etc., etc. Repetimos que no es nuestro propósito enumerar todas las formas de irracionalismo. Queremos aquí sólo sacar algunas consecuencias después de este somero análisis de la noción de irracionalismo.

La realidad sin la razón

Ante todo, no hay dos pensadores irracionalistas que hayan llegado a las mismas consecuencias en su concepción de la realidad. Ya vimos que los resultados han sido disímiles y hasta contradictorios. Aunque este mal muchos se lo achaquen a toda la filosofía, notamos que esta característica se agudiza en el irracionalismo, ya que en otras filosofías de una misma y hasta de diversas orientaciones, se arriba a muchas consecuencias idénticas y se está de acuerdo en lo esencial de la doctrina, siendo las diferencias sólo de detalles sutiles.

a) El irracionalismo y la mística

Esto nos hace pensar que hay mucho de subjetivo en estas maneras de ver la realidad. Que yo tenga de pronto, p. ej., una visión insistente y hasta obsesiva de que más allá de esta realidad perceptible y racionalizable por todos, hay un fondo metafísico idéntico, una substancia o acto de la que todo este mundo es una apariencia sin consistencia, es algo que nadie me puede discutir pero que tampoco yo puedo probar a nadie en tanto esto sea para mí un sentir inefable, que me infunde total certeza, pero que yo no puedo expresar por ningún discurso inteligible. Y no se diga que la mística es una visión de este tipo, y sin embargo merece fe igual que cualquier otra certeza lograda o comunicada por demostración. Estamos aquí ante cosas completamente distintas. El irracionalismo, especialmente el de extracción intuitivista, pretende una visión, un conocimiento por vía extraconceptual de validez universal, en el plano natural del conocimiento; la intuición mística, en cambio, es una visión sobrenatural que por fuerza debe ser personal aunque logre una verdad potencialmente objetiva y de validez universal; la intuición mística no es una verdad comunicable, pero no por ser subjetiva, sino por ser privilegio de algunas almas elegidas. Potencialmente esa verdad sería accesible a todo humano conocimiento, si todo hombre estuviera dispuesto espiritualmente en la pureza de su alma, si estuviera dotado de las condiciones morales y religiosas necesarias que le permitieran el don gratuito de la visión beatífica, que no es patrimonio sino de los santos en este mundo. Por otra parte la intuición mística no es irracional sino suprarracional, lo que es otra cosa.

b) El irracionalismo y Dios

En una filosofía cristiana se entiende que la naturaleza de Dios, esto es, lo que Dios es en sí mismo, es algo que excede los límites de la capacidad racional humana. Dios en su propia esencia es incognoscible, está más allá de la posibilidad de conocimiento de todo entendimiento creado. Pero ello no significa que sea irracional; hemos dicho suprarracional. Ellos significa que Dios en sí mismo es racional e inteligible, más aún, es el supremo inteligible, la suprema razón, "pensamiento de pensamiento", como dijera Aristóteles; pero por eso mismo, por ser suprema e infinita razón, exige para ser aprehendido un acto de conocimiento proporcionado, es decir, también infinito, que solamente Dios mismo puede efectuar.

El entendimiento humano, naturaleza finita, está hecho para conocer sólo lo que le es proporcionado, lo finito; sólo por un don gratuito recibido del mismo Creador, por una gracia sobrenatural, puede un entendimiento creado elevarse a la contemplación directa de Dios, y aun así, su o sus actos de conocimiento, jamás podrían agotar un objeto que por definición es inagotable, inconmensurable. De esto resulta que Dios no es "lo absolutamente otro", lo innominable, lo inconcebible (racionalmente), como han dicho muchos representantes del irracionalismo; Dios no es una esencia lógica, que escapa a todas las leyes de la razón humana, absurda, contradictoria, una fuerza obscura más fácil de imaginar que de representar conceptualmente, un caos para la razón que sin embargo seguiría las leyes y designios de lo que para nosotros sería una sinrazón, un logos que estaría en contradicción con el nuestro. La incapacidad de la inteligencia humana para aprehenderlo no viene de su oposición a la razón, pues está en la línea de la razón humana, que es su participación imperfecta, sino de que la desborda por la desproporción que hay entre un recipiente finito y un contenido infinito.

Por ello Dios no es absolutamente irrepresentable para el hombre; éste lo conoce analógicamente, lo que significa que los conceptos de nuestra razón dicen de alguna manera lo que es Dios, en la semejanza que tiene con los-atributos de los seres creados, comenzando por la misma noción de ser, para continuar con todos aquellos que en su noción formal no dicen imperfección o límite alguno (como los atributos de inteligencia, bondad, etc.), y los conceptos que niegan una propiedad que resulta límite en los seres creados (conceptos negativos como in-mortal, in-creado, in-material, etc.). Claro, que no se trata de un conocimiento directo, una experiencia sensible o inteligible de Dios, sino que la razón se remonta a su noción desde las criaturas, como quien infiere las causas y sus propiedades desde las propiedades del efecto.

Contradicciones del irracionalismo

Pues bien, el irracionalismo no puede justificar su captación extraconceptual por vía emotiva, o vivencial, o lo que fuere, ni del Absoluto ni de ningún principio propiamente filosófico, si no apela al uso de la razón de alguna manera. Tampoco el irracionalista podría expresarse si no recurriera a la razón. Son vanos los intentos de hablar un lenguaje con sentido fuera de los marcos de lo inteligible; ni la metáfora, el lenguaje simbólico, ni la invitación a los demás a recorrer en la subjetividad los cambios de mis propias experiencias, de lo que vivo en un todo de representaciones, sentimientos e impulsos, son suficientes para explanar una filosofía, para llegar a conclusiones ciertas, que signifiquen una evidencia a los ojos de cualquier sujeto pensante.

Y he aquí la segunda gran laguna del irracionalismo. Pretende negar a la razón, hacer una crítica al concepto, decir que la realidad es impulso sin sentido lógico, pero apela a esa lógica para demostrar lo que quiere, usa de los conceptos a cada instante, compone y divide para poder asentir a sus descubrimientos o negaciones. En algunos casos llega a sistematizar y presentar como un todo ordenado y lógico su visión de la realidad, a la que por otro lado considera como algo que no se realiza de acuerdo con las leyes de la razón. Lo paradójico es que no podríamos entender los atributos que un filósofo irracionalista nos da, p. ej., de una substancia metafísica, un noúmeno alógico e irracional, si no es caracterizándolo con conceptos de la razón. Se trata entonces de un uso de la razón orientado a negarse a sí mismo, a desvirtuar aquello mismo que está empleando, lo que es poco fácil de entender.

Elementos positivos

A pesar de esta contradicción esencial, hay muchos elementos rescatables en el irracionalismo. Ante todo es un freno para el desmedido optimismo racionalista que ha pretendido no dejar un resquicio de irracionalidad en la realidad; hay muchos elementos opacos a la inteligencia en nuestros objetos de conocimiento; véase si no el caso de la materia (como principio metafísico) o el individuo. Esto no significa que creamos que hay elementos no conceptualizables que en cambio puedan ser objeto de un "conocimiento" de índole afectivo o volitivo; sostenemos que todo ser o toda modificación o modo de ser (finito) son cognoscibles, porque el ser es el objeto formal de la inteligencia, el ser y lo inteligible son convertibles; por lo demás no podría haber un conocer no intelectual, ya que conocer es atrapar las notas de un objeto, hacerse en cierto modo el objeto cognoscible mismo, y eso es obra de representación y no de afección o tendencia. Lo que sostenemos es que si bien todo ser finito es racionalizable, lo es en potencia, y jamás podemos decir que hayamos agotado sus virtualidades inteligibles. De allí lo vano de las filosofías que pretenden agotar la inteligibilidad de la realidad, cambiando a la filosofía de "amor a la sabiduría", búsqueda incesante, en "saber absoluto". De ello es de lo que han tomado aguda conciencia los irracionalistas. También han llamado la atención sobre todas aquellas fuerzas obscuras, ajenas a todo control o conocimiento consciente y que hacen que el hombre sea como es y como obra, ya que en él no todo es razón y armonía.

Por otro lado, ha hecho hincapié en muchos de los ricos matices que conforman a la vida del espíritu, en especial, en sus vivencias y sentimientos superiores, que, al lado de la inteligencia, hacen a la posibilidad de una recta apreciación del sentido de todo lo que existe. Debemos pensar, p. ej., que el amor como vivencia puramente afectiva, por cierto que no conoce nada, no apunta descubrir contenidos de conocimiento, pero sí es una fuerza que coadyuva despejando un camino, atrayendo la atención de la inteligencia para descubrir matices que es incapaz de ver un entendimiento que se cultiva en el terreno árido de un espíritu ajeno a la vida.

Las experiencias de tipo irracional en general sirven a veces de verdadero taladro que horada la superficie de la realidad para permitir que las facultades cognoscitivas desentrañen riquezas que están allí escondidas. Todo el campo de la experiencia irracional es un campo fructífero para la filosofía, porque sirve para ampliar indefinidamente la posibilidad de acceso a la realidad, y entra junto con la esfera de la experiencia sensible en la fuente primera del material de una filosofía realista.

Claro que lo irracional por sí solo es ciego, no interpreta, no puede iluminar ninguna visión; si lo tomamos como tal nos deja en el suelo poco firme de la contradicción, de lo absurdo, de lo angustioso, de una aceptación que sólo se puede exigir en el terreno de lo subjetivo, de la opción personal, de un verdadero salto que realizo en el vacío sin tener fundamentos en que apoyarme, así se llame ese acto de aprehensión sentimiento puro, fe, simpatía, comprensión, impulso, intersubjetividad, instinto, angustia, náusea o como sea. Éste es el defecto del irracionalismo, su unilateralidad por quedase a mitad de camino, tomando por fundamento lo que no es sino un paso hacia la búsqueda de los últimos fundamentos.

No pretendemos que la filosofía apele a un único método, ni que limite su exploración al campo trillado de siempre, a un determinado punto de partida, a una forma de sistematización, a una concepción apriorística del valor de los problemas; al contrario, creemos que su riqueza está en la variedad de los aspectos de realidad que logra descubrir y de medios para investigarlos, lo que está en relación directa con la amplitud del campo de experiencia que puede abarcar. Pero sea cual fuere el modo de acercarse al objeto-problema y la naturaleza del mismo, hay que conceder que tal objeto debe ser elaborado por la paciente tarea intelectual, única capaz de abstraer lo inteligible en lo dado, para desde allí, siempre con esfuerzo, por sucesivos análisis y síntesis, por comparación, concatenación y consecuencia lógica, tratar de llegar a una adecuación, conformidad con lo real en sí mismo, pasando poco a poco de lo aparente a la entraña consistente de lo que hace auténticamente al ente en todas sus manifestaciones. De no entenderlo así dejamos eo ipso de hacer filosofía; nos sumimos ya sea en una vivencia religiosa, en una delectación estética, en un rapto vecino al misticismo, o en una experiencia parapsicológica. Esto equivale a decir que nos encerramos en la absoluta subjetividad, que hacemos imposible toda comunicación que tenga sentido para los otros. Y llegar a decir que la verdad que busca la filosofía es mi propia y única verdad, es la muerte de la filosofía.

La aporía esencial del irracionalismo

Por otra parte, el irracionalismo está viciado de un radical contradicción, no sólo de la que se sigue de querer justificar racionalmente los supuestos contenidos irracionales y la incapacidad de la razón para hacer filosofía, sino de otra más fundamental, más metafísica. Sostiene que los principios más profundos que sustentan el todo no son racionales, no están regidos por las leyes supremas del ser y del conocer. El ser con sus atributos de unidad, identidad, razón suficiente, etc., serían una cosa derivada, secundaria, y con él la inteligencia, hecha a su medida. De este modo el ser estaría radicado en algo (impensable por lo demás) más primitivo que sería su fundamento y su principio; el ser, absolutamente hablando, no podría ser considerado una causa primera, hay otra que tiene una prioridad de naturaleza en que hallaría justificación (aunque no vemos en modo alguno cómo de las tinieblas y del caos podrían salir la luz y el orden).

Hasta aquí concedemos el argumento en la medida que se puede aceptar apelando al uso de la imaginación, ya que la razón se rebela a concebir un más allá del ser. Pero inmediatamente salta el absurdo. Aquello que sea anterior y más primitivo que el ser sólo puede ser el no-ser. Como decía Parménides: ¿qué podría haber más allá del ser?; el no-ser. Pero así caemos en el absurdo de decir que el no ser es, y que el ser proviene del no-ser; o que más allá del ser y de lo inteligible hay algo que no es ni ser ni inteligible.

Prestemos atención al sentido del lenguaje: decimos "hay algo que no es ni ser...." ¿y qué es el "hay" sino la acción de haber, esto es, de ser? Claro, un irracionalista puede responder que hemos arribado a esta conclusión porque partimos de un supuesto que él niega, el valor ontológico de la razón. Llegados a este punto tendríamos que responder lo que dijimos antes: si no queremos destruir a la filosofía haciéndola algo misterioso que anida en los indescifrables laberintos de la subjetividad, debemos volver a fundar nuestras reflexiones en las verdades eternas y luminosas del sentido común.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Gentileza de Radio Convicción

Santoral Católico 31 de marzo

  • Santa Balbina, Virgen
  • San Guido de Pomposa, abad
  • San Benjamín, Mártir
  • San Acacio, Obispo
  • Beata Juana de Toulouse, Virgen
  • Beato Buenaventura de Forli, Fraile Servita


SANTA BALBINA
Virgen



Vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre
los justos; y los arrojarán en el horno del juego. Allí
será el llanto y el crujir de dientes.
(Mateo, 13, 49-50).


Dios, para castigar al tribuno Quirino por la prisión que había hecho sufrir al Papa Alejandro, permitió que su hija Balbina, que era de notable belleza, se viese cubierta de llagas y horriblemente desfigurada. Quirino acudió al santo pontífice, quien sanó a Balbina con sólo tocarla con sus cadenas. El tribuno, convertido por el milagro, murió mártir con el mismo Alejandro, pasado algún tiempo. Balbina consagró su belleza a Dios que se la devolviera, y mostró con su conducta que el cristianismo puede conciliar dos cosas aparentemente difíciles de unir, una rara hermosura y una gran pureza.
I. En este mundo, los buenos están mezclados con los malos. Así lo ha permitido Dios para que los malos puedan aprovechar los ejemplos de los buenos, y para que los justos tengan ocasión de ejercitar su celo y su paciencia soportando a los pecadores y trabajando en su conversión. No imites a los malos, pero tampoco los desprecies: acaso lleguen a ser más grandes que tú en el paraíso; acaso tú cometas faltas más graves que ellos, puesto que no existe pecado que no puedas cometer, si Dios te abandona a tu propia flaqueza.
II. En esta vida el bien está mezclado con el mal, y el mal con el bien. No existe hombre tan desgraciado que de tanto en tanto no tenga consuelos, ya de parte de Dios, ya de los hombres; como tampoco hombre tan dichoso que no tenga alguna pena. Por lo tanto, no esperemos felicidad completa en este mundo. Nuestra única felicidad consiste en conformarnos con la voluntad de Dios. Es el secreto para vivir felices. Los santos lo han sido en medio de la pobreza, de las lágrimas y de las enfermedades, por que sabían que tal era el beneplácito de Dios. Son pobres y aman la pobreza, lloran y aman sus lágrimas, son débiles y se regocijan en su debilidad. (San Salviano).
III. En el día del juicio, los malos serán separa dos de entre los buenos, éstos serán colocados a la derecha y destinados para la gloria; aquellos, pos puestos a la izquierda y condenados al infierno. Se verán entonces los crímenes de los réprobos y las virtudes de los santos. Hipócrita, ¿qué dirás, qué harás tú? ¡Todo lo bueno estará en el cielo, todo lo malo en el infierno, y así quedará por toda la eternidad! Piensa en esto y sé precavido mientras tengas tiempo todavía. Pluguiese a Dios que fuesen sabios e inteligentes, así pensarían en sus postrimerías. (Deuteronomio).


El pensamiento del juicio
Orad por la conversión de los pecadores .
ORACIÓN
Escuchadnos, Señor Salvador nuestro, a fin de que la tiesta de Santa Balbina, virgen, al mismo tiempo que regocije nuestra alma desarrolle en ella los sentimientos de una tierna devoción. Por. J. C. N. S. Amén.

lunes 30 de marzo de 2009

El Tiempo de Pasión



Preparación inmediata de la Redención


1. Vista general.


Llámase Tiempo de Pasión a las dos últimas semanas de Cuaresma, en las cuales el tema de los padecimientos y persecuciones del Salvador es el principal en la liturgia, mientras el de la instrucción de los catecúmenos y preparación de los penitentes públicos para su reconciliación, pasa ya a segunda línea. Es, pues, la misma Santa Cuaresma, pero más íntimamente vivida con Jesucristo, Varón de dolores, cuyas humillaciones y tormentos, a la par que excitan la compasión de los buenos cristianos, los predisponen a la compunción del corazón. Está todo él sombreado por el leño de la Cruz, ese "árbol esbelto y refulgente, ataviado con la púrpura real", como canta con aires de triunfo la Iglesia, repitiendo sin cesar, en estos días, las bellas estrofas del Vexilla Regís, de Venancio Fortunato.

En la primera de estas dos semanas, evoca la liturgia los seis últimos meses de la vida pública de Jesús, época de las grandes polémicas con los judíos y de las persecuciones, descaradas ya y agresivas, de sus enemigos. Jesús sólo se les aparece a intervalos; pues los ve tan enconados contra su persona, que tiene que huirles, para dar tiempo a que llegue su hora. Son seis meses de humillaciones y de afrentas; seis meses de verdadera Pasión, pero todavía incruenta.

Los textos litúrgicos van descubriéndonos, día tras día, nuevos aspectos de esta furibunda persecución. El domingo vemos a los judíos arrojándole piedras, el lunes, ingeniándose para prenderle; el martas, a punto de matarle; el miércoles, queriendo de nuevo apedrearle, el jueves, acechándole, en casa del fariseo Simón, mientras perdona Él a la Magdalena; el viernes, tramando ya definitivamente su muerte, y el sábado, acorralándolo de tal forma que le obligan a esconderse para no adelantar los acontecimientos.

En la segunda semana, la "Semana santa" que nosotros llamamos, o la "Semana penosa", como la denominaban los antiguos, la liturgia reproduce con los más vivos colores los últimos episodios de la vida de Jesús: los postreros destellos del Sol de Justicia, venido a alumbrar a este mundo entenebrecido por la culpa; las terribles peripecias que rodean la obra maestra de nuestra redención.

El domingo, lunes y miércoles santo son días de brillante aurora, pero de sombrío ocaso. El Divino Maestro aparece glorioso por la mañana, enseña en público, discute, triunfa; pero al anochecer, se retira a casas amigas, como para ponerse al abrigo del espíritu de las tinieblas. El jueves, después de realizar, a los postres de la Cena legal, el milagro de amor de la Eucaristía, se entrega sin reservas en manos de sus enemigos, entre quienes muere el viernes, para salvarlos a ellos y con ellos al mundo prevaricador.

2. La actitud de la Iglesia.

En vista de tantos tormentos y de ultrajes tan horribles como su Esposo padece, la Iglesia se cubre de luto riguroso, y cubre también con telas moradas las estatuas, los retablos y hasta el Crucifijo; pide a David y a Jeremías sus salmos más lúgubres y sus más desoladoras lamentaciones; y con su palabra de Madre cariñosa, con su actitud de Esposa desolada, con las predicaciones, con las lecturas, con los cantos, en todos los tonos y en todas las formas, háblale a Jerusalén, que es el alma pecadora, y le dice una y otra y muchas veces a modo de sonsonete: "¡Jerusalén, Jerusalén, arrepiéntete, conviértete al Señor, Dios tuyo!"

El rito litúrgico que hace más sensible a los ojos de los fieles esta actitud dolorosa de la Iglesia en Tiempo de Pasión, es el de la velación de las imágenes, que prescribe el Ceremonial y que se efectúa el sábado anterior.

Los arqueólogos y liturgistas no andan de acuerdo en su interpretación. Quiénes se acogen a la historia y a la arqueología; quiénes al simbolismo. A nosotros nos parece, después de estudiar los documentos antiguos y modernos, que se trata de un hecho histórico antiquísimo, que, al perder con el tiempo la aplicación real originaria, adquirió un muy razonable simbolismo.

Históricamente, creemos hallar la clave de este rito en el de la penitencia pública. Como ya hemos dicho, el primer día de Cuaresma se presentaban los penitentes en traje y en actitud humilde a la iglesia, de la que el obispo les despedía, después de imponerles la ceniza y vestirlos de saco y de cilicio como Dios despidió a Adán y Eva del paraíso— enviándolos hasta el Jueves Santo a algún monasterio de las afueras de la ciudad. El rito de la expulsión perduró hasta el siglo XVI, en que, extendiéndose, por devoción, la penitencia pública y la recepción de la ceniza a la generalidad de los fieles, no fué ya posible expulsar del templo a todos los penitentes, que formaban mayoría. Para recordarles, no obstante, el suprimido rito y mantenerlos en la humildad, aislóseles, ya que no de la iglesia, del presbiterio, mediante una cortina roja suspendida de la bóveda. Poco a poco, sin duda por no hallar práctico este sistema que deslucía y embarazaba las ceremonias litúrgicas, dicha cortina se fué acortando y reduciendo al velo actual, que apenas cubre las imágenes y la cruz. He aquí, pues el origen historico bórico y la razón de ser del cortinaje, de diversas hechuras y tamaños, según los países e iglesias, que se usa en la actualidad (1).

Los liturgistas simbolistas han visto en este rito un recurso piadoso para representar materialmente el hecho de haber tenido que esconderse el Señor en el templo para escapar al furor de sus enemigos que intentaron apedrearlo.

Tal, en efecto, autoriza a suponerlo la costumbre medioeval de cubrir el Crucifijo, justamente en el momento preciso de cantarse en la Misa el texto mismo del Evangelio alusivo a ese hecho. Al propio tiempo le atribuyen la virtud de recordar a los fieles que, durante esta temporada, Nuestro Señor veló su divinidad, dejándose prender y torturar como s; sólo fuese hombre, y hombre criminal. Y conforme a esto, la razón de cubrir las imágenes de los Santos a la vez que la del Crucifijo, sería la de hacer ver que también los hijos participan de la confusión y oprobios del Padre, y que deben ellos también ocultar su gloria cuando la del Señor se desvanece a los ojos de los hombres. Que es la misma razón por la cual también se omiten en el oficio de Pasión los sufragios de los Santos.

Además de vestirse de luto riguroso, la Iglesia suprime, en Tiempo de Pasión, el Gloria Patri en el introito y en el salmo del Lavabo de la Misa, así como en el invitatorio y responsorios del oficio; y, además, todo el salmo Júdica del principio de la Misa.

El Gloria es un grito de triunfo y de alegría, y como la Iglesia quiere ir poco a poco inspirando a los fieles sentimientos de tristeza por los acontecimientos dolorosos que se avecinan, suprímelo en esos momentos solemnes de la Misa y del oficio, conservándolos solamente al final de los Salmos. En el último triduo de Pasión, días de completa desolación, ni en los Salmos se oirá ya esa doxología.

La omisión del salmo Júdica al principio de la Misa, no es una práctica muy antigua ni tiene un significado especial, ya que la oración que ahora reza el sacerdote al pie del altar, antes de comenzar el Introito, introdújose por primera vez en los países francos hacia el siglo VIII ; y como ese salmo 42 cantábase en el Introito, por eso se suprimía antes de la confesión que precedía a la subida al ara del sacrificio."(2). Sin embargo, suprimido y todo, este salmo, nada más que por evitar su repetición, es lo cierto que su omisión contribuye no poco a imprimir a las misas de esta temporada un sello de severidad.

3. El triunfo de la Cruz.

En medio de los acentos de dolor que con frecuencia exhala la liturgia de estos días, resuenan de vez en cuando en el templo notas verdaderamente triunfales que nos hacen por momentos dudar si celebramos alborozados alguna victoria gloriosa, o plañimos tristes acontecimientos. Los lamentos de Jeremías contrastan notablemente, en Tiempo de Pasión, con los entusiasmos del prefacio de la Misa, y los de los himnos del poeta Fortunato, cuyas estrofas a la Cruz hacen por un instante olvidar, en vísperas, maitines y laudes, los textos melancólicos que les han precedido. Ninguna otra bandera ha inspirado jamás himnos más brillantes que ésta del cristianismo, convertida, de instrumento infame que era, en insignia gloriosa, al contacto de los miembros de Cristo.

El prefacio canta con aires de triunfo: "En verdad es digno y justo... darte gracias a Ti, Padre Todopoderoso... que pusiste la salvación del género humano en el Árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y el que en un árbol fué vencido, venciese en árbol, por Cristo, Señor nuestro..." Pocas palabras, pero significativas y concluyentes.

Entre los varios himnos que el gran poeta galo Fortunato compuso en honor de la Santa Cruz con ocasión de la llegada al monasterio benedictino de Poitiers, fundado por Santa Radegundis, de las insignes reliquias del Lígnum Crucis, se han hecho los más célebres: el Pange, lingua gloriosi praelium certáminis (canta, oh lengua, la victoria del más glorioso combate), que está dividido en el Breviario en dos partes, una para maitines y otras para laudes, conservándolo completo el Misal en la ceremonia de la Adoración de la Cruz del Viernes Santo: y el Vexilla Regís, el más conocido y celebrado, y que se emplea en Vísperas y en la procesión del Viernes Santo al monumento.

En la Edad Media, el culto de la Cruz sólo despertaba sentimientos de júbilo y de triunfo; sentimientos que los artistas plásticamente representaban en los crucifijos de la época, ciñendo a Cristo de una corona de gloria, y trocando la sangre de sus heridas por perlas de oro y piedras preciosas. En realidad, son los mismos sentimientos que ha patrocinado la liturgia a través de los siglos, no obstante las representaciones dolorosas de los artistas modernos, repitiendo sin cesar en las diversas festividades de la Cruz los himnos triunfales de Venancio Fortunato, y acoplando al lado de ellos otros textos igualmente brillantes.

(1) Cf. M. Callewaelrt y Thurstan en Les Quest lit. et parois, t. II, col. 284, Item. Opus Dei, marzo 1927. En la cortina pintábanse a menudo diversas imágenes para fomentar la piedad de los fieles. Algunos autores antiguos, como Pedro Coméstor (p. L. CXCVIII, col. 1573) hablan de cortinas colocadas de continuo en la iglesia entre los cantores y el pueblo (inter psallentes et populum), como un resguardo para la modestia, cortinas que de ordinario ocultaban a los cantores de los hombros por abajo, y durante la Cuaresma, todo el cuerpo: de modo que, interpositis dolaeis, mútuus negabátur aspéctus, "corridos los tapices, se ocultaban unos N otros".

(2) Dom Schuster: Lib. Sacr., vol. III. Esta razón creemos que sólo es valedera para el Domingo de Pasión, mas no para los demás días, que tienen Introitos diferentes. Tal vez será mejor pensar que la Iglesia quiere empezar ya desde este Domingo a devolver a la Liturgia lo más posible su carácter primitivo, para que así sea más suave la transición a los Oficios del último triduo de Semana Santa, que son los de factura más arcaica.


EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed., 1951; pág.498-504

Tomado de Stat Veritas

Santoral Católico 30 de marzo

  • San Juan Clímaco, Confesor
  • San Regulo, Obispo de Senlis
  • San Zosimo, Obispo de Siracusa
  • El Beato Dodo, Anacoreta
  • Beato Amadeo, Duque de Saboya

SAN JUAN CLÍMACO
Abad

El mundo pasa con su concupiscencia.
Mas el que hace la voluntad de Dios
permanece eternamente.

(1 Juan, 2,17).

San Juan Clímaco subió al cielo por la escala que nos presenta, pues todo lo que enseña en su hermoso libro titulado Escala Espiritual, él mismo lo practicó. Dejó el mundo y se hizo monje a la edad de 16 años. Su vida desde entonces fue una mortificación continua. Empleaba su tiempo en llorar sus pecados, en conversar con Dios, o bien en componer libros destinados a instruir y edificar al prójimo. Fue nombrado abad del Monte Sinaí, y murió a la edad de 80 años apenas transcurrida la primera mitad del siglo VII.


MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES GRADOS
DE LA SUBIDA HACIA DIOS

I. El primer grado de la perfección es el des precio del mundo y de todo aquello que ama el mundo: honores, placeres y riquezas. Vanos son los honores del mundo; criminales sus placeres; peligrosas sus riquezas. ¡Qué difícil es llegar a este grado! ¡Cuánta virtud se necesita para pisotear lo que adoran los hombres! Pero, lo que es difícil no es imposible. sobre todo si consideran que el mundo pasa con su concupiscencia, y que es preferible abandonarlo a él antes que ser por él abandonados.

II. El segundo grado es la abnegaci6n de uno mismo. Has de renunciar a tus placeres, a tus más, caras inclinaciones, a tu propia voluntad, has de triunfar de ti mismo en todo. Fácil es decirlo, pero difícil hacerlo. Es necesario, sin embargo, porque nada harías abandonando el mundo, si no renuncias a ti mismo. Es pues menester que, en adelante, sea mi propio enemigo, que me declare la guerra, que luche contra todas las inclinaciones de la naturaleza corrompida.

III. El tercer grado es la conformidad con la voluntad de Dios en todo y en cualquier parte. Si llegaste ya a este estado, di que has encontrado un paraíso en este mundo; serás feliz y habrás encontrado todas las virtudes. Dios mío, enseñadme a hacer vuestra santa voluntad. Si Vos no me enseñáis este secreto, haré yo mi propia voluntad y Vos me abandonaréis; no seréis mi Dios mientras sea yo mi señor. (San Agustín).

El deseo de la perfección

Orad por los que tienen vocación religiosa.

ORACIÓN

Haced, Señor, os suplicamos, que la intercesión de San Juan Clímaco, abad, nos torne agradables a Vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por sus ruegos lo que no podemos esperar de nuestrosmé ritos. Por J. C. N. S. Amén.

domingo 29 de marzo de 2009

Evangelio del domingo

Domingo 1° de Pasión
d.- morado






+ Continuación del Santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios; por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios." Respondieron los judíos y le dijeron: ¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano y tienes demonio? Respondió Jesús: Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí. Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzgue." En verdad, en verdad os digo: Si alguno guardare mi palabra, no verá jamás la muerte. Dijéronle los judíos: Ahora nos convencemos de que estás endemoniado. Abraham murió, y también los profetas, y tú dices: Quien guardare mi palabra no gustará la muerte nunca. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y los profetas murieron. ¿Quién pretendes ser? Respondió Jesus: Si Yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís que es vuestro Dios." y no lo conocéis, pero Yo le conozco; y si dijere que no le conozco, sería semejante a vosotros, embustero; mas Yo le conozco y guardo su palabra." Abraham, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró." Le dijeron entonces los judíos: ¿No tienes aún cincuenta años y has visto a Abraham? Respondió Jesús: En verdad, en verdad os digo: Antes que Abraham naciese, era Yo. Entonces tomaron piedras para arrojárselas; pero Jesús se ocultó y salió del templo." Credo (San Juan VIII, 46- 59)

Santoral Católico 29 de marzo

  • San Armogasto, Mártir
  • Santos Jonás y Baraquicio, Mártires
  • Santos Marco y Cirilo, Mártires
  • San Bertoldo, Monje
  • San Ludolfo, Obispo de Ratzeburgo



SAN ARMOGASTO

Mártir

Si no velares, vendré a ti como un ladrón,
y no sabrás a qué hora vendré a ti.
(Apocalipsis 3, 3)

¡Qué hermoso espectáculo ver a San Armogasto abandonar todas sus dignidades en la corte para permanecer fiel a Jesucristo! Viéndolo Genserico, rey de los vándalos, inquebrantable en su fe, le hizo anudar la cabeza y los pies con gruesas cuerdas; mas el santo miró al cielo y rompiéronse sus ataduras. Se lo suspendió de un pie; empero, nada quebrantó su resolución. Finalmente, condenado a guardar los rebaños del rey por el resto de su vida, obedeció con placer, pues sabía que la soledad es favorable a los coloquios entre el alma y Dios. Predijo su muerte próxima, indicó el lugar donde quería se lo enterrase, y fue al cielo a recibir la recompensa de sus trabajos, hacia el año 455.

MEDITACIÓN
SOBRE LA PREPARACIÓN
A LA MUERTE

I. Toda nuestra vida debe ser una preparación para la muerte, pues nuestra muerte, de todos nuestros negocios, es el más importante; ¿qué digo?, los demás nada son comparados con éste. ¿Cómo te preparas tú? ¿Vives como un hombre que en breve ha de morir? ¿Acaso miras la muerte como algo muy alejado de ti ? En adelante mi principal afán será pensar en este gran viaje a la eternidad, no sea que me sorprenda la muerte. La muerte, que sorprende a los que no están preparados, debe encontrarnos siempre prestos (San Euquerio).

II. Morirás, no lo ignoras. Morirás sólo una vez, y de esta muerte única dependerá una eternidad de dicha o de desventura. No se trata aquí de una pérdida sin importancia, sino de la pérdida del mayor de todos los bienes y, no debes olvidarlo, de una pérdida irreparable. ¡Oh muerte, cuán temible eres! ¿Se puede pensar en ti sin despreciar al mundo y sin darse a Dios?

III. Una vida santa es la mejor de todas las preparaciones para la muerte. No te duermas con un pecado mortal en la conciencia. Por la mañana, al levantarte, piensa: Acaso no alcance a vivir hasta la noche; y por la noche, al acostarte: Acaso no me levante ya, y estas sábanas sean mi sudario. De vez en cuando pregúntate si estás preparado para morir. Nada hay que los hombres vean con más frecuencia que la muerte y nada que olviden con mayor facilidad (San Euquerio).

El pensamiento de la muerte.
Orad por las almas del purgatorio.

ORACIÓN

Haced, os suplicamos, Dios omnipotente, que la intercesión del bienaventurado Armogasto, vuestro mártir, cuyo dichoso nacimiento al cielo celebramos, nos fortifique en el amor de vuestro Santo Nombre. Por J. C. N. S.

sábado 28 de marzo de 2009

Santoral Católico 28 de marzo

  • San Guntrano, Rey y Confesor
  • San Juan de Capistrano, Confesor
  • San Tutilo, Monje


SAN GUNTRANO
Rey y Confesor

Cada uno de nosotros procure dar gusto a su prójimo
en lo que es bueno y pueda edificarle.
(Romanos 15, 2)



San Guntrano, rey de Borgoña, era nieto de Santa Clotilde, reina de Francia. Cumplió con todos los deberes de un rey. Amaba tiernamente a sus súbditos y perdonaba generosamente a sus enemigos. Pocos monarcas hubo tan populares como él. Durante una peste, se ofreció como víctima al Señor para que se librara el pueblo. Después de haber fundado o dotado a muchas iglesias y monasterios, murió el 28 de marzo del año 593, a los 68 años de edad.


MEDITACIÓN
SOBRE LAS BUENAS OBRAS


I. Haz tantas obras buenas cuantas puedas mientras vivas; lo demás carece de valor después de la muerte. No dejes pasar ni un solo día sin que lo señales con alguna acción buena. La vida presente es breve, la futura es eterna. Hay que expiar los pecados cometidos: redímelos haciendo limosna a los pobres. ¿Por qué respetas la efigie del príncipe esculpida en el mármol o acuñada en el oro, y desprecias la imagen de Dios en la persona del pobre? (San Agustín).

II. Que sean buenas tus acciones delante de Dios y no sólo delante de los hombres; para ello realízalas para agradar a Dios y tal como quiere Él que las hagas. Cuídate de que no estén viciadas por la vanidad y el amor propio; si así no lo hicieres, no tendrás otra recompensa que la que el mundo te dé. ¡Qué!, mi corazón es tan pequeño, mi vida tan corta, ¿y querré yo partirlos entre Dios y el mundo?

III. También tienes la obligación de hacer el bien delante de los hombres; les debes el buen ejemplo. Sin vacilar declárate a favor de Dios, y nadie se atreverá, en tu presencia, a realizar un acto que le ofenda. No te avergüences cuando llegue la ocasión de salir en defensa del Evangelio, y el momento de comportarte como verdadero cristiano; acaso rían a costa tuya: regocíjate entonces. ¿El mundo no aprueba tus actos? Señal es que tienes el espíritu de Jesucristo. El cristiano es amado por Dios cuando es maltratado por el mundo (San Ignacio).


La limosna.
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

Oh Dios, que todos los años nos proporcionáis un nuevo motivo de gozo con la fiesta del bienaventurado Guntrano, vuestro confesor, haced, por vuestra bondad, que honrando la nueva vida que ha recibido en el cielo, imitemos la que vivió en la tierra. Por J. C. N. S.

viernes 27 de marzo de 2009

¿Qué es el Martirologio?




Catálogo de mártires y santos ordenados según la fecha de celebración de sus fiestas.

Concepto.

La palabra viene del griego: martyr, testigo, y logos, discurso. La etimología podría inducir a un doble error, ya que no se trata, si no es en su mínima expresión, de un tratado sobre los mártires, ni se limita únicamente a ellos. H. Quentin, autor erudito, especializado en los estudios sobre el M., lo define como «el libro de los aniversarios de los mártires y por extensión de los santos en general, de los misterios y de los sucesos que pueden dar lugar a una conmemoración anual en la Iglesia» (Les martyrologes historiques du moyen áge, París 1908, 1). El orden que siguen los M. es, ni más ni menos, el de los calendarios. Algunos M. presentan la forma de simples listas de mártires y santos, identificándose prácticamente con los calendarios; otros, los denominados M. históricos, «añaden a los nombres de los santos un resumen o extracto de su Passio, de su vida o de los documentos y tradiciones que se refieren a ellos» (H. Quentin, ib.). No existe una clara delimitación entre calendario (v.) y M. En su sentido más estricto, calendario designa la lista escueta de las solemnidades y fiestas locales de una iglesia particular; M. se aplica en cambio a las compilaciones que incluyen de ordinario la conmemoración de las fiestas de otras iglesias, pudiendo, por lo menos teóricamente, llegar a abarcar a la totalidad de los santos de la Iglesia universal. Los M. locales se confunden, pues prácticamente con los calendarios; al lado de ellos están los M. generales, comunes a una provincia o región, y los M. universales, que abarcan a toda la Iglesia. El calendario cristiano constituye ante todo una pauta por la que se rige la Iglesia en lo que concierne a sus celebraciones litúrgicas en el curso del año. El M. incluye la función del calendario, pero además se propone ofrecer una obra de edificación: dar a conocer los santos de las otras Iglesias y provocar la admiración hacia ellos por medio de anotaciones biográficas. Si el calendario constituye una obra al servicio de la liturgia, el M. además y sobre todo pertenece a la hagiografía (v.)

Origen de los Martirologios.

De ordinario los calendarios han precedido y contribuido a la formación de los M. La mayor parte de elementos que intervienen en la formación de los primeros son directa o indirectamente comunes a los segundos, aunque el M. tendrá algunos elementos que desconoce el calendario. Esos elementos, comunes o no, son:

1) Las fiestas de los mártires. El contexto histórico -sin echar en menos los aspectos psicológico, cultural y teológico- que presidió la aparición y el desarrollo de las comunidades cristianas explica la atención prestada a la celebración de los aniversarios de sus héroes, los mártires. Se conservaron las Actas y se redactaron sus Passiones. La veneración de los mártires nace en torno de sus sepulturas; inicialmente corresponde al culto tributado a los muertos en la antigüedad; los cristianos aportan una novedad, puesto que celebran el dies natalis no como hacían los paganos en el aniversario del nacimiento del difunto sino en la fecha del martirio o del óbito, o en algunos casos de la inhumación (depositio). A mediados del s. n, el Martyrium Polycarpi ofrece un testimonio de la veneración tributada a los mártires: los cristianos de Esmirna manifiestan su intención de celebrar con gozo el primer aniversario del martirio de su obispo S. Policarpo. Asimismo en el a. 250, S. Cipriano de Cartago ordena que se anote escrupulosamente la fecha de la muerte de los confesores de la fe «a fin de que podamos unir su memoria a la de los mártires» (Epist. 37,2: PL 4,328). La instauración de una tal tradición lleva a la necesidad de crear un registro de los diversos aniversarios a celebrar: el calendario

2) Las «Depositiones». En un primer momento se distinguió la Depositio Episcoporum de la Depositio Martyrum. La primera señala las fechas de la inhumación de los obispos y por consiguiente de la conmemoración correspondiente, la segunda las fiestas o aniversarios de los mártires. Con el tiempo los dos tipos de catálogos acabaron fundiéndose en uno solo por razones de comodidad.

3) La «dedicatio ecclesiae». A partir del s. IV se introduce en los calendarios y M. la fecha de la consagración de la iglesia. El testimonio más antiguo conocido es el indicado en la Peregrinatio de Eteria (v.): cada año se celebraba el recuerdo de la consagración de la iglesia edificada sobre el Calvario. Esta efemérides se indica en el calendario a veces de forma explícita, otras designando simplemente el nombre del santo titular

4) Las traslaciones de las reliquias. El culto de las reliquias (v.) se sumó al de los mártires desde el momento en que fueron oficialmente abiertos sus sepulcros para sacar los restos de sus cuerpos o parte de ellos. Las traslaciones fueron muy frecuentes, sobre todo en África. Cuando no coincidían las fechas de la traslación y de la consagración de las iglesias (rito que exigió generalmente la traslación) había lugar a la introducción de una nueva memoria del santo

5) Los fundadores de títulos. Desde antiguo se designa el nombre del fundador de la iglesia en los calendarios y M.; a menudo el nombre va acompañado de la mención «tituli conditor», y frecuentemente aparece el nombre a solas, lo cual ha dado lugar a errores hagiográficos. El M. jeronimiano, p. ej., convierte los simples titulares Ciríaco y Eusebio en mártires, evidentemente inexistentes.

6) Los confesores. Pasadas las épocas de persecución, la literatura cristiana ensalzó la heroicidad en la virtud de los ascetas y de las vírgenes -que sufrían un martirio espiritual incruento- y preparó los espíritus hasta que se llegó a una innovación: los santos no mártires penetraron en la liturgia, y con ello fueron introducidos en los calendaros y M., a continuación de los obispos

Principales calendarios.

1) Cronógrafo del 354. El primer calendario cristiano conocido se presenta insertado en una obra de recopilación de documentos de carácter cronológico llevada a cabo e ilustrada por Filócalo, en el a. 354. La mayoría de documentos son de origen netamente pagano. Contiene la Depositio Episcoporum y la Depositio martyrum. La primera es la lista de los 12 papas que se sucedieron desde Lucio (253-254) hasta Julio I (m. 352). La segunda señala las memorias de 52 mártires, repartidas en 22 días del áño; por los mártires romanos se indica el cementerio en donde se celebra la reunión litúrgica; en algunos casos se precisa el año en que ocurrió el martirio; del mártir Silano se indica que su cuerpo fue robado por los novacianos; es de notar la presencia de santos africanos: S. Cipriano, cuya memoria se celebra en las catacumbas de Calixto el 14 de septiembre, y las santas Perpetua y Felicidad, el 7 de marzo. Los restantes 50 mártires son todos originarios de Roma o de la regign romana. Aparte las celebraciones martiriales recoge la fiesta de Navidad: «Natus Christus in Bethlehem Iudeae», que encabeza la depositio, y el aniversario o fiesta del Natale Petri de cathedra. Las dos depositiones siguen el orden de los días del año a partir del 25 diciembre. Las dos son complementarias y constituyen una unidad: el catálogo de los días en que tenía lugar en Roma la celebración de un aniversario, y el sitio de la reunión.

2) Otros calendarios: Calendario gótico (final del s. iv o principios del s. v): local, procedente de Tracia, fragmentario. Calendario de Cartago (entre 505 y 535): a los nombres de Cartago añade otros de fuera de Roma. Calendario de Tours: al final de la Historia Francorum, su autor es S. Gregorio de Tours (v.), y transcribe un calendario de los días de ayuno y de vigilias practicados en la iglesia local, establecido poco antes del 491. Se indican también los santos locales. Calendario de Carmona (s. vivII): descubierto en Andalucía, fragmentario, grabado en una columna de mármol, es uno de los más interesantes de la serie española. Calendario de Nápoles (entre 847-877): no oficial, esculpido sobre mármol, debía servir de guía para los fieles. Se conoce una serie de calendarios de Monasterios: Calendario de Echterbach (702-706), los Calendarios de Montecassino (s. VII y IX). Cabe citar también los calendarios hispánicos publicados por Dom Férotin en Le liber Ordinum en usage dans l'Église visigothique d'Espagne du V s. (París 1904) y por Dom Morin en L fiber comicus sive lectionarius Missae quo Toletana ecclesia ante annos mille et ducentos utebatur (Maredsous 1893).

Martirologio Siriaco. No se trata ya de un simple calendario, sino que es reconocido unánimemente como el M. más antiguo que se conoce. El manuscrito Siriaco que dio a conocerlo (British Museum, ms. add. 12150), descubierto por W. Wright, está fechado en Edessa (Mesopotamia) en nov. del 411. Representa la traducción y resumen de un M. griego perdido, elaborado entre 362 y 381. Lleva como título: «Nombres de nuestros señores mártires y victoriosos, con las fechas en que recibieron sus coronas». Presenta la lista de nombres de los mártires del Imperio Romano, concluida con la frase: «Aquí terminan los mártires de Occidente». A continuación siguen nombres de santos de Babilonia y Persia, dispuestos según el grado jerárquico -obispos, presbíteros, diáconos-, y no según el orden del calendario; de éstos no se indica tampoco la fecha del aniversario. El M. Siriaco guarda una estrecha relación con la obra histórica de Eusebio de Cesarea (v.), a quien incluye entre los santos. El compilador se sirvió además de los calendarios de otras iglesias. El interés histórico del M. Siriaco estriba en su antigüedad, su universalidad y en el importante influjo que ejerció sobre los M. posteriores.

Martirologio Hieronymianum. Documento histórico de primera importancia. El erudito Duchesne (o. c. en bibl.) dice de él que es «principium et fons» de toda la investigación martirológica. Este gran catálogo de mártires y santos de los tiempos antiguos apareció en la primera mitad del s. VI. Fue llamado M. jeronimiano sin fundamento real en la tradición, para revestirle del peso de la autoridad de S. jerónimo. Es obra de un desconocido que tradujo del griego al latín el M. (perdido) que había dado lugar al M. Siriaco, y combinó con este texto las depositiones romanas y el calendario de África; estas fuentes te procuraron abundante información sobre los santos de Constantinopla y Asia Menor, Roma y África. El M. jeronimiano presenta diversas fiestas que habrían ido introduciéndose en las iglesias locales y que ahora pasaban a engrosar el M.: la conmemoración de las dedicaciones de iglesias, los traslados de reliquias, los aniversarios de los titulares o fundadores de las iglesias, los benefactores insignes de las comunidades, los cuales, al igual que los ascetas prestigiosos, empezaron a ser venerados

El M. jeronimiano, partiendo del norte de Italia en donde fue elaborado, se difundió por todo el mundo cristiano, y en cada región fue adaptado según las tradiciones particulares y según el uso a que fue destinado. De ahí que se distingan dos grandes tradiciones o recensiones de este M.: la itálica y la gálica. La primera, la más primitiva, fue adaptada para ser leída diariamente en los dípticos de la Misa y quizá para algún otro uso litúrgico. Considerada como obra edificante, Casiodoro (v.) aconseja su lectura a los monjes. Este M. desapareció complemente de las bibliotecas italianas en los s. vii-viii. La corriente o recensio gálica fue más afortunada. Penetró en la Galia ya antes del a. 605. Duchesne distingue tres familias de manuscritos, con elementos típicos a cada una de ellas, dependientes del ms. de Auxerre. La primera familia, la más antigua, está representada por el ms. de Epternach (hoy Echternach, en Luxemburgo); este ms. fue copiado en Inglaterra en la segunda mitad del s. VII; el copista inglés añade S. Agustín de Cantorbery (v.) y otros santos insulares, así como un grupo de santos de la Campania, cuyo culto había sido introducido en Inglaterra en el a. 668. La segunda familia comprende especialmente los ms. de Berna y de Lorsch; el primero (s. VIII) con añadiduras propias de las iglesias de Metz y de Bourges, es el más rico en indicaciones topográficas; el de Lorsch (s. VIII o IX) presenta abundantes anotaciones biográficas. Finalmente la tercera familia está representada por ms. originarios del oeste de Francia; además de introducir nombres de santos locales, su característica particular es el incremento de dedicaciones de iglesias

Martirologios «Históricos». Se acostumbra a llamar así a los M. recopilados por diversos autores, a partir del s. VIII, en los cuales los nombres de los santos van acompañados de datos hagiográficos sacados de las passiones y de otras fuentes literarias. En la base de estos trabajos de compilación está ante todo el M. jeronimiano. La denominación con que son conocidos no implica en ninguna manera que su valor histórico sea superior al de los otros. Se distinguen tres grupos: el inglés representado por el M. de Beda (m. 735); el grupo lionés con el M. lionés (s. IX), el M. de Floro (m. ca. 860) y el M. de Adón (m. 875), este último evidentemente tendencioso en el uso de las fuentes en que se inspira; por último el M. de Usuardo (m. 877), muy influido precisamente por la obra de Adón. Estos M., y en particular el último citado, tienenimportancia porque inspiraron los M. usuales en la Iglesia hasta la aparición del M. Romano.

Martirologio Romano. El papa Gregorio XIII (157285; v.), una vez consiguió implantar la reforma del calendario que lleva su nombre, se propuso ya en 1580 la publicación de un M. Romano oficial: una edición del M. susceptible de recibir su aprobación oficial. Nombró para ello una comisión especial, de la cual César Baronio (v.) fue de hecho el miembro más preclaro por su erudición y por su eficacia. Después de haber publicado algunos ensayos parciales, salió a la luz pública en Roma, en 1583, el M. Romanum ad novam Kalendarii rationem et ecclesiasticae histórice veritatem restitutum, Gregorii XIII Pont. Max. iussu editum. Al año siguiente apareció la primera edición oficial, «para la lectura en el coro», autentificada por la constitución apostólica Emendato del 14 en. 1584. El Papa impone su uso exclusivo. En 1586 se publicó el M. Romanum cum notationibus Baronü que contiene las fuentes literarias de que se sirvió Baronio para la realización de su trabajo. El M. Romano tuvo una acogida calurosa. Las reimpresiones cundieron por todas partes, lo cual acarreó la multiplicación de errores. Las ediciones de Urbano VIII en 1630 y de Inocencio XI en 1681 presentan correcciones críticas más o menos felices e incluyen los nuevos santos. En 1748 aparece una nueva edición que lleva el sello de la autoridad de Benedicto XIV (v.), quien se propuso únicamente corregir la obra de Gregorio XIII; interviene él mismo en persona en el trabajo de corrección; con su autoridad de pontífice, de erudito y de jurista toma decisiones respecto de algunos puntos problemáticos; así, suprime algunos nombres (los de Clemente de Alejandría y Sulpicio Severo, entre otros) y retiene otros que algunos discutían (el papa Siricio, p. ej.), En el siglo actual, Pío X declara «típica» la edición de 1913; en 1922 se publica otra edición «corregida» pero muy mal recibida por los eruditos modernos. Bajo Pío XII se reedita el M. en 1948 y en 1956. Fuera de Roma la obra se imprime en varias lenguas. Los bolandistas (v.) contaron hasta 129 ediciones desde la de 1583 hasta el año 1912. Al decir de Baronio, el objetivo de su trabajo no consistió en elaborar un M. enteramente nuevo sino en seleccionar y fusionar los elementos antiguos. Empleó para ello: 1) el M. de Usuardo (en aquella época difuso y aceptado comúnmente en la Iglesia); el M. de S. Ciríaco y el M. de Beda, el M. de Floro y el M. de Adón (éste carece de todo valor histórico a los ojos de la hagiografía crítica moderna); 2) listas episcopales, sobre todo de Italia y varios calendarios; 3) los «menologios» (equivalentes en Oriente de los M. de la Iglesia latina), a fin de aumentar los santos orientales; 4) las Actas y las Passiones de los mártires; 5) otras obras hagiográficas: de Eusebio de Cesarea, de S. Gregorio de Tours; asimismo los Diálogos de S. Gregorio Magno (v.), que constituye una obra más edificante que histórica, de la cual fueron sacados todos los nombres de los «buenos» y fueron incorporados al M. Por consiguiente, podemos concluir que las mismas bases del trabajo de elaboración del M. Romano llevado a cabo por Baronio justifican la aprensión de la crítica moderna. Baronio evidentemente no podía disponer de los conocimientos actuales. A pesar de todo él mismo confiesa a menudo sus dudas y se aplicó constantemente al estudio para corregir más y más el M. Romano. Ya desde su aparición, en efecto, se vio la necesidad de corregir el M. Romano. En la actualidad, existe en Roma, en la Congregación del Culto Divino, una Comisión, dirigida por el benedictino francés Jacques Dubois, que se ocupa de la reforma del M



BIBL.: De carácter general: H. LECLERCQ, Martyrologe, en DACL X,2523-2619 (a. 1932); H. ACHELIs, Die Martyrologien, ihre Geschichte und ihr Wert, Berlín 1900; R. AIGRAIN, L'Hagiographie: ses sources, ses méthodes, son histoire, París 1953. M. Siríaco: una buena edición por J. B. Rossi y L. DUCHESNE, en Martyrologium Hieronymianum, en Acta Sanct. Novembris, II (1890). Edición crítica del M. jeronimiano: J. B. Rossi y L. DucHESNE, Martyrologium Hieronymianum ad lidem codicum adieetis prolegomenis, en Acta Sanct. Novembris, II (1894); H. DELEHAYE y H. QUENTIN, Commentarius perpetuus in Marturologium Hieronumianum, en Acta Sanct. Novembris, Bruselas 1931. M. Históricos: El estudio fundamental sigue siendo H. QUENTIN, Les martyrologes historiques du Moyen áge: Étude sur la lormation du martyrologe Romain, París 1908. M. Romano: Comentario crítico de los Bolandistas a la edición típica de 1913: Martyrologium Romanum ad forman editionis typicae scholüs historicis instructum (Propylaeum ad Acta Sanct. Decembris), Bruselas 1940; C. COOPENS, Tabulae geographicae seu atlas in Martyrologium Romanum, Tournhoult 1946. Versión castellana de la ed. vaticana de 1948; V. M. SÁNCHEz Ruiz, Martirologio romano, 2 ed. Madrid 1953.



R. CIVIL DESVEUS


Tomado de Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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