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martes 24 de enero de 2012

Ciencia: Evolucionismo en Problemas



Descargue la obra aquí


“Los paleontólogos están habituados a fundar audaces teorías sobre hechos frágiles”.
Richard Leakey







Introducción General



A la pregunta de si descendemos o no del mono, Darwin y su vieja guardia no tenían el más mínimo inconveniente en responder de manera afirmativa, como cualquiera puede ciertamente comprobar leyendo por ej: “El Origen del Hombre”, de Darwin, en donde el famoso naturalista inglés no vacila en sostener que el hombre se ha originado efectivamente a partir de los monos y, más concretamente, de los monos del viejo mundo o sea catarrinos.


Desde ya digamos que esto es perfectamente lógico y aun inevitable, si se acepta como científicamente válida la hipótesis evolucionista-transformista, que postula el origen común de todos los seres vivos a partir de una, o unas pocas, formas vivientes originales y del hombre en particular, a partir de la especie animal más próxima en la escala zoológica.


Por supuesto que también en nuestros días, y como no podría ser de otra manera, todo darwinista (o neodarwinista) que se respete está básicamente de acuerdo con esta hipótesis del origen simiesco del hombre y así lo dirá, por lo menos de entrecasa y a poco que se vea obligado a definir sus términos, pero para consumo del gran público y por razones no del todo claras, se prefiere hoy soslayar y aun negar esto del origen simiesco del hombre e insistir –con sospechoso fervor– en el supuesto antecesor común del hombre y del mono que habría dado su origen a ambos.


Como este sedicente antecesor común no ha sido ni hallado ni definido con un mínimo de rigor, permite toda suerte de posibilidades especulativas acerca de sus características y por sobre todo pareciera cumplir laimportantísima función de evitar el término mono –tan desagradable para algunos– al referirse a los antepasados evolutivos del hombre.


Aclaremos de inmediato, a manera de advertencia para los desprevenidos, que este asunto del antecesor común, no es sólo completamente hipotético sino además completamente equívoco, ya que dentro del contexto de la hipótesis evolucionista-darwiniana, este supuesto antecesor común no es ni puede ser otra cosa que un mono. Por cierto no necesariamente idéntico a los actuales, pero mono al fin.


Es por ello que el Dr. G. G. Simpson, prof. de Paleontología de los Vertebrados en la Universidad de Harvard y decano de los evolucionistas modernos, llama a la reflexión a quienes tan equívocamente hablan del antecesor común expresado:


“(Algunos)...afirman que el hombre no desciende del mono, sino de un antecesor común. De hecho ese antecesor común sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese... los antepasados del hombre eran monos. Es pusilánime si no deshonesto decir otras cosa”.




De más está decir que en esta cita de Simpson, hay que distinguir claramente lo que el autor dice res-pecto del carácter simiesco del supuesto antecesor común –que es algo absolutamente lógico e inevitable, y que de haber éste existido sólo podría haber sido un mono– hay que distinguir digo esta afirmación, de lo que el autor dice respecto a que los antepasados del hombre hayan sido monos, ya que esto último en sentido estricto sólo tiene carácter conjetural.


No obstante, estas palabras de Simpson reflejan en gran medida la postura de la gran mayoría de los an-tropólogos, quienes –como buenos darwinistas– opinan efectivamente que el hombre se ha originado a partir de los monos. Lo digan a esto francamente o en forma velada, mediante el recurso dialéctico del antecesor común.


Nada habría que objetar si el origen simiesco del hombre fuera mostrado al público como lo que en realidad es y no puede dejar de ser: una opinión, una hipótesis de trabajo, una conjetura. Más o menos razonable, más o menos coherente, pero siempre de carácter hipotético.


Lamentablemente no sucede así y este origen simiesco del hombre es insistentemente presentado al público a través de series televisivas, películas, revistas, libros de divulgación, etc. como un hecho científico demostrado; como algo de lo que se hubieran encontrado pruebas concluyentes, o por lo menos abrumadora-mente favorables.


Como entiendo que esto es ciertamente falso y como el que nuestros antepasados sean o no monos es algo que sin duda trasciende lo meramente científico, para afectar la visión que tenemos de nosotros mismos y del mundo en general, creo entonces que es más pertinente, no sólo analizar con sentido crítico la supuesta evidencia científica de tal hipótesis, sino también alertar al hombre de la calle sobre esta cuestión, brindándole –en forma clara y accesible– los elementos de juicio mínimos indispensables para que pueda abordar crítica-mente el problema y sacar así sus propias conclusiones.


Antes de entrar específicamente en tema y a manera de premisa fundamental, es menester destacar que cualquier hipótesis sobre el origen del hombre es necesariamente extra científica. Es decir que por la naturaleza misma del caso, escapa por completo al método científico que supone observación y reproducción experimental de los fenómenos bajo estudio, cosa que es evidentemente imposible en el problema que nos ocupa. O sea que la cuestión del origen del hombre está, por definición, fuera del campo específico de la ciencia y ésta jamás puede aspirar a ser la manera exclusiva ni tan siquiera fundamental de analizar este origen.


Lo cual no significa, por cierto, que no podamos abordar el tema con ayuda de datos y razonamientos de orden científico. Pero sí es importante que se comprenda claramente, que cualquier hipótesis sobre el origen del hombre y de la vida en general, no puede ser otra cosa que un postulado que sirva como modelo para expli-car y correlacionar una serie de datos, lo cual ya es poner el problema en una perspectiva muy diferente de la de los hechos comprobados o comprobables científicamente.


Realizada esta aclaración, digamos que como el origen del hombre es un hecho que tuvo lugar en el pa-sado, la única evidencia posible sería, no de orden científico (en el sentido definido más arriba) sino en alguna manera de orden histórico. Y como testimonios humanos, en los que se basa la historia son imposibles en este caso, la evidencia debe entonces reconstruirse en forma indirecta a partir de los posibles rastros físicos que este origen haya dejado.


De estos rastros físicos, la parte que los antropólogos consideran más importante para conocer la mane-ra en que el mono se transformó en hombre, es la constituida por los restos fósiles. Evidencia ésta que por su misma naturaleza, de orden circunstancial y nunca absoluta, prueba bastante menos de lo que el gran público cree y ciertamente muchísimo menos de lo que los antropólogos quisieran hacer creer y que –relativo a esta cuestión del origen del hombre y a su supuesto parentesco con el mono– adolece de dos limitaciones fundamentales que es imprescindible tener en cuenta.


La primera de ellas es la absoluta imposibilidad de probar relación genética –o sea parentesco– entre organismos, en base a los hallazgos fósiles.


Para decirlo con las palabras del famoso biólogo inglés Sir Julian Huxley:


“La paleontología (estudio de los fósiles) es de tal naturaleza que sus datos por sí mismos, no pueden arrojar luz alguna sobre la genética”.




Es decir, todo lo que en este sentido puede demostrar el estudio de los fósiles es una semejanza entre los esque-letos óseos de distintos organismos y nada más.


La semejanza ósea, que ni siquiera prueba en forma concluyente la semejanza orgánica total, no consti-tuye desde luego un criterio válido para establecer parentesco ya que semejanza y parentesco, aún en los orga-nismos vivos, son dos cosas perfectamente distintas. El hecho de que individuos emparentados tengan generalmente semejanzas, no autoriza de manera alguna a concluir que individuos (o especies) con semejanzas estén necesariamente emparentados.


Si aceptamos de antemano la relación genética la semejanza es, entonces sí, un argumento en favor del grado de parentesco; pero la semejanza por sí misma no constituye necesariamente una prueba de parentesco. Sostener lo contrario, esto es que la semejanza por sí misma constituye una prueba de parentesco, es una proposición que –estoy seguro– ningún biólogo o antropólogo aceptaría defender, ya que por el bien conocido fenómeno de la convergencia biológica, estructuras y funciones prácticamente idénticas pueden desarrollarse en individuos o especies genéticamente no relacionadas.


La ballena por ejemplo tiene numerosas características semejantes a los peces y sin embargo no es un pez sino un mamífero, lo mismo que el murciélago que tiene alas y otras estructuras adaptadas al vuelo a pesar de que tampoco es un ave sino otro mamífero.


Es por ello que Sir Solly Zuckerman, famoso anatomista británico y una de las figuras de mayor prestigio mundial en este tema dice:


“Los parentescos inferidos en base a la anatomía comparada, no necesariamente corresponden a ver-daderos parentescos genéticos... las inferencias evolucionistas (o sea parentescos) que basamos en comparaciones estructurales son, en última instancia, sólo especulaciones”.




No debemos olvidar tampoco la advertencia que en relación a este problema formulaba, hace varios años, W. Le Gros Clark, conocido antropólogo de la Univiversidad de Oxford, quien decía:


“En la evaluación de afinidades genéticas, las diferencias anatómicas son más importantes como evidencia negativa, que las semejanzas lo son como evidencia positiva”.




Advertencia que al parecer no ha sido tomada en cuenta por muchos investigadores que no vacilan en utilizar la más insignificante semejanza fósil para establecer afinidades genéticas entre el hombre y el mono. Es decir que podemos contar con el respaldo de las mejores autoridades en el tema cuando afirmamos que la semejanza estructural no constituye una prueba de parentesco. De hecho estoy seguro que jamás el lector habrá leído o le habrán dicho lo contrario, esto es, que la semejanza es prueba de parentesco. Aunque es igualmente cierto que muy rara vez habrá el lector visto claramente expresada la proposición correcta, es decir, que la se-mejanza no prueba parentesco.


No sólo no aparece esto expresado claramente, sino que en las obras sobre el tema se le da la sensación al lector no especializado –sin decírselo expresamente– de que la semejanza es prueba de parentesco. Me he detenido un poco en este punto porque aceptando –como debe ser– que la semejanza no es prueba de parentesco, entonces todo este asunto de los fósiles se reduce automáticamente a sus verdaderas proporciones que, en sustancia, consiste en comprender que los restos fósiles no pueden –por sí mismos– probar absolutamente nada, relativo a parentescos. Todo lo que pueden hacer en este sentido es servir como evidencia circuns-tancial, pasible de ser interpretada en más de una forma, como veremos después.


La segunda limitación fundamental en relación con este problema es la imposibilidad de definir morfológicamente (esqueléticamente) al hombre en forma satisfactoria, por cuanto lo que define al hombre como tal es su inteligencia y ésta obviamente no se fosiliza (en este sentido al menos).
La capacidad craneana es desde luego un criterio importante para evaluar el grado de desarrollo intelec-tual de un fósil, pero aparte de que nada nos dice por sí misma sobre la complejidad del cerebro que albergó, el hecho de que varíe dentro de límites bastantes amplios (aprox. entre 1000 y 2000 c.c.) hace que no siempre sea posible trazar con nitidez el límite inferior de capacidad craneana, capaz de contener una mente inteligente.


La utilización de criterios indirectos tales como el uso y sobre todo fabricación de herramientas, construcción de viviendas, actividad artística y religiosa, etc., para certificar la presencia del hombre, tampoco resuelven el problema ya que nunca podremos estar seguros de que las herramientas halladas, por ej. pertenecen al fósil en cuestión y no a algún otro, cuyo esqueleto no haya sido encontrado.


De todas maneras, el encontrar una herramienta nos indica que el hombre ya apareció, pero nada nos dice respecto a cómo apareció.


Además de estas dos limitaciones básicas del estudio de los fósiles, o mejor dicho de las conclusiones respecto al origen del hombre que se pueden extraer del estudio de los fósiles, el problema se ve agravado por la escasez y fragmentariedad de los hallazgos, la falta de métodos seguros y confiables para medir la edad de las muestras, la imposibilidad de reconstruir con alguna certeza los rasgos faciales de los fósiles y por último –pero no por ello menos importante– las ansias a veces inmoderadas de muchos paleontólogos por hacer de su fósil un hallazgo trascendente para el problema del origen del hombre. Ansias que a menudo llevan a algunos pale-ontólogos a sacar conclusiones por demás aventuradas en base a escasa evidencia, en lo que va incluida la con-fección de reconstrucciones (de fósiles) altamente imaginativas, destinadas frecuentemente sólo a respaldar la tesis del investigador.


Tan es todo esto así, que nadie menos que Lord Zuckerman, el anatomista británico que citamos anteriormente, ha llegado a comparar la interpretación de la historia fósil del hombre con la percepción extrasenso-rial, en el sentido de estar ambas disciplinas fuera del registro de la verdad objetiva y en donde cualquier cosa es posible para el creyente en dichas actividades, el cual es a veces capaz de sostener cosas contradictorias al mismo tiempo.


Por todas estas razones entiendo que es fundamental mantener una actitud crítica rigurosa al evaluar los hallazgos fósiles y no dejarse llevar a la ligera por las conclusiones, muchas veces más entusiastas que científicas de algunos investigadores.


Hecha esta introducción –que juzgo imprescindible para ubicarse en las líneas generales del problema– digamos que todos los esfuerzos de los investigadores que creen en el origen simiesco del hombre, se han diri-gido en los últimos cien años a buscar el famoso “eslabón intermedio” ( o “perdido”) entre el mono y el hombre, pues de acuerdo al criterio de muchos antropólogos, el encontrar restos fósiles con caracteres intermedios en-tre el mono y el hombre, probaría (!) que éste desciende de aquel.


Esto que, como veremos, tampoco constituiría una prueba del origen simiesco del hombre, sí es en cambio imprescindible como evidencia circunstancial en favor de tal origen y su ausencia hace mucho más endeble la argumentación en favor de esa conjetura.


Como es imposible en un trabajo de esta naturaleza analizar todos o la mayor parte de los hallazgos fósiles, he seleccionado como material de análisis sólo a los más importantes, que además de ser los mejor estudia-dos, resumen en gran medida toda la historia del tema y la significación de los demás hallazgos.


No he incluido en el análisis, fósiles como el del Hombre de Cromagnón por ej., ya que nunca hubo du-da sobre su carácter de Homo Sapiens, ni tampoco otros, que por ser demasiado escasos o no contar todavía con una adecuada documentación, me pareció no serían significativos para el tratamiento del tema.


Si bien muchos de los hallazgos que en su momento fueron motivo de una agitada polémica han perdido hoy día –a la luz de descubrimientos más recientes– gran parte de su significación, siguen no obstante siendo de interés en cuanto a la perspectiva histórica que nos brindan, permitiéndonos además conocer ciertos aspec-tos de la forma de pensar y de proceder de los investigadores en este campo, de los cuales se pueden extraer provechosas enseñanzas.


Y ahora pasemos al análisis de los hallazgos.


Fuente: Stat Veritas

1 comentarios:

Martha Colmenares dijo...

Muy interesante la entrada. No encuentro por cierto, la que vi ayer que contenía los audios.
Seguiré buscando, me interesaria referirme a ellos.
Por lo demás, este excelente espacio es acreedor del merecido Premio Letras mágicas
http://www.marthacolmenares.com/2009/07/28/premios-letras-magicas-dorado-sello-y-otros/
Abrazos

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