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sábado 28 de febrero de 2009

Santoral Católico 28 de febrero

  • Santos Román y Lupicino, Abades
  • San Hilario, Papa
  • Mártires de la Peste de Alejandría
  • San Proterio, Patriarca de Alejandría, Mártir
  • Beata Vilana de Florencia, Matrona
  • Beata Eduviges de Polonia, Matrona
  • Beata Antonia de Florencia, Viuda
  • Beata Luisa Albertoni, Viuda


SAN ROMÁN Y SAN LUPICINO
Abades
Haced penitencia, porque está cerca
el reino de los cielos
,
(Mateo, 3,2).

San Román se había retirado, con su hermano Lupicino, al monte Jura, para hacer penitencia. Fue allí tan cruelmente tentado y atormentado por el demonio, que abandonó el yermo para volver al mundo; mientras lo hacía dio en el camino con una dama venerable que lo exhortó a la perseverancia. Volvió sobre sus pasos, y permaneció en esa soledad durante el resto de su vida, atrayendo a ella a muchos santos varones. Murió hacia el año 460. Sobrevivióle su hermano unos 20 años.
MEDITACIÓN
SOBRE LA PENITENCIA
I. Haz penitencia; ¿acaso no eres un pecador? y ¿qué más necesario para un pecador que la penitencia? ¿Por qué diferirla de hoy a mañana? El reino de los cielos está cerca; acaso mueras pronto, y si no pagaste tus deudas, ¿qué harás? ¿Qué mortificaciones hiciste? Te quieres convencer de que se ha de dejar la penitencia para los que se metieron en un convento; y yo te digo que las personas de mundo la necesitan más que los religiosos, porque más caen en pecado.
II. Pero, ¿cómo hacer Penitencia? Has abandonado a Dios para amar a las creaturas; desásete de las creaturas para amar sólo a Dios. Castiga tu cuerpo con austeridades, pues ofendió a Dios con el pecado. No te engañes en esto, la penitencia debe afligirte; debe arrancarte, si es posible, suspiros del corazón y lágrimas de tus ojos, por no decir sangre, de tus venas.
III. Persevera en este áspero ejercicio hasta el fin de tu vida. Estuvo San Román a punto de perder el fruto de sus trabajos por no haber tenido coraje para atacar desde un principio, y vencer, las dificultades que encontraba en la penitencia. ¡Cuán agradables te resultarán esos esfuerzos y sufrimientos si de tiempo en tiempo consideras las espantosas austeridades de tantos insignes ermitaños, si piensas en lo que Jesucristo sufrió por ti! Busquemos hasta el fin de nuestra vida aquello que nos procurará felicidad sin fin. (San Euquerio).
La esperanza
Orad por los peregrinos.
ORACIÓN
Haced, Señor, que la intercesión de los santos Román y Lupicino, abades, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones las gracias que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

viernes 27 de febrero de 2009

Hora Santa




R.P Mateo Crawley-Boevey SS.CC.


Para las almas

atribuladas


Observación preliminar. Imaginamos por lo corriente que la mayor parte de las cruces son principalmente una expiación de nuestros pecados, y que tienen por objeto casi exclusivo cancelar la deuda contraída con un Dios ofendido. Ello es ciertamente así; pero además hay otro concepto con frecuencia omitido, no menos verdadero y de inmenso consuelo. Es saber: que los sufrimientos son la prenda más segura y estimable del amor que Jesús profesa a sus amigos; que las amarguras son un verdadero don de lo alto, una prueba irrecusable de la ternura y de la misericordia exquisita del Corazón de Jesús... Por esto prodiga a su Madre Inmaculada, la Reina de los mártires, las torturas y las penas, y de ahí también que el mayor y más rico tesoro de las almas predestinadas sea siempre el del dolor... Sufrir, en consecuencia, no es siempre padecer el latigazo vengador de un Dios justiciero sino a menudo, y con suma frecuencia, el testimonio mayor de caridad y la prueba de excepcional predilección del Salvador hacia un alma generosa, ferviente en el amor.



(Pongámonos ahora en presencia del Señor Crucificado... Su Calvario está ahí, en ese altar... Adoremos sus llagas divinas, su sangre preciosa y los dolores de su Sagrado Corazón...).



Jesús. Venid a Mí todos los que sufrís, los que gemís agobiados bajo la pesadumbre de la Cruz... ¡Oh, mucho antes que sucumbáis abrumados bajo la carga..., venid! ¡Apresuraos..., aceptad los brazos que os ofrezco, pues quiero ser para vosotros, los afligidos, el Cireneo del amor!... ¡Venid!...

No demoréis... ¡Anhelo tanto sosteneros en la Vía Dolorosa, consolaros, aligerar el peso de vuestras cruces y endulzarlas!... Os aguardo ya..., ¡venid!... ¡Ah!, pero deseo, ante todo, enseñaros, hijitos míos, la ciencia de las ciencias: la de saber sufrir con paz divina, sufriendo en compañía mía y por mi amor... Recordad, hijos de mi Divino Corazón, que siglos antes que vosotros, Yo he saboreado toda la crueldad de vuestras penas...; las conozco todas, no sólo como Dios que soy...; las conozco todas por amarguísima experiencia, porque soy Jesús, el Hijo del Hombre, que quiso saborear hasta las heces este cáliz... Y desde entonces, vosotros sufrís para reparar mis voluntarios sufrimientos..., sufrís para divinizar vuestra vida...

No temáis, pues, a este Salvador Crucificado cuando se acerca a vosotros deseoso de imprimir en sus hijos los estigmas de su gloria... Como nunca, entonces, cuando ostentáis mis llagas, sois de veras los predestinados de mi amante Corazón... No me temáis..., ¡oh, venid!... Comprendo, sí, que la naturaleza miserable se rebele...; que no acepte sonriente esta gloria de sangre, la sublime gloria del Calvario... Si Yo consultara vuestra naturaleza, ésta pediría gozar de menos gloria en el Cielo y de más holganza y bienestar aquí en la tierra... No razonéis así vosotros, hijos del alma, y dejadme obrar, en favor vuestro, con entera libertad, ya que soy la Sabiduría y la Misericordia infinitas... ¡soy Jesús!... Consentid que labre vuestra dicha, no por cierto según el criterio humano, ni según vuestros caprichos, sino a la manera de un Dios que por amor y en una Cruz se convirtió en Salvador y amigo vuestro... Venid sin recelos ni temores, y que la vista de mis propias llagas, que me hablan de las vuestras, que me piden misericordia, os acerque a vuestro Dios Crucificado... ¿Qué aguardáis?... Venid, pues vuestras almas están embebidas como una esponja en la amargura de tantos llantos acerbísimos... ¡Ah!, para endulzarlos, os será preciso arrojaros en el torrente de mis lágrimas... Sabed que el secreto de sufrir con valentía, con paz y con mérito, está en saber padecer entre mis brazos, en saber verter todas las lágrimas en el cáliz de mi dolorido Corazón... He aquí, os lo ofrezco Yo mismo ese cáliz precioso, consoladores amados... Resolveos, pues, a acudir pronto a Mí: el único y el gran Consolador soy Yo, que os llamo. ¡Venid!



(Y ahora pidamos la gracia inestimable de comprender las graves y consoladoras enseñanzas de esta Hora Santa, diciendo cinco veces con todo fervor y en honor de las cinco llagas, esta jaculatoria).


(Todos, cinco veces)


¡Corazón Agonizante de Jesús, ten piedad de nosotros!


Cinco grandes dolores crucifican, como otros tantos clavos, a la inmensa mayoría de los hombres... Cinco hierros inclementes, insoportables para el mundo, no así por cierto para el cristiano convencido, y menos aún para el apóstol... Y así como en la tarde del Viernes Santo, después del Descendimiento, la Inmaculada, San Juan y Magdalena, recogieron de manos de Nicodemus y besaron, con deliquios de amor, los clavos y la lanza, tintos en la sangre de Jesús; consideremos con esa misma fe, estos otros hierros, instrumentos providenciales de nuestra tortura y de nuestra gloria... No dudemos que la meditación cristiana de nuestros sufrimientos nos acercará mucho a Jesús Crucificado, nos arraigará en su Corazón.



Primer dolor

Sufrir el desconocimiento y la injusticia de las creaturas

Las almas. Es mucha gloria, Rey Divino del Calvario, que nos encontremos siempre contigo en la misma calle de amarguras... Y esto, porque nuestras lágrimas no son sino unas cuantas gotas rebasadas del océano de penas que llevas dentro de tu pecho sacrosanto... De ahí, Señor, que no habiendo sido comprendido Tú, que no siéndolo todavía, después de siglos, permitas con sabiduría que las creaturas a su vez no nos comprendan a nosotros... Gracias, ¡oh! gracias, por la amargura saludable que padecen los pequeños y los poderosos, los ricos y los pobres, los mundanos y los santos, al sentirse fustigados por el látigo de fuego, que es el juicio injusto de los hombres... látigo cruel sobremanera cuando viene de la mano de aquellos que hubieran debido hacernos justicia y brindarnos amor... ¡Oh!, ten piedad, dulcísimo Jesús, de los desdeñados..., de los heridos por la desconfianza..., de los desalentados por la crítica acerba..., de los condenados por ligereza o por maldad... Haz con ellos todos obra de ternura y de piedad, Señor, porque el mundo es tanto más cruel con sus innumerables víctimas, cuanto más culpable él mismo... Apresúrate, Maestro, el único de veras Bueno, apresúrate a socorrerlos con el bálsamo secreto de tus ternuras... No tardes, Jesús, en acudir en socorro de esos heridos del alma, tal vez culpables, mucho más por fragilidad que por malicia..., almas débiles, vacilantes, enfermizas... Señor Jesús, ¡cómo quejarnos que las creaturas nos juzguen con severidad, cuando ante dicho tribunal te encontramos también a Ti!... No sólo hace siglos, ¡oh, no!..., todavía y todos los días, a cada instante, tus creaturas te interrogan con altanería sobre tus leyes y derechos... y, lo que es más triste, ¡ellas..., te condenan sin apelación!... Venimos por esto a aprender de Ti, Jesús, una lección de humildad, lección divina que nos aliente en esta Hora Santa, que fortifique nuestro valor abatido, que nos enseñe con tu palabra, y sobre todo con tu ejemplo, aquel espíritu de fe, propio de los que se llaman hijos tuyos... Háblales, pues, Maestro muy amado.

(Pausa)


Jesús. ¿Habéis olvidado, hijitos míos, que vosotros los discípulos, no sois más que Yo, vuestro Maestro?... Si pues el mundo injusto me desconoce a Mí, su Luz y Salvador, qué de extraño que haga otro tanto con vosotros?... ¡Qué! ¿No veis con qué tesón las tinieblas pretenden descartarme con una victoria insolente?... Me condenaron en el Pretorio y sufro todavía las consecuencias de dicha sentencia tenebrosa... ¡Ah, y si no fuera sino el ataque de los que abiertamente profesan la maldad!..., ¿qué decís del desdén, de la persecución oculta y crudelísima de aquellos que se precian de honrados, de aquellos a quienes se aprecia como buenos, que se admira como virtuosos, sabios y prudentes?... No lo olvidéis: mi Evangelio y mi Corazón son el blanco de sus ataques, hábiles y arteros... ¿Y seréis vosotros, por ventura, más justos, más santos y fuertes que Yo?... Mi pueblo no ha cambiado; fue ayer, y sigue siendo hoy día, refractario a mi predicación..., rechaza mi doctrina y desdeña las invitaciones amorosas de mi Corazón... ¡Qué bien os sienta, ya veis, a vosotros, ofendidos por el desconocimiento de las creaturas, el meditar ante mi altar, el desconocimiento con que ellas ultrajan a su Dios y Señor, mal comprendido de los suyos..., desconocido con frecuencia de sus preferidos..., y aun de sus apóstoles!... Esa fue la triste realidad de ayer y sigue siendo la penosa realidad de hoy día... Ved, si no: ¿quiénes se interesan de veras en acercarse a Mí..., en estudiar hipócritamente mi Persona adorable?... ¿Quiénes se afanan en hablar de Mí?... ¡Ay! cabalmente aquellos que niegan mi doctrina..., aquellos que, a ciencia cierta, quieren censurar mi Iglesia Santa..., aquellos enemigos que tienen verdadero empeño en cavar mi tumba para sepultarme en el eterno olvido de los hijos que rescaté con mi sangre... Esos son, con frecuencia, los que más se afanan, como los sanedristas, en escudriñar de mala fe mi Evangelio y mi Ley... Pero si así soy tratado, Yo, la leña verde, ¿qué no hará el mundo con vosotros, la leña seca, dispuesta ya para ser pasto de las llamas?... ¿Por qué extrañaros tanto que si los hombres desprecian y desconocen al Sol increado de Justicia y de Verdad, que soy Yo, desconozcan y desdeñen también el chispazo pobre de luz, que sois vosotros?...

Por esto, hijitos, pensad en reparar, ante todo, el gran pecado actual, el desconocimiento de vuestro Dios y Señor..., y Yo, que soy tan suave y compasivo, sabré reparar oportunamente, la injusticia cometida con vosotros... Y qué, ¿no me habéis desconocido vosotros a Mí?... Reparad, ¡oh!, reparad, consoladores míos, ese vuestro propio pecado... Puesto que venías a confiarme las injusticias que los hombres han cometido con vosotros, dejadme recordaros las injusticias que, más de una vez, habéis cometido contra Mí, vuestro Rey y Señor... Animados, pues, de verdaderos sentimientos de humildad, de arrepentimiento y de gran confianza, acercaos en esta Hora Santa a mi Sagrado Corazón... Venid a Mí todos los que sufrís del desconocimiento de las creaturas, venid..., que Yo soy el gran Desconocido de la tierra...


(Con el alma profundamente conmovida meditemos estas palabras tan amargas, aunque muy verdaderas por desgracia..., y humillémonos..., y reparemos, acudiendo con la más absoluta confianza al Corazón de Jesús...).


Las almas. ¡Cuánta confusión y remordimiento, sentimos, Señor, al comprender ahora la insensatez de haber venido a quejaros de la injusticia de las creaturas ante Aquel que se llama y es el gran desconocido, el Dios flagelado por nuestra propia injusticia, ofendido y humillado por nuestro propio desconocimiento! ¡Ah! Jesús, bien merecidos tenemos nosotros ése y muchos otros castigos; pero Tú, Señor, ¿por qué has de estar perpetuamente atado a la columna del olvido y de la vergüenza?... ¿Por qué, Tú?...

¡Piedad, Jesús!... ¡Gracias, Señor, porque presentado a tu Padre irritado, tu Faz adorable, cubierta de lodo, y tu Corazón Divino, sangriento y atravesado, con ello detuviste, Salvador bendito, el rayo de su cólera!... Escucha una plegaria amorosa y dolorida, ¡oh Jesús!: Dios de caridad infinita, Rey desconocido, te bendecimos en el desconocimiento que nos apena y nos hiere; pero a causa de esta amargura, otórganos una gloria mayor que la de tus Confesores...: la gracia de conocerte, ¡oh Jesús!


(Todos)


La gracia de conocerte, Jesús.


Dios de caridad infinita, Rey desconocido, te bendecimos en el desconocimiento que nos apena y nos hiere, pero, a causa de esta amargura, otórganos una gloria mayor que la de tus mártires: la gracia de conocerte, Jesús.


La gracia de conocerte, Jesús.


Dios de caridad infinita, Rey desconocido, te bendecimos en el desconocimiento que nos apena y nos hiere; pero, a causa de esta amargura, otórganos una gloria mayor que la de tus esposas vírgenes; la gracia de conocerte, Jesús.


La gracia de conocerte, Jesús.


Dios de caridad infinita, Rey desconocido, te bendecimos en el desconocimiento que nos apena y nos hiere; pero, a causa de esta amargura, otórganos una gloria mayor que la de tus apóstoles: la gracia de conocerte, Jesús.


La gracia de conocerte, Jesús.


Ángeles y Arcángeles del Señor, prestadnos vuestra inmaculada pureza, a fin de poder conocer con luz de inocencia a Jesús, a fin de hacerle reconocer dondequiera como el Rey del amor adorable.



Principados, Tronos y Potestades, prestadnos vuestra luz celestial para conocer íntimamente a Jesús, a fin de hacerle reconocer dondequiera como el Rey del amor adorable.

Virtudes y Dominaciones, comunicadnos una centella de vuestra sublime inteligencia para conocer claramente a Jesús, a fin de hacerle reconocer dondequiera como el Rey del amor adorable.

Querubines y Serafines, ¡oh!, encendednos en las llamas de vuestra caridad para amar con amor ardoroso a Jesús, todo amor, a fin de hacerle reconocer dondequiera como el Rey del amor adorable.



(Aquí un cántico al Sagrado Corazón, víctima de amor).


(Pausa)

Segundo dolor

Tribulaciones del corazón... desamor e ingratitud de parte de las creaturas


Las almas. Divino Maestro, sufrimos de una herida cruel y mortal..., herida del corazón: sentimos nostalgia de amor..., y no somos amados. ¡Con cuánta sabiduría permites, Jesús, que las creaturas no quieran o no sepan amarnos..., y que, a las veces, rehusándonos su corazón, lo ofrezcan a quienes menos lo merecían o lo esperaban!... Ello es cruel, pero desarraiga de la tierra... ¡Ah, entonces sufre el corazón toda la intensidad del mal de soledad! Y, entonces también sentimos despertar en nosotros una sed inmensa de un amor más fiel, más fuerte y más puro...: el tuyo Señor... Esa tortura, más que tortura, es misericordia y es gracia... ¡Quién como Tú conoce, Señor, la angustia del alma que no ha encontrado sino frialdad y silencio en el corazón de los suyos!... Pero esta congoja íntima parece inseparable de otra, no menos cruel: los lazos más fuertes, lazos de familia, estallan, se quiebran... La causa secreta de este dolor, o su fruto legítimo y envenenado, es siempre... la ingratitud... ¡Qué hambre insaciable de amor se despierta, en esos momentos de angustia, en nosotros, y cómo se ahonda el abismo del corazón, ansioso de amar más, siempre más en la desesperación de su dolor!... Que, si en esa hora de mortal desolación, cedemos a la tentación de acudir en demanda de afecto, de consuelo a las creaturas, a aquellas mismas que hemos tal vez colmado de favores, recibiremos con frecuencia un escorpión en vez del pan que pedíamos...: esto es, un rechazo, tanto más penoso cuanto más cortés en la forma... En medio de tanto desamparo, tornamos los ojos, ansiando encontrar una mirada compasiva, de afectuoso interés..., pero, ¡ay!, alrededor nuestro se ha hecho el desierto de alma y de silencio... Y pensar, Señor Jesús, que con suma frecuencia en esta tristísima historia, como en la del Jueves Santo, la razón secreta de estas desventuras, de tantos desengaños en la vida, es casi siempre el interés mezquino y la vil moneda... En castigo de nuestro apego a los sórdidos tesoros y a los mentidos placeres... Tú has ordenado, Jesús, o Tú permites que el oro y el placer mundanos tengan el triste privilegio de envilecer el corazón, de atosigar sus más nobles sentimientos... Mira ahora a tus plantas, Jesús adorable, mira compasivo a estos amigos tuyos que han sufrido y sufren todavía de esa hambre de amor..., te traen un corazón herido, tal vez un alma en jirones... ¡Ah!, y Tú sabes que la caravana de los que sufren este mal mortal de desamor es muy grande... ¡Ten piedad de todos ellos, Corazón de Jesús!... ¡Ten piedad también de nosotros, Jesús Crucificado!


(Pausa)


Estas graves reflexiones entrañan una enseñanza cristiana de primera fuerza y de suma trascendencia. Cada decepción de la tierra, como cada lágrima, debiera ser para nosotros un toque de gracia, un eco de la voz de Jesús, el único Amigo fidelísimo, el único... Este Amigo divino jamás engaña, jamás... Oigamos, pues, con entera docilidad su voz..., escuchadla..., os habla desde el Sagrario en esta Hora Santa.


Jesús. ¡Ay, a quién venís a confiar la pena que provoca en vosotros la falta de amor!... Bien sabéis que si hay alguno en la tierra que llore esta amargura, soy Yo, Jesús... Contemplad, si no, a este gran Herido...; poned los ojos en mi Corazón atravesado... Pero, sabedlo desde luego, si las creaturas no os aman como debieran, ello se debe, sobre todo, a que son ingratas, antes que con vosotros, conmigo, el Dios de caridad... ¡Qué experiencia tengo Yo, amigos del alma; qué experiencia amarguísima de la pena que venís a llorar sobre mi pecho!... Hijitos queridos, vuestro dolor lo comparto, y nadie, nadie más que yo, toma parte íntima y sincera en esa vuestra angustia crudelísima, no lo dudéis... Pero ya que así me habláis, dejadme instruiros con luz de cielo en materia tan importante y delicada... Que mis palabras, partiendo de mi Corazón herido, reconforten e iluminen los vuestros apenados... Decidme: al quejaros con tanta amargura de la ingratitud de las creaturas, ¿no sentís el remordimiento de haberlo sido vosotros conmigo..., y tal vez con más responsabilidad?... ¡Os quejáis a Mí de que se os olvida!...; ¡pobrecitos!... Pero..., y vosotros ¿no me habéis olvidado también, y con frecuencia, por las creaturas?... Me afirmáis que éstas os arrebatan injustamente el cariño que decís os deben... No lo apruebo, hijitos; pero... ¿no me habéis robado también vosotros vuestro afecto?... Y, más aún, ¿no recordáis que a veces habéis arrebatado en favor vuestro el cariño que esas mismas creaturas me decían... ¡Ya veis el principal porqué de tantas de esas penas!...

Y ahora oídme: no penséis que el remedio al mal de desamor consista en que Yo os devuelva todo el cariño que reclamáis de las creaturas... ¡Oh!, no, ello os haría mayor daño... El remedio es otro: consiste en buscar ese amor no en las creaturas, sino en el Creador... Por esto os digo a todos: ¡Venid a Mí todos los que sentís un hambre devoradora de afecto; acudid a Mí, pues las creaturas no podrán jamás hartaros!... ¡Oh, venid!...

Venid y apresuraos, porque esperaríais en vano si creyérais que las creaturas abundan en nobleza de corazón... Acudid a mi Costado abierto, fuente inagotable del amor verdadero...; pero en retorno de mi Corazón adorable, dadme, ¡oh!, dadme los vuestros. Puesto que sufrís al no ser amados, ¡venid y gustad un amor sobre todo amor...; el mío!...

Y porque este es divino, inmenso, así también, inmenso y profundo es mi dolor cuando vosotros, hijitos, me rehusáis el don de amor que os rehúsan los hombres, vuestros hermanos... ¡Ah, si supiérais qué sed devoradora tengo de ser inmensamente amado!


(Pausa)


Y ahora, acentuemos una idea que puede parecer extraña aun a los mismos cristianos, y es que: el único que tiene un derecho pleno y absoluto a ser amado, el único, es Nuestro Señor... ¡Dichosa frialdad la de las creaturas, si con ellas nos desapegamos de la tierra y si con ella compensamos también y reparamos la ingratitud y el desamor con que tantos ofendemos al Maestro adorable!


(Un momento de silencio)


Las almas. ¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor!... porque eres Jesús, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud... Pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que padecen por faltarles el retorno de amor de los hermanos: ¡oh, dales Tú, en consuelo, más amor!


(Todos)

Dales Tú, en consuelo, más amor.


¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud!...; pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que padecen la herida de una afección tronchada y que es sincera y honda: ¡oh, dales Tú, en consuelo, más amor!

Dales Tú, en consuelo, más amor.

¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud...; pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que han sufrido la deslealtad y la traición en la amistad: ¡oh, dales Tú, en consuelo más amor!

Dales Tú, en consuelo, más amor.

¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud...; pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que padecen las funestas consecuencias, de un amor culpable: ¡oh, dales Tú, en consuelo, más amor!

Dales Tú, en consuelo, más amor.

¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud...; pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que sufren en lo íntimo del alma el mal de tedio y soledad: ¡oh, dales Tú, en consuelo, más amor!

Dales Tú, en consuelo, más amor.

¡Corazón de Jesús, mortalmente herido y triste con nuestro desamor, ámanos más todavía a pesar de nuestra ingratitud...; pero ofrece tu Corazón en especial, Señor, a aquellos que, siendo buenos, leales, generosos, no encontraron en retorno la medida de amor que habían esperado: ¡oh, dales Tú en consuelo, más amor!

Dales Tú, en consuelo, más amor.

Y ahora, Maestro adorable, para santificar la decepción con que las creaturas nos amargan..., y para reparar el amor vulgar y mezquino con que se te ama a Ti, ¡aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor!

Aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor.

Para santificar, Maestro adorable, la decepción con que las creaturas nos amargan.., y para reparar la tibieza de tantos cristianos ¡aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor!

Aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor.

Para santificar, Maestro adorable, la decepción con que las creaturas nos amargan..., y para reparar el culpable olvido de tantos, ¡aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor!

Aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor.

Para santificar, Maestro adorable, la decepción con que las creaturas nos amargan..., y para reparar la falta de generosidad en tu servicio, ¡aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor!

Aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor.

Para santificar, Maestro adorable, la decepción con que las creaturas nos amargan..., y para reparar la estéril y árida religiosidad superficial de tantos católicos, ¡aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor!

Aumenta, Corazón de Jesús, nuestro amor.



(Si es posible, un cántico al Sagrado Corazón).


(Pausa)


Tercer dolor

Sufrimientos físicos y materiales


Las almas. ¡Con qué gran sabiduría has dispuesto, Señor, que el cuerpo que nos diste para servicio tuyo, y que la tierra, con todos los demás bienes temporales, creados para nuestro bien moral y eterno, conspirasen en contra nuestra, Jesús, por haber conspirado con pecado de rebeldía contra Ti, nuestro Bienhechor divino!... “Peccavimus”... ¡Hemos pecado abusando de esos bienes, Señor!... “Miserere”... ¡Tennos piedad!... ¡Ah, sí!, tennos piedad, Jesús, en tantos y tantos sufrimientos temporales y materiales que no son sino el fruto amargo de nuestro propio delito... Retorna, Maestro de misericordia, por los mismos caminos que hace siglos recorriste...; retorna presto, Jesús; vuelve a recorrer nuestros caminos polvorientos, donde aguardan, postrados, que Tú pases bendiciendo nuestros queridos enfermos... Bien sabes Jesús, que los amamos en Ti y para Ti... Consérvalos todavía si fuere para tu gloria.


(Todos)


(Tres veces)


¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarlos!


Retorna, Maestro, ¡oh!, vuelve a recorrer los caminos de la tierra, Amigo divino; llama con insistencia a la puerta de tantos hogares, donde reina una gran desolación..., la desesperanza y el desconcierto... Y si la familia no te respondiera, si no te abriera sus puertas, no aguardes, Jesús..., esa casa es tuya: entra, ¡oh!, entra en ella... El silencio con que ahí se te responde, te prueba ya, Señor, que ahí hay una dolencia grave que sanar... ¡entra!

Mira alrededor tuyo, desde el Tabernáculo... ¡Qué hacinamiento de ruinas morales!...; ¡cuántos fracasos lamentables de mil proyectos humanos..., de tantos sueños dorados de bienestar temporal y de locas quimeras, forjadas y fomentadas por nuestra naturaleza egoísta y miserable!...

Que no se cansen, Jesús, tus ojos; mira alrededor tuyo todavía...; contempla los escombros humeantes de tantos hogares deshechos, desmembrados; de tantas fortunas desaparecidas, esfumadas... ¡Ay! Y bajo el hacinamiento de tantas ruinas yacen amigos tuyos, heridos..., que lloran. Pon en ellos tus ojos de cielo; mira compasivo, Señor, y recompensa con un latido amoroso y tierno de tu Corazón dulcísimo a tantos que sólo ayer daban a manos llenas a tus pobres...; ¡ah, pero hoy, ellos acuden a Ti en su pobreza e imploran tu caridad, te ruegan que remedies un desastre material que amenaza sepultarlo todo!...


(Todos)


(Tres veces)


¡Jesús, Hijo de María, ten piedad de esos desgraciados!



Samaritano incomparable y único, bien sabemos tus hijos que todo cuanto permites y ordenas contribuye sabiamente a asegurarnos una felicidad eterna...: ¡todo!...

Y cabalmente, porque así lo creemos, hemos querido esta tarde, inspirados por nuestra fe, y sin razonar, bendecirte en la cruz de nuestra desgracia... Sin penetrar en el secreto misterioso de tus designios; sin ver siempre claramente el porqué de tantos dolores, creemos que eres bueno y misericordioso cuando crucificas, y por esto nos abandonamos a tu amor...

¡Ah!, no pretendemos, por cierto, comprender el enigma de nuestra vida en sus vaivenes, Señor adorable, y mucho menos, ¡oh, no!, reclamar ni rebelarnos en contra de tus decretos soberanos aunque éstos, con frecuencia, estén en pugna con los intereses transitorios de nuestra salud, de nuestros negocios y proyectos... Venimos, pues, a protestarte con amor y fe, Jesús, que queremos vivir nuestra vida tal como Tú nos la tienes trazada...: ni más dichosa ni menos desgraciada de lo que Tú has resuelto eternamente que ella sea para gloria eterna, tuya y nuestra... Bástenos saber, como Tú mismo lo afirmaste, que no caerá un solo cabello de nuestra cabeza sin que Tú lo permitas. Cuando Tú, pues, así lo ordenes, sabemos de antemano que has procedido como Dios de amor... Y porque estamos plenamente convencidos que Tú eres, ¡oh, Jesús!, la Revelación de la Bondad del Padre y de la Misericordia infinita de Dios, descansamos ciega y amorosamente entre tus brazos y nos abandonamos sin reserva a tu Divino Corazón...



(Con vehemencia de amor)


Señor: Tú que dominas las tempestades, óyenos benigno; te prometemos, Jesús, que en la enfermedad como en la salud, te diremos siempre con eterna sumisión y por amor: ¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


(Todos)


¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!



Señor: Tú que riges las leyes morales, óyenos benigno; te prometemos que en la prosperidad y en la pobreza te diremos siempre con entera sumisión y por amor: ¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


Señor: Tú que ordenas las leyes de la naturaleza, óyenos benigno; te prometemos que tanto en los éxitos, como en los fracasos de nuestros asuntos temporales, te diremos siempre con entera sumisión y por amor: ¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


Señor: Tú que diriges las leyes que rigen a las sociedades, óyenos benigno; te prometemos que en la situación de honor o de humildad entre los hombres, te diremos siempre con entera sumisión y por amor: ¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


Señor: Tú que imperas sobre las leyes de la vida y de la muerte, óyenos benigno; te prometemos que en el goce de la vida, como en la hora de la agonía, te diremos siempre con entera sumisión y por amor: ¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!


¡Gracias, Jesús, y hágase tu santa voluntad!



Cuarto dolor



Angustia del espíritu. Fugacidad y

bancarrota de todo lo terreno y humano



Las almas. Mejor que nosotros, Tú bien sabes, Buen Jesús, que ni la enfermedad ni las preocupaciones materiales de bienestar material y de dinero, son las preocupaciones más angustiosas de la vida, ¡ah, no! Hay otro torcedor: la angustia del espíritu... Esto es, la inquietud constante, provocada por la caducidad y el fracaso ineludible de todo lo de acá abajo... ¡Oh, qué penosa es la incertidumbre de un porvenir, siempre obscuro..., qué abrumadora aquella falta de reposo interior y de paz en el alma!...


(Tres veces)

Sé Tú mismo nuestra paz, ¡oh Jesús!


Sí, Tú mismo y sólo Tú, has de ser nuestra quietud y nuestra paz..., sólo Tú, Maestro adorable... Porque Tú jamás engañas... Porque Tú jamás cambias... Porque Tú jamás mueres...


(Todos)


¡Qué hielo mortal sufrimos sin Ti, Jesús!



(Tres veces)



(Todos)



¡Sé Tú nuestro calor de vida, buen Jesús!



¡Ay! En vano pretendemos que las creaturas nos procuren una dicha, que ellas mismas no poseen, no... El secreto de felicidad lo tienes Tú, Jesús, y sólo Tú. Por esto te decimos, en nombre de la herida de tu Sagrado Corazón: ¡sé nuestra dicha, Jesús!


Sé nuestra dicha, Jesús.


En nombre de tu corona de espinas, ¡sé nuestra gloria, Jesús!


Sé nuestra dicha, Jesús.


En nombre de tu amor de sangre en Getsemaní, ¡sé nuestro amor, oh Jesús!


Sé nuestra dicha, Jesús.


(Pausa)


Jesús. Sí, hijos muy amados de mi Divino Corazón, Yo quisiera ser vuestra paz... vuestro amor..., vuestra gloria..., vuestra única felicidad... Yo, vuestro Jesús!... ¡ah!, pero, a vuestra vez, sed vosotros también: gloria mía, dicha mía, y la jubilación de mi Corazón adorable. Acabáis de hablarme de las congojas que torturan vuestro espíritu y de las penas que amargan vuestras almas, en la desaparición y ruina de todos los bienes perecederos de la tierra... Pero no es esto, sobre todo, amigos queridos, lo que labra vuestra desgracia... ¡ah, no!... Es un cielo, todo un cielo, el que os hace falta..., el cielo de mi amor. Y entonces, cuando sufrís de ese mal, cuando Yo os falto, siento Yo, a mi vez, que a Mí me falta algo... el bien tan mío, que sois vosotros. Decís muy bien al afirmar que vuestras cruces materiales son pequeñas en comparación con las penas del espíritu...

¡Qué bien lo sé Yo mismo en la experiencia que me procuran vuestras infidelidades!... ¡Ah, cuánto más cruel es para Mí la angustia de Getsemaní, que no la desnudez de Belén y la pobreza de mi hogar en Nazaret!...

Conozco, ¡oh, sí!, aquel abismo profundo y secreto en que se traban las luchas del espíritu cuando se desencadena la violenta tempestad moral... Pero cabalmente porque Yo lo sé todo, heme aquí, he venido para recoger la confidencia que sólo a Mí podéis hacer... Acercaos, pues, y desahogad el alma, contádmelo todo: zozobras crueles..., preocupaciones de familia..., las alternativas de vuestros intereses y negocios..., el porvenir incierto del hogar..., los temores y el sobresalto por una desgracia que parece amenazaros...

He aquí mi Corazón, vaciad en él toda la hiel de amargura de los vuestros, toda... No temáis, decídmelo todo, pues soy Jesús, que os ama como nadie...


(La Hora Santa debe ser la hora de verdadera y amorosa intimidad recíproca entre el Corazón de Jesús y nosotros sus amigos. Digámosle, pues, con toda confianza, en un lenguaje de silencio, todo lo que nos apena... Pedídle luz en la tormenta, paz y fuerza en la tribulación y amor en todo... ¡Habladle!...).



(Silencio, pausa)



Jesús. Y ahora, hijitos míos, después de haber desahogado en Mí vuestros dolores, pensad también en los míos..., en mi Getsemaní, ya que sobre todo para ello es la Hora Santa... Vuestras penas preparan el espíritu para meditar, a la luz de una claridad divina, la infinita amargura con que los humanos sacian mi Divino Corazón... ¡Oh, que vuestras penas no os hagan olvidar las mías!... En vuestras tristezas, pues, e incertidumbres..., en las decepciones y en las sorpresas de dolor, poned los ojos y el alma en otra Cruz, la mía, pensad en aquel Dios de amor cuyo Getsemaní es este Tabernáculo... Y recordad, al sufrir, que vosotros no sois sino creaturas, y creaturas culpables que os habéis desviado del camino recto..., que padecéis por haber huido, a veces, lejos del redil..., por haber trocado desgraciadamente el cielo por los abrojos y los frutos envenenados de la tierra... Pensad y meditad que vuestra amargura no es sino la cosecha de la cizaña sembrada por el pecado... ¿Qué sería de vosotros si yo no endulzara, con misericordia, las lágrimas y dolores que vosotros mismos provocásteis?... ¿Qué sería vuestra vida si Yo no hubiera plantado, entre las espinas del pecado, mi Cruz divina, cuya bendición, amorosa y tierna, perdona y rescata, alienta, fortifica y consuela?... Más que nunca, pues, amadme con ese vuestro corazón herido, amadme con la fuerza de vuestras propias angustias. Y puesto que habéis acudido a esta Hora Santa para considerar ante todo mis dolores, midiéndolos, en lo posible, por los vuestros..., venid ahora, venid y ved si todas vuestras agonías juntas pueden compararse con la de mi Divino Corazón, desconocido..., traicionado..., cruelmente herido... Mas no olvidéis: vosotros sois las criaturas culpables..., y Yo soy vuestro Dios y Señor... Venid y ved, ponderad y medid, hijitos míos, si os es posible, según la medida de mis dolores, la medida de mi amor, que, olvidando sus propias angustias, se afana, se desvive, por suavizar y cicatrizar todas las heridas, todas... ¡Ah, todas no!... Mi amor deja siempre abierta la llaga de mi Costado..., ésta no cicatrizará jamás..., quedará siempre abierta para recibir a mis hijos y amigos dolientes...



(Un instante de recogimiento y de plegaria en silencio. Puede entonarse entre tanto un cántico apropiado).



Quinto dolor



Fugacidad de la vida –todo pasa–, separaciones crueles, inevitables: la muerte



¡Todo es deleznable y transitorio..., todo, menos Jesús!... Él, y sólo Él, es la eterna, la divina Realidad acá abajo. Todo lo demás, creaturas y bienes, sueños de grandeza y sensaciones de placer, oasis de alegría momentánea y relámpagos de gloria humana, todo, todo pasa y muere..., todo se desvanece y se derrumba con estrépito y con dolor al embate del tiempo, que vuela hacia la eternidad... Pero en medio de ese diluvio de lágrimas, al borde del abismo de tantas ruinas..., en los umbrales de aquella eternidad, cuyos fulgores alumbra el camino sombrío y tenebroso del tiempo, está el Maestro, el Salvador, el Rey-Amigo, está Jesús...

Sí, Jesús, la única Realidad, la Realidad viviente e inmutable, que desde este Tabernáculo preside como Soberano los vaivenes de la vida..., los espasmos de la muerte... ¡Ah!... ¡la muerte!... Morir es el dolor de los dolores, la angustia más cruel y decisiva, la separación definitiva..., el dolor supremo... ¡Ah!, pero ¡cómo reconforta el espíritu poner los ojos en el Verbo de Dios, Jesús, y contemplarlo a Él, la vida, apresado por las garras de la muerte..., y ultimado... y muerto en un patíbulo!... Es esto, a la vez que una lección sublime, un sublime consuelo...

Meditemos, al efecto, brevemente esta enseñanza en cuatro cuadros, hechos con las lágrimas y los duelos del Corazón de Jesús.


Primer cuadro


Un inmenso duelo cierne un día sus alas de tristeza sobre la casita encantadora de Nazaret: el justo José, aquel a quien ha llamado tantos años, con respeto y cariño, “padre”, yace moribundo... Su cuerpo, que desfallece ya en las supremas congojas, se reclina dulcemente entre los brazos de Jesús..., mientras la cabeza del padre adoptivo cae en supremo desmayo sobre su Corazón adorable... Al lado del moribundo, una Reina, la Esposa fiel entre todas. Esposa tierna y amante como ninguna, solloza con el corazón destrozado... No es Ella sola la que gime desolada... El Rey de amor..., Jesús, que recibió de ese Justo las amorosas caricias y el pan cotidiano, ganado con sus sudores..., sí, Jesús llora también amargamente, y Jesús es Dios...


(Acentuado)


¡Corazón misericordioso de Jesús, ten piedad de las viudas y de los huérfanos que lloran esta misma desventura!...


(Breve pausa)


Segundo cuadro


Jesús, pronto ya para iniciar su vida pública se despide del santuario de su infancia y adolescencia, su querido Nazaret...; despídese también de María Inmaculada..., y de aquella vida apacible, de retiro y silencio, transcurrida en la intimidad estrecha de su divina Madre... Bien sabe Jesús lo que le aguarda en el camino que está ya para emprender... ¿Quién como Él sabe apreciar el tesoro que deja en ese rincón pobrecito, en ese oasis, en el que ha vivido compartiendo durante treinta años la paz y las zozobras de María?... Pero el Padre celestial lo llama, y, sin más, helo en marcha... Por ese camino de amarguras han debido siempre partir también, como Jesús, los hijos del hogar, las avecillas del nido familiar... Con el alma en jirones, cuando llega la hora, uno tras otro, se alejarán del santuario en que dejan a los padres, que bendicen entre lágrimas a los hijos de su amor... Los acontecimientos inevitables de la vida..., o el cumplimiento austero de deberes de conciencia, con la expresión de la voluntad de lo alto, y aunque duela, es preciso someterse, romper lazos, y partir...


(Acentuado)


¡Corazón de Jesús de Nazaret, ten piedad de los padres y de los hijos que han debido saborear las heces de este cáliz!


(Breve pausa)


Tercer cuadro


Jesús se despide el Jueves Santo de sus amigos íntimos de Betania...: deja para siempre ese hogar, en demanda voluntaria del Calvario... ¡Ah! Y aquellos amigos fidelísimos que lo querían tanto, tanto..., que le brindaron el hospedaje de un amor ardiente..., que llamaron a Jesús su Amigo íntimo, hubieron de recibir entonces de sus labios, en una postrera confidencia, la revelación de la tragedia que se realizaría al siguiente día... ¡Cómo se partieron esos corazones..., qué desolación mortal invadió esas almas generosas, cuando llegó la hora de la suprema despedida del Rey Amigo de Betania!... “¡Adiós! –les dijo–. ¡Hasta mañana en el Calvario!”. Este cuadro suele reproducirse en el adiós impuesto por las distintas vocaciones..., sobre todo por aquellas que marcan con relieve una vida de inmolación... Así deben un día despedirse y separarse los predestinados que en el claustro, y a veces en pleno mundo, deben rescatar a éste con la sangre de su alma...


¡Corazón de Jesús, ten piedad de las familias y de los predestinados a quienes reclamas este sacrificio redentor!

(Breve pausa)



Cuarto cuadro


La escena pasa en el Calvario... El Señor Crucificado va a dar su último adiós a la Reina de los Dolores, Reina de su adorable Corazón... La muerte se cierne ya sobre el Divino Ajusticiado... ha recibido licencia del Padre y del Hijo de acercarse cruel... para apagar el soplo de la vida en el cuerpo sacrosanto del Salvador..., en aquel cuerpo divino que María había calentado entre sus brazos de Virgen Madre en las noches de Navidad... Todavía una mirada..., la última, y en ella otorga a la Reina Inmaculada, en testamento, Juan, la Iglesia, las almas y su propio Corazón... Un último estertor..., y Jesús, inclinando la cabeza ensangrentada..., expira.


(Acentuado)


¡Corazón de Jesús, ten piedad de las madres y de los hogares que sufren hoy o sufrirán mañana el golpe tan temido, pero implacable, de la muerte!


En recuerdo, Jesús, de María Dolorosa, te pedimos, te suplicamos, que en esas horas de duelo crudelísimo, seas Tú mismo el Gran Consolador... Y más: que seas Tú la Resurrección y la Vida para aquellas familias enlutadas por la muerte... Por manos de la Reina de los mártires, te presento, Corazón Agonizante de Jesús, las lágrimas de las madres y esposas atribuladas..., la desolación y las tristezas de tantos hogares destrozados y desmembrados por una serie de tribulaciones y desgracias..., los llantos y el dolor acerbo de tantos corazones jóvenes todavía y marchitos ya en plena primavera de la vida. Corazón tan compasivo de Jesús, da a esas almas, y otórganos a todos, en la hora siempre sorpresiva de la prueba, un refugio de paz en tu Costado abierto, y en él, divina fortaleza y luz divina mientras dure la Vía Dolorosa... ¡Ah!... Pero no podemos, absortos en nuestras penas, olvidar las tuyas, Jesús Crucificado... Por esto te pedimos que vengas con frecuencia a buscar en nuestras almas y en la intimidad de nuestros hogares el reposo de amor a que te da derecho un Calvario sufrido por amor nuestro... Y para probarte, Jesús amadísimo, que hemos comprendido en realidad de verdad la lección de luz y fuerza que nos han dado tu Cruz y nuestras cruces, terminamos esta Hora Santa diciéndote, con el corazón en los labios, esta palabra de fe inmensa y de caridad abrasadora:



(Tres veces, en voz alta)


¡Gracias, Jesús, por el cáliz glorioso del dolor!



Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.


Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores.


Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).



(Cinco veces)


¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!


(Luego, cinco veces)


¡Corazón de Jesús, venga a nos tu reino!

Santoral Católico 27 de febrero

  • San Leandro, Obispo y Confesor
  • San Gabriel de la Dolorosa, Confesor
  • Santos Julián, Cronión y Besas, Mártires
  • San Baldomero
  • San Juan de Gorze, Abad
  • Beata Ana Line, Mártir


SAN LEANDRO
Obispo y Confesor
Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu coraz6n,
y con toda tu alma, y con toda tu mente.
(Mateo, 22, 37).
De ordinario se representa a San Leandro teniendo en la mano un corazón envuelto en llamas, símbolo de su amor por Dios. Nombrado obispo de Sevilla, comunicó a su rebaño los ardores celestiales que consumían su alma, e ilustró a los arrianos con sus sabios escritos. Sus elocuentes predicaciones convirtieron a la fe a Recaredo, que fue el primer rey católico de España. Murió en el año 596.
MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS
I. Debes amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente; es decir, tus pensamientos, tus palabras, tus acciones deben ser para Él; has de pensar sólo en Él, vivir sólo por Él, desear lo sólo a Él. Si lo posees, posees todo; si lo pierdes, pierdes todo. ¿Qué has amado hasta este momento? No lo podrías pensar sin avergonzarte. ¡Oh Jesús! hazte conocer de los hombres y te amarán. Porque te conozco poco es que te amo poco. (San Agustín).
II. Ama a Dios más que a todas las cosas del mundo, pues Él excede infinitamente a todo lo que existe en el universo. Entra un poco en ti mismo; ¿tienes más amor por Dios que el que tienes por tus parientes, tus amigos, tus placeres, tus riquezas, tu felicidad? ¿Estás presto a perder todos esos bienes, y la vida misma antes que perder su amistad? Si note hallas en esta disposición, no amas a Dios; y aun que digas cien veces al día que lo amas de todo tu corazón, tus acciones desmentirían tus palabras. Ama al que es para ti todo la que existe de amable y de deseable. (San Bernardo).
III. ¿Quieres saber si amas a Dios? Mira si observas sus mandamientos. Jesucristo mismo nos dice: Aquél que conoce mis mandamientos y los observa, ése me ama. Quien obre de otro modo, injustamente se lisonjea de amar a Dios; ¡Jesucristo promete y da tan grandes recompensas a los que lo aman y obedecen, y uno ni siquiera se inquieta por ello!
El amor de Dios
Orad por la paz
entre las naciones cristianas.
ORACIÓN
Oh Dios todopoderoso, haced que esta augusta solemnidad del bienaventurado Leandro, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén

jueves 26 de febrero de 2009

Precisiones sobre el Ayuno y la Abstinencia



Desde tiempo inmemorial es práctica en la Iglesia observar ciertos días de penitencia. No se pretende en este artículo comentar la historia de la penitencia en la Iglesia, sino explicar la disciplina vigente.

Es una doctrina tradicional de la espiritualidad cristiana que el arrepentimiento, el alejarse del pecado y volverse a Dios, incluye alguna forma de penitencia, sin la cual al cristiano le es difícil permanecer en el camino angosto y ser salvado (Jer 18:11, 25:5; Ez 18:30, 33:11-15; Jl 2:12; Mt 3:2; Mt 4:17; He 2:38 ). Cristo mismo dijo a sus discípulos que ayunaran una vez que Él partiera (Lc. 5:35 ). La ley general de la penitencia, por lo tanto, es parte de la ley de Dios para el hombre.


PENITENCIA

La Iglesia, por su parte, ha especificado ciertas formas de penitencia, para asegurarse que los católicos, de alguna manera realicen, esta práctica, como lo requiere la ley divina, y a la vez hacerles más fácil el cumplir con esta obligación. El Código de Derecho Canónico de 1983 especifica las obligaciones de los católicos de Rito Latino (los católicos de Rito Oriental tienen sus propias prácticas penitenciales, como se especifica en el Código Canónico de las Iglesias Orientales).


Canon 1249 – Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.

Canon 1250 – En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma.

Canon 1251 – Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Canon 1252 – La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden, sin embargo, los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.

Canon 1253 – La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad.


La Iglesia tiene, por lo tanto, dos formas oficiales de prácticas penitenciales –tres si se incluye el Ayuno Eucarístico antes de la Comunión:


Abstinencia

La ley de abstinencia exige a un católico de 14 años de edad y hasta su muerte, a abstenerse de comer carne los viernes, en honor a la Pasión de Jesús del Viernes Santo. Como carne se considera a la carne y órganos de mamíferos y aves de corral. También se encuentran prohibidas las sopas, caldos, cremas y salsas que se hacen a partir de ellos. Los peces de mar y de agua dulce, anfibios, reptiles y mariscos están permitidos, así como los productos derivados de animales como margarina y gelatina sin sabor a carne.

Para los viernes fuera de Cuaresma, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos obtuvo permiso de la Santa Sede para que los católicos de ese país pudieran sustituir esta penitencia por un acto de caridad o algún otro de su propia elección.

De igual modo, la Conferencia Episcopal Argentina promulgó la siguiente legislación complementaria el 19 de marzo de 1986: «A tenor del canon 1253, se retiene la práctica penitencial tradicional de los viernes del año consistente en la abstinencia de carnes; pero puede ser sustituida, según libre voluntad de los fieles por cualquiera de las siguientes prácticas: abstinencia de bebidas alcohólicas, o una obra de piedad, o una obra de misericordia». Otras Conferencias Episcopales (como la de España o México) han dado normas semejantes.

Con respecto a las obras de piedad que pueden reemplazar la abstinencia, se encuentran el rezo del Via Crucis, el Santo Rosario y la adoración prolongada al Santísimo Sacramento. En cuanto a las obras de misericordia, pueden ser las espirituales y corporales.

Obras de misericordia espirituales
:

1- Enseñar al que no sabe.
2- Dar buen consejo al que lo necesita.
3- Corregir al que yerra.
4- Consolar al triste.
5- Perdonar las injurias.
6- Soportar los defectos del prójimo.
7- Rezar por los vivos y los difuntos.

Obras de misericordia corporales
:

1- Dar de comer al hambriento.
2- Dar de beber al sediento.
3- Vestir al desnudo.
4- Recibir al peregrino.
5- Libertar al cautivo.
6- Visitar enfermos y presos.
7- Enterrar a los muertos.

Sin embargo, para la mayoría de las personas, la práctica más conveniente para cumplir correctamente con esta ley divina, sería la tradicional de abstenerse de comer carne todos los viernes del año. En Cuaresma, la abstinencia de comer carne los viernes es obligatoria.


Ayuno

La ley del ayuno requiere que el católico, desde los 18 hasta los 59 años de edad, reduzca la cantidad de comida usual. La Iglesia define esta práctica como una comida principal más dos comidas pequeñas que sumadas no sobrepasen la primera en cantidad. Este ayuno es obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno se rompe si se come entre comidas o se toma algún líquido considerado como “comida” (por ejemplo batidos; pero está permitida la leche). Las bebidas alcohólicas no rompen el ayuno; sin embargo, se las considera contrarias al espíritu de hacer penitencia.


Quiénes están excluidos del ayuno y la abstinencia

Además de los que están excluidos por su edad, también se incluyen a los que tienen problemas mentales, los enfermos, quienes se encuentran en estado de debilidad, mujeres embarazadas o en la etapa de lactancia de acuerdo a la alimentación que necesitan para alimentar a sus hijos, obreros de acuerdo a su exigencia física, invitados a comer que no pueden excusarse sin ofender gravemente o sin causar enemistad, u otras situaciones morales o físicas que imposibiliten mantener el ayuno.


Dispensa y conmutación

El canon 1245 establece unas facultades de dispensa amplias. Por lo tanto, pueden dispensar tanto el Obispo diocesano para sus súbditos como también el párroco. En este caso, sin embargo, se debe matizar que sólo puede dispensar en casos particulares: no puede, por lo tanto, conceder una dispensa general. También puede dispensar el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica clerical de derecho pontificio para las personas indicadas en el canon. En todos los casos, se debe tener en cuenta el canon 90: debe haber justa causa para conceder la dispensa.


Conviene indicar que las obligaciones de las que se habló en este artículo son jurídicas. Los fieles están obligados, desde el momento en que queda recogida en el Código de derecho canónico, por la fuerza de la norma. Vale por lo tanto esta consideración para hacer ver que, si bien muchas veces el cumplimiento de la norma no supone sacrificio y penitencia, no por ello los fieles puede ingerir estos alimentos. El fiel al que no le cueste sacrificio abstenerse de carne, ha de abstenerse de todas maneras: y entonces el valor de su acción será la de la obediencia a la norma de la Iglesia. No supondrá sacrificio, quizás, la abstinencia de carne o el ayuno, pero tendrá el mérito y el valor ejemplar de la obediencia a la ley y a la Iglesia.

Como ya se dijo, la Iglesia tiene establecidos tiempos de penitencia que incluyen el ayuno y la abstinencia. Pero se debe tener en cuenta que los fieles están obligados cada uno “a su modo”: las prácticas que se establecen no dispensan de la obligación de hacer penitencia, la cual es personal, y no se debería limitar a las pocas prácticas comunes a todos los católicos.

Aparte de todos estos requisitos mínimos penitenciales, los católicos son llamados a imponerse algunas penitencias personales a sí mismos en ciertas oportunidades. Pueden perfectamente estar basadas en la abstinencia y el ayuno. Una persona puede aumentar, por ejemplo, el número de días de abstinencia. Algunas personas dejan completamente de comer carne por motivos religiosos (al contrario de aquellos que lo hacen por razones de salud u otras). Algunas órdenes religiosas nunca comen carne. De la misma manera, es posible hacer más ayuno de lo requerido. La Iglesia primitiva practicaba el ayuno los miércoles y sábados. Este ayuno podía ser igual a la ley de la Iglesia (una comida principal más dos pequeñas) o aún más estricto, como sólo pan y agua. Este ayuno libremente escogido puede consistir en abstenerse de algo que a uno le gusta –dulces, refrescos, cigarrillos, ese cocktail antes de la cena, etc. Esto queda a elección de cada individuo, siempre, en lo posible, aconsejados por un Director Espiritual.


Una consideración final

Antes que nada estamos obligados a cumplir con nuestras obligaciones y deberes de estado. Cualquier abstención que nos impida seriamente llevar adelante nuestro trabajo como estudiantes, empleados o parientes serían contrarias a la voluntad de Dios.

Tomado de Tradición Católica

Santoral Católico 26 de febrero

  • San Néstor, Obispo y Mártir
  • San Alejandro, Patriarca de Alejandría
  • San Porfirio, Obispo de Gaza *
  • San Víctor el Ermitaño
  • Beato León de Saint-Bertin, Abad
  • Beata Isabel de Francia, Virgen


SAN NÉSTOR
Obispo
y Mártir

Si es preciso gloriarme de alguna cosa, me gloriaré
de aquéllas que son propias de mi flaqueza.
(2 Cor., 11, 30).

Como supiese San Néstor que se le buscaba para ser martirizado, dijo adiós a todos sus servidores y se presentó a los soldados que iban a prenderlo. Le prometieron hacerle sumo sacerdote de los ídolos, si quería renunciar a la fe. Mas prefirió el oprobio de la cruz a todos los honores de la gentilidad. Se le extendió en el potro y se le puso en una cruz; en todas partes alababa a Dios, e invitaba a los demás a que lo reconocieran y lo adoraran con él.
MEDITACIÓN
SOBRE LA VERDADERA GLORIA
I. Cristiano, ¿en qué haces consistir la verdadera gloria? Si tienes el espíritu del mundo, me responderás: "La verdadera gloria consiste en las riquezas, en las dignidades, en los honores, en el saber". Para adquirir esta falsa reputación, expónense los bienes, la salud, la vida, el alma. ¿Para qué te servirá esta gloria después de la muerte? ¿Qué importa a los condenados que los alaben donde ya no están, si son torturados donde están? (San Agustín).
II. La verdadera gloria procede de Dios; servir a un tan grande Señor, es ya ser rey. ¡Qué dicha contar con la aprobación de Dios y de la corte celestial y esto por toda una eternidad! Además, ¿qué gloria humana puede compararse con la que los san tos reciben aquí abajo durante su vida y después de su muerte, y con la que gozan en el cielo? Ambicioso, he aquí algo con que contentarte: el mundo no tiene sino un falso esplendor, Jesucristo tiene para ti honores y recompensas sólidas y eternas; búscalos, si amas la gloria. Si nos seducen las riquezas y los honores, que sean las verdaderas riquezas y los verdaderos honores. (San Euquerio).
III. Para adquirir esta gloria, es preciso des preciar la del mundo, es menester hacer grandes cosas, y soportar grandes sufrimientos por Jesucristo. He ahí los tres grados por donde se ha de subir a la gloria. ¿Has despreciado tú la gloria del mundo? ¿Qué cosa grande has emprendido por Jesucristo? ¿Qué has sufrido? Comienza por las cosas pequeñas: no te faltarán ocasiones, no faltes tú mismo en las ocasiones.
La humildad
Ruega por el acrecentamiento
de esta virtud.
ORACIÓN
Dios todopoderoso, mirad nuestra flaqueza; ved cuán agobiados estamos bajo el peso de nuestros pe- cados, y fortificadnos por la intercesión del bienaventurado Néstor, vuestro mártir y pontífice. Os lo rogamos por J. C. N. S. Amén.

miércoles 25 de febrero de 2009

Santoral Católico 25 de febrero

  • Miércoles de Ceniza
  • San Tarasio, Obispo y confesor
  • Beato Sebastián de Aparicio, Confesor
  • Santos Victorino y Compañeros, Mártires
  • San Cesario de Nazianzo
  • San Gerlando, Obispo de Girgenti
  • Beato Constancio de Fabriano


Miércoles de Ceniza


A imitación de los Ninivitas, los cuales hicieron penitencia bajo la ceniza y el cilicio, la Iglesia, para domar nuestro orgullo y recordarnos la sentencia de muerte que sobre nosotros recae en pena del pecado, pone hoy ceniza1 sobre nuestras cabezas, diciendo: «Acuérdate, hombre, de que eres polvo y al polvo has de volver». Tenemos ahí el vestigio de una antigua ceremonia. Los cristianos que habían cometido algún pecado grave y público debían también someterse a pública penitencia, y para eso, el Miércoles de Ceniza, el Pontífice bendecía los cilicios que los penitentes iban a llevar puestos durante toda la Santa Cuarentena, y les imponía la ceniza sacada de las palmas que habían servido el año anterior para la procesión de los Ramos. Luego, mientras los fieles rezaban los Salmos penitenciales, se «expulsaba a los penitentes del lugar santo, por causa de sus pecados, como había sido arrojado Adán del Paraíso por su desobediencia» (Pontifical). Los penitentes no dejaban sus vestidos de penitencia, ni entraban en la iglesia hasta el Jueves Santo, después de haber sido reconciliados por los trabajos de la penitencia cuaresmal y por la confesión y absolución sacramentales.


El Papa Urbano VI, en el Concilio de Benevento (1091) mandó que la ceniza fuese impuesta también a los simples fieles porque «Dios perdona los pecados a los que de ellos se duelen» (Introito). «Es rico en misericordias para con los que a Él se vuelven de todo corazón por el ayuno, las lágrimas y gemidos» (Epístola). Y no hemos de desgarrar nuestros vestidos en señal de dolor, cual lo hacían los Fariseos, sino nuestros corazones (Epístola).

«Saquemos de la Eucaristía el auxilio de que hemos menester» (Poscomunión), a fin de que, «celebrando hoy la apertura solemne del ayuno sagrado» (Secreta), «terminemos la carrera con una devoción que nada sea capaz de turbar» (Or.).


1. La ceniza es símbolo de penitencia, y bendita por la Iglesia, se trueca en un sacramental que nos mueve a desarrollar en nosotros el espíritu de humildad y de sacrificio.





martes 24 de febrero de 2009

El Papa pide que se rece por él, para que pueda cumplir fielmente su misión como sucesor de Pedro

23/02/09 El Papa Benedicto XVI ha vuelto a pedir a los católicos de todo el mundo que recen por él, para que pueda cumplir fielmente su misión como sucesor de Pedro. El Pontífice realizó este llamamiento ante los miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para el rezo del Ángelus dominical, en la fiesta de la "Cátedra de Pedro".

"Os pido que recéis por mí, para que pueda cumplir fielmente el alto cometido que la Providencia divina me ha encomendado como sucesor del Apóstol Pedro", solicitó el Pontífice a los presentes, petición que después repitió hablando en francés, pidiendo también que recen por la unidad de la Iglesia.

Y es que el Papa se encuentra muy preocupado por la división que se está produciendo en algunos sectores que está llevando a un serio enfrentamiento entre los sectores ultra-progresistas de la Iglesia con los más tradicionalistas, a raíz del affaire Williamson. No se trata, sin embargo, de algo nuevo. El mismo Benedicto XVI ya pidió que se rezara por su persona e intenciones en la misma homilía de inicio de su Pontificado.


Descargar y leer el texto completo de la Homilía aquí

Tomado de Sector Católico

Gracias Pater!

¿Que es el Carlismo?


Capítulo IV

El Carlismo como Doctrina Tradicionalista



42 Para el hombre de nuestro tiempo

A esta altura de nuestra exposición, debe quedar ya claro por qué el Carlismo tiene una función primordial en la marcha histórica de las Españas y por qué el Carlismo ha sido algo más que la secuela de una azarosa querella dinástica reciente. Todo eso es posible gracias al hecho de que el Carlismo encarna una ideología, como se dice ahora, un ideario, como se ha dicho siempre en lengua castellana.

Pues bien, precisamente porque en su entraña misma es el Carlismo un ideario, es por lo que -recientemente, pero en el momento oportuno en que las circunstancias lo requerían- se ha podido convertir en un cuerpo de teorías políticas, en una doctrina constitutiva de un modo peculiar de entender las cuestiones políticas y capaz de dar una respuesta seria, global, completa y detallada a las angustiosas cuestiones que atenazan vital y existencialmente al hombre de nuestro tiempo.

La demostración de lo que decimos se manifiesta en dos aspectos, que pasamos a reflejar sumariamente de seguida: su contenido y su vigencia.

A) CONTENIDO DEL IDEARIO TRADICIONALISTA

43 Una cuestión de principios

La configuración del Carlismo como doctrina es un lento proceso de maduración que alcanzó su manifestación primera de un modo ya inocultable en la ocasión del destronamiento de JUAN III, padre de CARLOS VII, hijo de CARLOS V y hermano de CARLOS IV. Su formulación oficial la constituyó la Carta que a JUAN III dirigió la PRINCESA DE BEIRA, Doña MARIA TERESA DE BRAGANZA, desde Baden, en 15 de septiembre de 1861, al hasta esa fecha rey legítimo JUAN III.

Todos los pensadores carlistas coinciden unánimemente en afirmar que tal texto es decisivo para la definición del Carlismo. Pues bien, de él copiamos los siguientes párrafos fundamentales, que nos evitan más prolijos rodeos:

"A esto se junta, que en la monarquía española, Según sus venerandas e imprescriptibles tradiciones, el rey no puede lo que quiere, debiéndose atener a lo que de él exijan, antes de entrar en la posesión del trono, las leyes fundamentales de la monarquía. La fiel observancia de las veneradas costumbres, fueros, usos y privilegios de los diferentes pueblos de la monarquía fueron siempre objeto de los altos compromisos reales y nacionales, jurados recíprocamente por los reyes y por las altas representaciones del pueblo, ya en Cortes por estamentos, ya en Juntas representativas, o explícitamente contenidos en los nuevos códigos, incluidos todos, implícita o explícitamente, en el código universal vigente de la Novísima Recopilación.

Ahora bien: tus principios políticos subvierten aquellas leyes, aquellos fueros, aquellas tradiciones y costumbres. Y, sin embargo, la observancia fiel de todo aquello fue siempre una condición sine qua non para tomar posesión de la corona. Porque el monarca, en España, no tiene derecho a mandar sino Según Religión, Ley y Fuero. En consecuencia, cuando el que es llamado a la corona no puede, o no quiere, sujetarse a estas condiciones, no puede ser puesto en posesión del trono, debiendo pasar la corona al más inmediato sucesor que pueda y quiera regir el reino, Según las leyes y Según las cláusulas del juramento.

Ahora bien: tus principios políticos están en oposición directa con las leyes de la monarquía española; luego debes renunciar a tus principios, o dejar toda esperanza de reinar en España."

44 Comunión ideológica, no partido político


El significado de estas afirmaciones es claro. Los principios doctrinales son los que proporcionan al rey la necesarialegitimidad en el ejercicio, previa a la legitimidad de origen, por fundamental que ésta sea.

En el Carlismo, la doctrina prevalece sobre la persona, porque el rey no es más que el servidor de la doctrina. De aquí que en el Segundo Congreso de Estudios Tradicionalistas se asentara unánimemente la siguiente tesis:

"El II Congreso de Estudios Tradicionalistas recuerda, una vez más, al pueblo español que el tradicionalismo no constituye un partido político, sino la Comunión ideológica de quienes sustentan los ideales que son esencia de las Españas."

Es que es esencial a los partidos la idea del triunfo político de unas personas, las cuales sacrifican cualesquiera ideas, adoptando las que pragmáticamente parecen más eficaces, en orden a conseguir el éxito de los líderes en la batalla porla detentación del poder. En cambio, en una Comunión las personas que gobiernan, incluso el rey como persona física, se subordina al ideario.

Y al mismo eterno ideario se tiene que someter -con mayor razón- el programa concreto de acción. Porque la fijación de las metas próximas e inmediatas es cosa distinta del ideario. De tal modo, que la fijación de los ideales de la Comunión tradicionalista presenta necesariamente dos aspectos:

a) La parte fundamental, el ideario, que es invariable por definición.

b) Y la porción cambiante, el programa, que es el resultado de aplicar aquellos ideales básicos a las circunstancias del momento.


45 El lema

Los puntos fundamentales en que compendia el ideario carlista son cuatro: Dios, patria, fueros, rey,

a) El Carlismo invoca a Dios para afirmar su concepción teocéntrica del mundo y de la vida, en la más estricta fidelidad a las enseñanzas seculares de la cátedra de San Pedro, cuya misión adopta.

b) El Carlismo invoca a la patria para significar que sustenta un federalismo histórico tradicional, fundamentado en la idea tridentina del hombre concreto y desfalleciente.

c) El Carlismo invoca los fueros para manifestar que con ellos defiende las reales libertades jurídico-políticas concretas acuñadas por la historia.

d) Y el Carlismo invoca al rey para significar que postula una monarquía servidora de aquellos principios, y por eso mismo llave de la unidad de las Españas, definidas por CARLOS VII en su Testamento como una entidad política "una e indivisible".

46 La versión de Alfonso Carlos I

Sin perjuicio de que en la segunda parte de este libro desarrollemos y expliquemos el alcance genérico de estos cuatro puntos doctrinales, conviene que no concluyamos ésta sin hacer algunas consideraciones de conjunto sobre su mutuo enlace y significado.

Y lo primero a notar es, que los principios que acabamos de enumerar admiten formulaciones concretas, Según los tiempos. La que por su proximidad a nuestros días más nos ilumina, es la hecha por S. M. Don ALFONSO CARLOS en el artículo 3§ de su Real Decreto de 23 de enero de 1936, en la cual se codifican "los fundamentos de la legitimidad española" en los siguientes cinco puntos:

"1§ Su religión católica, apostólica, romana, con la unidad y consecuencias jurídicas con que fue amada y servida tradicionalmente en nuestros reinos.
2§ La constitución natural y orgánica de los Estados y Cuerpos de la sociedad tradicional.
3§ La federación histórica de las distintas regiones y sus fueros y libertades, íntegramente de la unidad de la patria española.
4§ La auténtica monarquía tradicional, legítima de origen y de ejercicio.
5§ Los principios y espíritu y -en cuanto sea prácticamente posible- el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo."

Texto postulado unánimemente como fuente doctrinal básica para el Carlismo de hoy por el II Congreso de Estudios Tradicionalistas, cuya afirmación X, párrafos b) y c) expresaron lo que sigue:

"b) Que la legitimidad de ejercicio implica la aceptación de los principios de la monarquía tradicional, tal como fueron definidos por D. Alfonso Carlos I en su decreto de 23 de enero de 1936.

c) Que, mientras no hay rey reinante de hecho, la legitimidad de ejercicio solamente puede ser definida por la declaración de adhesión expresa de quienes se consideren con derecho a la corona, a los principios doctrinales que reflejan dicha legitimidad de ejercicio."

47 Jerarquía de valores

También se ha de notar, que los puntos del lema tradicionalista no tienen valor igual. Por el contrario, es hallan jerarquizados a tenor de su importancia práctica y su alcance lógico. El rey ha de encarnar la institución monárquica, Según muestra el hecho de que la legitimidad de origen está subordinada a la de ejercicio. Por eso no le es lícito anteponer intereses personales al bien mayor que es la realeza.

Las libertades concretas inscritas en los fueros son, a su vez, bienes particulares legítimos: más subordinados al bien común que es la patria.

Y la patria, máximo bien humano que precede a los intereses de los individuos, porque el bien común tiene primacía sobre los bienes singulares, ha de sujetarse a los designios de Dios, dado que lo humano es inferior a lo divino.

48 Cinco escalones

Se han de distinguir, por eso, en el tablero ideológico carlista cinco escalones:

a) El bien personal del rey.
b) El bien institucional de la realeza.
c) Los intereses de las familias y pueblos españoles.
d) El bien común de las Españas.
e) Y el bien supremo de la cristiandad.

Cada uno de ellos se subordina al siguiente. Los príncipes son para sus pueblos, los individuos ceden ante la patria, las Españas son servidoras de Dios.

49 El criterio hermenéutico

Cuando se haya de tasar, en cada caso determinado, la importancia de los puntos doctrinales de referencia política - sobre todo cuando surjan discrepancias o disyuntivas para elegir entre alguno de ellos que contraste con cualquiera de los restantes- el orden de valores es claro: de más a menos, sigue el orden de Dios, patria, fueros, realeza y rey.

Interpretar los temas de la doctrina tradicionalista alterando esa tabla jerarquizada de valores políticos está vedado al carlista. Y no por una sinrazón arbitraria, sino por una razón elemental: que cuando se altera la prioridad natural de tales valores, aunque en la alteración parezcan salvarse particularmente cada uno de los valores, en realidad se los destruye a todos. Incluso el que se pretendía supervalorar o favorecer. Sobre esto, la experiencia histórica de la teoría y la práctica política del Carlismo es concluyente.

50 Las crisis del Carlismo

La concepción teocéntrica del universo, el sentido cristiano de la existencia, la superioridad del bien común por encima de los bienes individuales y las exigencias de la legitimidad de ejercicio se unen férreamente constituyendo el orden de las valoraciones ideológicas. Y cuantas veces ha padecido el Carlismo una crisis, tantas otras se ha puesto de manifiesto la justeza y la necesidad de ese orden. Hasta el punto, de que toda crisis ha tenido por causa el intento de alterar aquel orden, y de que nunca se ha salido de una crisis más que restaurándolo a rajatabla.

Los grandes enemigos del Carlismo -aquellos que le han causado desde dentro más daño que el logrado por sus más encarnizados enemigos exteriores- son por ello quienes han cambiado el orden de los valores ideológicos. De señalar muy especialmente son, quienes han intentado anteponer las conveniencias dinásticas de una persona o una familia por encima de los intereses exigidos por los puntos más altos del lema. Por eso hay que sostener tajantemente aquel orden de valores, y no tolerar jamás su subversión o alteración.

Si la salvación de la realeza requiriese sacrificar intereses de personas -por muy respetables y nobilísimas que fuerendeber prevalecer la afirmación de la realeza y de las libertades concretas de los fueros. Si el exagerado ensanchamiento de éstos pusiera hipotéticamente en peligro la unidad de las Españas, los fueros habrá n de recortarse en las dimensiones que la unidad y la grandeza de España hicieren necesario. Y si -por hipótesis más absurda todavía, imaginada sólo con carácter ejemplar- las Españas que han sido en las historia el brazo armado de la catolicidad cristiana llegaran a implicar obstáculo para el bien supremo de la cristiandad entera, las Españas mismas deberían arder en holocausto generoso.

51 La teoría y la práctica

Todo esto, sin embargo, ha de ser entendido en el terreno de los principios: no baja a consigna de acción, por emplear una terminología de moda.

El Carlismo no rechaza la acción. Antes bien, la quiere y la practica, porque no es mera música celestial, sino encarnación y compromiso temporal. Lo que decimos es que aquí no debemos descender a la casuística del quehacer cotidiano en el ruedo político. La acción política es cosa de los políticos actuantes, y aquí queremos quedarnos solamente en apenas los planteamientos de doctrina.

Lo que sucede es que, la doctrina carlista, que excita a la acción política a todos los carlistas, comprende sus dificultades, compadece sus yerros y jalea sus aciertos, es teoría de una praxis y no praxis misma. Porque de ser pura praxis sería un movimiento revolucionario más, que incurriría en todos los errores de la revolución; que dejaría de ser ideario claro y generoso para convertirse en anárquico alboroto de opiniones. La doctrina carlista es un sistema. Y, a fuer de sistema, cuaja en un ordenado cuerpo de afirmaciones ideológicas, que deben ser reconocidas, acatadas y servidas. Porque quien niega algún punto del lema, o altera el orden escalonado que les confiere su jerarquía natural y lógica, acaba muy pronto dejando de ser carlista, para pasar a ser uno más de tantos que se deshinchan en un atropellado frenesí de referencias inconexas. Doctrina sin orden es doctrina sin sentido, es algarabía que no lenguaje, es guerrilla indisciplinada, en lugar de membrado cuerpo de ideario.


S.A.R Don Sixto Enrique de Borbón, Infante de España,
Abanderado de la Tradición y esperanza de las Américas


B) VIGENCIA DEL IDEARIO TRADICIONALISTA

52 El Carlismo y los problemas de ahora

El Carlismo es la encarnación presente de las Españas grandes. Los carlistas son los legítimos herederos que han enarbolado como bandera propia el legado de la tradición, por otros grupos abandonado o preterido a secundarios puntos de doctrina. Por todo eso ofrece el ideario del Carlismo la cualidad exclusiva -en el panorama político españolde aspirar a unir el ayer con el hoy y el mañana, en la esperanza de que jamás se quiebre la línea histórica de la continuidad de las Españas. Esto suele ser interpretado como un puro ocuparse del pasado para acusar al Carlismo de ignorar el presente y desentenderse del futuro. Error supino.

Es falsa la acusación, porque este aliento de continuidad, proclamado altaneramente con ufanías de exclusividad, va unido al aliento de solución a los problemas de la hora presente. Y no es que esto se añada, para evitar o sortear críticas: sino que se trata de una consecuencia inevitable.

Es que el Carlismo sabe que los problemas de la sociedad moderna han surgido precisamente como una consecuencia de la victoria de los enemigos del Carlismo y existen cabalmente porque el Carlismo no triunfó. En suma, el Carlismo sabe que los males de la sociedad de hoy -los totalitarismos (socialistas, democráticos o contestatarios) del siglo XX son simplemente la herencia natural de los dos grandes errores combatidos sin cuartel por los soldados de la tradición de las Españas: el absolutismo del siglo XVIII y el liberalismo del siglo XIX.

53 Un panorama trágico

Fueron, en efecto, el absolutismo y su hijo directo el liberalismo quienes han acarreado las más graves tensiones presentes. A saber: la ruptura de la unidad católica y el descreimiento de las masas; la transformación de los puros sentimientos regionales de marchamo tradicional en separatismos de color nacionalista; la entrada de las masas en la escena social, a causa de la explotación del hombre por el hombre, secuela del triunfo de la egoísta burguesía forjada artificialmente por el poder madrileño para sostén de la dinastía usurpadora; los abusos del capitalismo despiadado y acristiano, con la consiguiente reacción de enfrentamiento entre ricos y pobres; la destrucción de los cuerpos sociales básicos o intermedios -familia, municipio, comarca, región, federación, universidad, iglesia, gremio, aristocracia y ejército- hasta dejar en pie, frente a frente sobre el horizonte apocalíptico de un desierto social, al individuo y al Estado; la bufa comedia de las repúblicas coronadas que son las monarquías democráticas o liberales, donde el rey va siendo cada día más un fantoche carente de calor de pueblo, hasta que su misma descolorida nimiedad haga patente lo innecesario de sostener una tan cara e inútil comparsa... Problemas políticos, jurídicos, económicos y sociales, siempre hay y siempre los hubiera habido. Pero algunos de esos que acabamos de ejemplificar, y todos en la forma concreta d producirse: eso no lo hubiera habido, si el Carlismo hubiera conseguido evitar las causas que produjeron tales efectos.


54 Profecías carlistas

Porque de todo esto previno el Carlismo y contra todo eso luchó, armas al brazo sus soldados, ideas al término sus pensadores. No se les hizo caso a los carlistas. Se les creyó "cazadores de brujas". Pero sus profecías -para ellos disparatadas, para nosotros tan lógicas y perceptibles como un teorema- se han cumplido hoy. Se verificaron los "disparates" que gritaba Juan VAZQUEZ DE MELLA el 29 de julio de 1902 -por citar algún ejemplo: "Mi creencia es tan firme sobre la esterilidad de las contiendas parlamentarias y la proximidad de las terribles contiendas sociales, que, si no la hubiera arraigado en mí el estudio de la impiedad moderna en todas sus formas, me la impondría la extraña ceguera de los que no ven la marcha vertiginosa de la revolución y todavía creen -por no fijar la vista empañada más que en un punto y no compararlo con lo que lo rodea, para notar las diferencias de posición- en la perpetuidad de un presente que hace tiempo se desliza, por un plano inclinado, hacia el abismo. En las crisis supremas suelen los humildes ver con más lucidez que los hábiles. Yo tengo el presentimiento de que la hora de una catástrofe social, preparada por tres siglos de herejías y por uno de ateísmo, está próxima, y que se va a dividir de nuevo la historia con una edad que termina y con otra que comienza. Y temo que el día en que se apague una lucecilla que arde en la colina del Vaticano, lanzando melancólicos resplandores sobre la iniquidad de un mundo ingrato; el día en que - cumplida la misión providencial de haber llevado hasta el último límite la misericordia divina para preparar el camino de la justicia- la luz se apague, puede ser que un viento de muerte sacuda la pesada atmósfera que gravita sobre las almas, y que, en el momento en que una turba insensata, acaudillada por los apóstoles de la impiedad, escale los muros del templo para arrancar de la techumbre social la cruz de Cristo, que es y será siempre el pararrayos espiritual contra todas las tempestades de la vida, puede ser que una nube sombría y tormentosa invada los horizontes y los ilumine súbitamente con la centella que rasgue sus entrañas, para que veamos avanzar sobre el suelo, calcinado por la revolución, de esta Europa apóstata y cobarde una ola negra, muy negra, coronada de espumas ensangrentadas, que arrastre, entre sus aguas impuras, astillas de tronos y fragmentos de altares, y que d‚ comienzo a una noche funeral que se cierna sobre la tierra y parezca interrumpir la historia".


55 Sin arte ni parte

Al cumplirse la tremenda profecía -o al empezar a cumplirse- entre nosotros en los desmanes de 1931, el Carlismo era el único grupo político y la única ideología social del ámbito español que no tuvo arte ni parte en la preparación de la catástrofe que conducía a la muerte de la madre patria. Porque los carlistas fueron los solitarios españoles en preverla y los solos en combatir las premisas que trajeron inexorablemente tantas consecuencias trágicas.

Prepararon el terremoto social los secularizadores empeñados en arrebatar al pueblo las robustísimas creencias católicas, con pretextos de modernizarnos a la europea. Prepararon la catástrofe los marxistas de todos los matices,apuradores del proceso corrosivo obra de la burguesía liberal. Preparáronla los autores de los nacionalismos falsos, los propagadores de los localismos de campanario, mediocres copistas de fórmulas ultrapirenaicas, e ignaros de la sustancia histórica de los mismos pueblos que decían defender. Preparóla la dinastía usurpadora, cómplice interesado de la revolución en marcha. Preparáronla los "intelectuales" engreídos, vergonzosos de lo hispano y serviles repetidores de las últimas modas ideológicas extrañas. Preparáronla los mal llamados "demócratas cristianos", desconocedores de que el ideario de la tradición española es un bloque berroqueño, en el que no se puede hacer la fisura de prescindir de alguna de sus partes recias, porque por tal poro penetra el negro oleaje de la revolución hasta llegar a anegar los mismos lemas que ellos ponen empeño en defender aisladamente... Unos por memos, otros por traidores, todos han sido colaboradores en la llegada de la catástrofe de 1936. Todos, sin más excepción que el Carlismo, único agorero aguafiestas de los banquetes del presupuesto, y único valladar de pechos viriles en el camino ancho de la revolución en marcha.

56 La actualidad de los inactuales

Porque lo donoso -con donosura rayana de un lado en el ridículo y de otro lado en el cinismo- es que hoy parece que todos esos mismos cómplices y fautores de la revolución desmelenada y sanguinaria, parecen ponerse ahora de acuerdo para tratar el Carlismo de inactual, para reprocharle la inutilidad de sus fórmulas políticas, y para negarle el agua y la sal de la menor consideración en las posibilidades de futuro. Son esos grupos mismos los que en este último tercio del siglo XX repiten las majaderías que consignamos en el primer apartado del primer capítulo de este libro, a fin de construir, para mejor liquidarlo, una caricatura de lo que el Carlismo es. De responsables -por acción, por complicidad o por omisión, Según los casos- en aquellos delitos de lesa patria, quieren ahora asumir desfachadamente el papel de jueces.

Tal vez rechazan un Carlismo que preferirían ignorar, porque su mera presencia es el mejor alegato de tantos errores y de tantas traiciones. Si el Carlismo fueran tan inactual, tan inútil y tan quimérico como pretenden, no se molestarían en combatirlo. Pero "ladran, luego cabalgamos". Tales ladridos son la mejor prueba de la actualidad de los inactuales, de la utilidad de los inútiles y del futuro de los imposibles.

57 Se nos hará justicia

Cierto es, por todo eso, que en días del mañana, el historiador que analice tanta desfachatez y tanta desvergüenza, se quedará asombrado ante el espectáculo de cómo es posible puedan correr libremente insidias tamañas. Y de tal asombro surgir, como siempre, la auténtica pasión por la verdad. Y la verdad nos libertar de tanta calumnia, y la historia nos hará justicia. La justicia de confesar la realización de nuestras predicciones, la hombría de nuestros hombres y la permanente vigencia de nuestras fórmulas políticas de españolísima doctrina.

Porque es el tradicionalismo el único abanderado de unas fórmulas que no han fracasado, ya que jamás se ha permitido que fueran experimentadas en condiciones de normalidad. Y de que el día que se ensayen no fracasar n hay una garantía: no haber sido el único en denunciar los peligros de la revolución y haber quedado solo combatiendo las premisas de las cuales son directísimas secuelas los trágicos problemas de la España de nuestro tiempo.

58 Siempre dispuestos

Pese a tanta malévola injusticia y a tanta envidiosa malquerencia, el Carlismo continúa siendo el depositario de la esencia política de España, y continúa dispuesto siempre para defender la sustancia política de la patria.

Hoy como ayer, cada carlista repite la misma reacción que Juan VAZQUEZ DE MELLA tuvo, al expresarse como sigue, en el mismo discurso de 29 de julio de 1902, después de haber profetizado las barbaries revolucionarias: "Yo quiero estar dispuesto para reñir esa batalla. Y si caigo en el combate antes de ver ese glorioso final, -no importa!

Porque, con los ojos fijos con la última mirada en los del Redentor agonizando en la cruz, aún podrán decirle, trémolos, mis labios: -Señor! -Señor! Cuando las muchedumbres que redimiste de doble servidumbre, enloquecidas por el viento de la impiedad te maldecían. Cuando los sofistas se mofaban de Ti y Te escarnecían saludándote con el Ave Rex iudaeorum! Cuándo los perseguidores echaban suertes sobre tus vestiduras, y los escribas y fariseos se concertaban para infamarte, y los cobardes pactaban con ellos, y discípulos pusilánimes te confesaban en silencio...-Señor!, Tú bien lo sabes, yo no te negué. Y en horas muy amargas se levantó hasta Tí como una oración mi propia pesadumbre, para decirte: Que sea tu nombre el último que pronuncien mis labios; y que, cuando mi lengua quede muda, todavía con el postrer esfuerzo de mi brazo se alce mi pluma como una espada que te salude militarmente al rendirse a la muerte, peleando por tu causa" .


59 El diálogo y la intransigencia

Esta postura de afirmar al Cristo en cada instante, y de defender las esencias españolas en toda circunstancia, ha contribuido en mucho a echar sobre el Carlismo el sambenito de cerrilismo, de intransigencia y de imposibilidad de diálogos. Lo cual es uno de los motivos más traídos y llevados para prescindir del Carlismo en todo programa de acción, salvo en los de acción violenta.

La ejemplar conducta política de tantos carlistas en la acción pacífica cotidiana debería bastar para que cualquiera se percatara de la arbitrariedad que encierra semejante acusación. Cualquiera, claro es, que no entienda el diálogo como entrega al enemigo.

Claro está que el Carlismo propugna, aprueba y practica el diálogo. Pero entiende el diálogo en los precisos términos en que lo definió S. S. PABLO VI en la encíclica Ecclesiamásuam. De modo, esto es, que, "nuestro diálogo no sea una debilidad respecto al compromiso por nuestra fe"; porque no es lícito al buen católico fiel a las directrices de Roma, "transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto de los principios del pensamiento y la acción que deben definir nuestra profesión cristiana" De acuerdo, pues, con las enseñanzas de PABLO VI, que repite el sentir del tradicionalismo católico español, los carlistas se muestran radicalmente intransigentes, cuando se trata de poner en tela de juicio la divinidad de Cristo y la esencia política de las Españas. Porque entienden que aceptar discusión sobre verdades absolutas y fundamentales es rozar la traición y la cobardía.

Mas en lo que toca a todo lo demás, los carlistas son de verdad "abiertos" como nadie a todo diálogo, advertencia, sugerencia y novedad útil. Bien lo prueba la larga serie de tradiciones de diálogos políticos que son las instituciones tradicionales españolas. En ellas, los negocios del Gobierno se han resuelto siempre, sin excepción, por el diálogo, el pacto y la transacción. Sin perjuicio de que -por auténticos, que no monólogos disfrazados- no pocas veces tales diálogos se hayan manifestado en el tono más viril, claro y rotundo.

60 La demagogia y la sinceridad

Y ya, Sólo una última característica general más, antes de pasar a exponer la doctrina del Carlismo en concreto. Los carlistas, igual que no aceptan el derrotismo camuflado de diálogo, tampoco aceptan la insinceridad camuflada de demagogia. Es claro que siendo la revolución una gigantesca declamación demagógica, el Carlismo que es contrarrevolución no ha pedido nunca hacer demagogia.

Los carlistas, ni dícense revolucionarios, ni juegan a llamarse socialistas, ni presumen de demócratas ni de liberales, aunque su sistema político entraña, en verdad, la única transformación social fructífera, la verdadera solución a los desórdenes sociales, el auténtico Gobierno del pueblo y la real garantía de las libertades de cada ciudadano. Los carlistas no se tildan de revolucionarios, aunque la palabra haya llegado a sonar tan bien a efectos de la propaganda. No se confiesan liberales, aunque ello les suprimiría tantas afrentas. No se llaman demócratas, aunque ello les proporcionaría tantas zalemas de los de fuera. Y, sobre todo -en esta terrible confusión que padecemos entre "lo social" y "lo socialista"- no juegan a llamarse socialistas, como tantos burguesitos de cafetería, que no engañan a nadie cuando buscan apodos que ellos creen habilidades y son necios intentos de adular a las mesnadas enemigas.

Los carlistas han llamado siempre y seguirán haciéndolo así a las cosas por su nombre. Y no niegan a Cristo ni a las Españas, ni siquiera con disfraces de vocabulario demagógico, tan fácil como estéril. Se llaman a sí mismos lo que son: contrarrevolucionarios militantes, católicos a machamartillo, españoles hasta la médula, defensores acérrimos de las libertades populares, enemigos de las sucesivas fórmulas extranjeras que han sido el absolutismo, el liberalismo, el democratismo, el socialismo y fascismo. Con temple de caballeros desprecian la demagogia y galantean a la sinceridad política, porque de caballeros es ir proclamando a todos los vientos la verdad.




Edición cuidada por Francisco Elías de Tejada y Spínola,
Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz
Centro de Estudios Históricos y Políticos "General Zumalacárregui"
Escélicer, Madrid, 1971

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